Capítulo doce #2
Volví a asentir, esta vez con una indulgencia nerviosa.
Estaba clarísimo que Matt no le había revelado a su madre el resto de la historia, solo la parte de «érase una vez».
No podía reprocharle que contara el plan por partes y que hubiera empezado por la idea del Especial Reserva.
Madame nunca había expresado más que repulsión hacia la posibilidad de montar franquicias del Village Blend o comercializar su nombre.
El intento más reciente había sido un turbio acuerdo comercial propuesto por Eduardo Lebreaux, un importador europijo que intentó sabotear nuestra mítica cafetería después de que Madame rechazara sus ofertas de compra.
Madame pensaba que solo debía haber un único Village Blend.
Ella siempre decía: «Solo hay una torre Eiffel, querida, un Big Ben, una estatua de la Libertad… ».
Aunque los contratos que Madame había firmado con Matt y conmigo nos daban más participación en el negocio a medida que pasaba el tiempo, ella seguía siendo la propietaria.
Podía cerrar el negocio de Matt con una sola palabra, por lo que no dije nada más al respecto.
A decir verdad, quien debía informar a Madame de sus planes era Matt, no yo.
A medida que avanzó la conversación, Madame empezó a relatarme la velada de la noche anterior en un importante acto benéfico (por suerte para ella, aún salía con el doctor McTavish, un oncólogo del hospital St. Vincent tan atractivo como Sean Connery) y me di cuenta de que no sacaba el tema de Tucker y el Blend porque aún no sabía nada.
Le di la noticia con toda la delicadeza del mundo y le hablé de la fiesta de Lottie Harmon, a la que ella no había asistido, del asesinato de Ricky Flatt en la cafetería y de la detención de Tucker Burton.
—Un error judicial flagrante —declaró Madame—. Ambas sabemos que Tucker es inocente de ese crimen tan terrible.
Su fe en el barista del Blend me animó bastante. Antes de ese comentario me sentía muy sola en mi cruzada para liberar a Tucker. Y sus siguientes palabras no solo me animaron, sino que también me dieron esperanza:
—¿Cómo puedo ayudar? —preguntó.
Le hablé de Tad Benedict, el socio de Lottie.
Aunque no llegué a hablar con Matt del posible móvil del crimen, revelé mis sospechas de que Tad planeara tomar el control de la marca, una estrategia que tal vez implicara el asesinato.
Hice referencia al seminario de inversiones de Tad, una acción extraña justo después del intento de asesinato de Lottie. A continuación, le solté otra bomba:
—Te iba a pedir que acudieras esta noche a ese seminario para averiguar qué trama Tad Benedict y si sus negocios son legales o no. Que husmearas un poco y descubrieras lo que pudieras.
Los ojos de Madame se iluminaron más que el Radio City.
—¡Qué emocionante! —exclamó—. ¿A qué hora salimos?
—Por desgracia, yo no iré. Tad me conoce y sospecharía si aparezco. Pero Matteo sí que irá. Va a presentar… un…, eh…, un nuevo proyecto.
—Entonces que indague Matteo, ¿no?
—Eso sería de gran ayuda, pero dice que no puede. Tiene intención de encontrar financiación para su proyecto y ahora mismo esa es su prioridad… Asegura que Tad le prometió resultados.
—¿Y qué tiene a Matteo tan entusiasmado? —Me encogí de hombros. Madame insistió—: ¿Está buscando respaldo económico para el procesamiento húmedo del café etíope?
Sonreí.
—Será mejor que él te lo cuente.
Me percaté de su enorme curiosidad, pero dejó de presionarme.
—Quiero ayudarte —dijo—, pero no sé dónde husmear ni qué buscar. Clare, sería mejor que me acompañaras.
Suspiré.
—Matteo sugirió que me disfrazara, pero estoy convencida de que ironizaba.
Madame dio una palmada con sus delgadas y elegantes manos.
—¡Disfrazarte! ¡Qué idea tan maravillosa!
—¡Pero es una locura! No soy de la policía secreta, ni… ni se me da bien engañar.
—Que yo recuerde, hiciste un buen trabajo hace unos meses, cuando te colaste de extranjis en aquel acto de recaudación de fondos organizado por la asociación No Más Carne.
—Pero eso fue en un momento de desesperación. Creía que mi hija estaba en peligro.
—¿No ves que este también es un momento de desesperación? Piensa en Tucker, en lo que estará pasando el pobre. Metido en una celda, acusado de un crimen que no ha cometido.
—Verás, trato de hacer lo que puedo. Pero, en este caso, ¿cómo me colaría? ¿Con una peluca? ¿Gafas oscuras? En cualquier caso, es inútil. No tengo el porte ni la indumentaria necesaria para hacerme pasar por inversora.
—Qué tontería —gritó—. El porte viene con la indumentaria y ese problema es fácil de solucionar.
Dejó la taza de porcelana y se levantó.
—Ven conmigo. Seguro que encontramos algo apropiado en mi armario.
