Un café con leche agria Capítulo catorce
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Capítulo catorce

C APÍTULO C ATORCE

C on Madame agarrada del brazo, Tad Benedict nos condujo a través del salón lleno de gente. Serpenteaba tan rápido entre la multitud que me costaba seguirlos. Por suerte, doña Carpeta lo detuvo cerca de la concurrida barra.

—¿Empiezo con las presentaciones? —preguntó ella.

Tad miró a su alrededor y asintió con impaciencia.

—Sí, pongámoslo en marcha. Que salgan a presentar de uno en uno…, con un límite cinco minutos por cabeza. Solo contamos con algo más de una hora antes de volver al muelle.

Doña Carpeta puso cara de preocupación. Cuando habló, su susurro me resultó lo bastante audible:

—Hay un problema entre bambalinas. Dos hombres discuten sobre quién sale primero… La situación se está descontrolando. Tad le hizo un gesto desdeñoso con la mano.

—Arréglalo, que para eso te pago.

—Pero…

—Que salgan por orden alfabético según el nombre que aparece impreso en la lista. Nadie puede discutir eso.

Por un momento, ambos siguieron hablando en voz baja. Aproveché para hacer un aparte con Madame.

—Qué emocionante. ¿Qué hacemos ahora? —preguntó.

—Presionarlo —susurré—. Tenemos que averiguar qué porcentaje de acciones de Lottie Harmon está dispuesto a vender. Si es más del veinticinco por ciento que sabemos que posee, eso significará que hay gato encerrado.

De repente, doña Carpeta se marchó a toda prisa y Tad agarró de nuevo del brazo a Madame.

—Les pido disculpas por la interrupción. Hay mucho que hacer y tengo pocos empleados capaces de ocuparse de todo.

Tad dijo esto sin darse la vuelta mientras nos conducía por una puerta hacia un pasillo revestido de madera.

Pasamos por delante de tres puertas más, una de las cuales era un mamparo que daba a cubierta.

Tad abrió la última puerta del pasillo. Al otro lado había un pequeño camarote con un ventanal que ocupaba toda la pared y ofrecía unas vistas espectaculares de los rascacielos de Manhattan rodeados por el agua y el cielo oscuros.

Tad nos indicó que nos sentáramos y, cuando ambas nos acomodamos, ocupó una silla frente a nosotras al otro lado de una mesa estrecha.

Detrás de él había un pequeño escritorio con un ordenador.

En el monitor parpadeaba un salvapantallas con el logotipo de TB Inversiones.

Tad nos sonrió y se inclinó hacia delante.

—Bueno, señora Dubois. Entonces, ¿está usted interesada en adquirir una parte sustancial de las acciones de Lottie Harmon?

—Eso es, señor Benedict —contestó Madame; de manera bastante convincente, en mi opinión—.

Poseo acciones de varias grandes empresas y de casi todas ellas soy cliente en mi vida cotidiana.

Verá, yo creo en ese viejo adagio de que solo se debe invertir en negocios y productos que uno usa y entiende.

Yo compro moda de gama alta, por eso cuando oí el nombre de Lottie Harmon…

—Por supuesto —dijo Tad con suavidad—. Pero debo advertir que se trata de una oferta especial, dado que las acciones de Lottie Harmon tienen una gran demanda.

—No sabía que la marca Lottie Harmon cotizara en bolsa.

Tad cambió de postura.

— TB Inversiones es la única empresa autorizada para negociar acciones de Lottie Harmon y solo en cantidades limitadas.

Madame fingió entusiasmo.

—¡Una oferta exclusiva! Ahora sí que estoy emocionada… Espero que la cantidad no sea demasiado limitada.

—Bueno…

—Oh, de verdad que no quiero ser avariciosa. No me interesa controlar la empresa, solo quiero llevar a cabo una inversión sustancial, tal vez del treinta por ciento…

Tad ni siquiera parpadeó.

