Capítulo veintidós #2
Pinché en el enlace «Hombreras y calentadores» y llegué a una página sobre moda de los ochenta con una lista de artículos.
La mayoría estaban extraídos de distintas revistas de moda de la época, páginas mal escaneadas que el administrador del sitio web había subido a la red, lo más probable es que infringiendo varias leyes de propiedad intelectual.
Había artículos sobre el guante de Michael Jackson, sobre el sentido de la moda en Dallas y Corrupción en Miami , y sobre maquillaje masculino.
Por fin, di con un enlace titulado «Lentejuelas» y recordé que Lottie Harmon había inventado aquellos famosos pisacorbatas relucientes.
Pinché en él y llegué a un artículo de la revista Trend de 1980 titulado «Diseñadoras».
En el artículo aparecía una foto tomada en New York-New York, una de las discotecas de Manhattan más modernas de la época.
En ella se veía una pista de baile llena de gente con tres mujeres en primer plano.
La figura central parecía ser Lottie, con su pelo escarlata, hace más de dos décadas, es decir, con treinta y pocos años.
El pie de foto decía: «Las recompensas de trabajar para Lottie: sushi y una noche en un club de moda».
Miré a las otras dos mujeres. Ambas parecían más jóvenes que Lottie.
Una era una castaña muy guapa. La otra tenía un rostro más común, el pelo rubio y era corpulenta.
En una segunda foto se veía otra escena en la misma discoteca, al parecer durante esa misma noche, porque Lottie y la castaña guapa llevaban la misma ropa. Entre ambas había un hombre apuesto vestido de traje, más o menos de la misma edad que Lottie, sin identificar en el pie de foto.
Lottie, a la derecha, lo agarraba del brazo. A la izquierda, la castaña guapa lo miraba con una mano posada en su hombro fornido. En sus ojos había algo que demostraba más que mera simpatía por aquel hombre elegante, así que me pregunté quién sería ella.
Empecé a leer el viejo artículo y, en los primeros párrafos, me sorprendió enterarme de que «Lottie Harmon» no era una sola persona.
La marca original estaba integrada por tres mujeres: Lottie Toratelli, Harriet Tasky y la hermana pequeña de Lottie, Mona Lisa Toratelli.
Sin embargo, Lottie se convirtió en el rostro público de la empresa.
Revisé de nuevo las fotos y me pregunté si la castaña guapa que estaba al lado del hombre atractivo sería Mona Lisa Toratelli o Harriet Tasky.
El artículo generaba más preguntas que respuestas. La más importante de todas: si Lottie Toratelli había vuelto a Nueva York para resucitar la marca Lottie Harmon, ¿qué había pasado con Harriet Tasky y con Mona Lisa, la hermana de Lottie? ¿Y con la sociedad que formaban las tres?
Guardé los resultados de la búsqueda, imprimí el artículo de Trend y las dos fotos de LosOchentaNuncaMueren.com y volví a Google. Esta vez tecleé «Lottie Toratelli», que solo me dio un resultado, el mismo artículo que acababa de leer. Me pareció increíble.
—Así, de un plumazo, Lottie Toratelli desaparece —murmuré.
Estaba claro que Lottie había movido cielo y tierra para asegurarse de que solo la identificaran a ella como Lottie Harmon en futuros artículos y pies de foto. No me daba tiempo a buscar todas las referencias a Lottie Harmon, así que me apresuré a buscar lo sucedido con las otras socias.
Primero tecleé «Mona Lisa Toratelli», que generó siete resultados. Seis de ellos no decían nada remarcable, pero el séptimo contenía algo impactante: un obituario de la agencia de noticias Reuters.
Según parecía, la joven murió en 1988 en un trágico accidente.
Mona Lisa aparecía descrita como una diseñadora de Lottie Harmon que había acudido a comprar joyas a Bangkok, en Tailandia, cuando la desgracia se cernió sobre ella.
Los detalles sobre su muerte eran escuetos.
Al parecer, se precipitó desde el balcón de un hotel, pero era fácil leer entre líneas que las autoridades sospecharon que pudo haber saltado.
El obituario también decía que había dejado a una hija de seis años, pero no mencionaba el nombre del padre ni su paradero.
Harriet Tasky fue algo más fácil de encontrar.
