Capítulo diecinueve #2
En el Edificio de Control nos hicieron pasar por un detector de metales e introducir el pase oficial del comisario adjunto por debajo de una gruesa ventanilla de metacrilato antibalas para que lo viera el sargento de recepción.
Tras revisar nuestras identificaciones —mi carné de conducir del estado de Nueva York y el pasaporte de Estados Unidos de Madame— nos dejó pasar acompañadas de dos funcionarías de prisión que nos llevaron a otra zona donde nos escanearon de nuevo, esta vez con detectores de metales y una máquina relativamente nueva llamada Ionscan que era capaz, según nos dijeron, de detectar restos de droga de un modo muy parecido a los detectores de explosivos de los aeropuertos.
Una de las guardias, bastante habladora, nos contó que el año anterior habían detenido a unos trescientos visitantes en Rikers por intentar introducir drogas, armas, munición y demás para los prisioneros.
Por fin, nos cachearon. Las mujeres trabajaban en silencio y con eficacia sin mirarnos a los ojos.
Nos pidieron que vaciáramos los bolsillos y el bolso, y nos confiscaron los móviles hasta que terminara la visita.
Pocos minutos después, otro guardia armado nos entregó unas tarjetas identificativas de plástico.
—No las pierdan —nos advirtió—. Pueden detenerlas si no llevan estas identificaciones bien visibles en todo momento.
No lo dudé.
El pase del comisario adjunto tuvo que proporcionarnos una especie de trato VIP , porque un guarda joven hispano nos sacó de allí de inmediato y nos acompañó a lo largo de una calle hasta un moderno edificio modular situado una manzana más abajo.
Me esperaba lo típico de las películas: una mesa larga con sillas, un cristal antibalas entre el visitante y el prisionero, un teléfono sobre la mesa por el que hablar con tus seres queridos.
Sin embargo, nos llevaron a una pequeña sala sin ventanas, una celda, en realidad, con una pesada puerta de acero, luces fluorescentes y muros de ladrillo cubiertos con una gruesa capa de pintura verde hospital.
Madame y yo nos sentamos en unas sillas de plástico verdes hasta que, al cabo de un rato, se abrió por fin la puerta.
Levantamos la vista mientras Tucker entraba. Un guarda fornido y uniformado llevaba agarrado del brazo al joven y delgaducho dramaturgo y actor, al que duplicaba en tamaño. Me levanté para darle un abrazo a mi amigo, pero el gesto de dolor y vergüenza de Tucker me hizo frenar en seco.
—Levante los brazos —gruñó el guardia.
En ese momento reparé en que Tuck llevaba las manos a la espalda… esposadas. El guardia se sacó una llave del bolsillo y le quitó las esposas. A continuación, se dirigió a nosotras por primera vez.
—Treinta minutos —dijo—. Si me necesitan antes, golpeen la puerta.
El guardia se dio media vuelta y se marchó.
La puerta se cerró con un fuerte sonido metálico.
Tucker, más pálido y delgado que nunca, se frotó las muñecas en la zona donde antes estaban las esposas.
Su bonita melena castaña y lacia había desaparecido y ahora estaba rapado.
Parecía una oveja esquilada, pero, pese a su obvio sufrimiento, nos miró con ojos agradecidos.
—Dios… Clare, Madame…, gracias por… —Se le quebró la voz al tiempo que se sentaba en la silla verde de plástico a mi lado. Le di un abrazo y se puso a sollozar sacudiendo los hombros.
—Te sacaré de aquí, Tucker. Te lo juro…
Tucker se secó las mejillas con las manos y asintió, pero su rostro era una máscara de duda y confusión.
—¿Cómo ha pasado todo esto? —se lamentó.
Madame se inclinó hacia delante.
—¿Tienes buen asesoramiento legal? —le preguntó.
—El abogado…, el señor Tanner…, hace todo lo que puede. Dice que como el segundo envenenamiento no fue mortal, es probable que los cargos se reduzcan a imprudencia temeraria. El señor Tanner interrogó a Jeff Lugar…
Me enderecé.
—¿Cómo?
Jeff Lugar era la segunda víctima, el jovencito guapo y moreno que salía con Ricky y que apuró el café con leche envenenado.
Me moría por saber cómo estaba, pero tras las primeras noticias sobre el envenenamiento, los detalles del suceso desaparecieron de los titulares.
En una ciudad tan grande como Nueva York y con unas noticias tan descabelladas, hasta un envenenamiento mortal en una fiesta elegante dejaba de ser noticia al cabo de cuarenta y ocho horas.
