Un café con leche agria Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

C APÍTULO V EINTIDÓS

M ientras el señor Raj nos llevaba de vuelta al West Side de Manhattan, le conté a Madame lo que acababa de descubrir, que a mi juicio tampoco era mucho.

Bryan Goldin conocía a Lebreaux y trabajaba como modelo para Fen. Pero eso solo legitimaba su presencia en el Fortune y en la fiesta de Lottie, nada más. También puse a Madame al corriente acerca del asesinato de Rena García.

—Eduardo Lebreaux podría tener un motivo para haber instigado el envenenamiento del Blend. Pero no le encuentro ningún motivo para envenenar a Rena García, lo cual invalida la teoría de Matteo de que Lebreaux está detrás de todo esto.

—Eduardo es un canalla y un delincuente —dijo Madame—.

Capaz llegar al asesinato incluso. Pero solo lo haría por interés y, estoy de acuerdo contigo, Clare, no veo ningún motivo para que matara a Rena García, pobre chica.

Si Eduardo estuviera detrás, ¿no habría esperado un momento con más gente para envenenar a alguien con un café del Village Blend?

—Como el desfile de mañana —contesté de manera automática y me estremecí al pensar que el asesino podría volver a actuar en esa ocasión, lo cual significaba que me quedaban menos de veinticuatro horas. Me masajeé las sienes al presentir el dolor de cabeza que se avecinaba.

—Tengo que resolver esto, Madame.

—Sí, querida, pero ¿cómo?

Me recliné en el asiento del coche y observé las tiendas y restaurantes que se sucedían por mi lado, las aceras llenas de gente. Intenté recordar algunos de los casos que había tratado con Quinn en los últimos meses mientras él tomaba un café con leche tras otro en la barra de la cafetería.

Muy bien, Mike, ¿cómo abordarías tú todo esto?

Piensa en voz alta, Clare . —Casi lo oía dándome consejos—. Ve paso a paso. Primero, cuéntame lo que sabes…

—El objetivo inicial del asesino no era aleatorio y no eran ni Ricky ni Jeff. Era Lottie, estoy segura. Y visto que Rena fue el segundo objetivo, ¿qué sacamos en claro? ¿Quién querría la muerte de Lottie y de Rena?

—¿Tad Benedict? —propuso Madame.

—El detective Quinn lo descartó y, de momento, estoy de acuerdo con él. Aunque, según Tad, Fen chantajeaba a Rena para hacerse con el control de la marca.

Madame puso los ojos como platos.

—¡Entonces el culpable es Fen! —chilló. Acto seguido, su gesto cambió, sacudió la cabeza y miró su precioso abrigo color pecana ribeteado de pelo—. Qué pena. Un diseñador con tanto talento…

—Aun así…, no termina de encajar —dije mientras me daba golpecitos en la barbilla—.

A ver, que Fen matara a Rena tiene sentido.

Intentó chantajearla. A lo mejor se enteró de que Tad y Rena pretendían vender sus acciones a otros inversores y largarse, se enfadó y la mató…

O puede que ordenara matarla. Pero ¿por qué querría Fen matar a Lottie?

Ella es la única mente creativa de la firma y, si la matara, acabaría también con la marca.

—Me da la impresión de que lo que quiere Fen es controlar a Lottie Harmon, no matarla —apuntó Madame—. Y para eso podría haber más de un motivo.

—¿A qué te refieres con «más de un motivo»?

Madame esbozó una sonrisa enigmática.

—Fen y Lottie estuvieron juntos hace años.

—Cómo que estuvieron juntos.

—Que fueron amantes.

—¿Amantes? —repetí—. Pero conozco a Lottie desde hace un año y nunca la he visto con Fen. Tampoco se ha dicho nada sobre ellos en la prensa rosa ni han publicado fotos, que yo recuerde.

—En la actualidad, a Lottie solo le interesa Fen en el plano laboral. Nada más. Por supuesto, este asunto me provocaba mucha curiosidad y le pregunté varias veces por él, pero siempre me contestó que no tenía ningún interés en reavivar la llama, que solo quería a Fen como socio.

Me recuerdan a Matteo y a mí —pensé—. O al menos así éramos hasta que la cagué y me acosté con él .

Pero ese pensamiento no lo compartí con Madame. En vez de eso, dije:

—Entonces, ¿crees que podría haber un trasfondo sexual en todo esto? ¿Tal vez Fen intenta poseer algo más que la marca de Lottie?

Madame levantó una ceja.

—Eso sin duda explicaría que haya llegado a semejantes extremos para obtener las acciones. Cuando el móvil es la pasión, la sensatez tiende a desaparecer.

—¿Y hoy no dijiste algo más sobre Lottie? Que ha cambiado con los años…

—Sí, exacto. Que está menos cómoda consigo misma.

Sabes, en más de una ocasión le he preguntado la razón de que abandonara el negocio para que me ayudara a rellenar los huecos en blanco de todos los años que vivió fuera, pero siempre ha eludido la pregunta o ha cambiado de tema… , y siempre con esa risa tensa y aguda.

