Capítulo trece
C APÍTULO T RECE
S eguí a Madame fuera del taxi frente al muelle dieciocho, mientras Matteo nos esperaba en la acera. Divisó a su madre y después tuvo que mirar dos veces.
—¡Pero si es Jackie Kennedy! —gritó.
—Esta noche la llamaremos Margot Gray —susurró Madame—. ¿Te acuerdas de Margot y Rexler, su marido, de Scarsdale? Quedábamos mucho con ellos cuando eras adolescente.
Matteo sonrió.
—De la que me acuerdo es de su hija.
—Eres incorregible —contestó su madre y lo agarró del brazo.
Tan moreno y atractivo como siempre, esa noche había sustituido el Armani negro por un atuendo más rudimentario: un jersey crema con el cuello de pico que marcaba su torso atlético y ancho de hombros debajo de una chaqueta de lana de camello color caramelo y unos pantalones marrón chocolate.
—Hijo, háblame de ese proyecto empresarial tuyo. Margot se ha mostrado bastante evasiva al respecto.
La mirada incómoda de Matt buscó mis ojos a través de las grandes gafas de carey con los cristales tintados.
—No es que me haya mostrado evasiva —protesté—. Lo que pasa es que no he soltado prenda.
—Esperaba darte la sorpresa con mi presentación, madre —dijo con suavidad—. Una agradable sorpresa. —Se miró el reloj—. Será mejor que vayamos al muelle, no sea que el barco zarpe sin nosotros.
Atravesamos un espacio cubierto hasta el muelle, donde unos carteles nos indicaron cómo llegar al seminario de Tad Benedict.
Habían instalado una mesa junto a la pasarela para recibir a los potenciales inversores.
Una mujer rubia con un traje pantalón de Fen y uno de los broches de remolino de café de Lottie Harmon en la solapa recogió las invitaciones y anotó nuestro nombre y dirección.
—Margot Gray, de Scarsdale —dije con un acento nasal que me pareció lo bastante esnob.
La mujer anotó mi nombre y dirección ficticios y me pasó un folleto encuadernado en espiral. En la cubierta aparecían las palabras « TB Inversiones». Sobre esas letras había una especie de logo que parecía una mariposa, ¿o era una polilla?
—Bienvenidos a bordo del Fortune —dijo la señora de la carpeta en un falso tono amistoso—. Después de cruzar la pasarela, a la derecha. En el salón de baile principal podrán disfrutar de un cóctel.
El Fortune era un yate de recreo blanco deslumbrante de veintitrés metros de eslora transformado en un barco turístico y festivo que recorría el río Hudson.
Bajo el puente de mando cuadrado, toda la superestructura estaba acristalada y ofrecía una vista panorámica del horizonte de Nueva York.
Desde la cubierta, las vistas eran impresionantes.
El sol ya se había puesto y las luces del centro de Manhattan se reflejaban en el cielo despejado.
Tuve que bajarme las gafas de cristales tintados hasta la punta de la nariz para poder ver.
El pomposamente denominado salón de baile principal consistía en un espacio enmoquetado del tamaño de dos plazas de garaje donde un grupo de gente rodeaba una mesa de entremeses y una barra de bebidas bien surtida con un camarero joven que preparaba con destreza cócteles a demanda.
Le pedí un té helado Long Island (para reunir valor) que bebí a sorbitos sensatos mientras me movía entre la gente.
Los cerca de cuarenta asistentes, la mayoría parejas, tenían entre cincuenta y sesenta años.
Muchos de los señores exhibían, agarradas del brazo, a esposas trofeo, jóvenes y rubias (las «tartas de limón» de Tom Wolfe).
Un buen número de señoras charlaban en grupos pequeños.
Y dos parejas gais, en ambos casos con una diferencia de edad considerable entre sus integrantes, habían gravitado la una hacia la otra.
También habían acudido al seminario varios inversores ancianos, incluido un hombre en silla de ruedas bastante arrogante que parecía disfrutar al ordenarle a su enfermera que le llevara bebidas sin parar.
No vi ni rastro de Tad Benedict, pero la rubia elegante y de sonrisa falsa que había tomado nuestros datos apareció con su carpeta bajo el brazo.
Vi que le daba a Matteo un golpecito en el hombro y le hacía una señal con el dedo para guiarlo a través de una puerta de mamparo que se encontraba detrás del bar, que sería donde, según supuse, Tad estaría preparando a los emprendedores que iban a presentar sus empresas emergentes (es decir, a los debutantes de la gala).
