Un café con leche agria Epílogo
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Epílogo

E PíLOGO

E sa noche dormí catorce horas. No hubo sueños ni pesadillas, solo un descanso oscuro y reparador.

Aunque parezca mentira, el desfile de Fen y Lottie se desarrolló sin contratiempos.

Al cabo de solo una hora, Moira McNeely ya estaba detenida, habían trasladado el cuerpo de Fen al depósito y la actividad previa al desfile se había reanudado.

Llegaron los invitados, tomaron asiento y el propio Bryan Goldin pronunció un conmovedor y emotivo discurso en memoria de su tío al comienzo del desfile.

Lottie ayudó al joven en todo y, cuando acabó la jornada, me dio la impresión de que ambos habían forjado un vínculo estrecho.

Al parecer, Bryan era el único heredero de la marca de moda Fen y, como necesitaba a alguien con experiencia en el sector, le pidió a Lottie que se convirtiera en socia de pleno derecho de la compañía.

La muerte de Fen ocupó los titulares en todo el mundo. Como consecuencia, los pedidos de su colección de primavera —y de las joyas de Lottie inspiradas en el café— fueron enormes.

Una semana más tarde, Quinn volvió a sentarse frente a la barra de mi cafetería.

—Aquí tienes, Mike.

—Gracias, Clare.

Había preparado un latte para él y un expreso para mí. Mientras añadía una pizca de azúcar en mi tacita, observé a Quinn, que le dio un sorbo a su café y emitió su habitual sonido de satisfacción antes de secarse la espuma del labio superior con dos dedos.

—Bueno —dije—, ¿estás listo para desembuchar?

Levantó la taza alta de cristal.

—Esto está demasiado bueno para desembucharlo. —Levanté una ceja—. Vale, ha sido un chiste malo —añadió con una ligera sonrisilla—. ¿Por dónde quieres que empiece?

—Por Mona Lisa Toratelli.

—Las autoridades de Bangkok emitieron un informe en 1988.

Todo cuadra. A la niña le tomaron declaración, pero como no hubo más testigos que corroboraran la presencia de su tía en el hotel, zanjaron el asunto con el argumento de que la pequeña se inventó esa historia para hacer frente al suicidio de su madre.

Así fue como trataron a Moira desde entonces, como si sus recuerdos fueran una especie de delirio.

Pero está claro que Moira Toratelli McNeely presenció el asesinato de su madre a manos de su tía y que nunca lo olvidó.

Me estremecí.

—La idea de que una hermana matara a otra por un hombre…, y encima por un hombre como Fen…, es tristísima. Y cruel. Cuesta entenderlo.

—Exacto. Imagina cómo se sentiría Moira.

Miré a Quinn con sorpresa.

—¿Te conmueve? ¿Te estás poniendo en la piel de un asesino?

Él sacudió la cabeza.

—Es empatía. Para atrapar a un delincuente es mejor entenderlo.

—O entenderla.

—O entenderla, sí.

Le di un sorbo al expreso en silencio. Quinn hizo lo propio con su latte .

—¿Y qué le pasará a Moira? —pregunté.

—Lo más probable es que se declare culpable. Su abogado alegará enajenación mental y lo ingresarán en un hospital para someterse a tratamiento durante veinticinco años.

—Pobre chica… Y la gente a la que ha envenenado, Rena García, Jeff Lugar y Ricky Flatt… Y Tad, que ha perdido a su prometida, el pobre… —Sacudí la cabeza al pensar en todas esas pérdidas, en todo ese dolor—. ¿Cómo se hace, Mike? ¿Cómo se superan tantas desgracias?

—No se superan.

—¿Clare? —Matt me llamó desde la escalera de atrás.

—Vuelvo en un momento —le dije a Quinn en voz baja y me dirigí a la puerta trasera del Blend.

Matt bajaba con las maletas. Había preparado el equipaje con su eficiencia habitual: una maleta negra grande con ruedas, una bolsa negra de mano y un maletín negro de cuero.

Y ya había enviado a Tokio una parte del café etíope de la reserva especial a través de DHL .

—Me espera el coche de alquiler —dijo.

Asentí.

—Buen viaje.

—¿Seguro que no puedo convencerte?

Una pregunta como esa en un momento así suele ser retórica, pero la mirada de mi exmarido parecía casi esperanzada y, aunque reflejaba orgullo, también contenía un aire de súplica que me hizo sentir culpable…, pero solo un poco.

—Estarás acompañado —le dije con una pequeña sonrisa.

Suspiró.

—Clare…

Tres días antes, Breanne había dejado un largo mensaje en el contestador en el que le explicaba a Matt que ella también tenía negocios en Tokio (Matt tenía previsto viajar a Japón para llevar a cabo una importante presentación de su proyecto sobre los kioscos organizada por David Mintzer, quien, después de hablar conmigo en la fiesta de Trend , había decidido invertir una buena cantidad de dinero en la idea de Matt).

En su extensa perorata, doña Elegante le comentaba a Matt lo feliz que le haría acompañarlo durante el largo vuelo y lo mucho que le gustaría enseñarle algunos de sus sitios y restaurantes favoritos de Tokio.

Justo el día antes, Matt me había pedido que lo acompañara y yo me lo estuve pensando hasta que oí aquel mensaje en el contestador, que fue lo que me decidió.

—Vete —le dije mientras le sostenía la puerta trasera de la cafetería—. Es lo que debes hacer. —Me miró—. Buena suerte, Matt. De corazón.

Suspiró de nuevo y asintió antes de acercarse para darme un beso.

Yo me aparté y le tendí la mano. El dolor se reflejó de nuevo en sus ojos, pero insistí y le estreché la mano en un gesto sincero de amistad.

Él no me correspondió y dejó la mano lacia.

Antes de ser consciente de ello, ya se había dado la vuelta y había desaparecido.

Pero no me sorprendió. Desparecer era lo que mejor se les daba a algunos hombres.

—¡Clare!

Ahora era Esther quien me llamaba desde el salón de la cafetería y su voz parecía tensa.

¿Qué pasa ahora? Me apresuré hacia la barra, preocupada por el siguiente desastre que me iba a encontrar.

Pero no había desastre alguno. Esther solo se había dejado llevar por la emoción al ver quién entraba por la puerta.

—¡Hola, Village Blend! —gritó Tucker Burton levantando las manos—. ¡He vuelto!

Mike me miraba. Creo que se me saltaron las lágrimas.

—¿Lo ves, detective Cosi? —dijo en voz baja—. Puede que uno nunca supere las cosas malas…, pero por lo general siempre hay algo bueno a lo que aferrarse. Recuérdalo.

Asentí. A continuación, crucé a toda prisa el salón y abracé fuerte a mi Tucker.