Capítulo dieciocho #3
—Después de eso —continuó Quinn mientras revisaba sus notas—, él y sus empleados se marcharon juntos a las oficinas de la empresa y se pasaron casi toda la noche trabajando con sus homólogos de Tokio en las ventas de acciones del Nikkei.
—¿Y cuándo murió Rena?
—Entre las nueve y las once de la noche. Y nadie movió el cadáver. Ingirió el veneno allí mismo, en el apartamento.
Lo pensé bien. ¿Y si Tad le pasó a Rena un café envenenado antes de subir a bordo del Fortune? A primera vista, no tenía sentido. ¿Quién llevaría a cuestas un café durante horas sin bebérselo?
Traté de encajar las piezas de otra manera.
—¿Contrataría Tad a alguien para envenenarla? —reflexioné en voz alta.
Quinn sacudió la cabeza.
—No creo.
—¿Por qué no lo crees?
—Primero, por instinto. He visto demasiadas versiones de sorpresa y dolor fingidas para saber cuándo son genuinas, y la reacción de Benedict frente a la muerte de su prometida fue real como la vida misma.
Segundo, según mis pesquisas de hoy, Tad Benedict ingresó una cantidad considerable y no reembolsable en un paquete de boda y luna de miel en Hawái, y un agente inmobiliario que se ocupa de la venta de su estudio y de la compra de un piso de dos habitaciones en el mismo edificio ha dicho que Benedict se casa el mes que viene y que necesita más espacio.
—¿Y no crees que ha podido montar todo eso a propósito para parecer inocente? —Azucé.
Quinn sacudió la cabeza.
—Si Tad Benedict hubiera querido matar a Rena García para obtener beneficios económicos, se habría casado con ella antes. Así habría heredado las acciones de Lottie Harmon tras su muerte.
—Vale —accedí—. ¿Y si solo quería dejar a Rena porque Fen la estaba chantajeando? ¿Y si quería librarse de ese entuerto?
—En ese caso, ¿por qué no huyó sin más? ¿Por qué no rompió la relación y se lo contó todo a Lottie para que Rena cargara con la culpa?
No…, no hay un móvil lógico para que Benedict matara a su prometida.
Con Rena muerta, la vida se le complica mucho.
Como suele pasar, Rena no tiene testamento.
Sus acciones pasarán al pariente vivo más próximo, que no es ni Tad ni Lottie.
Suspiré y reconocí, de momento, que Tad no parecía un buen sospechoso del asesinato de Rena.
—Pero está bien que me hayas contado lo del chantaje, Clare. Eso me ofrece una conexión.
—¿Una conexión? ¿Con qué?
—Starkey y Hut no son muy comunicativos que digamos, y no quiero entrometerme en su investigación sobre el envenenamiento del Blend. Pero el asesinato de Rena es un caso independiente que podría estar conectado, así que no podrán quejarse.
—Demetrios los llamó «poli malo, poli peor» —le conté—. ¿Tan terribles son?
—Starkey y Hut no son malos policías, solo tienen mal carácter.
—En fin, creo que deberías vigilar al diseñador Fen. Habla con él.
Quinn esbozó una sonrisa y arqueó una ceja.
—Gracias por el consejo, detective Cosi. Es el primero en mi lista.
Me encogí de hombros.
—Solo me aseguraba de que te fijas en los detalles, detective.
Tomamos café en silencio durante un momento hasta que, con cautela, saqué otro tema a colación.
—Intenté localizarte hace unos días. Demetrios me dijo que estabas de permiso.
Quinn torció el gesto.
—Asuntos personales.
Estaba dispuesta a dejarlo pasar, pero Quinn se sintió en la obligación de darme una explicación.
—Mi mujer se llevó a los niños de vacaciones… sin decírmelo. Bueno, no exactamente. Me dejó una nota.
—Joder, Mike. ¿Qué ha pasado?
—Una noche tuvimos una discusión. Lo siguiente que sé es que volví a casa después de un turno doble y ella se había ido.
Cogió a los niños y se montó en un avión para pasar una semana en Orlando.
Llegué a casa y me encontré esa nota, imagínate.
Ni que decir tiene que me acojoné. Uno de sus antiguos novios trabaja en Disney World y pensé que había decidido secuestrar a los niños y dejarme.
