Un café con leche agria Capítulo diecisiete
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Capítulo diecisiete

C APÍTULO D IECISIETE

E l sol del amanecer se derramaba con una venganza cegadora.

Bostecé y me desperecé mientras me preguntaba por qué no había echado las cortinas.

A mi lado, Cafelito trotó por las sábanas blancas impolutas y arqueó el lomo antes de empezar a darme topetadas en el brazo con su cabecita color grano de café, como de costumbre, para demandar atención.

Mientras le pasaba la mano por el cuerpo sedoso, en mi cerebro adormecido se proyectó una escena tecnicolor de Lo que el viento se llevó .

Vi a Escarlata despertándose y estirándose como una gata alimentada con nata la mañana después de que Rhett la hubiera llevado en brazos a la cama.

¿Por qué se me viene esto a la cabeza? , reflexioné con inocencia. Entonces la mano se me quedó petrificada sobre el lomo de Cafelito.

Ay, Dios.

Me senté y la sábana cayó. Estaba desnuda.

—¡Buenos días, cariño!

Matteo, con el torso descubierto, entró por la puerta de la habitación principal como si aún estuviéramos casados. Tiré de la sábana para taparme el pecho y me di cuenta, con un sobresalto, de que lo sucedido la noche anterior no había sido un sueño.

Ay, no —pensé—. ¡No, no, no!

Matt llevaba el pantalón gris de chándal y nada más. En las manos, dos tazas de café recién hecho. El aroma me dejó claro que había recurrido a su reserva especial de café de Harar para lo que, sin duda alguna, él consideraba una ocasión también especial.

Dejó las tazas en la mesilla de noche de palisandro, se dejó caer a mi lado sobre la cama y, de inmediato, empezó a acariciarme el cuello.

—Hummm, Clare, cariño…, cuánto tiempo…

—S… sí.

—Has cambiado, ¿sabes?

—¿He cambiado?

Se acercó más y el calor de su pecho desnudo traspasó la delgada sábana que nos separaba.

—Anoche estuviste muy…, muy distinta…

—¿Distinta?

—Menos cohibida…, más abierta…, más apasionada… —Siguió acariciándome el cuello, la oreja, pasó a rozarme los labios—. Hasta tu sabor es distinto…, como a vainilla…

Me retorcí.

—Pues serán el champú y el gel nuevos. Tienen olor de comida dulce: helado de fresa, ron con mantequilla, pan de jengibre…

—Hummmm… Es bueno saberlo… Me gusta la variedad…

Al oír eso, cerré los ojos. Matt había cambiado en varios aspectos, pero sabía que nunca cambiaría en otros. Ese ha sido siempre el problema, Matt —pensé—. Que la variedad te gusta demasiado . Le puse la mano en el pecho y, con toda la suavidad que pude, lo aparté.

—Has preparado el café con tu reserva especial, ¿verdad? Se nota en el olor.

Asintió, agarró una de las dos tazas y me la pasó. Mientras tomábamos el café en silencio y disfrutábamos de su increíble sabor, intenté no dejarme llevar por el pánico.

Ceder ante Matt había sido un error tremendo.

Garrafal. Tendría que haber sido más sensata.

A pesar de que su madre siempre había querido que volviéramos a estar juntos —y también nuestra hija—, yo lo había pasado demasiado mal con mi ex como para correr el riesgo de que me rompiera de nuevo el corazón.

Además, nuestra relación había cambiado.

Éramos socios en el Blend y no quería que el negocio se resintiera.

Matteo era el mejor comprador y corredor de futuros en el mundo del café, y el Blend no podía perderlo.

Estúpida, estúpida, estúpida , me recriminé.

Mi resistencia a los encantos físicos de Matt solo había fallado unas cuantas veces desde nuestro divorcio, del que ya habían pasado diez años.

Por lo general, los recuerdos sobre las aventuras extramatrimoniales de Matt rompían el hechizo con más eficacia que un puñal en la espalda.

Pero la noche anterior no había visto a Matt como un traidor, solo como un padre y, por sorprendente que parezca, como un hombre maduro.

Se había mostrado herido, abierto y tremendamente vulnerable.

