Capítulo dieciocho #2
—Las acciones de Rena en la marca Lottie Harmon…
y las mías. Cuando acabe la Semana de la Moda de Otoño y Lottie termine con su gran presentación, Fen quiere que nos inventemos una excusa para salir del negocio y que le comuniquemos a Lottie que le vendemos a él todas nuestras acciones.
Fen pretende comprar nuestras acciones para controlar el negocio de Lottie.
—No lo entiendo —dijo Matt, que hasta el momento había permanecido bastante callado—. ¿Y por qué intentabas vender las acciones de Lottie Harmon en el seminario si Fen ya os había amenazado y os había pedido que se las vendierais a él?
—Ni Rena ni yo queremos hacerle daño a Lottie —explicó Tad—.
Y tampoco queremos problemas con Fen. Tenemos la esperanza de que, si nos desprendemos pronto de las acciones, antes de que acabe la semana, Fen perderá el control sobre nosotros.
Las acciones se repartirán entre otros inversores y Lottie estará a salvo, conservará el porcentaje más alto y el control del negocio.
—Tad me miró a los ojos—. Como ya te he dicho, solo intentaba proteger a Lottie. Yo…
La conversación se había vuelto tan intensa que no nos percatamos de que no estábamos solos hasta que una sombra cruzó la mesa.
Levanté la vista y me sorprendí al ver al detective Mike Quinn allí de pie, con el pelo tan rubio y despeinado como siempre, pero más largo de lo habitual.
Tenía la barba incipiente de última hora del día, a pesar de que no eran ni las doce de la mañana, y el rostro demacrado, aunque era tan ancho de hombros como siempre.
Cuando me clavó los ojos azules y penetrantes me di cuenta de que estaba flanqueado por dos policías uniformados a los que no conocía.
Quinn asintió en silencio hacia Matt y luego me miró a mí. El hielo de su mirada se suavizó por unos instantes.
—Me alegro de verte, Clare.
—Hola, Mike —dije en voz baja.
Matt lo fulminó con la mirada, pero Quinn no pareció darse cuenta. Sus ojos pasaron despacio de mí al hombre fornido que se retorcía en el sillón mullido y recuperaron su frialdad.
—¿Es usted Tad Benedict? —preguntó Quinn.
—Sí, soy yo —Tad lo miró con desconfianza—. ¿Qué quiere?
—Soy el detective Michael Quinn. —Mostró brevemente la placa—. Necesito hablar con usted en privado, señor Benedict.
—No —replicó Tad, tan desafiante como preocupado—. Podemos hablar aquí. ¿De qué va todo esto?
—¿Conoce a Rena García, que reside en los apartamentos Continental Arms?
—Claro. Es mi prometida.
Vi que los policías uniformados se miraban y, con una punzada de terror, presentí lo que vendría después.
—¿Cuándo fue la última vez que la vio? —preguntó Quinn.
—Ayer por la tarde, antes de mi seminario financiero… ¿Por qué? —Tad se levantó—. Oiga, qué pasa. ¿Dónde está Rena? ¿Tengo que llamar a mi abogado?
Mike Quinn le puso una mano en el brazo y se lo apretó con diligencia mientras lo miraba directamente a los ojos.
—Me temo que tengo malas noticias, señor Benedict…
Tad se quedó helado.
—Rena… ¿Le ha pasado algo a Rena?
—Siento informarle de que a primera hora de la mañana han encontrado sin vida a la señora García en su apartamento.
—¡No! ¡No! —gritó Tad—. ¡Es un error!
Quinn sacudió la cabeza, se metió la mano en la elegante gabardina y sacó una foto Polaroid que le mostró a Tad.
Solo conseguí distinguir el rostro de una mujer con el pelo negro azabache esparcido como una corona alrededor de la cabeza y la tez de un color rosa intenso contra un fondo azul que podría ser una alfombra o una colcha.
Tad se quedó sin aire y se derrumbó. Quinn y uno de los policías uniformados lo agarraron de los brazos para que no cayera al suelo.
—¿Qué ha pasado? —gimió Tad con el rostro lívido.
—Eso es lo que queremos averiguar, señor Benedict —contestó Quinn—. Para ello, necesitamos tomarle declaración.
A Tad le tembló el labio y se le nublaron los ojos.
—Usted no es sospechoso y puede contar con un abogado en el momento en que lo desee —continuó Quinn—. ¿Podría acompañarnos ahora a la comisaría?
Tad emitió un gruñido ininteligible. Quinn asintió y lo dejó en manos de los dos policías.
—Bajadlo al coche —ordenó Quinn a los hombres, que acompañaron a Tad por las escaleras.
Esperaba que Quinn los siguiera; sin embargo, se volvió hacia mí. Me levanté y me acerqué a él. Me di cuenta de que quería hablar conmigo de asuntos personales, pero la situación era bastante incómoda, sobre todo porque notaba los ojos de Matt clavados en la espalda.
—La otra noche hubo aquí un homicidio —empezó a decir Quinn.
No era una pregunta. Asentí.
—Envenenaron a una persona. Cianuro, según dijeron —contesté.
Quinn me sostuvo la mirada.
—Creemos que a Rena García también la envenenaron.
Sin darme cuenta, me estaba retorciendo las manos con nerviosismo.
—Verás, Mike… Aquí pasa algo. Estoy bastante segura de que…
—Ahora no.
Perdí la paciencia.