El último informe sobre el estado de salud de Lugar lo había descrito como «crítico», así que di por hecho que estaría en coma o en una situación incompatible con hacer declaraciones. Era obvio que me equivocaba.
—Tucker, ¿estás diciendo que tu abogado habló con él? —pregunté.
—Sí… El señor Tanner o alguien de su bufete, no sé.
—¿Y qué dijo?
Tucker se encogió de hombros.
—Poca cosa. Solo sé que, a partir de la versión de los hechos de Lugar, el señor Tanner dice poder demostrar que Jeff no era el objetivo del envenenamiento y que solo fue una consecuencia desafortunada del crimen.
Permanecí en silencio mientras reflexionaba sobre la posibilidad de ir a ver a Lugar.
—Y por lo demás, ¿cómo estás? —le preguntó Madame, y le acarició la mano.
—Creo me van a trasladar pronto —dijo con un estremecimiento que apenas logró reprimir—. El señor Tanner está intentando que me hagan una evaluación psiquiátrica, para lo cual me trasladarían a un centro médico como Bellevue, pero el juez se resiste…
Se le apagó la voz y miró fijamente la pared.
Por supuesto, comprendí la preocupación de Tucker.
Si lo sacaban del aislamiento y de la vigilancia por riesgo de suicidio, lo mandarían a un lugar con el resto de los presos, entre criminales violentos, algunos condenados por crímenes atroces. Una oveja entre lobos fieros.
—Eso no va a pasar —afirmé con rotundidad—. En menos que canta un gallo te habremos sacado de aquí.
—De todos modos, si el plan no sale adelante, tengo varias sugerencias para sobrevivir en este sitio sin sufrir daños —dijo Madame—. Son trucos que conozco de primera mano.
Tucker y yo la miramos con asombro.
—¿Quieres decir que has estado en la cárcel? —preguntó Tucker.
Madame asintió.
—Me encerraron en estas mismas instalaciones hace muchos años.
—¿Por qué? —pregunté.
—Nada importante —respondió, sacudiendo la mano—. Es una vieja historia…
Ambos insistimos para que nos ofreciera más detalles, pero Madame se negó a dar explicaciones y, por su expresión severa, nos quedó claro que era mejor cambiar de tema, cosa que por supuesto hicimos, ya que nadie presiona a Madame.
Así pues, Tucker preguntó por la cafetería y por Esther y Moira. Después, Madame miró a Tucker, le agarró la mano y lo miró a los ojos.
—Sé que estar en la cárcel parece el fin del mundo, pero jamás pierdas la esperanza.
No mires a nadie a los ojos o se lo tomarán como un desafío, pero tampoco apartes la mirada, porque pensarán que eres débil.
—Tucker asintió con cada consejo—. Permanece solo, pero no rechaces la amistad si te la ofrecen.
Ten cuidado al relacionarte con los guardias.
Si te llevas demasiado bien con ellos, los demás presos te tomarán por un chivato traidor.
Nunca había oído a Madame hablar de ese modo («chivato traidor» era una de las expresiones favoritas de mi querido padre) y, aunque me asombraba oír consejos carcelarios de una mujer vestida de Fen de pies a cabeza, tenía que admitir que sus sugerencias parecían la mar de sensatas.
—No te dejes engañar, Tucker —continuó—, pero tampoco des por hecho que todos los demás son criminales que quieren hacerte daño por el simple hecho de estar encerrados aquí.
La mayoría están en la misma situación que tú, son inocentes, pero no tienen dinero para pagar la fianza.
Esperan justicia confiando en que el sistema los absolverá.
Con ojos llorosos, Tucker abrió la boca para hablar, pero el sonido de la puerta lo interrumpió.
—Se acabó el tiempo —dijo el guardia.
Le dimos un último abrazo a Tucker y observamos con tristeza cómo lo esposaban antes de llevárselo.
La mujer que nos había acompañado hasta la sala apareció en la puerta un momento después y nos guio de vuelta al Edificio de Control, donde registraron nuestra salida y nos devolvieron los móviles y el resto de efectos personales.
Fuera, Madame le hizo una señal al señor Raj, que estaba aparcado en la zona de visitantes. Mientras el Lincoln se acercaba, Madame respiró hondo.
—Ay, Clare, qué pena me da este chico. Ojalá pudiera hacer algo más por él.
—Puedes hacerlo —contesté.