Capítulo dieciocho
C APÍTULO D IECIOCHO
R esultó que Tad estaba demasiado ocupado con el segundo seminario a bordo del Fortune como para quedar con Matt antes del viernes por la mañana.
Como consecuencia, el jueves llegó y se fue en un suspiro.
Desde el amanecer hasta el anochecer, atendí a los clientes y pasé la mayor parte de la tarde en el despacho haciendo malabares con los turnos, cuadrando cuentas y calculando nóminas.
Y, a decir verdad, escondiéndome de Matt.
Después de ayudar a Gardner con el cierre, subí a toda prisa al dormitorio principal, cerré la puerta con firmeza y recé para que mi exmarido no entrara sin permiso. Pero no lo hizo. De hecho, no volví a ver a mi ex hasta el viernes por la mañana.
Yo estaba detrás de la barra, recogiendo después del ajetreo de la mañana, cuando las fuertes manos de Matt se posaron sobre mis hombros y empezaron a masajearme. Al sentir su roce, di un respingo, ya que ni estaba acostumbrada ni deseaba ese nuevo nivel de intimidad física.
—Anoche fui a verte a última hora —me susurró al oído—, pero estabas tan profundamente dormida que me dio pena despertarte, aunque estuve tentado… No sabes cuánto.
Cerré los ojos y maldije en silencio. La culpa de todo aquello no la tenía nadie más que yo, así que ahora me tocaba a mí volver a trazar con cuidado unos límites que nunca debí dejar que se traspasaran.
No quería hacerle daño a Matt, ni tampoco estropear nuestra relación de socios, pero ya era hora de reunir valor y abrir la boca, cosa que me disponía a hacer cuando él anunció:
—Acaba de llegar Tad.
Levanté la vista y divisé al hombre barrigudo, calvo y con cara de duende en la puerta de la cafetería, y me di cuenta de que tendría que posponer el asunto de la relación con mi ex.
—Llévalo al salón de la segunda planta —le dije a Matt—. Yo subiré enseguida con café.
Matt recibió a Tad y le estrechó la mano antes de acompañarlo escaleras arriba. Busqué a Rena, pero no había ni rastro de ella. De todos modos, coloqué cuatro servicios de mesa en una bandeja, unas cuantas magdalenas y una cafetera con nuestra mezcla para desayuno recién hecha.
—Vuelvo dentro de un rato —le dije a Esther.
Puso mala cara.
—Estamos solas Moira y yo —se quejó.
—Hago esto por Tucker —susurré sin darme la vuelta mientras recogía la bandeja y subía la escalera.
Encontré a los dos hombres sentados en el círculo de sillones mullidos situado junto a la chimenea, que en ese momento estaba apagada.
Matt sonreía y charlaba con aire amistoso.
Si quedaba algún resentimiento por el incidente a bordo del Fortune del miércoles anterior, desde luego no se notaba.
Cuando llegué, Tad se levantó para saludarme mientras Matt cogía la bandeja y la depositaba en la mesa. A continuación, serví el café.
—He venido con buenas noticias para Matt —dijo Tad con una sonrisilla de autosuficiencia—. Una persona ha leído su informe y ha manifestado el deseo de invertir en la idea de los kioscos. Según parece, es alguien a quien le encanta el Village Blend.
—Te lo agradezco mucho —dijo Matt.
—Y también es un modo de reparar el… el incidente con Eduardo Lebreaux —añadió Tad.
—Eso está olvidado —dijo Matt sacudiendo la mano.
—No, de verdad. No quiero que pienses que soy un idiota —insistió Tad—.
El informe de Lebreaux llegó hace dos meses y decidí que, como su proyecto era de té y el tuyo de café, no había inconveniente en incluir ambos…
—Tad se encogió de hombros, avergonzado—.
Después, la semana pasada y sin que yo lo supiera, Lebreaux retiró el informe antiguo y le presentó a mi equipo uno nuevo «actualizado».
—¿Eso hizo? —preguntó Matt.
—El primero consistía en la importación exclusiva de té de un productor asiático. El segundo, en cambio, era bastante parecido al tuyo, solo se diferenciaba en las ideas de marketing , que se centraban en el té en vez de en el café…
Matt me lanzó una miradita de «te lo dije» y Tad se dio cuenta.
—En cualquier caso —continuó Tad—, es obvio que Lebreaux y tú tenéis un pasado.
—Y que lo digas —murmuró Matt.
—Tendría que haberme dado cuenta, pero entre el seminario de TB Inversiones y la Semana de la Moda, Rena y yo no hemos tenido tiempo ni de respirar.
Vi una rendija abierta y me lancé:
—¿Qué tal está Rena, por cierto? —pregunté, reacia a enfrentarme a Tad sin que Rena estuviera presente. Todavía me quedaba la esperanza de que ella apareciera.
Tad se miró el reloj. Un Rolex, observé. Una sombra de preocupación le nubló el rostro.
—Pues Rena debería estar ya aquí. La llamé esta mañana a primera hora desde mi despacho, varias veces, y le dejé mensajes en el fijo y en el móvil.
Tendría que haberme devuelto la llamada, pero imagino que le habrá surgido algún problema de última hora con Lottie.
Le dije que viniese en cuanto fuera posible.