No estaba acostumbrada a verlo así, despojado de su arrogancia, con sus necesidades al descubierto.

Eso me había llegado al alma…, junto con el hecho de que mi colchón llevaba tiempo sin usarse.

—Disfruta de este café de Harar mientras puedas —dijo Matt, interrumpiendo mis pensamientos—. Ya que la idea de los kioscos se ha ido al traste.

—Ay, Matt. Perdona…

—No es culpa tuya, Clare. Mi madre es una vieja testaruda y está claro que la cagué en la presentación al enfrentarme a Lebreaux…

—¡No! Escúchame —lo corté—. Digo que me perdones porque… Estaba esperando para contártelo, pero luego pasó lo de Joy y el club y entonces…, tú y yo…

—Espera, retrocede —dijo Matt—. ¿Qué se te olvidó contarme?

—Tu madre me confesó anoche, mientras esperabas el taxi, que el futuro del Blend lo deberíamos decidir nosotros, no ella. Comprende lo que estás haciendo y por qué. No se va a interponer en tu camino.

—Joder, Clare. ¿Por qué no me lo contaste anoche?

—Porque al principio pensé que le correspondía a ella hablar contigo, decírtelo con sus palabras, pero, cuando vi lo mal que lo estabas pasando, me di cuenta que no hacía falta que esperaras…

, y luego se me fue el santo al cielo. Lo siento.

Matt, tu madre cree que tu trabajo en Etiopía es fabuloso. Y yo también, por cierto.

Su indignación se suavizó.

—¿Te habló del procesamiento húmedo del café de Harar?

—Sí. Y es alucinante. ¿Sabes?, tu madre va a ayudarte a buscar inversores. Aún mantiene relación con los viejos contactos de Pierre. No es necesario que lo hagas solo, ni que confíes en Tad para…

Se me apagó la voz. La referencia a Tad me recordó lo sucedido en el Fortune la noche anterior y el sueño en el que Tucker se ahogaba.

Y caí en la cuenta, con una dolorosa punzada de culpa, de que mientras yo disfrutaba de un café alucinante en un lujoso y elegante dormitorio, mi buen amigo estaba solo y asustado en una celda de Rikers Island.

Aparté las sábanas y salí de la cama. Estaba totalmente desnuda y noté los ojos de Matt posados en mí mientras deambulaba por la habitación para vestirme. Pero no me importó. No tenía tiempo para eso.

—Oye, Matt —dije mientras me ponía las bragas y me abrochaba el sujetador.

Le hablé del acuerdo comercial de Lottie Harmon con Tad Benedict y Rena García, y también le relaté el momento íntimo que compartieron y que yo presencié a escondidas en la cubierta oscura.

—Parecen desesperados por vender —dijo Matt mientras se rascaba la barbilla y se apoyaba en el cabecero de la cama de cuatro postes para seguir disfrutando de su café—. Y dudo que Lottie se encuentre en condiciones de comprarles su parte.

—Ya, pero está claro que Lottie no sabe que ellos pretenden vender.

—Eso da igual. Tad y Rena juntos controlan exactamente la mitad del negocio y pueden vender el cincuenta por ciento de las acciones si lo desean. Están en su derecho, Clare.

—Sí, pero estoy segura de que pretendían vender más. Tad ni se inmutó cuando Madame dijo que quería el treinta por ciento. Es más, me presionó por si yo quería comprar también.

—Pero eso no tiene sentido —dijo Matt—. ¿Quieren vender más acciones de las que poseen? Los van a pillar.

Le di vueltas mientras me subía la cremallera de los vaqueros.

—Eso era una gran estafa en Los productores . ¿Te acuerdas de aquella película de Mel Brooks?

—Creía que era un musical.

—Lo fue, más tarde. Primero fue película…

—¿Primero fue película? —preguntó Matt—. Pensaba que hacían películas a partir de obras de teatro y no al revés.

Hice un gesto de desdén con la mano mientras abría de golpe uno de los profundos cajones de la cómoda de caoba y hurgaba entre mis jerséis.

—Has pasado mucho tiempo fuera del país. Excepto Chicago y El fantasma de la ópera , ahora suele ser al revés. Tucker siempre se queja de la situación en la que se encuentra el musical en Estados Unidos.