Empecé mi investigación con un estudio de la gente que había en el salón.
«Los ricos —parafraseando a F. Scott Fitzgerald— son muy diferentes de nosotros: tienen dinero»; esta legendaria observación se cumplía en ese grupo de gente acomodada.
Según mi experiencia, cualquier otra reunión social de esa envergadura, incluso compuesta por completos desconocidos, se habría animado a medida que se consumía esa copiosa cantidad de alcohol.
Sin embargo, con esas personas no sucedía así.
Incluso mientras bebían, vagaban de un lado para otro hojeando el folleto de Tad Benedict con aspecto un tanto perdido.
—Qué callados son —le susurré a Madame.
—Sí, querida. Hay gente acostumbrada a que sea su dinero quien hable por ella y, en mi opinión, el dinero por sí solo no tiene absolutamente nada que decir.
—Sonrió mientras pasaba las hojas del folleto—.
Mira estas oportunidades de inversión. Obviamente, son de alto riesgo: un nuevo restaurante, una película independiente.
¿Por qué crees que vienen estas personas, Clare?
Por dinero no. Eso ya lo tienen. Lo que les falta es emoción.
Están aburridos, ya los ves. Estas empresas emergentes son el tipo de cosas que les hacen sentir que participan en el mundo.
No podía reprocharle a Madame su actitud ligeramente desdeñosa, porque sabía de dónde le venía.
Puede que se casara en segundas nupcias con un señor rico, pero se pasó décadas dirigiendo el Blend, al principio con el padre de Matt y luego ella sola.
Dirigir cualquier negocio era un trabajo duro y disciplinado, había que madrugar a diario, estar pendiente de mil detalles, discutir con los empleados.
Y, a lo largo de los años, Madame había hecho mucho más que tostar y servir café para la gente que acudía al Blend: actores, artistas, escritores, bailarines y músicos, siempre abundantes en el barrio Greenwich Village.
Había ofrecido el sofá de la segunda planta de la cafetería a los desalojados de los pequeños apartamentos llenos de gente para que pudieran dormir; había servido café cargado de tueste francés a los que se encontraban al borde del alcoholismo; había agarrado de la mano a las almas frágiles que acababan de llegar a una de las ciudades más despiadadas de la tierra para demostrar su talento.
Por eso, no me sorprendía que Madame no tuviera muy buena opinión de un grupo de personas que solo buscaban meter dinero en un negocio para sentir que formaban parte de él.
Según su experiencia, era la sangre, el sudor y las lágrimas lo que te hacía formar parte de algo, no el simple hecho de firmar un cheque.
Sentí que la cubierta retumbaba bajo mis botas de tacón cuando el motor se puso en marcha.
A continuación, el yate se sacudió, lo cual provocó un ligero derramamiento de la bebida que sostenía en la mano, y, un momento después, un marinero soltó las amarras y nos alejamos del muelle.
La embarcación avanzó frente a la silueta de Manhattan, cuyas torres iluminadas se reflejaban en las oscuras aguas del Hudson.
Los altavoces chisporrotearon y una voz amplificada inundó la sala.
—Un millón de luces. Un millón de historias.
Un millón de oportunidades para aquellos que saben cómo encontrarlas, cómo aprovecharlas.
Me llamo Tad Benedict y esta noche te mostraré cómo hacerlo.
Podrás participar de muchas maneras: invirtiendo una pequeña cantidad en cada una de las oportunidades que voy a ofrecerte o, si lo prefieres, centrándote en una sola empresa emergente.
Tú eliges. Aquí no hay perdedores, eso te lo aseguro.
La cantidad que ganes dependerá de lo agresiva que sea tu inversión…
La iluminación interior se atenuó y todo el mundo se volvió para mirar a Tad Benedict. Fornido y con cara de duende, estaba de pie en el centro de un haz de luz blanco con el micrófono en la mano.
—Gracias a todos por venir —continuó—. Os doy las gracias ahora que puedo permitirme ser generoso. ¿Por qué? Porque sé que luego seréis vosotros quienes me daréis las gracias a mí.
Entonces Tad se lanzó a pronunciar un discurso que contenía un tercio del optimismo «si quiero, puedo» de Tony Roberts, un tercio de charla motivacional de Wall Street para hacerse rico en poco tiempo y un tercio de metáforas malas.