—Estoy seguro de que podemos asegurar esa cantidad, a menos que alguno de los otros inversores se haya adelantado…

Entonces Tad desvió la mirada hacia mí.

—Bueno, señora Gray, en su caso, ¿ha despertado su interés alguna de las posibilidades del folleto de TB Inversiones?

Me ajusté las gafas de carey tipo Jackie Kennedy con los cristales tintados y suspiré con teatralidad.

Hasta entonces había reducido mis intervenciones al mínimo por miedo a que el sonido o la cadencia de mi voz revelaran mi identidad.

Sabía que el disfraz había sido efectivo hasta ese momento y ni yo misma me reconocía en el reflejo del ventanal.

Con esa peluca, hasta la forma de mi rostro se difuminaba, y nadie era capaz de verme los ojos, ya que, incluso con la luz intensa de ese camarote, las gafas con cristales tintados apenas me permitían ver a mí.

Sin embargo, por mucha información que quisiera sonsacarle a Tad Benedict, me vi obligada a permanecer en silencio por miedo a quedar expuesta.

De manera que suspiré, sacudí la cabeza con solemnidad e hice un gesto de desdén con la mano.

Tad apoyó los brazos en la mesa y se inclinó aún más.

—Tiene que haber algo que la seduzca, señora Gray.

Noté que me observaba mientras esperaba mi respuesta. Carraspeé y me preparé para entonar la voz nasal que ya había usado con doña Carpeta.

—Bueno…

De repente, la puerta se abrió de golpe sin previo aviso. Y allí estaba doña Carpeta, despeinada por el viento y con la cara enrojecida.

—Tienes…, tienes que venir… —tartamudeó—. Hay un problema en la cubierta.

Al momento, oímos unas voces. Voces fuertes y coléricas, una de ellas conocida: la de Matteo.

Tad se puso de pie y salió por la puerta.

Esta vez ni siquiera se disculpó. Me levanté y lo seguí por el pasillo, con Madame detrás de mí.

Llegó una ráfaga de aire fresco nocturno y un fuerte olor a río.

Noté que había otra puerta entreabierta.

Al otro lado, vi un gran salón en el que varios hombres y mujeres se arremolinaban en diversos estados de conmoción o sorpresa.

Todos con pinta de inversores de Wall Street, con sus diagramas circulares, sus gráficos y sus presentaciones de PowerPoint preparadas.

En medio de la sala, había una mesa volcada.

En el suelo, una silla, un ordenador portátil roto y una jarra de agua hecha añicos.

La corriente de aire entraba por la puerta de mamparo, abierta de par en par. Fuera, en la cubierta, las voces airadas continuaban.

—¿Acaso no os enseñan el abecedario en Europa? —gritaba Matteo—. Pensaba que vuestro sistema educativo era mejor que el nuestro. ¡¿O es que os enseñan el alfabeto al contrario, como todo en el Viejo Mundo?!

Mientras corría hacia la puerta, oí que Tad Benedict trataba de restablecer la calma.

—Caballeros, escúchenme. Podemos resolver esto…

—Sí, cuando lances por la borda a este vaquero de tres al cuarto…

La voz que interrumpió a Tad destilaba tanta arrogancia, sarcasmo y desdén que reconocí a su emisor antes incluso de salir a la cubierta helada.

Eduardo Lebreaux.

A sus cincuenta y muchos años, Lebreaux era el típico europeo empalagoso que se habría sentido como en casa en Casablanca haciendo trampas a las cartas en el Café de Ricky.

Tenía el pelo castaño oscuro, cada vez más escaso en la coronilla y demasiado largo por detrás, bigote y una mirada sombría de ojos verdes y claros.

Aunque sin arrugas, lucía ese tipo de piel manchada que solo resulta del exceso de bebida y tabaco.

Como era de esperar, la ropa que llevaba esa noche estaba bien confeccionada, por lo poco que pude ver, ya que en ese momento se encontraba detrás de una mole trajeada y de cuello grueso que actuaba como su guardaespaldas.