—Bueno, da igual…

—Perdón, sí, da igual. El caso es que, en Los productores , los dos estafadores venden acciones de un musical de Broadway a una decena de inversores con la idea preconcebida de que el espectáculo será un fracaso, para quedarse en secreto con el capital extra.

Pero resulta que es un éxito y tienen que pagarle un montón de dinero a un montón de gente.

—Pero eso es una exageración.

—No, ¡funciona así! —grité—. Y el plan de Tad solo puede salir adelante si la colección de Lottie es un fracaso. Y si Lottie muriera, se acabaría la historia… No me extrañaría que fuera él quien intentó matarla.

—Clare, te estás viniendo muy arriba con todo esto —dijo Matt, contemplándome con una insinuante sonrisa en los labios mientras yo me abrochaba una chaqueta de punto amarillo claro—. Hay que estar muy desesperado para hacer algo así.

—Pues eso es lo que intento decirte —contesté de camino al armario—. Ambos sonaban desesperados. Tad y Rena hablaban como si estuvieran metidos en un lío gordo y necesitaran con urgencia una gran cantidad de dinero.

—¿Qué clase de lío?

Sacudí la cabeza.

—Ni idea.

—Bueno, yo es que tengo otra teoría sobre el café envenenado de Ricky Flatt…

Apreté los dientes.

—No me vengas otra vez con que Tucker es culpable.

—Fue Lebreaux.

—Matt, venga ya. Lo que te pasa es que tienes a ese tío entre ceja y ceja.

—No, óyeme. La idea de Lebreaux sería aún más lucrativa si vendiera café y té. Y tiene pendiente vengarse de nosotros, no lo olvides. ¿Y si contrató a alguien para que pareciera que nuestro café mataba a la gente y sabotear así la reputación del Blend?

—Podrían ir por ahí los tiros —reconocí—. Pero ¿a quién contrató? —Me detuve en seco con una bota de tacón bajo a medio poner—. Ojazos Violetas —murmuré.

—¿Quién?

—Ojazos Violetas —repetí—. Había una chica asiática con Lebreaux —expliqué—. Era alta y…

—Tenía los ojos violetas. El pelo largo, lacio y negro hasta la cadera. Unas piernas infinitas.

Levanté una ceja. Mete a una chica guapa en una habitación y Matteo Allegro calculará sus medidas más rápido que un profesor de matemáticas del Instituto Tecnológico de Massachusetts.

—Estaba en la fiesta de Lottie —le informé mientras terminaba de calzarme—. Yo misma la recibí en la puerta. Y Esther y Moira dijeron que la vieron acercarse a la barra justo en el momento crítico en que tuvieron que envenenar el café de Lottie.

—Me parece una prueba bastante incriminatoria, Clare.

—A menos que fuera una coincidencia. Es decir…, ella y Lebreaux podrían haberse conocido anoche en el Fortune, no lo sabemos.

—No —dijo Matt—. Estuvo con él todo el tiempo en el camarote del yate que hacía las veces de sala de espera para los ponentes de las presentaciones. Vino con Eduardo Lebreaux, Clare. Y no cruzó una palabra con nadie más.

—Vale, pero mantengo que el comportamiento de Tad es demasiado sospechoso como para no cuestionarlo.

—Creo que te equivocas.

—Pues yo creo que no.

—¿Y qué vas a hacer?

—Yo no, Matt. Qué vas a hacer tú.

—Venga ya, Clare, no me líes otra vez…

—Solo quiero que organices una reunión con Tad en la cafetería. Y que invites a Rena también. —Miré el reloj—. Y hablando de la cafetería, tengo que mover el culo para abrir el local.

Mientras agarraba el enorme juego de llaves de encima de la cómoda, Matt cruzó los brazos y entornó los ojos.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? Porque nos dedicamos a servir café y es hora de abrir.

Matt me lanzó una sonrisa de satisfacción.

—Clare, ¿por qué quieres que organice una reunión con Tad Benedict y Rena García?

—Porque —contesté con la misma sonrisa que él— esa tal detective Starkey no es la única tía de la zona capaz de sonsacarle una confesión a un sospechoso.