Capítulo diecinueve
C APÍTULO D IECINUEVE
E l día siguiente era sábado. Abrí la cafetería y, en un estado casi robótico, recibí al repartidor de la panadería, con su chaqueta de los Yankees, y a los primeros clientes de la mañana.
No dejaba de pensar en Tucker. Me había quedado sin pistas y, peor aún, mi teoría poco convincente sobre la culpabilidad de Tad y la difunta Rena García hacía aguas por todas partes.
No podría haberme equivocado más con la fatídica pareja, que habían dejado de ser sospechosos para convertirse en víctimas.
El ajetreo de la mañana pasó, llegó el correo y yo no dejé de servir expresos como por inercia.
A eso de las once, el detective Quinn debía de estar demasiado ocupado para devolver las llamadas y supuse que trataba de localizar al escurridizo diseñador Fen.
Matteo estaba fuera, concentrado en su proyecto de los kioscos de café.
Y el asesino de Rena seguía suelto. En ese momento, mientras me preparaba para el ajetreo del almuerzo, llegó un mensajero en bicicleta con un sobre para entregar en mano.
—¿Es usted Clare Cosi?
Asentí y me pasó una carpeta sujetapapeles.
—Firme aquí… Y escriba su nombre completo aquí.
Eché un garabato y puse mi nombre con letra mayúscula. El hombre me pasó un sobre manila, en cuyo remitente leí: «Tanner y asociados, abogados». La dirección se ubicaba en Madison Avenue. Al verlo, Esther Best apareció por detrás de mí.
—¿Qué es? Espero que buenas noticias.
—Algo del abogado de Tucker, creo.
Abrí el sobre y vi una carta y otro sobre dentro, esta vez del comisario adjunto del Departamento de Correcciones de la Ciudad de Nueva York:
—«Por la presente le comunicamos que este pase autorizado permite a la señora doña Clare Cosi y a la señora doña Blanche Dreyfus Allegro Dubois visitar al preso n.º 3244798909, el señor don Tucker Burton de…».
Dejé de leer porque Esther Best empezó a soltar alaridos (cosas de la generación del hip-hop ) y varios clientes se quedaron mirándola.
—¿Cuándo irás a verlo? —chilló.
—Lo antes posible —contesté y cerré los ojos, agradecida y aliviada.
Me apresuré a subir por la escalera hasta mi pequeño despacho para llamar a Madame.
Desde que detuvieron a Tucker, había intentado ir a verlo por todos los medios, pero nunca imaginé lo difícil que sería visitar a un preso en lo que se consideraba la única colonia penal de Estados Unidos.
A menos que seas familiar del recluso, es casi imposible visitarlo en Rikers Island, e incluso así tienen que inscribir tu nombre en una lista oficial.
Cualquier otra persona, salvo abogados o miembros de los cuerpos de seguridad, debe enviar una solicitud al comisario adjunto del Departamento de Correcciones, que recibe entre mil quinientas y dos mil peticiones al mes.
Por lo general se tardan semanas en recibir una respuesta, que suele ser negativa.
Yo le había mencionado el problema a Matteo, quien a su vez se lo había contado a Breanne.
De algún modo, el abogado de la señora Summour se las había ingeniado para abrirse paso por la montaña de trámites burocráticos y la autorización había aparecido como por arte de magia.
Aunque yo no era fan de Breanne Summour, en ese momento estaba muy agradecida por el pase, y convencida de que Madame compartiría ese sentimiento.
Marqué el número y Madame contestó al segundo tono.
—Es el día libre del ama de llaves, querida —me explicó.
Le di la maravillosa noticia y se puso tan eufórica como yo.
—Me paso por tu casa dentro de una hora —le dije.
Cincuenta y dos minutos después, cogí un taxi en Hudson y le indiqué mi destino al conductor.
—Primero hay recoger a una persona en la Quinta Avenida, cerca de Washington Square Park. Después, vamos a Rikers Island.
El taxista puso cara de sorpresa y, al volver la cabeza, agitó las rastas por el aire.
—¿A Rikers? ¿Se refiere a la cárcel, señora? —preguntó con un musical acento caribeño. Sacudió la cabeza y las rastas volvieron a volar—. Señora, no sé cómo se llega hasta allí. Eso está en Queens, ¿no?
—Si, en la orilla norte de Queens, en mitad del East River.
—Verá, señora, este taxi no flota. Tengo que llamar a la centralita.
Mientras el conductor se dirigía hacia Washington Square, saqué el móvil y llamé a Madame.
—Parece que los taxis no saben llegar a Rikers Island —le expliqué.
—No te preocupes, querida. Llamaré al servicio de conductores que suelo utilizar yo. Estoy segura de que el señor Raj nos echará una mano.
Informé al taxista de que me bajaría en Washington Square y que no iríamos a Rikers Island.
Pareció aliviado. Ya en la Quinta Avenida, vi que Madame me esperaba frente a su edificio.
Estaba envuelta en un elegante abrigo color marrón pecana con cinturón y ribetes de pelo sintético en los puños, las solapas y el cuello.
