Un café con leche agria Capítulo veintiuno
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Capítulo veintiuno

C APÍTULO V EINTIUNO

S i alguna vez escribo un manual sobre cómo ser una detective aficionada, añadiré un capítulo sobre uno de los recursos más importantes con los que debe contar cualquier investigadora: una anciana impecablemente vestida que no levante ningún tipo de sospechas y que sea capaz de conseguir lo que se proponga en cualquier situación.

Una mujer con una presencia tan imponente, tan elegante que casi nadie se atreva a cuestionar sus intenciones ni a preguntar con insolencia sobre sus asuntos.

A pesar de sus impresionantes credenciales e historia, al salir del ascensor y recorrer sus alas el Bellevue se parece a cualquier otro hospital: paredes blancas, enfermeras y personal vestidos de blanco, y un tufo a medicina que apenas enmascara el olor a enfermedad, descomposición y muerte.

Vale, quizá me estoy poniendo demasiado macabra, pero aparte del tiempo que pasé en el hospital cuando tuve a mi hija Joy, mis recuerdos de estas instalaciones no son agradables.

Una de mis empleadas murió en un lugar como este apenas un mes después de que yo regresara a Nueva York para regentar la cafetería.

No guardaba un buen recuerdo de aquello y, ese día, al recorrer los pasillos asépticos, me prometí que no volvería a visitar una cárcel y un hospital en el mismo día.

Madame preguntó por Jeff Lugar en el puesto de enfermería. Una enfermera de mediana edad revisó la lista.

—El señor Lugar se encuentra en la habitación 1014. Creo que ya tiene visita, pero seguro que le encantará que hayan venido a verle sus familiares más cercanos.

—Nada más encantador que la visita de una abuela —susurré.

—Shhhh, Clare —me advirtió Madame.

Pero la suposición de la enfermera demostraba mi teoría: nadie sospecha de una anciana bien vestida. Nadie.

—La habitación del señor Lugar se encuentra al final de este pasillo, es la última a la izquierda —dijo la enfermera con voz alegre.

Mientras avanzábamos por el pasillo, un joven salió de la 1014. Antes de que él nos viera, agarré del brazo a Madame para que se detuviera.

—Clare, ¿qué pasa?

—Ese hombre —susurré—. Lo he visto antes. Dos veces.

La persona que acababa de salir de la habitación de Jeff Lugar era el joven con el pelo rubio al cepillo a quien Esther Best denominó «clon de Billy Idol».

Don Ochentero había merodeado cerca de la barra justo antes del envenenamiento, según dijo Esther, y también estuvo en el seminario de inversiones de Tad Benedict.

El hombre misterioso vestía un traje de seda negro y una corbata estrecha de color escarlata, y llevaba la chaqueta remangada al más puro estilo ochentero, lo cual revelaba un complejo mapa de tatuajes morados y azules en los antebrazos.

De la solapa le colgaba una tarjeta identificativa azul y amarilla de plástico que yo ya había visto antes: la llevaba el personal de la Semana de la Moda de Otoño, en Bryant Park, cuando fui a visitar a Lottie a la gran carpa central llamada Plaza.

Esperé a que el hombre se girase, nos viera y tal vez reconociese a Madame de la noche a bordo del Fortune. Aunque yo esa noche fui disfrazada de Jackie Kennedy, Madame iba igual de elegante y era difícil olvidar a una mujer con semejante presencia.

Una voz débil sonó desde la habitación. No logré entender las palabras, pero sí oí la respuesta de don Ochentero.

—Voy un momento abajo a por un refresco —dijo—. Vuelvo enseguida.

Nos dio la espalda, sin reparar en nuestra presencia, y avanzó por el pasillo hacia otro grupo de ascensores.

—Esto es cada vez más curioso —murmuré.

Madame levantó las cejas sin decir nada.

Cuando don Ochentero desapareció, dimos unos golpecitos en el marco de la puerta.

El hombre que levantó la vista entre las sábanas blancas y almidonadas era un fantasma pálido del joven guapo, viril y bronceado que apareció agarrado del brazo de Ricky Flatt en la fiesta preestreno de Lottie.

Tenía el rostro blanquecino y demacrado, y los ojos, apagados.

Un tubo intravenoso se le perdía en el brazo y tenía otro de oxígeno pegado al labio superior mediante una gasa que le rodeaba la cabeza.