Es decir, un montón de tonterías sobre llamas y polillas que se acercaban a ellas, lo cual explicaba, por fin, el logo del folleto.
Tad Benedict siempre me había caído bien, pero el resultado de esa combinación era disparatado.
—Madame —susurré—, me da la impresión de que esto solo son gilipo…
Madame me tocó el brazo.
—Una dama no usa ese lenguaje, Margot. Mejor di «sandeces». Si te digo la verdad, lo que de verdad me incomoda son las constantes referencias a insectos voladores.
Tad siguió hablando durante unos veinte minutos más.
Por fin, dirigió la atención de los asistentes hacia una presentación en PowerPoint donde aparecían logos y gráficos de las oportunidades de inversión que se presentarían esa noche.
De pronto, aparecieron las inconfundibles letras L y H del logo de Lottie Harmon.
— TB Inversiones posee el cincuenta por ciento de las acciones de la famosísima colección de complementos Lottie Harmon —explicó Tad—.
Lottie Harmon es una marca de diseño resucitada que ha experimentado un crecimiento de más de un doscientos por cien durante el último año, una pequeña oruga que ha salido del capullo, ha desplegado las alas y ha echado a volar…
Tad pasó a otros nombres y logotipos, pero apenas presté atención. Me pregunté cómo era posible que Tad Benedict anunciara una participación del cincuenta por ciento en las acciones de Lottie Harmon cuando solo poseía el veinticinco por ciento.
La propia Lottie me había dicho que los únicos accionistas eran ella, Tad y Rena —con una pequeña participación de Fen—, porque así lo había decidido ella.
Lottie había tardado décadas en ser capaz de expresarse a través de sus creaciones y, para ella, mantener el control de la marca era más importante que el dinero.
De manera que o bien Tad mentía, o bien había conseguido hacerse con una parte de las acciones de Lottie o con todas las de Rena.
Por fin, Tad terminó su discurso.
—Tras una pequeña pausa, os presentaré a varios clientes de TB Inversiones.
Estos emprendedores visionarios han venido para ofreceros en persona una participación potencialmente lucrativa en sus empresas emergentes y para responder todas vuestras preguntas.
Esta es una oportunidad única para empezar desde cero en negocios nuevos y emocionantes: un restaurante que pronto estará en boga, dos nuevas revistas, una producción teatral, una franquicia de cafeterías, dos marcas de ropa de diseño, la expansión de una zapatería y una película independiente son algunas de las decenas de oportunidades de las que oiréis hablar esta noche.
Los inversores rara vez tienen la oportunidad de subirse a un tren antes de que salga de la estación, justo antes de que despegue hacia la lejanía azul y salvaje…
Madame suspiró:
—Esta mezcla de metáforas me saca de quicio.
—Ya te digo —susurré con nerviosismo, aunque en secreto me alegré de que los ojos de Madame estuvieran lo bastante achispados como para haber pasado por alto la mención de Tad a la franquicia de cafeterías.
—Mientras tanto —continuó Tad—, me quedaré por aquí. No dudéis en dirigiros a mí si tenéis cualquier pregunta u oferta…
Me pegué a Madame para idear un plan. Al cabo de unos minutos, mientras Tad se mezclaba con sus clientes potenciales, Madame se acercó a él.
—Adoro los diseños de Lottie Harmon —empezó a decir—. Me preguntaba sí sería posible una compra en bloque de acciones de la marca.
Tad desplegó todo su encanto.
—Por supuesto, señora…
—Señora Dubois. Y esta es mi amiga Margot Gray.
—Me alegro mucho de que hayan venido, señoras —dijo mientras me estrechaba la mano.
Bajo la peluca y las gafas de cristales tintados, contuve la respiración y recé para que no me reconociera. Y no me reconoció. Se limitó a darse la vuelta para hablar con Madame.
—Como imaginará, las acciones de Lottie Harmon no son baratas, señora Dubois.
Madame sacudió la mano.
—El dinero no es un problema, aunque no quiero ser avariciosa. Solo estoy interesada en un veinte o un treinta por ciento… —Tad Benedict casi se atraganta con su agua con gas—. Aunque, por supuesto, si el precio fuera razonable, podría convencerme para comprar más.
Tad dejó el vaso y tomó la mano de Madame.
—Por favor, síganme, señoras —ronroneó—. Me gustaría ocuparme personalmente de los detalles de esta transacción.