Ya hacía muchos meses que Mike me contaba los problemas de su matrimonio. Se había planteado muchas veces el divorcio. Al final, por el bien de sus hijos, que aún eran pequeños, había decidido probar con la terapia matrimonial.
—Creí que la terapia estaba funcionando.
—Eso creía yo. Pero está claro que ella fingía…
—Suspiró con aversión—. Cuando me planté allí, fue el colmo de lo pasivo agresivo.
Se comportó como si fueran unas vacaciones familiares planeadas desde hacía meses.
Yo le seguí la corriente por los niños. —Sacudió la cabeza—.
Había sacado a los niños del colegio, me había dado un susto de muerte, se había gastado todo el crédito de las tarjetas en unos billetes en primera clase…
Yo había dejado casos abiertos, había abandonado a familiares de víctimas… En ese momento la habría estrangulado.
—Lo siento, Mike.
—He hablado con dos abogados. El presupuesto para un divorcio contencioso y una disputa por la custodia… —Sacudió de nuevo la cabeza—. Ni te lo imaginas.
—Créeme, sí que me lo imagino —aseguré—. Aunque yo tuve suerte, porque Matt nunca se opuso a que me quedara con Joy.
—Eso no me va a pasar a mí.
—Las recompensas de criar a los hijos a tiempo completo son mayores que los gastos.
—Puede que sí. Pero los abogados añadirán sus jugosas minutas a mi austeridad.
—Bueno, míralo por el lado bueno. Aquí vienen muchos abogados. Al final, contribuirás con mi cuenta de resultados. —Sonreí.
El semblante lúgubre de Quinn desapareció y soltó una carcajada.
Yo también me reí y le apreté la mano. Estaba a punto de soltársela cuando él se aferró con más fuerza y me acarició los dedos con la yema rugosa del dedo pulgar.
Lo miré a los ojos y lo que vi en ellos hizo que me flaquearan las extremidades.
Al otro lado del salón, se oyó un fuerte carraspeo. Levanté la vista. Allí estaba Matteo, sin quitarnos el ojo de encima. Quinn se dio cuenta y me soltó la mano, apuró el café y se levantó.
—Tengo que irme —me dijo—. Pero te pondré al día cuando haya hablado con ese tal Fen.
—Te lo agradeceré —susurré.
Entonces Quinn me agarró del brazo.
—No te preocupes, Clare. Con un segundo asesinato con el mismo modus operandi , intuyo que Tucker no tardará en salir de la cárcel.
Cerré los ojos y recé por que tuviera razón.
—Gracias, Mike.
Quinn me dedicó una última sonrisilla y desapareció.
Mientras recogía la mesa, Matt se acercó.
—¿Qué quería el madero ese? ¿Contarte que ha enchironado a Tad?
Hice caso omiso de su provocación y llevé las tazas a la barra. Matt me siguió y me inmovilizó contra el mostrador. Intentó abrazarme, besarme. Pero sus ademanes no eran de simple afecto, sino más bien de intensa posesividad. Una vez más, lamenté lo sucedido hacía dos noches.
—¿Quieres ir a cenar cuando cerremos? —preguntó Matt—. Hay un nuevo tailandés nocturno en la Séptima Este.
—Matt, yo… —Se me apagó la voz al ver una mancha escarlata en el cuello de su camisa. Pintalabios, en un tono llamativo que yo nunca usaría.
Matt siguió la dirección de mi mirada y vio la mancha.
—Joder, Matt —le solté—. Nos acostamos hace dos noches…
—Tranquila, Clare, es el pintalabios de Joy…
—Joy no ha estado aquí.
—No, me la encontré en la calle hace una hora más o menos.
Me crucé de brazos.
—E imagino que habrás tenido una charlita con ella sobre esos amigos cuestionables y su relación con las drogas, ¿no?
Matteo apartó la vista.
—No me dio tiempo. Dijo que llegaba tarde… —Se dio cuenta de que no terminaba de creerlo—. Clare, de verdad, te lo puedo explicar…
—Da igual.
—Venga, casi es hora de cerrar. Déjalo, anda.
—Qué estúpida he sido al pensar que habías cambiado —espeté. Aunque en realidad no me consideraba estúpida, sino todo lo contrario, había sido lo bastante lista como para proteger mi corazón. Lo bastante lista como para dar por sentado que pasaría algo así.
—¡Clare! —gritó mientras yo me largaba de allí. Pero no me detuve.