Su carne estaba flácida y descolorida, casi traslúcida, y su piel, tan acartonada y seca como un pergamino viejo.

Cuando nos miró, levantó un brazo para protegerse los ojos de la intensa luz vespertina que se colaba por una gran ventana. Le tembló la mano por el esfuerzo.

—¿Jeff Lugar? —Comencé a decir mientras traspasaba el umbral—. Soy Clare Cosi y esta es la señora Dubois…

Nos miró fijamente. Tenía los ojos brillantes, como febriles.

—¿Nos conocemos? —susurró con voz ronca.

Sacudí la cabeza.

—Estuve en la fiesta de Lottie Harmon… Vi lo que les pasó a usted y al señor Flatt. Y se me ocurrió venir a hacerle una visita… para ver cómo se encuentra.

Jeff Lugar se rio con amargura.

—Estoy bien, bastante bien, o al menos eso dicen los médicos.

—Ah, ¿sí? Qué noticia tan buena —dijo Madame con un entusiasmo comedido.

—¿Usted cree? —contestó Jeff.

Levantó una mano para retirarse un mechón de pelo de la cara. De nuevo, el brazo le tembló tanto que no pude apartar la vista. Jeff Lugar se dio cuenta de que lo miraba y bajó la mano enseguida.

—Daño neuronal causado por privación de oxígeno —explicó—. Otro de los maravillosos efectos del cianuro. También hay algo de daño cerebral, aunque me han dicho que es mínimo, sea lo que sea eso.

Jeff Lugar intentó reírse de nuevo, pero le dio un golpe de tos. Al ver que cada vez tosía más, me acerqué y le serví un poco de agua. Se la bebió con sorbos sonoros.

—Gracias… El oxígeno me seca la boca. —Intentó devolverme el vaso de plástico y me derramó agua en la muñeca y el brazo.

—Perdón… No…, no soy el mismo de siempre.

Me quedé callada un momento mientras Madame le preguntaba amablemente por su casa y su familia, por su salud y su situación. Cuando vi que se abría un hueco en la conversación, aproveché para intervenir:

—¿Sabe por qué querría alguien envenenar a Ricky Flatt?

—Porque Ricky era un poco cabrón, se me ocurre. —Parpadeé—. Verá —Jeff Lugar carraspeó—, me cuesta juzgar a ese camarero por haberlo envenenado. Ricky se comportaba como un mierda en muchas ocasiones y provocó a su exnovio de un modo…

—¿Tenía usted celos de la relación anterior de Ricky?

Jeff sacudió la cabeza.

—Para nada. Ricky ni siquiera me caía bien. Esa noche lo acompañé porque él me insistió, dijo que eso impulsaría mi carrera como modelo, que me vendría bien que la gente me viera…, que me vieran con él. Eso dijo.

—Entonces, ¿está usted convencido de que el camarero es culpable?

Jeff se encogió de hombros.

—¿Quién si no? La policía ha dicho que fue él y yo me lo creo. ¿Quién soy yo para contradecir a la policía?

—Tal vez Ricky no fuera el verdadero destinatario del veneno —lo azucé—. Tal vez la víctima era otra y usted y Ricky se interpusieron en su camino.

Jeff asintió.

—Eso es lo que dice mi amigo Bryan. Él también estuvo en la fiesta y lo vio todo. Supongo que es posible.

—¿Quién es Bryan?

—Bryan Goldin. No se han cruzado con él de milagro.

—¿Rubio con el pelo al cepillo? ¿Uno que se parece a Billy Idol?

Jeff Lugar asintió. Por fin descubrimos quién es don Ochentero , —pensé.

—¿Le darán el alta pronto? —preguntó Madame.

—Me van a trasladar a un centro de rehabilitación situado al norte del estado durante seis meses; eso es lo que dicen los médicos que tardaré en recuperar mis… capacidades.

Charlamos durante un rato más hasta que me di cuenta de que Jeff Lugar se debilitaba. Le toqué el brazo a Madame y nos despedimos.

—Pobre muchacho —suspiró Madame—. Tiene un aspecto terrible.

—Al menos sigue vivo.

—Sí, pero me temo que le queda una larga recuperación.

Me di cuenta de que Madame sufría por Jeff Lugar.

A mí también me daba mucha pena, pero mi mente estaba centrada en Bryan Goldin.

En una ciudad de diez millones de personas con una industria de la moda mastodóntica, me lo había cruzado ya tres veces.

