Capítulo once
C APÍTULO O NCE
D espués de despedirme de Lottie, me subí a un taxi en dirección oeste por la calle Cuarenta y Dos. El tráfico no era tan fluido como durante el trayecto de ida y tardamos casi cuarenta minutos en recorrer algo más de tres kilómetros.
Al bajarme del vehículo, a una manzana del Blend, me percaté de dos cosas.
La primera, que en Hudson había un equipo de televisión que le hacía una entrevista en directo a una veinteañera con tantos tatuajes y piercings que su cara redonda y bonita parecía un alfiletero, y su cuello, un tapiz de colorines.
En la mano, sujetaba un vaso para llevar del Village Blend.
El rostro formal de la periodista y su sonrisa fotogénica me sonaban de algo y di por hecho que la habría visto antes en algún canal local.
Lo segundo que me llamó la atención fue que había mucha gente congregada en la acera, delante de la cafetería, aunque di por hecho que, tal y como había aventurado Esther cuando hablé con ella, habría algún acto especial en el barrio ese día.
Me abrí paso entre la gente y las nubes de humo de tabaco hasta la puerta principal del Blend.
Dentro, el salón estaba abarrotado. De hecho, algunos de los clientes se habían tomado la libertad de abrir varias de las puertas de cristal para que entrara aire y tener más espacio, a pesar del frío otoñal.
Solo en la barra, había una cola de más de veinte personas esperando para pedir. Mientras me dirigía hacia el mostrador, Esther me divisó y percibí el alivio en su rostro cansado.
Moira también estaba detrás del mostrador, junto con Matteo.
Con la camisa remangada, mostrando los antebrazos musculosos, parecía servir expresos tan rápido como permitían los cánones del Blend (ya que, si el café se extrae demasiado rápido, es decir, si el líquido no fluye despacio por la boquilla como si fuera jarabe, lo que estás preparando no es un expreso, sino un café filtrado).
—¡Pensé que Gardner estaba aquí! —grité por encima del ruido.
Matteo levantó la vista con gesto avinagrado.
—Tenía cita en el dentista y se fue hace media hora. He tenido que relevarlo yo.
Era obvio que eso no le había hecho ninguna gracia a mi ex.
—Qué amable por tu parte —dije sin un ápice de sarcasmo (por una vez).
A continuación, me coloqué detrás del mostrador, me puse un delantal, recogí un poco y sustituí a Moira en la máquina de café.
—¿Qué pasa con toda esta gente? —pregunté—. ¿Hay algún acontecimiento por la zona? ¿Una nueva atracción turística en el barrio?
Matteo me miró como si le acabara de sugerir que empezáramos a servir café soluble.
—¿No te has dado cuenta o qué? La atracción somos nosotros, Clare. —Parpadeé sin tener ni idea de lo que me decía—. Mira a tu alrededor, fíjate en los clientes… Sobre todo cuando reciban su café.
Observé a un chico que recogía dos vasos para llevar y le pasaba uno de ellos a una chica que se cernía sobre una mesa ocupada. El chico le quitó la tapa al vaso, le dio un sorbo e hizo una mueca como si estuviera en los estertores de la muerte. La mujer le dio un golpecito guasón en el brazo.
—Ya veo —murmuré.
Matteo se encogió de hombros.
—Supongo que es preferible esto al rechazo.
Entonces caí en la cuenta.
—Y esa periodista que he visto en la acera…
—Es de la cadena New York One —explicó Esther Best mientras traía más vasos de la despensa.
—Sí, eché al equipo de televisión hace media hora —dijo Matteo, furioso—. Es increíble que sigan acechando a los clientes.
—¿Sabes algo de Tucker? —pregunté.
Matt miró el reloj Breitling que llevaba en la muñeca.
—Deberíamos tener noticias suyas en las próximas dos horas. Breanne prometió que me llamaría en cuanto hablara del caso con su abogado.
—O sea, que Breanne será la primera en enterarse.
Matteo me hizo caso omiso mientras terminaba de preparar otro expreso, tiraba los posos apelmazados y buscaba el recipiente del café, que estaba vacío.
—Oye, se nos ha acabado la mezcla de expreso de la casa —protestó.
—Esta semana no he tenido tiempo de preparar más —contesté—. Te adueñaste de la sala de tostado, ¿te acuerdas?
Matt gruñó, lo cual siguió sin parecerme una explicación razonable.
Nada más llegar de su viaje a Etiopía, apenas me saludó y desapareció durante varias horas en la sala de tostado, situada en el sótano del Blend.
Interrumpió el ritmo de tostado de la cafetería al dar prioridad a las tres bolsas de veinte kilos de grano verde que había recibido en la aduana del Aeropuerto Internacional Kennedy.
Al acabar, dividió el lote en bolsas al vacío de diez kilos y las guardó con llave en su habitación, un comportamiento bastante extraño, incluso para Matteo.
Insistí para que me diera una explicación, pero se negó.
—Utiliza el moca java de tueste francés —le aconsejé.
Durante las siguientes dos horas, el flujo de clientes fue casi constante.
Después, a eso de las cuatro y media, pareció llegar un rato de calma.
Aún había mucha gente —más de la normal—, pero era una situación llevadera.