—A ver si eres capaz de lanzarme tú por la borda —contestó Matt escupiendo las palabras y con los puños apretados—. Con o sin tu matón a sueldo.

Matteo se refería a Cuello Grueso, por supuesto, que permanecía impasible con la mirada fija en Matt y las manos levantadas y abiertas.

Me di cuenta de que había muchos músculos embutidos bajo su camisa blanca con los botones superiores abiertos y la chaqueta azul, y me pregunté si Matteo sería capaz de enfrentarse a él.

Lebreaux era un importador-exportador carente de moral que había trabajado para el segundo marido de Madame, pero después del fallecimiento de Pierre se convirtió en una molestia para la viuda.

De manera instintiva, Matteo siempre había albergado un sentimiento negativo hacia Lebreaux y al final resultó que tenía razón.

No era digno de confianza. De hecho, algunas de sus tácticas rayaban en lo delictivo.

Justo entonces me fijé en que había una mujer agarrada del brazo de Lebreaux… y la reconocí. Era Ojazos Violetas, la asiática alta y guapísima que acompañaba a Lloyd Newhaven en la fiesta de Lottie. Su rostro parecía apacible e imperturbable, incluso frente a aquella escena tan escandalosa.

Antes de que me diera tiempo a analizar la presencia de Ojazos Violetas, apareció más gente en la cubierta.

Varios de los ponentes subieron para presenciar el desenlace del acalorado melodrama que había comenzado en el camarote.

Para mi sorpresa, descubrí otra cara conocida entre ellos: el modelo que también había acudido a la fiesta de Lottie, cuyo pelo corto platino a lo Billy Idol resultaba inconfundible incluso a través de las gafas de cristales tintados.

Mi cabeza se puso a mil por hora. Mientras la presencia de Ojazos Violetas podía haber sido fruto de una mera casualidad, el que estuviera allí otro de los asistentes a la fiesta fatal —alguien que además se encontraba cerca de la barra en el momento del envenenamiento— parecía demasiada casualidad, al menos para mí.

Matt fulminó con la mirada al guardaespaldas e intentó rodearlo para volver al camarote, pero una mano del tamaño de un jamón deshuesado lo golpeó en mitad del pecho para detenerlo. Matteo levantó la vista para mirar al hombre y habló con una voz sorprendentemente tranquila:

—Voy dentro para hacer mi presentación. Oye, Eduardo…, dile a tu ayudante de alquiler que se aparte de mi cara y de mi camino.

Lebreaux miró a su alrededor y divisó a Madame, que se encontraba a mi lado. Esbozó una sonrisa cruel e hizo una reverencia en nuestra dirección.

—Ya veo que sigues sin despegarte de las faldas de tu adinerada y viuda madre, Matteo. ¿Montar franquicias con la marca del Village Blend ha sido idea de Madame Dubois? ¿Tal vez un acto de desesperación financiera?

Noté que, a mi lado, Madame se ponía tensa.

Y vi la expresión de Tad. Se sorprendió al enterarse de que la señora Dubois era la madre de Matteo.

Matteo explotó:

—Hijo de la gran…

Se abalanzó sobre el cuello de Eduardo. El europeo retrocedió con miedo y, al intentar escapar, estuvo a punto de tirar por la borda a Ojazos Violetas.

Matt no había llegado muy lejos cuando Cuello Grueso lo detuvo en seco.

Se produjo una maraña de movimientos, gruñidos fuertes y ruidos de puños contra carne.

—¡Esperad! ¡Esperad! —gritó Tad Benedict.

Pero los acontecimientos se salieron de madre.

Todo el mundo retrocedió para observar con impotencia la lucha cuerpo a cuerpo entre Matt y Cuello Grueso a lo largo de la cubierta.

El forcejeo continuó hasta que ambos se precipitaron por la barandilla y la encendida confrontación se apagó al fin en las aguas frías y revueltas del río Hudson.