En la fiesta de lanzamiento, Bryan Goldin parecía estar solo, aunque en el yate me dio la impresión de que pertenecía al entorno de Lebreaux.

Y aquí estaba de nuevo, esta vez como amigo del desafortunado Jeff Lugar, según parecía.

De pronto, la teoría extravagante de Matteo sobre los tejemanejes de Lebreaux para destruir la reputación del Village Blend cobraba más sentido.

¿Y si Lebreaux utilizaba a Bryan como una especie de sicario demente, aunque eso implicara echar cianuro en un café con leche y cometer un asesinato completamente al azar?

¿Y si Bryan hubiese fallado al intentar matar a Lottie y en su lugar hubiera envenenado a un amigo y ahora se sintiera culpable?

Madame y yo tomamos el ascensor para bajar al vestíbulo. Estábamos a punto de marcharnos del hospital cuando divisé a don Ochentero que volvía, supuse que a la habitación de Jeff Lugar. Pasó por nuestro lado sin mirarnos y se montó en un ascensor vacío.

Apreté el brazo de Madame.

—Ahora mismo vuelvo —susurré antes de entrar en el mismo ascensor que Bryan Goldin.

Éramos los únicos ocupantes cuando las puertas se cerraron.

El botón de la décima planta ya estaba encendido, pero lo pulsé igualmente.

Las puertas terminaron de cerrarse, apoyé la espalda en un rincón y miré al joven modelo.

Él también me miró, la típica mirada rápida de la gente en los ascensores.

Estaba claro que no me había reconocido, aunque tal vez se le diera muy bien fingir indiferencia.

Por supuesto, yo no destacaba entre la multitud como él, con esa apariencia sofisticada, esa ropa moderna y cara, ese pelo teñido y esos tatuajes carcelarios.

El ascensor se sacudió y empezó a subir. Si me lanzaba, tenía que ser ya.

—Disculpe, usted es Bryan Goldin, ¿verdad?

Parpadeó con una sorpresa genuina antes de que el velo de indiferencia descendiera de nuevo sobre él.

—Sí —dijo.

—Lo vi la otra noche, en la fiesta de Lottie Harmon.

Entrecerró los ojos para mirarme mejor.

—¿Trabaja usted en alguna marca de moda? ¿O en una revista, señora…?

—Cosi. Clare Cosi. En realidad, lo vi en la fiesta y en otra ocasión. En el yate, acompañado del señor Lebreaux.

Goldin se movió con incomodidad, apartó la vista y pulsó el botón del ascensor con impaciencia.

—¿Es usted amigo de Lebreaux? —le pregunté con una sonrisa forzada—. Conozco a Eduardo desde hace años…

—Lo conozco —dijo Goldin sin más.

El ascensor se detuvo en el séptimo y las puertas se abrieron.

Pensé que Bryan huiría, pero se quedó y aprovechó la distracción para darme la espalda.

Dos enfermeras se acercaron charlando y se subieron al ascensor.

Una de ellas apretó el botón del octavo, pero alguien las llamó desde el pasillo y salieron de nuevo a toda prisa.

Las puertas se cerraron y Goldin y yo nos quedamos de nuevo solos.

—Seguro que es usted modelo —murmuré con admiración.

—A veces —dijo Goldin entre dientes.

Me pregunté por su conexión, si es que la había, con el desfile de Lottie y Fen que tendría lugar al día siguiente.

—¿Trabaja usted como modelo para Fen?

Bryan Goldin puso morritos en una imitación casi perfecta de Billy Idol.

—Pues claro.

¿Pues claro? Qué respuesta tan extraña, como si hubiera que darlo por sentado.

¿Era simple seguridad en sí mismo al borde de la arrogancia?

¿O había algo más en sus palabras? Estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando el ascensor se detuvo en el octavo y la puerta se abrió.

No se subió nadie y esperamos un momento.

Entonces, cuando las puertas estaban a punto de cerrarse otra vez, Bryan Goldin se coló entre ellas y echó a andar por el pasillo.

Intenté seguirlo, pero había calculado su salida a la perfección y las puertas se me cerraron en las narices.

Una vez en la décima planta, volví a la habitación de Jeff Lugar para echar un vistazo. Salvo por el silbido del respirador, la habitación estaba en silencio. Jeff Lugar estaba solo y dormía profundamente. Quise esperar por si Bryan regresaba, pero al cabo de un cuarto de hora volví al ascensor.