Capítulo veintitrés
C APÍTULO V EINTITRÉS
— C lare, qué guapa estás.
Al oír el inesperado piropo de Matt, casi me tropecé con mis tacones de diez centímetros.
—Gracias —contesté al tiempo que pensaba en lo guapo que estaba él, apoyado con indiferencia contra la barra del Blend, con su atlética silueta envuelta en un traje gris oscuro y una camisa de vestir celeste con el cuello desabrochado.
Me acerqué tambaleante por el suelo de madera pulida mientras trataba por todos los medios de recuperar la habilidad para mantener el equilibrio encima de unos zancos de última moda. Cuando llegué al mostrador, extendí las manos.
—¿Lo ves? Ni rastro de sombrerito pastillero.
Matt parecía menos interesado en la ausencia del sombrero Jackie Kennedy que en mi generoso escote Jennifer Lopez, visible en ese momento gracias al cuello pronunciado de un elegante vestido cruzado de Prada que había adquirido rebajadísimo en los almacenes Filene’s Basement de Chelsea.
Solo me lo había puesto una vez, durante la fiesta de Fin de Año que Madame había dado el 31 de diciembre anterior.
Por entonces Matteo estaba en Río, así que no había visto ni el vestido ni el llamativo collar en forma de Y con piedras azules que había adquirido en una feria de artesanía local.
—Vas a ser la tía más buena de la fiesta —dijo Matt con una sonrisa.
—Muy amable. Pero he necesitado un calzador para embutirme en este vestido. Y, seamos realistas, esa fiesta está dentro de la Semana de la Moda. Las mujeres serán tan esbeltas que a su lado Twiggy parecerá un rinoceronte.
—Pues a eso me refiero, nena —bromeó—. Twiggy no tiene ese escote.
Estuve a punto de sonrojarme cuando Esther, que nos escuchaba desde detrás del mostrador, frunció el ceño.
—¿Quién es Twiggy?
Matt y yo la miramos y a continuación intercambiamos un gesto de tristeza.
—¿Qué? ¿Qué he dicho? —preguntó a la defensiva.
Sacudí la mano.
—Cosas de viejos.
Matt sonrió y me ofreció el brazo.
—El caballo de vapor y el carruaje nos esperan.
Les di las buenas noches a Esther y a Gardner y me agarré del brazo de mi exmarido con entusiasmo, no tanto por las ganas de palpar sus prominentes bíceps como por no caerme de bruces delante de mis empleados.
Con el ajetreo de la semana, el respeto que me tenían ya estaba decayendo, y aún no me había acostumbrado a esos tacones.
Cruzamos el Blend en dirección a la limusina que nos esperaba fuera, mientras todas las miradas nos seguían.
Yo sabía muy bien por qué: formábamos una pareja atractiva.
Al instante, por supuesto, maldije mis poderes de observación.
¿Me estaba volviendo loca? Esta salida con mi ex es estrictamente laboral. Cien por cien laboral .
En la acera, me di cuenta de que había lloviznado un poco mientras me arreglaba en casa y las calles húmedas reflejaban una luz brillante. En el bordillo nos esperaba el conductor de la limusina y me sorprendió ver que también él iba vestido con un uniforme negro formal, gorra incluida.
Estaba claro que Matteo había evitado las típicas empresas de alquiler de limusinas ubicadas en Queens con conductores vestidos de manera informal y se había decantado por los servicios ejecutivos de Manhattan.
No había escatimado en gastos para ofrecer una imagen sofisticada de sí mismo a los posibles inversores.
Sin embargo, recordé que la última vez que lo vi así de elegante se cayó por la borda de un yate y acabó en el río Hudson.
—Me gusta —dije mientras pasaba la mano por el mullido asiento de cuero.
Mi comentario fue inocente, pero por la forma en que Matteo me agarró la mano y la apretó antes de sonreír con provocación hacia mi escote, comprendí que él lo había interpretado de otra forma.
—A mí sí que me gusta —contestó, y se inclinó hacia mí.
Su mentón recién afeitado estaba endulzado con el sutil aroma de una colonia cara.
Quité la mano y lo aparté con suavidad.
—Esta noche ya hay demasiadas emociones.
—Que yo recuerde —dijo acercándose de nuevo—, siempre se te ha dado bien hacer varias cosas a la vez.
—Matt, haz el favor —dije mientras lo empujaba una vez más—. Esto no es una cita. Solo te acompaño porque quiero preguntarle a Breanne unas cuantas cosas sobre Lottie.
Se reclinó, se hundió en la tapicería de cuero y cruzó los brazos.
—Te voy a decir una cosa, Clare. Esta fantasía tuya de jugar a ser Nancy Drew a lo mejor quiere decir algo.
—¿Algo como qué?
—Como que igual necesitas ver más mundo, hacer más cosas aparte de ser madre y gerente de una cafetería.
Me eché a reír.
—¿Y qué se te ocurre? ¿Que haga puenting en Borneo? ¿O surf en Malasia? ¿Un polvo rápido contigo y con una chica en biquini en Río?
