Un café con leche agria Capítulo once #2
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Capítulo once #2

Matt levantó las manos.

—Vale, tú ganas. Dejemos el tema.

Nos quedamos un rato callados y cabreados.

—Tienes razón. Mejor que lo dejemos —dije por fin—. De todos modos, quería hablar contigo de otra cosa.

Le conté mi teoría de que Tad o Rena, incluso Tad y Rena juntos, fueran los responsables del envenenamiento y que el objetivo real fuera la propia Lottie. Para mi enfado, mi exmarido ni siquiera pareció contemplar la posibilidad de que tuviera razón.

—¡Ah! —grité—. Entonces, estás seguro de que dos completos desconocidos son inocentes, pero crees que Tucker sí puede ser culpable.

—No he dicho eso —contestó.

—Pero lo piensas.

—Da igual lo que piense.

—Oye, Matt, intenta abrir la mente. Tengo la sensación de que Lottie también alberga ciertas dudas. Se lo noté en la forma de hablar. Por alguna razón, Lottie sospecha algo de esos dos.

Matteo se rascó la barbilla.

—¿De qué sospecha exactamente?

—No lo sé.

—Bueno, si Tad está desaparecido durante el día de hoy, yo mismo puedo explicártelo —dijo Matt—. Tad está trabajando en su segundo negocio…

—¿Qué segundo negocio?

—Tad sigue siendo consultor de inversiones. Esta noche y mañana imparte un seminario sobre inversiones. Cuando le hablé a Tad sobre la idea del kiosco, me sugirió algo llamado «inversión de rotación rápida», que podría servirme para reunir capital en poco tiempo…

—Espera, espera. Rebobina. ¿Qué idea del kiosco?

Entonces recordé que Tad mencionó algo sobre kioscos durante la fiesta de Lottie y afirmó que esa era la razón de que Matt charlara con la editora de la revista Trend , Breanne Summour.

—No quería entrar en esto contigo hasta que mi plan estuviera en marcha —advirtió Matt.

—¿Entrar en qué?

—En posibles discusiones.

Entorné los ojos.

—Desembucha.

—Vale, pero no le cuentes nada a mi madre, que cuando os ponéis a hablar siempre soy yo el tercero en discordia.

Crucé los brazos y suspiré con una paciencia teatral.

—Vale.

—Muy bien. —Matt se inclinó hacia delante y bajo la voz todavía más—.

Mi objetivo es muy sencillo. Quiero duplicar el éxito que ha tenido Starbucks al abrir cafeterías en la cadena de librerías Barnes & Noble.

Para ello, instalaré barras de café o kioscos, si el local es lo bastante grande, en boutiques y grandes almacenes.

Nueva York, Los Ángeles, Londres, París, Roma, Rio y Tokio serían las ciudades de lanzamiento para la «primera oleada».

Tad me comentó que tal vez algunos de sus clientes potenciales quisieran invertir en mi empresa emergente de kioscos.

Esta noche asistiré a su congreso para presentarle mi plan a un grupo selecto de personas.

Matt rebuscó en su cartera y sacó una tarjeta impresa en papel pergamino gris plata. Me la pasó y la leí:

OPORTUNIDADES DE INVERSIÓN

Un seminario de tres horas impartido por el célebre inversor

de Wall Street Thaddeus P. Benedict,

antiguo miembro de Pope, Richards y Snyder.

Descubre empresas jóvenes de rápida expansión y

negocios emergentes fascinantes.

Una oportunidad única para conocer a empresarios con

visión de futuro. ¡Podrías duplicar y hasta triplicar tus activos!

Te esperamos a bordo del Fortune

en el muelle 16, calle 49, a las 8:00 p. m.

Las fechas de los seminarios —esa noche y la noche siguiente, como me había dicho Matt— coincidían con la mitad de la Semana de la Moda, una de las épocas más ajetreadas y agobiantes para Lottie.

—¿No te parece raro que sea justo ahora? —pregunté.

Matt me lanzó una de esas miradas que yo traducía como: «Pues no».

—Mira —anuncié—, desconfío un poco de Tad.

Y de Rena también. Aunque no me creas, se lo debemos a Tucker: tenemos que encontrar al culpable.

Y ya sabes que, para ello, no podemos depender de esos dos personajes, Starkey y Hut.

Además, tú mismo lo dijiste esta mañana.

Tucker Burton trabaja para nuestro negocio. Es parte de la familia, Matt.

A pesar de los defectos de mi ex, más variados que los cafés de nuestra carta, Matt tenía conciencia y detestaba que yo apelara a su lado más bondadoso, porque a menudo conseguía ablandarlo. Pareció dolido. Suspiró y bajó la vista.

—Clare, tienes que entender que para mí es muy importante que esta idea de los kioscos salga adelante.

Yo… me estoy haciendo mayor… — Dios , —pensé—, por fin lo reconoce —.

No puedo pasarme toda la vida recorriendo el mundo en busca de café…

Llevo ya un año planeándolo… Y me da igual que desconfíes de Tad, porque me va a ayudar a conocer inversores esta semana.

He hecho lo que he podido por Tucker, pero ahora todo está en manos de su abogado, Clare, no depende de mí… , ni de ti.

Dejé que Matt detectara el dolor y la decepción en mi cara.

—Venga, vale —dijo por fin—. Si quieres, puedes venir conmigo al seminario. Husmea y averigua todo lo que puedas. Pero no estropees mi presentación, ¿de acuerdo? Ni mi relación con Tad.

—Pero si me pongo a husmear durante el seminario de inversiones y hago todo tipo de preguntas, Tad sospechará…, sobre todo si es culpable de algo. —Sacudí la cabeza—. No, no puedo hacerlo. Necesitaría un inversor potencial. Alguien completamente desconocido que no levante sospechas…

Matteo resopló.

—A lo mejor podrías disfrazarte. La típica treta de Nancy Drew.

—A lo mejor, sí. Pero incluso en ese caso, no debería ir sola.

Llevaré a la persona perfecta, alguien que aparenta nadar en la abundancia y provenir de una familia rica, alguien que siempre disfruta de las aventuras arriesgadas, gane o pierda.

El tipo de persona de la que Tad Benedict jamás sospecharía…

Matteo se reclinó en la silla y cruzó los brazos. Ahora le tocaba a él suspirar con paciencia teatral.

—¿Y quién sería esa persona ideal?

—Jolín, Matt. Me sorprendes. ¿Te has olvidado nada menos que de tu madre?