—A mí me hizo lo mismo. Es muy reservada con su vida anterior.

Madame y yo nos miramos y asentimos; estaba claro que habíamos pensado lo mismo. Seguro que el pasado de Lottie escondía alguna respuesta valiosa. Justo en ese momento, el señor Raj aparcó frente a la cafetería. Le di un beso a Madame y le agradecí su ayuda.

—Ya me dirás qué descubres, querida —dijo Madame con los ojos brillantes por una evidente curiosidad.

—Por supuesto.

Mientras me apeaba del coche, vi que los «yonquis de las emociones fugu» seguían por allí.

Un grupo de jóvenes del East Village —con sus tatuajes y piercings diversos— pasaba el rato en la acera alrededor del viejo banco de hierro forjado que se encontraba delante del Blend.

Sin duda esperaban a que alguno de ellos cayera muerto por culpa de un café envenenado.

Al pasar junto una nube de humo que olía raro, me di cuenta de que no todos fumaban tabaco.

Nada más entrar, vi que Esther atendía a una fila de clientes en el mostrador mientras Moira y Matt se afanaban en preparar bebidas de café detrás de la barra.

O las cosas se habían ido de madre y mi ex se había ofrecido a echar un cable, o Matt estaba ensayando sus habilidades como barista a propósito para posteriores demostraciones ante los inversores de sus kioscos.

Esther me vio pasar a toda prisa y estuvo a punto de llamarme, pero le hice un gesto para que no dijera nada y extendí los diez dedos.

—Vuelvo dentro de diez minutos —gesticulé antes de subir corriendo la escalera de caracol del salón.

En el pequeño despacho de la segunda planta, solté el bolso en la mesa, me quité el abrigo y encendí el ordenador.

Como apenas sabía nada de la historia de la marca Lottie, decidí ver qué aparecía en internet.

Empecé por buscar en Google el nombre «Lottie Harmon».

Aparecieron nueve mil tres resultados. Afiné la búsqueda: «historia de la marca Lottie Harmon».

Eso me proporcionó mil cuatrocientos cincuenta y tres resultados, algo más manejable, ya que cientos de los enlaces en realidad eran el mismo, la reproducción de un comunicado de prensa largo y poco instructivo (al menos para mí) emitido por Rena García cuando la marca resurgió el año anterior.

Eliminé todos esos artículos y estreché la investigación a principios de los años ochenta, a los inicios de la línea de Lottie Harmon.

Obtuve un total de setecientas diecisiete entradas y empecé a consultarlas.

Tras eliminar los enlaces inútiles, la mayoría de los cuales llevaban a una noticia de Associated Press sobre la pompa y el boato hollywoodienses que decía «…

Morgan Fairchild y los complementos Lottie Harmon…

», me quedé con solo doscientas noventa y cinco noticias.

Mientras me daba cuenta de que la tarea me llevaría más tiempo de lo esperado, empecé a revisarlas.

Di en el blanco en la quinta entrada, al pulsar un enlace que conducía a una página nostálgica de los años ochenta.

La página de inicio de LosOchentaNuncaMueren.com mostraba un collage de iconos de la cultura pop dispuestos como en la vieja portada del disco de los Beatles Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band .

Aparecían distintas estrellas de la tele: Larry Hagman como J.

R. Ewing, el villano de Dallas ; Candice Bergen como Murphy Brown; un afable Don Johnson como Sonny Crockett en Corrupción en Miami ; Johnny Depp, Richard Grieco y el resto del reparto de Nuevos policías ; Michael J. Fox, y Al Bundy.

La música estaba representada por el grupo Devo con sus característicos cascos rojos de plástico; por Madonna, con una indumentaria que no tenía nada de virginal; por Billy Idol, con su cara de desdén; por Boy George, Duran Duran, George Michael y Michael Jackson.

Las estrellas de cine aparecían en las películas más famosas de la época: Jennifer Beals con su enorme sudadera de Flashdance ; el Tom Cruise en calzoncillos de Risky Business ; Harrison Ford como Indiana Jones; Arnold Schwarzenegger luciendo pectorales como Conan el Bárbaro; Michael Douglas repeinado como Gordon Gecko en Wall Street , y Glenn Close con el cuchillo de Atracción fatal .

Al fondo, presidían los ojos centelleantes del presidente Ronald Wilson Reagan, apodado The Gipper por su papel como George Gipp en la película Knute Rockne, All American .

A ambos lados se mostraban un montón de enlaces sobre diferentes ámbitos de la vida en los años ochenta, con títulos tan llamativos como: «La década de la codicia» para la sección de negocios (aunque, en mi opinión, hubo tanta o más codicia y corrupción durante la burbuja puntocom de los años noventa), «Somos la música», «Los males de la tele», «Guerra fría», «Idolatría», «Góticos» y cosas por el estilo.