—El señor Raj ha insistido en llevarnos él mismo. Ya ha ido otras veces.
Levanté las cejas.
—¿Y te ha dicho para qué?
Madame sacudió la mano.
—No le he preguntado y él no me ha dado explicaciones.
Unos minutos después, se detuvo junto al bordillo un Lincoln Town último modelo con placas relucientes de la Comisión de Taxis y Limusinas de Nueva York. Un hombre diminuto de mediana edad con la piel morena y un espeso bigote plateado descendió y nos abrió la puerta.
— Bonjour , señor Raj —dijo Madame con dulzura.
— Bonjour , Madame —le contestó a mi exsuegra de origen francés. Con una sonrisa por debajo del bigote, vestía un traje impecable y un turbante azul.
El trayecto para salir de Manhattan fue poco reseñable.
Nos dirigimos hacia la parte alta y cruzamos el túnel de Queens Midtown hasta llegar a la avenida Grand Central.
Sin embargo, antes de llegar al aeropuerto de LaGuardia, el conductor viró hacia una salida poco transitada con el cartel de Decimonovena Avenida que llevaba hasta un puente estrecho de dos carriles, la única manera de llegar a Rikers Island por tierra.
Ese puente, bastante desconocido para la mayoría de los neoyorquinos, se extendía casi dos kilómetros sobre el East River.
Cuando pasamos por encima de las agitadas aguas del río, sonó un ruido ensordecedor y sobre nosotros aparecieron las alas y el fuselaje plateados de un avión de United Airlines.
Descendía tan rápido y volaba tan bajo que las ventanillas del coche vibraron y casi pude distinguir a los pasajeros sentados en posición de aterrizaje.
Por un momento se me detuvo el corazón, segura de que iba a presenciar un accidente aéreo.
Entonces me di cuenta de que en el muelle de nuestra derecha se veía un enorme cartel que dirigía a los pilotos a la pista 13-31 de LaGuardia.
Unos segundos después, el avión aterrizó con suavidad.
Suspiré y me acomodé. Al otro lado de los cristales tintados del coche, el sol jugaba con las aguas onduladas del East River.
El puente, poco transitado, estaba patrullado por la policía, tanto en coche como a pie.
A lo largo de todo el camino, los letreros advertían a los pasajeros de que en el interior de la prisión no se permitían las armas de fuego, las cámaras y dispositivos fotográficos, las grabadoras, buscas y móviles ni distintos tipos de instrumentos, y que los confiscarían en la entrada.
También advertían que era obligatorio mostrar una identificación válida y que se registraría a todos los visitantes antes de entrar en el recinto.
Durante el trayecto de Manhattan a Queens, había leído en voz alta unos papeles que nos envió el abogado.
Según parece, la isla se llama así por la familia Rikers, que en la década de 1880 le vendió esa roca gigante que emergía del East River a la Ciudad de Nueva York.
Al principio, el Ayuntamiento utilizó la isla como vertedero.
Durante los cuarenta años siguientes, el tamaño de esa masa de tierra se cuadruplicó como resultado de las toneladas de basura depositadas en ella.
Hacia 1935, cerraron el vertedero y las barcazas que transportaban la basura dejaron de funcionar; fue entonces cuando abrieron la primera cárcel.
El Centro Penitenciario de Rikers Island es ahora una de las prisiones más grandes del mundo y consta de diez módulos repartidos por un área equivalente a la mitad de Central Park.
Hay nueve módulos para hombres y uno para mujeres, y entre todos suman una población diaria de unas veinte mil personas, incluyendo a los presos, empleados y visitantes.
Dos tercios de los reclusos de Rikers se encontraban en la misma situación que Tucker: estaban detenidos y eran legalmente inocentes mientras esperaban a que su caso ascendiera a través del sistema penal, y estaban allí porque no podían pagar la fianza o porque un juez la había denegado por alguna circunstancia.
El tercio restante lo formaban presos que ya habían sido declarados culpables y habían recibido sentencia, pero permanecían a la espera de una plaza libre en alguna de las prisiones estatales.
Solo unos pocos, con sentencias menores de doce meses, cumplían toda su condena en la isla.
Con escuelas, clínicas, capillas, tiendas de comestibles, barberías, una panadería, una terminal de autobuses y hasta un campo de béisbol y una pista de atletismo, Rikers se había convertido en una pequeña ciudad.
Después de franquear la verja de seguridad, nos detuvieron un par de guardias armados que tomaron nota de nuestro nombre y nos preguntaron por la razón de nuestra visita.
Les mostré la carta oficial del comisario adjunto del Departamento de Correcciones y nos enviaron al Edificio de Control.
De camino, el coche atravesó una calle de dos carriles silenciosa y en apariencia desierta bordeada por edificios modulares ultramodernos levantados entre cárceles antiguas de ladrillo y mortero construidas un siglo atrás.
Mirara donde mirara, había vallas y muros de tela metálica de más de tres metros de altura rematados con concertina.