Un café con leche agria Capítulo quince
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Capítulo quince

C APÍTULO Q UINCE

E l Fortune volvió al muelle dieciocho escoltado por la policía y un barco contraincendios. La guardia costera también se acercó a echar una mano.

El nerviosismo imperante en el barco interrumpió las presentaciones. El resto del seminario se canceló y el Fortune emprendió su regreso a puerto. Entretanto, la gran cantidad de luces rojas parpadeantes congregó a una multitud que esperaba en el muelle para enterarse de la causa del alboroto.

El Fortune chocó con el atraque y la tripulación bajó por la pasarela.

Como ratas que huyen de un barco que se hunde, los pasajeros se agolparon para salir.

Matteo, empapado y con olor a agua estancada, acompañó a su madre.

Sin embargo, yo me quedé rezagada por si veía a Tad o a alguno de sus empleados, tal vez a doña Carpeta.

Me colé en el salón y vi que el camarero limpiaba mientras un par de mujeres con delantal recogían los vasos.

Salí de nuevo para dar una vuelta por la cubierta hacia el otro lado del barco.

Me tropecé con un soporte para cuerdas y estuve a punto de caerme.

Con un gruñido de frustración, me quité las gafas de cristales tintados y las guardé en el bolso Gucci.

Desde esa zona, las vistas eran bonitas.

Los barcos se acercaban a Manhattan o se alejaban hacia el mar.

A lo lejos, la Estatua de la Libertad desprendía un brillante resplandor.

Junto a la barandilla, contemplé la vista durante unos instantes, hasta que oí que una puerta se abría a la vuelta de la esquina.

Un hombre y una mujer emergieron entonces hacia una zona oscura cerca de la barandilla.

Reconocí al hombre: Tad Benedict. La mujer estaba de espaldas, así que no distinguí sus facciones.

Retrocedí contra el mamparo sin atreverme a respirar.

Estaban tan pendientes el uno del otro que no se percataron de que, entre las sombras, yo oía su conversación.

—No hemos vendido suficiente —dijo la mujer en un tono que parecía desesperado. Su voz me resultó familiar.

Incliné la cabeza un poco más para enterarme mejor.

—¿Suficiente? No hemos vendido una mierda.

Tras un momento de silencio, la mujer habló:

—Yo solo quiero salir de esto, Tad.

—Saldremos —dijo él con convicción—. Pagaremos para salir si es necesario. Sé que puedo conseguir el dinero. Liquidaremos la deuda y nos sobrará algo para construir una nueva vida, sin…, ya sabes…

Su voz se apagó y le frotó el hombro a la mujer. Ella se volvió para acariciarle la mano, pero su rostro permaneció a oscuras.

—Se nos acaba el tiempo —dijo ella.

—No te preocupes —respondió Tad—. Yo lo arreglaré.

Por fin, ella se volvió para mirarlo. Cuando los labios de ambos se encontraron, el rostro de la mujer se movió hacia la luz y la reconocí al instante: era Rena García, la socia y directora de marketing y publicidad de Lottie Harmon.

El beso se interrumpió y Tad la acompañó al interior.

Cuando desaparecieron, corrí hacia el otro lado del barco.

Me uní a los últimos pasajeros que en ese momento desembarcaban por la pasarela.

Una vez en la calle, vi que Madame estaba sola y miraba el río.

Matt esperaba en la cola de los taxis junto a la calzada.

—Lo siento, Madame —dije—. Tendría que haberte contado lo que Matt tenía en mente. Sé que no es lo que tú elegirías.

—Sí —contestó—. Supongo deberías habérmelo contado, aunque en realidad eso ya no tiene importancia. Es agua pasada… —Miró a su hijo, que seguía empapado mientras esperaba en la cola—. Nunca mejor dicho.

Madame me miró. Me sorprendió descubrir que su mirada era luminosa, y su expresión, animada.

—En cualquier caso, querida —continuó—, mi manera de hacer las cosas en el pasado ya no importa. El futuro del Blend es tuyo… y de Matteo. En cierto sentido, estoy contenta.

—¿Estás contenta?

—Mi hijo por fin muestra un verdadero interés por el negocio, por el futuro. —Me tocó el brazo—. Quizá haya cambiado de verdad, Clare.

Luego se dio la vuelta y se dirigió al taxi, que la estaba esperando. Ella y Matteo intercambiaron unas palabras mientras él le abría la puerta; luego la cerró y el taxi se marchó. Matt detuvo de inmediato el siguiente coche y nos subimos para emprender nuestro silencioso viaje de vuelta al Blend.

