Un café con leche agria Capítulo nueve #3
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Capítulo nueve #3

—Exacto. Pero no van a usar eso en mi contra. —Una vez más, Lottie se echó a reír con nerviosismo—. Todos somos amigos. Y no solo soy la jefa de diseño, sino que también soy la única diseñadora, con lo que no pueden hacer nada sin mí.

Justo en ese momento, aparecieron dos hombres en la puerta. Uno iba cargado con un equipo de fotografía y el otro llevaba una carpeta y una grabadora.

—Ay, ya están aquí los chicos de Paris Match a quienes prometí una entrevista. Ahora debo atenderlos, pero tenemos que hablar de algunos cambios de última hora para el desfile, que implican también algunos cambios en el menú de café. ¿Podrías quedarte un rato más?

—Claro —contesté—. Me daré una vuelta por aquí y volveré dentro de media hora para que hablemos.

Mientras Lottie charlaba con el periodista y el fotógrafo daba vueltas alrededor de ellos sin parar de hacer fotos, examiné con detenimiento la retrospectiva fotográfica de la diseñadora.

Era fácil explicar que los complementos de Lottie hubieran vuelto a estar de ultimísima moda.

Una parte de la ropa, el pelo y el maquillaje de principios de los ochenta volvía a parecer actual.

Recordé la conversación entre Moira y Tucker una noche en la barra.

Moira, estudiante de moda en Parsons, le explicaba que los estilos son cíclicos por dos factores: imitación y distinción de clase.

Los ricos emulaban la moda de los pobres, quienes, a su vez, emulaban el estilo de los ricos.

Esta teoría de la evolución de la moda explicaba que cada diez años o así resurgieran las mismas tendencias.

—Qué locura —dijo Tucker.

—Mi profesor nos explicó esta teoría con el ejemplo de una tendencia de hace unos años —comentó Moira—: la imagen hip-hop para chicos de pantalones anchos y zapatos sin cordones.

Esa moda empezó entre los jóvenes afroamericanos urbanos pobres a finales de los años setenta.

Los pantalones anchos eran heredados, al igual que los de campana, que ya habían pasado de moda.

Los zapatos sin cordones mostraban un comportamiento delictivo: en la cárcel te quitan los cordones para que no te ahorques con ellos.

Este estilo enseguida se puso de moda entre los chicos urbanos, luego entre los raperos pandilleros.

A partir de ahí, llegó a la MTV , donde los chicos ricos también lo adoptaron, y a su vez los jóvenes de clase media los imitaron.

Y hete aquí que, al cabo de una década o así, todo el mundo lleva ese estilo.

El recuerdo de esa conversación me puso los pelos de punta.

Me pregunté si Tucker se habría tenido que quitar los cordones antes de que lo mandaran a Rikers Island…

o si estaría tan deprimido y desesperado como para causarse daño a sí mismo.

Miré el reloj, con la duda de si lo habrían procesado ya, y decidí llamar al Blend por si tenían noticias suyas, aunque Matteo me había prometido que me mantendría informada.

Encontré una silla verde de jardín dentro de la carpa y saqué el móvil.

El teléfono dio nueve tonos antes de que alguien contestara.

—Hola, Village Blend —dijo una voz agobiada.

—Esther. Soy yo. Llamaba para saber si…

—Joder, Clare. ¿Cuándo vuelves?

Me senté.

—¿Malas noticias? ¿Hay algún problema?

—Esto es un caos. Debe de haber algo especial en el barrio porque tenemos el doble de gente que de costumbre.

Se oyó un ruido de fondo y Esther gritó una respuesta poco clara.

—Gardner acaba de pasarse a recoger el cheque de su sueldo y lo he secuestrado para que trabaje a mediodía. Espero que no te importe.

—Claro, si a ti te parece que hay tanta gente…

Oí voces. Esther gritó algo a modo de respuesta. Luego volvió al teléfono.

—Perdona, jefa, tengo que dejarte.

—Pero…

Demasiado tarde. Esther ya había colgado.

No obstante, supuse que, de haber sabido algo sobre la situación de Tucker, me lo habría dicho.

Aunque me tomé la descripción de Esther como una de sus exageraciones, decidí volver a la cafetería lo antes posible.

Miré de nuevo el reloj, vi que ya habían pasado cuarenta minutos y me dispuse a buscar a Lottie para apuntar los cambios en el menú y, antes de despedirme para volver al Blend, transmitirle mi preocupación ante la posibilidad de que ella hubiera sido el verdadero objetivo del envenenamiento.

Cuando volví a la sala de la exposición de Lottie, la encontré sola y encorvada sobre la silla, como una muñeca de trapo. Cuando me acerqué, levantó la vista. La palidez de su rostro casi me dejó sin aliento y corrí a su lado.

—Lottie, ¿estás bien?

—No lo sé —balbució—. Cuando se fueron los periodistas…, de repente empecé a sentirme débil. Me zumban los oídos y estoy mareada. Creo que necesito tumbarme.

Busqué un lugar para que Lottie descansara, pero lo único que encontré fueron dos sillas más. Las agarré y las junté asiento con asiento, cerca de su silla, para que pudiera estirarse sobre ellas. Pero cuando me dispuse a ayudarla a acomodarse en la cama improvisada, Lottie gimió.

—Clare, yo…

A continuación, se inclinó hacia delante y se desplomó en el suelo.