Un café con leche agria Capítulo dieciséis
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Capítulo dieciséis

C APÍTULO D IECISÉIS

—¡ C lare!

La voz me resultaba familiar, pero no veía a la persona que me llamaba por mi nombre.

Rodeada de oscuridad, mis extremidades se mantenían a flote y el sonido rítmico de las olas me golpeaba los oídos.

Las luces de Manhattan se elevaban por encima de mí y caí en la cuenta de que estaba flotando en el río Hudson.

—¡Clare! ¡Socorro!

Cerca de donde yo estaba, el agua apestosa comenzó a agitarse como si se tratara del remolino de una lavadora. A no más de seis metros, Tucker se revolvía en el río. ¡Se ahogaba!

—¡Clare, ayúdame!

Nadé hacia él, pero una niebla espesa descendió de repente y apagó las luces de los rascacielos. Miré a través de la bruma oscura.

—Tucker, ¿dónde estás? ¡No te veo!

—¡Clare, date prisa!

Volví a nadar hacia él a través de la niebla. Por fin, vi su cara frente a mí, en el agua. El miedo se reflejaba en sus ojos, tenía cara de terror. ¡Se hundía! Me abalancé para agarrarlo, pero de repente no podía moverme. Me pesaban los brazos, tenía las piernas paralizadas. Yo también me sumergía.

—¡Tucker, aguanta! —Intenté gritar, pero la boca se me hundió bajo la superficie y el agua fétida del río se tragó mis palabras.

—¡Hola, cielito!

Mi padre, ese italiano bajito y fibroso con la energía frenética de un terrier nervioso, apareció remando en una lancha neumática con la colilla de un puro en la boca. Adelante y atrás, adelante y atrás, se movía con despreocupación empujando los remos para acercarse a mí.

—Recuerda lo que te dije, cielito. Antes de que te timen (cosa que siempre intentarán hacer), dales caña tú con el doble de fuerza.

—¡Papá! —grité.

—Tengo que irme, cielito. Hay que seguir en el tajo.

Y entonces desapareció remando entre la niebla.

—¡Clare!

La voz era masculina, pero no correspondía con la de mi padre ni con la de Tucker.

Levanté la vista y, más allá de la superficie ondulada del río, la noche brumosa se había convertido, como por arte de magia, en un día luminoso.

Un gran yate navegaba casi por encima de mí.

De pie en la cubierta, Matteo llevaba un traje blanco con pajarita.

Tenía el pelo recortado y el rostro bien afeitado, y su sonrisa era casi deslumbrante.

Pero, al divisarme en el agua, esa sonrisa desapareció.

—¡Clare, cariño, espera! ¡Ya voy! —gritó.

Estaba a punto de saltar por la borda para rescatarme cuando Breanne Summour, con un vestido de noche rosa chillón, del mismo color que el cadáver de Ricky Flatt, se acercó a él con paso firme y le dijo algo al oído.

Él asintió, se echó a reír y retiró la pierna que ya había colocado encima de la barandilla. De pronto, Joy también estaba en la cubierta del yate y se coló entre ellos.

—¡Adiós, mamá! ¡Nos vemos! —gritó toda contenta con su vestido blanco de verano al tiempo que me saludaba con la mano.

Mientras me hundía cada vez más en el río, contemplaba cómo me saludaban, se daban la vuelta y se alejaban de la barandilla hasta desaparecer entre risas mientras alzaban unas tazas de cristal que contenían café con leche. Cerré los ojos, completamente devastada…

Abrí los ojos.

El rostro de Matteo estaba junto al mío. No tenía el mentón recién afeitado, sino oscurecido por la sombra de una barba incipiente. Sus ojos marrones parecían cansados.

—¿Qué…? —murmuré.

—Has tenido una pesadilla —me informó—. Estabas gimoteando.

Me di cuenta de que seguía flotando, pero no en el agua.

—¿Dónde estoy?

—De camino a la cama.

Parpadeé de nuevo y vi que Matt me transportaba sin esfuerzo con sus musculosos brazos.

Estaba subiendo los escalones enmoquetados que conducían a la habitación principal del dúplex, mi habitación.

Matt tenía la suya, una habitación más pequeña, al otro lado del pequeño pasillo, donde dormía durante sus infrecuentes escalas en Nueva York.

Desde que me mudé al dúplex encima del Blend, había intentado convencer a Matt para que se alojara en un hotel durante los escasos diez días al mes que volvía a la ciudad.

Pero él se resistía y decía que era un gasto exorbitante, sobre todo porque contaba con el permiso legal de la propietaria (su madre) para residir en el dúplex gratis.

Me sugirió que, si no me gustaba la idea, me marchara yo.

Pero no podía permitirme vivir cerca del Blend sin recurrir a compañeros de piso y, a mi edad, no estaba dispuesta a retomar la vida universitaria.

Tampoco me apetecía renunciar a mi derecho a vivir allí, ni tener que conducir grandes distancias para regentar un negocio de sol a sol.

De manera que Matt y yo acordamos ser civilizados e intentar que el acuerdo funcionara concediéndonos espacio y privacidad mutuos.

En ese preciso instante, ambas cosas brillaban por su ausencia.

Yo no llevaba más que un camisón blanco de algodón, sin sujetador, con tan solo unas ligeras bragas de encaje.