—¿Cuándo entonces?
—Más tarde.
—Pero tengo que contarte que…
Quinn levantó las manos para detenerme.
—Oye, Clare. Me fío de tu criterio y quiero oír lo que tengas que decirme. Pero primero debo ocuparme de este asunto. Vuelvo más tarde, ¿vale? ¿Podemos hablar en privado luego?
Esta vez sí era una pregunta. Levantó la barbilla para señalar a Matt, que estaba detrás de mí. No necesitaba darme la vuelta, sabía que mi exmarido nos observaba.
—Estaré aquí hasta que cerremos —dije en voz baja.
Quinn asintió y se dirigió hacia la escalera. Matt vino a mi lado y me pasó el brazo por la cintura. En ese momento, Quinn miró atrás y vio ese gesto tan íntimo. Frunció el ceño y apartó la vista.
—¿El poli no se queda? —preguntó Matt algo más fuerte de lo normal—. ¿No han traído hoy rosquillas de la panadería Rosario?
—Ya está bien, Matt —dije mientras me zafaba de él.
La jornada fue larga y ardua. No dejaban de venir clientes jóvenes.
Ni siquiera tuvimos los habituales momentos de calma entre las horas punta.
Le conté a Esther la teoría de Matt sobre el atractivo de nuestro «café envenenado» y ella empezó a llamar a los parroquianos «yonquis de las emociones fugu».
A las cuatro de la tarde, Esther se marchó a casa y Moira accedió a quedarse. El día anterior había trabajado hasta las nueve, pero aceptó hacer horas extras una vez más, cosa que le agradecí.
—Nada que agradecer —contestó—. Quiero ayudar a Tucker como pueda.
Cuando Gardner Evans llegó con unos CD nuevos de su colección, Moira por fin se marchó. Hasta las diez no volvió el detective Quinn, que entró dando grandes zancadas hacia la barra.
—Siéntate —le dije mientras espumaba un par de lattes , que eran sus cafés favoritos.
Quinn ocupó una mesa en un rincón tranquilo junto a una ventana y me senté con él. Le dio varios sorbos al café sin dejar de mirarme, con los ojos azules por encima del borde de la taza de cristal.
—Lo que te dije esta mañana era verdad, Clare —empezó a decir—. Me alegro de verte.
Dios . Un subidón parecido al de la cafeína, pero que no tenía nada que ver con el expreso que llevaba mi latte , sacudió mi metabolismo. Me dije a mí misma que era mejor dejar de pensar en esos increíbles ojos azules y centrarme en el asunto que en ese momento importaba.
—¿Qué le ha pasado a Rena García? —pregunté.
Quinn suspiró y por fin apartó la vista hacia la nube de espuma de su taza alta de cristal.
—Es secreto policial —intentó explicarme, pero yo ya estaba preparada.
—Déjate de hermetismos conmigo, Mike Quinn.
Lo dije en un tono que no era burlón, aunque tampoco cálido. Llevaba horas esperando a que viniera y me había jurado que no se marcharía de la cafetería hasta que yo no supiera lo mismo que él.
Mike, al darse cuenta de que no me andaba con chiquitas, se frotó la barba incipiente del mentón y le dio otro sorbo al café, un sorbo largo. Se le quedó un poco de espuma en el labio superior que se limpió con un sencillo movimiento de dos dedos. Se acercó más para hablar aún más bajo.
—Esta mañana, el vigilante del edificio de apartamentos en el que vivía la señora García recibió quejas sobre el fuerte volumen de la música en su apartamento.
Llamó a la puerta y, como nadie le abrió, entró con la llave maestra.
Fue entonces cuando encontró a la víctima.
El médico forense ha estimado que llevaba entre diez y doce horas muerta.
—Dijiste que la habían envenenado.
Quinn asintió.
—Con cianuro. Los forenses examinaron los restos del café que consumió la señora García y encontraron trazas de veneno…
—El detective hizo una pausa y me miró a los ojos—.
Se trataba de un vaso para llevar del Village Blend, Clare.
Por eso te pregunté por el envenenamiento que tuvo lugar aquí la otra noche.
Le hablé a Mike de esa noche. De los detectives Starkey y Hutawa, y de la detención de Tucker. Me escuchó en silencio mientras le explicaba mi teoría de que Lottie era el objetivo original y le conté lo que Tad me había confesado esa misma mañana sobre Fen y el chantaje.
—Benedict no me ha dicho nada de chantaje —dijo Quinn con evidente fastidio.
—Intenta protegerse —concluí—. De un modo u otro.
—¿Qué quieres decir?
—Si llega a saberse su relación con algo tan turbio como el robo por parte de Rena de los diseños de Fen y el posterior chantaje por parte de Fen, el negocio de inversiones de Tad podría ir directo a la ruina.
Por otro lado, a lo mejor no te ha dicho nada del chantaje porque fue él quien mató a Rena…
—No —se apresuró a decir Quinn—. Benedict no es sospechoso. Tiene una coartada sólida desde las siete de la tarde de ayer hasta, como mínimo, las cuatro de la mañana de hoy.
—¿Y eso?
—Primero, él y su personal llevaron a cabo un seminario de inversiones en un barco llamado… —Quinn se sacó un cuaderno rectangular gastado con tapas de cuero del bolsillo superior de la gabardina—. Fortune.
Asentí al recordar que los seminarios estaban previstos las noches del miércoles y del jueves.