Cuando llegamos, le eché una mano a Gardner, el barista del turno de tarde, mientras Matteo subía a toda prisa para quitarse el olor a río y cambiarse de ropa.

Gardner Evans era un compositor, arreglista y músico de jazz afroamericano (tocaba el saxo, el piano, la guitarra y el bajo, era increíble), y una persona de trato fácil.

Se había mudado a Nueva York unos años antes, al terminar la universidad, desde el área metropolitana de Washington, D.

C., y enseguida empezó a tocar en clubes y salones de hotel con un pequeño grupo.

Su grupo, Cuatro en la Pista, sonaba fenomenal.

Los había visto tocar en directo varias veces y habían publicado dos discos que poníamos con frecuencia en el Blend, por las tardes, junto con otros CD que él traía de su impresionante colección.

No obstante, lo mejor de que Gardner fuera músico era su preferencia por el turno de noche.

Siempre estaba alerta y despierto a última hora de la tarde, cuando llegaba para trabajar como barista, siempre que no tuviera bolo con su grupo.

Todavía no me había quitado el disfraz de Jackie Kennedy y, como es lógico, a los clientes le pareció graciosísimo. Mientras yo servía un expreso doble y un latte vainilla flaco con alas (o sea, un latte de vainilla con leche desnatada y extra de espuma), Gardner sacudió la cabeza y dijo:

—Mi madre, C. C, tendrías que vestir así para el desfile de Halloween del Village.

—No te pitorrees de tu jefa, Gardner, que me hundes la moral.

Aparte, ¿no te parece que como Jackie Kennedy tengo un poco más de credibilidad?

—Contestó con una carcajada y yo levanté una ceja—.

Caballero, está usted sacando los pies del plato.

Para bajarte los humos, a lo mejor deberías ponerte a reabastecer los armarios…

Mientras se daba la vuelta hacia la despensa, no dejó de reírse por lo bajini.

Matteo volvió en ese momento secándose el pelo con una toalla.

—Mis zapatos están destrozados. Cuero italiano. Solo por eso estrangularía a Lebreaux. —Se dejó caer en uno de los taburetes altos junto a la barra.

Detrás de la cafetera expreso, tiré a la basura la pastilla de café usado y enjuagué el portafiltro, añadí más café recién molido, lo apreté, lo encajé y extraje dos nuevos expresos en sendas tacitas de color crema. Puse una rodaja de limón en la de mi exmarido y un poco de azúcar en la mía.

Después del fortalecedor chute de cafeína, por fin pregunté:

—Matt, exactamente ¿qué ha provocado la pelea?

—¿Pelea? —preguntó Gardner mientras volvía al mostrador cargado con un montón de vasos de papel, tapas y protectores para el calor—. ¿He oído pelea?

Matt puso mala cara.

—Solo ha sido un pequeño altercado…

—Pero ¡si os habéis liado a puñetazos! —Puntualicé—. ¡Y nada menos que delante de tu madre!

Gardner levantó las cejas y taladró a Matt con la mirada.

—¿En serio?

—Sí —respondí—. En serio.

—Mola —dijo Gardner con aire impresionado.

—No. No mola nada —repliqué.

Gardner se encogió de hombros y siguió reponiendo material.

—A ver, Clare —se justificó Matt—, Lebreaux insultó a mi madre.

—No —corregí—, te insultó a ti.

—Pero si ni siquiera estuviste allí todo el tiempo.

—Por eso te he pedido que me informes —contesté.

—¿Recuerdas cuando Lebreaux presionó a mi madre para crear franquicias con la marca del Blend?

Resulta que, después de que ella lo rechazara y de que descubriéramos que planeaba apropiarse de la cafetería, Eduardo abandonó el mundo del café y se marchó a Asia.

Allí se asoció con una empresa china de té.

Ahora importa y comercializa tés de especialidad en colaboración con una familia tailandesa muy rica.

Le di otro sorbo al expreso.

—Pero eso no tiene nada de malo. ¿Quiere abrir teterías o qué?

—No, quiere abrir kioscos en negocios ya existentes; en concreto, en grandes almacenes de lujo y boutiques de alta costura. ¿Te suena?

Si cambiábamos el té por café, era el mismo concepto que proponía Matt.

—Entonces es un milagro que no mataras a Lebreaux allí mismo.

—Y no solo eso: me he comportado con muchísima madurez en todo este asunto.