Aunque yo era menuda, mis pechos no, y las manos de mi ex al agarrarme de ese modo tan íntimo estaban provocando en ellos un efecto indeseado.

—Matt, está bien —le dije con suavidad—. Puedes soltarme.

Y me soltó, pero sobre la cama de caoba tallada de cuatro postes, una de las piezas antiguas del exquisito mobiliario de Madame.

A continuación, se sentó a mi lado, hundido en la nube blanca del edredón.

Yo cambié de posición para sentarme con la espalda contra las almohadas decorativas de plumas de ganso apiladas contra el cabecero y bostecé, consciente de que mi exmarido ya no llevaba el traje blanco con pajarita de Míster Simpatía que vestía en aquel sueño tan raro.

Su camiseta azul descolorida de SIN MIEDO - SALTO DE ACANTILADOS HAWÁI se ceñía alrededor de sus robustos pectorales.

Por debajo, un pantalón de chándal gris le cubría las piernas.

—Entonces, ¿estás bien?

—Claro que sí… —Me froté los ojos y suspiré mientras trataba de olvidar las insistentes imágenes de Tucker ahogándose, de mi padre remando y de Matt y Joy riéndose mientras me decían ciao con la mano sin un ápice de preocupación. Incluso miré a mi alrededor para terminar de ubicarme.

Como con el resto del dúplex, Madame había desplegado todo su romanticismo para decorar la habitación principal.

La chimenea de mármol italiano tallado color marfil no era la original, como tampoco lo eran el espejo francés de marco dorado que había encima ni el medallón de flor de lis encastrado en el centro del techo, del cual pendía una encantadora lámpara de araña importada de cristal soplado veneciano color rosa pálido.

Las paredes también estaban pintadas de ese color, mientras que la puerta y los marcos de las ventanas ostentaban el mismo tono marfil de las cortinas de seda abiertas junto a los grandes ventanales batientes que iban desde el suelo hasta el techo.

Sin embargo, lo que más me gustaba de la estancia no eran los muebles, ni la chimenea, ni las cortinas.

Colgados por toda la pared, casi sin espacio entre ellos, se exhibían óleos y bocetos originales de incalculable valor de algunos de los artistas que mi antigua suegra había conocido a lo largo de su vida, incluidos Jackson Pollock, a quien intentó rebajar la borrachera con café de tueste francés recién hecho, y Edward Hopper, uno de mis favoritos de todos los tiempos, que dibujó la cafetería en una de las mesas de mármol que se encontraban tres pisos más abajo.

—Te he encontrado traspuesta en una de las butacas del salón —me informó Matt—. Cafelito se acurrucaba en otra. Estabais las dos monísimas y me ha dado pena molestaros, pero he pensado que, si te dejaba ahí, mañana te dolería el cuerpo entero. Cafelito que se apañe sola.

—No quería dormirme. —Bostecé de nuevo—. Pero anoche dormí poco.

—No dormiste nada, Clare. —Sonrió—. No quería despertarte.

—No pasa nada… En realidad, te estaba esperando para hablar contigo…

—¿Qué he hecho ahora?

Me interrumpió pensando que diría algo sobre los kioscos. Pero eso ya daba igual, porque justo antes de quedarme dormida había sucedido una cosa más importante. Sacudí la cabeza.

—Tú no has hecho nada, ha sido Joy.

Matt se puso rígido. En menos de un minuto, pasó de distante a preocupado.

No me sorprendió. Incluso cuando estábamos casados, Matt siempre se había mostrado demasiado sobreprotector con Joy.

Si es que estaba en casa, claro, porque, cuando se encontraba en alguna de sus expediciones para comprar café o negociar su precio, podía pasarse una semana entera sin llamar. Eso era difícil de perdonar.

—Joy está bien, Matt. Al menos… eso creo.

—¿Qué quieres decir con «eso creo»? —Su tono era reprobatorio, pero lo dejé pasar. Cuando se trataba de deportes de riesgo, mi marido no conocía el miedo. Sin embargo, en lo referente al bienestar de nuestra hija, el pánico no lo abandonaba.

—Tranquilo —dije con calma—. Cuando subí, solo eran poco más de las once, así que la llamé a casa, pero no contestó. Entonces probé con su móvil…

—¿Y?

—Y contestó un chico claramente borracho.

—Matt volvió a agarrotarse—. Después de varios intentos —continué—, conseguí que el chico me explicara lo que pasaba.

Era un amigo de Joy. Según parece, ella se había dejado el bolso en la barra del club donde estaban para ir al baño con varias personas de su grupo.

Le pregunté cuánto tiempo llevaba ausente y me contestó que una media hora, pero que no era tanto porque, según dijo, «es obvio que Joy no ha ido al baño a bañarse». Y luego colgó.

—¿Qué club era, Clare?

—El chico no me lo ha dicho. Intenté llamar de nuevo al móvil, pero tuvo que apagarlo porque solo me saltaba el buzón de voz. Y, antes de que preguntes, he dejado mensajes tanto en el móvil como en el fijo de su apartamento para pedirle que me llame sea la hora que sea.

Matt se levantó, se frotó el cuello y empezó a pasear descalzo por el suelo de parqué.

—¿Qué piensas? —pregunté.

—Pienso que se estaba drogando. ¿Qué si no?

—También lo he pensado, pero no es propio de ella. Para empezar, ¿con qué dinero?