Hubo una pausa. Tad añadió nata a su café, lo probó y alabó su calidad.
Trataba de aparentar normalidad, pero me di cuenta de que había un trasfondo de preocupación en él.
Sin duda, se preguntaba la razón de que lo hubiéramos citado.
Aunque el tiempo apremiaba, pasaron otros diez minutos sin noticias de Rena.
Tad se movió con impaciencia y miró de nuevo el reloj.
Decidí embestir antes de que se me escapara.
—Matt me dijo que vendías acciones de varias marcas de moda —comencé a decir.
Tad asintió.
—Han hecho una oferta para una empresa emergente muy prometedora. El diseñador Wylbur Watley dejó Martyrdom para crear su propia marca, Sentinel Hill. Creo que tenemos gente interesada en él.
—He oído que también vendías acciones de Lottie Harmon. Muchas acciones, de hecho.
Se hizo un silencio incómodo. Tad miró a Matt, que cambió de postura, fascinado de repente con unas diminutas motas de polvo que flotaban bajo el sol del mediodía que entraba por las ventanas.
Tad dejó la taza y me miró a los ojos.
—¿Qué insinúas?
Dejé de fingir.
—Sé de buena tinta que Rena y tú estáis más unidos de lo que parece…
—Mi relación con Rena no es de tu incumbencia…
—Ya, pero resulta que ella y tú habéis formado una especie de sociedad clandestina para vender el negocio de Lottie Harmon sin su consentimiento.
Tad se puso rojo y pensé que me iba a comer. Sin embargo, lo único que hizo fue dar un puñetazo en la mesa. Me estremecí y Matt se enderezó en el sillón.
—¡No sabes de lo que hablas! —gritó Tad—. Lottie Harmon nos ha hecho muy ricos y trata a Rena como a una hija. Nunca haríamos nada que la perjudicara.
—Entonces, ¿por qué vendes sus acciones?
—Para proteger a Lottie —replicó Tad. Se levantó para marcharse, pero le corté el paso. No iba a dejar que se fuera sin darme algunas respuestas.
—Sé muy bien que Rena y tú estáis en un mal momento. Que necesitáis dinero con urgencia y que pretendéis vender vuestras acciones de Lottie Harmon para conseguirlo. Dime, ¿estáis arruinados o es un chantaje?
Esperaba más ira e indignación, pero Tad se limitó a encorvarse. Despacio, volvió a su asiento.
—¿Por qué quieres saberlo? ¿Qué más te da?
—Porque un empleado mío…, un amigo mío…, está en la cárcel en este momento, ya que alguien intentó asesinar a Lottie Harmon y se aprovechó de mi cafetería para hacerlo.
Los ojos de Tad reflejaron de pronto una profunda preocupación.
—¿Te refieres al envenenamiento?
Asentí.
—Con Lottie fuera del tablero, Rena y tú os convertiríais en los únicos dueños de la marca.
Tad me sorprendió con una carcajada.
—Qué equivocada estás —dijo mientras sacudía la cabeza—. No tienes ni la más remota idea.
—Explícamelo entonces.
Tad tomó aire y le dio un sorbo al café. Cuando volvió a hablar, fue con voz tranquila y cauta.
—Hace más de un año, con la marca recién lanzada, Lottie consiguió que Fen se subiera al carro.
Fue un golpe maestro, todo un milagro. Fen disolvió la larga relación que mantenía con la marca de complementos Verona para unirse a Lottie.
Por otra parte, Rena trabajaba desde hacía meses sin recibir sueldo alguno.
Se gastó sus ahorros y tuvo que pedir dinero prestado a amigos.
No había garantía alguna de que la marca de Lottie fuera a tener éxito, y Rena empezó a inquietarse por su situación económica.
Estaba desesperada… —Tad le dio otro sorbo al café, esta vez sin nata—.
En cualquier caso, Fen mandó algunos bosquejos de su colección de otoño para que Lottie diseñara los complementos.
—Miró de nuevo el reloj y hacia la escalera vacía—.
Alguien acudió a Rena haciéndose pasar por un vendedor internacional de productos de imitación.
Le ofreció setenta y cinco mil dólares por las copias de los diseños de Fen.
Como ya he dicho, Rena estaba desesperada y debía dinero.
Así que aceptó el trato. Copió los diseños y se los vendió.
—Tad resopló—. Pero resultó ser una trampa.
Quien estaba detrás era el propio Fen, que había enviado a un empleado suyo para hacer el trato.
—Espera un momento —interrumpí—. A ver si lo entiendo. ¿Fen robó sus propios diseños?
Tad asintió con gravedad.
—El hombre a quien Fen envió para que hablara con Rena llevó a cabo el canje en una habitación de hotel de la Octava Avenida.
Una empresa de vigilancia privada grabó el encuentro.
Luego, hará unas tres semanas (más o menos cuando Rena y yo nos comprometimos), Fen le contó la verdad a Rena.
Amenazó con acudir a la policía y revelarle el delito a Lottie.
Creo que Rena estaba más preocupada por lo que Lottie pudiera pensar que por el tiempo que pasaría en la cárcel. Están muy unidas.
—¿Y qué pedía Fen a cambio? —pregunté—. Porque un chantaje siempre se hace a cambio de algo.