Capítulo veinte
C APÍTULO V EINTE
A Madame y a mí nos habían intimidado tanto el silencio y la opresión de Rikers Island que casi no nos atrevimos a respirar con normalidad hasta después de cruzar el puente sobre el East River y mezclarnos con el tráfico normal de la avenida Grand Central.
Por una vez me alegré de estar atrapada en el ruidoso caos de la hora punta y, al mirar por la ventanilla, contemplé un avión que sobrevolaba Rikers antes de aproximarse a una de las pistas del aeropuerto de LaGuardia.
Me pregunté cómo sería estar atrapada en esa prisión y oír, una hora tras otra, día sí y día también, el zumbido de los aviones por encima de ti llenos de gente libre y feliz que continúa con su vida.
—¿Adónde le gustaría ir ahora, señora Dubois? —preguntó el señor Raj.
Madame le lanzó una mirada confusa.
—Muy buena pregunta.
Solté una maldición.
—Qué estúpida. Tendría que haberle preguntado a Tucker dónde está ingresado Jeff Lugar. Es el tipo de información que no suelen facilitar en la recepción de los hospitales.
Madame se inclinó hacia delante.
—De momento, vamos hacia Manhattan —le dijo al señor Raj, que asintió y continuó hacia el puente de Queensboro.
—¿Tienes alguna pista de dónde podría estar, Clare? —me preguntó Madame.
—Creo recordar que al menos una de las ambulancias era del hospital St. Vincent —contesté.
Madame asintió.
—Algo es algo, querida. —Buscó en su bolsito hasta que dio con el móvil—. Ahora, relájate mientras llevo a cabo un par de consultas.
Madame marcó el teléfono y a continuación habló:
—Con el doctor McTavish, por favor. De parte de la señora Dubois.
El médico respondió de inmediato. No era de extrañar, ya que Madame y él salían juntos desde hacía algún tiempo.
Bien entrado en la setentena, el doctor McTavish guardaba cierto parecido con Sean Connery y, al igual que el actor de 007 , el estimado oncólogo del St. Vincent tenía una planta imponente pese a su avanzada edad.
Sin embargo, a diferencia del señor Connery, el doctor McTavish conservaba la mayor parte de su cabellera gris.
Madame le murmuró algo con dulzura y los años parecieron desparecer de su rostro mientras él le respondía. Poco después, colgó y anunció:
—Vale la pena tener contactos en el mundo sanitario.
Me dieron ganas de gritar: «¡Desembucha!». Pero como se trataba de Madame, pregunté con educación:
—¿Qué has descubierto?
Los ojos de Madame brillaron. Estaba claro que todo ese rollo detectivesco despertaba su lado más oscuro.
—Al señor Jeffrey Lugar lo llevaron al St. Vincent la noche del incidente.
Tras el protocolo de intervención, le diagnosticaron envenenamiento con cianuro y, cuando la situación fue estable, lo trasladaron al centro de tratamiento de intoxicaciones del hospital Bellevue para recibir atención a largo plazo.
Madame se acercó al asiento delantero y le tocó el brazo al señor Raj.
—Nos gustaría ir al hospital Bellevue, que está en…
—En la Primera Avenida con la Veintisiete. Conozco bastante bien esa institución, señora Dubois —contestó con una sonrisa.
—Gracias, señor Raj.
Madame me miró.
—Ojalá podamos ayudar al pobre Tucker. Tiene que sentirse tan solo, abandonado y aislado…
—Él sabe que intentamos ayudarlo, que no está del todo solo —contesté.
Madame asintió.
—La soledad es algo terrible. Puede que lo más terrible de todo. Podría enfrentarme a la pobreza, a la enfermedad y hasta a la muerte con valentía. Pero a la soledad y el aislamiento… Necesito a la gente, Clare.
—¿Por eso acogiste con tanta calidez a Lottie Harmon cuando volvió a Nueva York?
—Esa es una de las razones, por supuesto. Pero en el pasado siempre disfruté de su compañía. Por desgracia, los años la han cambiado.