Matteo se estaba tomando un descanso con cafeína cuando le sonó el móvil en el bolsillo.
Miró el teléfono y, con un tono de voz encantador, dijo:
—Hola, Breanne.
Supuse que la llamada tendría que ver con Tucker e intenté permanecer cerca para pegar la oreja, pero su conversación pareció virar peligrosamente hacia lo íntimo y Matteo me dio la espalda para alejarse a una mesa vacía situada al otro lado del salón.
Hablaron durante un rato y, por su sonrisa, me quedó claro que el destino de Tucker no era el único tema de conversación. Por fin, justo cuando estaba a punto de ponerme a gritar por la impaciencia, Matteo colgó y me miró. Me apresuré a su lado acompañada de Esther.
—El abogado de Tucker ha pospuesto el acuerdo otras veinticuatro horas —anunció Matteo.
—¿Por qué? —pregunté indignada—. El detective Hutawa me dijo que Tucker no puede salir bajo fianza hasta que lo hayan acusado de algo.
Matteo frunció el ceño.
—Clare, espabila. El juez no va a fijar ninguna fianza en un caso como este.
—¿Y eso por qué?
—Pues porque se trata de un envenenamiento y da la casualidad de que aquí no guardamos cianuro en un bote al lado del azúcar, de manera que no ha sido un accidente, sino algo premeditado, así que Tucker es un peligro público y permanecerá recluido hasta el juicio.
—Pero ¡para eso pueden faltar meses!
—El abogado hace todo lo que está en su mano.
Conseguir que se aplace la causa es una táctica procesal.
Le dijo al juez que acababa de incorporarse al caso y que no había tenido tiempo suficiente para interrogar a su cliente.
En realidad, ha pedido un aplazamiento de siete días, pero el juez se lo ha denegado.
—Suspiró—. Al menos, su nombre no se ha filtrado a la prensa, de momento.
Miré a Esther con una expresión no muy sutil. Ella entendió el mensaje y volvió sumisa a sus obligaciones. Me senté frente a Matteo en la mesa de mármol color coral.
—Es terrible —suspiré.
—Es malo para Tucker. Por suerte, no para el Blend, que parece más popular que nunca.
—¿Y qué sentido tiene eso? —exclamé demasiado alto.
Matt levantó la ceja y yo bajé la voz de manera considerable—.
Han envenenado a una persona. Tenemos suerte de que el Departamento de Salud no nos haya obligado a cerrar.
Y, en vez de eso, vienen más clientes que nunca.
Sé que en esta ciudad la gente está cada día más loca, pero ¿acaso han perdido la cabeza por completo?
Matteo se encogió de hombros.
—Imagino que es el efecto fugu.
—¿El efecto qué?
—Fugu. El pez globo japonés. Contiene un veneno letal en sus órganos, de manera que un pedacito casi microscópico puede resultar letal si lo ingieres.
Su preparación es tan peligrosa que los chefs necesitan una licencia especial para servirlo en Japón.
A pesar del riesgo, los platos de fugu, sobre todo la sopa de pez globo, se consideran un manjar.
—¿Te encuentras bien? Porque estábamos hablando de café.
—No. Estamos hablando de la naturaleza humana.
El repentino encanto de nuestro café no tiene que ver con el café en sí.
El éxito del fugu tampoco tiene nada que ver su sabor, ya que, de hecho, roza lo insípido.
Sin embargo, una ración individual costaba más de doscientos dólares la última vez que estuve en Shimonoseki, la capital del fugu en Japón.
—No sé adónde quieres ir a parar.
Matteo sacudió la cabeza.
—Con todos los años que estuviste casada conmigo, sigues sin entenderlo, ¿eh, Clare?
—A ver, ¿qué no entiendo?
No estaba de humor para uno de sus discursitos de «mi mujer nunca me entendió».
Eso tal vez le sirviera para conseguir una noche de sexo esporádico con una cría fácil de impresionar, pero a mí me entraban ganas de largarme de allí a grito pelado (cosa que, a juzgar por los acontecimientos de las últimas veinticuatro horas, era bastante probable que hiciera).
—En Japón hay una expresión que dice «Quiero comer fugu, pero no quiero morir». En Estados Unidos no pensamos exactamente así, aunque ese dicho sería una combinación de «no se puede estar al plato y a las tajadas» y «no se puede hacer tortilla sin romper los huevos».
—Pues, chico, como si hablaras japonés. —Estaba tan cansada debido a la falta de sueño y a todo lo sucedido en las últimas horas que nada me parecía coherente.
—Clare, la atracción por el fugu no tiene nada que ver con querer comerlo.
Los verdaderos entendidos te dirán que lo que excita es el hecho de sobrevivir a su ingesta.
¿Hay algo más intenso que eso? Tú y tus acompañantes os sentáis delante de una comida preparada a la perfección cuyo sabor es delicioso, pero que podría acabar con vosotros mediante una lenta agonía.
Es una combinación de estética y muerte, como el puenting o la escalada…
—¿O como el sexo esporádico con desconocidos? ¿O tal vez como una sobredosis de cocaína? ¿Estás hablando de alguien en concreto? —Ya me había hartado de su tono condescendiente.