Madame me condujo por un largo pasillo decorado con estatuas hasta la puerta de sus aposentos. La habitación era luminosa y amplia, con unas cortinas de encaje marfil abiertas que permitían la entrada del sol vespertino. Más allá del tocador, abrió unas puertas color crema que daban al vestidor.
Se quedó mirando el despliegue de ropa elegante colgada y sacudió la cabeza.
—No, no, no… Esto no nos sirve.
Madame se adentró un poco más hasta llegar a un armario de teca profusamente decorado.
Cuando lo abrió, puse los ojos como platos.
Estaba lleno de ropa vintage preservada en fundas de plástico transparente: una fabulosa colección de texturas, un arcoíris de colores en cascada.
Un traje de noche de Oleg Cassini de seda georgette rosa palo junto a un conjunto de vestido y chaqueta de Givenchy en lana bouclé rosa oscuro.
Un elegante traje de dos piezas de lino rojo fuego a lo Chez Ninon.
Un vestido de verano de Herbert Sondheim azul claro.
Unos pantalones pitillo negros con chaqueta de rayas blancas y negras a juego.
Sombreros pastilleros. Pantalones Capri.
Faldas de corte evasé . Y complementos vintage .
Un bolso bohemio de Gucci. Zapatos de cocodrilo auténtico.
Cinturones. Carteras. Guantes. Joyas. Hasta varios pares enormes de gafas de sol de carey.
—Esta era la ropa que usaba cuando tenía tu edad —dijo Madame con una nota de orgullo, mientras sacaba una prenda tras otra.
—Son… maravillosas. Espectaculares. Estas prendas tienen treinta años, pero parecen contemporáneas.
—Más bien cuarenta años, querida. Pero eso da igual. La elegancia es atemporal.
—Y tu gusto es impecable. Me encanta este negro…
—¿El minivestido de crepé con el volante plisado? Es un Mary Quant. Un vestido precioso, pero no pega nada para esta ocasión. Tienes que llevar colores claros para mezclarte con los ricos y poderosos…
—¿Colores claros?
—Para demostrarle al mundo que pueden permitirse las facturas de la tintorería.
—Qué ridiculez.
—Así son los ricos. Ah, probemos con este conjunto de falda y chaqueta de Christian Dior, acompañado con ese jersey de cachemir blanco. ¿O será más apropiado este vestido evasé de André Courrèges? No, no, tiene el bajo demasiado corto…
Enseguida me di cuenta de que gran parte del armario de Madame imitaba el estilo de una figura pública de la época, una mujer conocida por su impecable gusto en asuntos de moda, una hazaña de discutible dificultad, dado que todos los diseñadores destacados de su época se peleaban por vestirla.
Pero no había nada que reprocharle a Madame, porque ¿qué mujer de su generación no intentó vestirse como Jackie Kennedy?
Nos decantamos por un traje de lana de Coco Chanel color crema: chaqueta, falda y blusa a juego con un corte bastante bonito.
El conjunto era elegante y favorecedor. Por desgracia, debido a mi metro cincuenta y siete, la falda me quedaba demasiado larga, muy por debajo de la rodilla, pero Madame llamó a su ama de llaves y no tardaron en ponerse a hacer aspavientos y a prender alfileres con la promesa de subir el dobladillo antes del evento.
—Cuando este traje era nuevo, lo llevaba con unos zapatos de tacón y con este sombrero —dijo Madame mientras me lo mostraba.
Uff , —pensé— al ver el característico sombrerito de Jackie con el velo. Igual nos estamos pasando un poco con el viaje en el tiempo .
—Eliminaré el sombrero y me pondré unas botas altas —le dije con amabilidad—. Es más moderno.
—Ah, sí, claro. —Se dio un golpecito en la barbilla—. Supongo que los guantes blancos también van fuera, ¿no?
Sonreí con indulgencia y asentí. A continuación, me miré reflejada en el espejo de cuerpo entero, asombrada por la transformación.
Incluso sin sombrero, parecía una mujer distinta: elegante, atemporal, siempre a la moda.
También parecía adinerada, mucho. Con esa ropa, mi estilo práctico pasaba a ser refinado.
Me hacía estar más erguida, moverme con más gracilidad.
Me sentía casi tan segura como parecía. Pero había un problema: la cabeza.
Mi cara y mi pelo seguían revelando mi identidad.
—Pruébate esto. —Madame me pasó una sombrerera que contenía una peluca de pelo natural liso hasta los hombros de al menos tres tonos más oscuros que el mío. La peluca y un par de grandes gafas Oleg Cassini con los cristales tintados completaron el conjunto.
Tardamos unos diez minutos en recogerme bien el pelo antes de ponerme la peluca, pero, con el añadido del flequillo oscuro y las gafas, el engaño era completo.
—¡Dios santo! —chillé—. Parezco…, parezco…
Madame sonrió y me dio unos golpecitos en la mano.
—Lo sé, cariño.