Tad podría haberme avisado, pero pensándolo bien me di cuenta de que también había incluido la presentación de dos revistas distintas y de dos marcas de ropa.

Al igual que cada una de ellas tenía un plan de negocio y un enfoque diferenciado, consideró que Lebreaux y yo también teníamos productos bastante diferentes… , té versus café.

—¡Pero si esto es de locos! —contesté—. Los dos buscáis los mismos emplazamientos para montar vuestro negocio.

—Ya, bueno, al principio no era así. El informe inicial de Lebreaux no decía nada de kioscos, solo buscaba inversores para la importación directa, con la idea de suministrar té asiático importado a las teterías y tiendas especializadas en productos gourmet .

Pero hace una semana cambió su plan de negocio para incluir «kioscos de té dentro de grandes almacenes y boutiques de lujo».

—¡Hace una semana!

—Clare, es obvio que me ha robado la idea y que quiere competir conmigo.

Cuando empezó a montar follón porque quería ser el primero en presentar el proyecto, le dijeron que iríamos por orden alfabético.

Fue entonces cuando se cabreó. Se puso a lanzar amenazas.

Me acusó de robarle la idea, cosa que pretendía hacer desde el principio: desacreditarme en público.

Entonces le dije cuatro cosas bien dichas, juro que solo palabras, y su matón a sueldo me arrastró por la cubierta…

Suspiré.

—Te creo, Matt. Lebreaux es una serpiente vestida de etiqueta. Y su guardaespaldas fue el primero en emplear la violencia física, así que dudo que intenten denunciar.

—De todos modos, su hombre no cooperará con ellos. Era rudo, pero no sabía nadar. —Matt sacudió la cabeza—. Al final tuve que mantenerlo yo a flote para que no se ahogara hasta que la tripulación del yate nos subió de nuevo a bordo.

—No puede ser verdad.

—De hecho, me dio las gracias antes de llegar a puerto.

Sonreí.

—Bueno, al menos hay alguien que se ha librado de declarar ante el juez esta semana. —Mi comentario era una broma, pero nos recordó a ambos que Tucker estaba en apuros y volvimos a sentirnos abatidos.

—No importa —contestó Matt—. Vi la cara de mi madre antes de caer por la borda y tal vez sea mejor así. El Blend aún es suyo.

Estuve a punto de contarle lo que Madame me había dicho (que estaba contenta de que su hijo por fin se interesara por el futuro del negocio, incluso para llevarlo a otro nivel, aunque eso no fuera lo que ella habría elegido).

Pero me contuve, ya que daba por hecho que Madame querría comunicarle la noticia a su hijo en persona…

y que Matt preferiría oírla en boca de su madre y no de su exmujer.

Terminamos el café sin decir nada más, solo se oía una pieza suave y casi melancólica de Cuatro en la Pista en el hilo musical del Blend. De pronto entró por la puerta un grupo ruidoso de juerguistas nocturnos que se acercaron al mostrador charlando a voces.

—Ay, madre —murmuré mientras le echaba un vistazo a mi reloj.

Matteo, al ver mi gesto abrumado, dijo:

—Deja que te ayude, Clare. Sube a cambiarte y a descansar. Yo cerraré.

Dicho eso, Matt se levantó de la silla y rodeó el mostrador para comenzar a tomar comandas. Cuando me di la vuelta para marcharme, oí que añadía, con un deje de amargura en la voz:

—Ya va siendo hora de que haga algo útil aquí.

Fue entonces cuando me entró la duda.

¿Debería decirle algo? El seminario de inversiones de Tad no era tan importante en el orden general de las cosas.

Matt aún no lo sabía, pero pronto se daría cuenta de que Madame estaba de su parte, no contra él.

Una vez que Madame le expresara su parecer, lo ayudaría a conseguir todo el dinero que necesitara a través de los contactos comerciales de su difunto marido.

Me di la vuelta para decirle a Matt que no se preocupara.

Para asegurarle que Madame entendía lo que él pretendía hacer, lo que necesitaba hacer, y que seguro que lo ayudaría.

Pero cuando me volví hacia la barra los clientes ya se arremolinaban delante del mostrador y pedían a gritos sus consumiciones.

Tras decidir que esperaría a Matt arriba, me di de nuevo la vuelta y me dirigí hacia la escalera trasera.

Mi ex y yo habíamos pasado por muchos malos momentos, pero eso no significaba que no me preocupara por él. Nadie —pensé—, y menos aún mi socio, merece irse a la cama sintiéndose un fracasado .