La búsqueda de Google me llevó a un negocio de venta de ropa vintage londinense llamado El armario de Tasky, cuya propietaria y gerente era la propia señora Tasky.
En la página no aparecían ni su dirección ni su teléfono y el botón de «Ponte en contacto con nosotros» llevaba al administrador de la página web.
A ver —pensé—, Mona Lisa está muerta y Harriet Tasky vive al otro lado del Atlántico y lleva un negocio propio .
Me pregunté si la sociedad original Lottie Harmon se disolvería tras la muerte de Mona Lisa y si Lottie y Harriet se separarían en términos amistosos o con algún tipo de acritud.
Lottie también había vivido en Londres. Si Harriet hubiera querido vengarse de su antigua socia, habría intentado hacerle daño antes…, a menos que estuviera celosa de que Lottie hubiera recuperado la marca.
Me planteé escribir al administrador de la página web para hacerle una serie de preguntas sobre la señora Tasky haciéndome pasar por periodista.
Era poco probable que me contestara, pero merecía la pena intentarlo.
Por desgracia, eso tendría que esperar, ya que debía ocuparme de mi negocio.
Miré el reloj y puse cara de espanto, ya que mis diez minutos de investigación se habían convertido en tres cuartos de hora.
Antes de volver a toda prisa a la planta principal del Blend, cogí el artículo que acababa de imprimir, cuya última página estaba la primera en la pila de folios.
Fue entonces cuando me fijé en la firma de aquel artículo de la revista Trend de hacía décadas: Breanne Summour, la actual gran dama y redactora jefa de esa misma publicación.
Contuve una palabrota. Me gustara o no, tendría que ir a hablar con la señora Summour.
Salí deprisa del despacho y bajé la escalera de caracol hasta la planta baja de la cafetería. La luz tenue de la puesta de sol entraba por los ventanales. Divisé a Gardner detrás del mostrador y a Esther, que se dirigía hacia la puerta principal. Fui corriendo hacia ella.
—¿Dónde está Matt? —pregunté—. Necesito hablar con él.
—Subió después de que Gardner llegara. Dijo que tenía que salir esta noche y que quería arreglarse.
Agarré a Esther del hombro.
—¿Cómo te vendría echar horas extras?
Esther hizo un puchero.
—¿Esta noche?
—Te pago un cincuenta por ciento más la hora y un extra de cincuenta dólares.
Esther se quitó el abrigo.
—Trato hecho.
—¡Genial! —Eché a correr hacia las escaleras traseras.
Una vez dentro del apartamento, llamé a la puerta de Matt, pero no obtuve respuesta. Entonces oí el sonido de un grifo abierto y me acerqué por el pasillo hasta la puerta cerrada del baño.
—¿Matt? ¿Estás ahí?
La puerta se abrió al instante y frente a mí apareció mi exmarido, con el escultural pecho desnudo, una toalla enrollada en las caderas estrechas y espuma de afeitar en el mentón.
—¿Qué?
—Necesito hablar con Breanne.
Entrecerró los ojos.
—¿Por qué?
Le mostré el artículo. Lo leyó por encima, se encogió de hombros y me lo devolvió.
—¿Y qué pasa con eso?
—Nadie, ni siquiera tu madre, sabía que la marca Lottie Harmon estuvo formada por tres personas. Breanne sí. Necesito averiguar qué más sabe sobre esas mujeres. ¿Vas a ver a Breanne en algún momento?
—La veo esta noche —admitió mientras se volvía hacia el espejo y agarraba la maquinilla de afeitar—. Me han invitado a la fiesta de la Semana de la Moda de la revista Trend…
—Pues voy contigo.
Matt miró al techo y empezó a afeitarse. El agua caliente corría mientras se pasaba la cuchilla por la mandíbula. Afeitaba y enjuagaba. Afeitaba y enjuagaba.
Me crucé de brazos y esperé.
Afeitaba y enjuagaba. Afeitaba y enjuagaba.
—¡Matt!
—Vale —contestó por fin con un tono que me dio a entender su malestar. Pero había estado casado conmigo el tiempo suficiente como para saber que no habría servido de nada discutir.
—Estupendo —dije.
—Con una condición —me advirtió antes de que yo saliera pitando para cambiarme.
—¿Cuál?
—Nada de modelitos a lo Jackie Kennedy.