Un café con leche agria Capítulo dieciséis #2
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Capítulo dieciséis #2

—Qué inocente eres, Clare. El mundo de la noche gira en torno a jóvenes profesionales con dinero a espuertas.

Beben y se drogan porque las cosas van bien y beben y se drogan porque las cosas van mal.

Joy es una chica atractiva y extrovertida con un montón de amigos.

No le costaría caer en un grupo donde compartan drogas recreativas con ella. No necesita dinero.

—Conozco a mi hija. Es demasiado lista como para hacer algo así. Cuando estaba en el instituto hablábamos mucho de este asunto. Tiene la cabeza bien amueblada. Además, ya vio lo que…

Matt dejó de pasear.

—¿Qué? ¿Qué vio?

—Nada.

Cruzó los brazos y se le hincharon los bíceps, que taparon la frase sin miedo de su camiseta descolorida.

—Lo que la cocaína hizo contigo. Con nosotros.

A Matt se le desencajó la cara.

—Pensé que era demasiado pequeña para…

—Los niños, por pequeños que sean, se enteran de todo.

Estuve a punto de señalar que, si él hubiera estado más tiempo en casa, se habría dado cuenta de lo perspicaz que era su hija, pero se lo había repetido tantas veces a lo largo de los años que tenía que estar tan harto de oírlo como yo de repetirlo.

Descruzó los brazos, se sentó de nuevo en la cama y me miró a los ojos.

—Después de la rehabilitación, no volví a consumir droga, Clare. Eso lo sabes, ¿verdad?

—Sé que fue difícil para ti. Sé que lo dejaste, solo rezo para que sigas así.

—Los adictos no necesitan una razón para engancharse, pero sí para desengancharse… Y yo tenía más de una razón. Tenía dos.

Matt apoyó la mano en mi pierna. Sentí que su calidez se filtraba por debajo de mi delgado camisón y me calentaba el muslo.

Incómoda, tragué saliva mientras trataba de no reaccionar a su contacto.

—Matt…, yo…

El sonido del teléfono en la mesilla de noche nos sobresaltó. Me estiré para cogerlo, pero Matt fue más rápido.

—Diga.

—¿Papá?

Me incliné un poco para oír la voz de Joy. A Matt no pareció importarle. De hecho, él también se inclinó hacia mí, creando una proximidad aún más íntima.

—Joy, ¿dónde puñetas estás? —preguntó como si me hubiera quitado las palabras de la boca—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—Estoy bien. Ya en casa. Mamá y tú tendríais que ocuparos de vuestras cosas. Tengo más de dieciocho años y he salido con unos amigos, nada más. Vamos a tranquilizarnos, ¿vale?

Matt suspiró.

—Pastelito, estábamos preocupados. Tu madre me ha dicho que un chico borracho contestó tu móvil y…

Joy empezó a reírse.

—Era Tommy, está loquísimo. Tendría que haberme dicho que me habíais llamado, pero se le olvidó y no he oído el mensaje de mamá hasta llegar a casa.

—Pregúntale por lo del baño —susurré.

—¿Es mamá? —preguntó Joy con brusquedad—. ¿Está oyendo?

—Tu madre está preocupadísima, como es lógico, Joy. Ese chico casi le provoca un infarto. Cree que te drogas.

—No me drogo.

—¿Y cómo sé que eso es verdad? —insistió Matt.

—Porque soy tu hija y nunca miento. —Suspiró—. Mira, tengo amigos que a veces lo hacen para divertirse cuando van de discotecas. Salgo con ellos, pero nunca me drogo, ¿de acuerdo? En fin, es tarde y estoy cansadísima. Me voy a la cama, ¿vale?

—Seguiremos hablando de esto —prometió Matt.

—Muy bien, pero no a la una de la madrugada, si te parece. Buenas noches, papi.

—Buenas noches, pastelito.

Matt colgó. A continuación, nos quedamos mirándonos el uno al otro en silencio durante al menos treinta segundos. Su mayoría de edad era un territorio inexplorado para nosotros.

—¿Qué opinas? —preguntó por fin. Por lo general su expresión era segura y arrogante, pero ahora parecía tan perdido e impotente que por poco me dio la risa.

—Opino que es un alivio que nos haya llamado —le respondí—. Y, como nos ha llamado, opino que dice la verdad.

—Pero sale con amigos que consumen droga —señaló Matt—; hablaré largo y tendido con ella.

—Me parece muy bien. A ti te hará caso. —Matt gruñó y se frotó los ojos como si tratara de ahuyentar una migraña monumental—. Tu hija te idolatra, Matt, eso lo sabes, ¿no?

Matt dejó de frotarse los ojos y levantó la vista.

—Nunca me lo habías dicho.

—Seguro que te lo he dicho alguna vez.

—No, Clare. Lo que me sueles decir es que nunca estaba en casa el tiempo suficiente, lo que es completamente cierto. Y, la verdad, no sé por qué Joy le iba a hacer caso a su padre, un exdrogadicto y… un desastre.

—Matt, ya está bien. Por supuesto que te idolatra. Eres su padre, un padre fascinante, fabuloso, superguay, trotamundos, intrépido…

Estiré el brazo para señalar las palabras sin miedo de su camiseta. Él me agarró la mano.

—Matt…

—¿Me lo dices por pena? —Se llevó mi mano a la mejilla y me besó la palma—. ¿Tú me has oído al teléfono? —Bajó la voz una octava y dijo con un tono ridículo—: «Tu madre está preocupadísima, como es lógico».

Sonreí.

—Es lo que tiene la paternidad. Por muy guay que te creas, llega un día que te conviertes en el típico padre antiguo a lo Ward Cleaver.

Mientras yo hablaba, pasó sus labios por mi muñeca y la parte interna del codo. Se acercó un poco más y tiró de mi brazo para que le rodeara la cintura antes de inclinarse y mordisquear mi cuello, mi oreja, mi mentón…

Suspiré. Era muy agradable. Tan agradable…

—Matt —dije despacio—. Pienso que no…

—Clare, cariño —me susurró en el oído—. No pienses, anda…

Entonces posó los labios en mi boca, cálidos y suaves como un expreso, relajantes y excitantes a la vez. El peso de su cuerpo me hundió más en el mar de almohadas. Cerré los ojos y, de nuevo, empecé a flotar. Parecía un sueño, pero no era un sueño malo… y me dejé arrastrar por él.