—¿Qué te parecería acompañarme a Etiopía, a la plantación, para ayudarnos a cambiar el funcionamiento del negocio cafetero en esa parte del mundo… esperemos que para mejor?
Me entraron ganas de reírme de nuevo, pero me detuve al ver que Matteo hablaba en serio. Sacudí la cabeza.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Por una razón muy simple: no me fío de ti.
Se enderezó.
—¿Cómo? ¿Otra vez lo del pintalabios? Ya te dije que era de Joy…
—Déjalo, Matt. No soy tonta. Ya no. En ese aspecto he cambiado.
A mejor. —Matt frunció el ceño con actitud herida y se puso a mirar por la ventana—.
De todos modos, no es solo por el pintalabios, y lo sabes —dije en tono conciliador—.
Si me vuelves a fallar aquí, al menos sé que puedo volver a Nueva Jersey con el rabo entre las piernas.
Ya lo hice una vez y sobreviví. Pero en un país como Etiopía sería distinto.
En las zonas salvajes a las que tú vas, mi vida dependería de ti.
—¿Y crees que dejaría que te pasara algo malo, Clare? Joder, eres la madre de mi hija, la mujer a quien…
—Vamos a dejarlo, Matt —me apresuré a decir—. No es el momento ni el lugar.
Por suerte, el tráfico de la parte alta de la ciudad era sorprendentemente fluido para un sábado por la noche a la hora punta de entrada a los teatros, de manera que, antes de que Matt continuara con la discusión, llegamos a la puerta principal del Pierre.
Situado en la Quinta Avenida con la calle Sesenta y Uno, este gran hotel se encuentra justo enfrente de Central Park, uno de los emplazamientos más caros sobre la faz de la tierra.
De hecho, era un hotel tan costoso que, según me contó Madame, Dashiell Hammett se alojó allí en 1932, cuando escribía El hombre delgado , y, al no poder pagar la cuantiosa factura, tuvo que disfrazarse y salir a hurtadillas.
Después de que la limusina se detuviera, Matt salió y me agarró la mano para ayudarme a bajar.
Parecía obvio que su corazón no se había endurecido, aunque endurecer no fuera la palabra más apropiada en ese momento.
Mientras, tonta de mí, lamentaba que mi rechazo hubiera sido demasiado tajante, mi ex volvió a lanzarle otra mirada insinuante a mi escote.
Por supuesto, se había tomado mi rechazo como un reto.
Me ofreció de nuevo el brazo y sonrió como un conquistador victorioso cuando se lo agarré.
Al acercarnos a la rutilante entrada, un portero se llevó la mano al sombrero y nos aventuramos a unirnos al flujo pausado de gente elegante que avanzaba por el vestíbulo dorado lleno de lámparas de araña.
El Pierre, con su decoración francesa y su encanto del Viejo Mundo, había sido un hotel para ricos desde los años treinta, cuando las big bands sonaban en las radios de todo el país.
En los años cuarenta, sirvió como hogar desplazado de presidentes y primeros ministros, príncipes y reyes que tuvieron que marcharse por culpa de la guerra y la revolución.
Desde los años cincuenta hasta ahora, su lujoso Salón Cotillion ha sido el lugar neoyorquino más exclusivo para la celebración de puestas de largo.
El salón Rotunda, adonde nos dirigíamos, era el más emblemático del hotel, un espacio lujoso y extravagante con el techo abovedado, dos escaleras curvas y un mural en trampantojo que cubría las paredes circulares desde el suelo hasta el techo.
Era una parada habitual entre la alta sociedad de toda la vida, que prefería tomar el té y disfrutar de comidas gourmet en un entorno de cinco estrellas.
Creado en 1967, el mural del salón Rotunda era algo que merecía la pena ver.
El artista, un pintor estadounidense llamado Edward Melcarth, se decantó por el estilo de trampantojo renacentista, aunque con un toque del siglo XX .
La idea general era transformar el espacio del restaurante en un paraíso para que los huéspedes tuvieran la sensación de estar visitando a los dioses.
Sin embargo, no conforme con las deidades de la antigüedad, Melcarth incorporó a su panteón las imágenes de los gigantes culturales de la época.
De este modo, Venus y Neptuno se mezclaban con figuras más modernas como, por ejemplo, un retrato a tamaño real de Jacqueline Kennedy Onassis.
—Mira, Clare, menos mal que no has intentado imitar a ya sabes quién —dijo Matt entre risas cuando pasamos por delante del retrato—, porque ella ya está aquí.
—Ja, ja.
Las líneas clásicas del salón Rotunda solo se veían afeadas por unas banderolas de la revista Trend colgadas con poco esmero en las escaleras de caracol.
Uno de esos carteles incluía el rostro retocado de Breanne Summour en distintas poses, supongo que para demostrar su seriedad, su inteligencia y su buen gusto.
—No mires ahora —dijo una voz masculina familiar—, pero Breanne ha llevado el trampantojo a otro nivel y ahora pretende hacernos creer que ella tiene profundidad.