—¿En qué sentido?
—Ya no es la misma mujer alegre de antes. Ahora está siempre de los nervios, ¿sabes?
—¿A qué te refieres con «de los nervios»?
—Bueno, cómo te diría… —Madame apretó los labios mientras se lo pensaba—.
Su risa, por ejemplo. Es tan forzada… A decir verdad, me incomoda.
Antes no era así. Y esas miradas de reojo llenas de inquietud.
Está muy quisquillosa, siempre angustiada.
Sin embargo, antes era muy despreocupada, muy tranquila.
Se nota que ya no está cómoda con ella misma, un rasgo suyo que siempre admiré y que ahora ha desaparecido.
—Te entiendo. Está demasiado cohibida. Y su comportamiento parece forzado, no falso, pero sí un poco tenso. Como su risa, demasiado chillona, demasiado estridente. Da la impresión de que oculta algo.
Madame asintió.
—El aplomo, la confianza en sí misma, han desaparecido. Pero supongo que en la vida a veces pasan cosas.
—¿Qué cosas?
Madame frunció el ceño.
—Una tragedia, quizá… O una sucesión de fracasos amorosos o de cualquier otra índole. —La voz de Madame se debilitó. Pareció sumirse en su mundo—. Ojalá pudiera decirte algo más —concluyó por fin.
Me tocó a mí fruncir el ceño.
—Me parece que nos hemos quedado sin pistas. Esta visita a Jeff Lugar… es un movimiento desesperado. No sé qué pretendo conseguir.
—Bueno, no te apures, querida. Es lo que corresponde en este momento —señaló—. Puesto que lo envenenaron en nuestra cafetería, lo mínimo es ir a visitarlo. Si no le sacamos ninguna información a Lugar, lo intentaremos por otros caminos.
—En fin, pase lo que pase, dale las gracias de mi parte al doctor McTavish.
—Se ha alegrado de poder echar una mano. Si hubiera sabido que Jeff Lugar estuvo en el St. Vincent, habría investigado para nosotras mucho antes. Eso me ha dicho.
Decidí correr el riesgo de recibir una de sus miradas de desaprobación y me atreví a curiosear:
—Ahora que lo mencionas, ¿cómo van las cosas con el doctor?
Por supuesto, fue un tremendo error sacar a colación el tema del amor, porque Madame me devolvió la pregunta tan rápido que me sentí aturdida, aunque tal vez fuera un poco de mareo por el coche.
—Creo que estábamos hablando de lo mucho que ha cambiado Lottie Harmon —respondió Madame con rigidez—. Y ya que hablamos de cambios, ¿qué opinas de los esfuerzos que está haciendo Matteo por enmendarse?
—¿Te refieres a su nuevo espíritu emprendedor?
—Me refiero al modo en que te mira, Clare. ¿No ves que ahora te trata de una manera muy diferente?
—Pues no, la verdad —contesté mientras recordaba el misterioso pintalabios que encontré en el cuello de su camisa.
Suspiré mientras me preguntaba cómo la relación con mi exmarido se había convertido en el tema de conversación.
—Reconocerás que Matteo ha demostrado un nuevo interés en el negocio.
Asentí y reconocí para mí misma que también había demostrado un nuevo interés en mí, al menos hasta que algo mejor, algo llamado Breanne, se cruzara en su camino.
Madame me miró con determinación.
—Y también creo que está demostrando un respeto y una preocupación por su familia que no tenía antes.
Suspiré.
—Sí, admito que Matteo ha dado a entender que le gustaría… ver más a Joy.
—Y a ti, querida.
—Puede que sí, pero no me parece lo más sensato para ninguno —contesté con diplomacia, con la esperanza de que Madame bajara de las nubes con suavidad.
—Pero aún lo quieres —espetó Madame. Una afirmación, no una pregunta.
Miré a Madame, que aguardaba con cara expectante.
—Ay, Madame… Tú sabes que el amor nunca fue el problema.