Un café con leche agria Capítulo nueve #2
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Capítulo nueve #2

Lottie hablaba tranquilamente con un japonés cuyo rostro arrugado estaba enmarcado por una cabellera gris.

El hombre parecía adinerado y llevaba un traje de raya diplomática, como los que se confeccionan en Londres, ceñido a su figura compacta.

El interés por lo que Lottie le contaba era evidente y, cada vez que ella contestaba, él asentía con gesto respetuoso.

Cuando me acerqué, Lottie me saludó con la mano, pero no se excusó.

Al cabo de un momento, el hombre hizo una profunda reverencia y se dirigió hacia el pasillo.

Lottie se apresuró a recibirme.

—Clare, casi no he tenido tiempo ni de respirar, pero quería llamarte.

Sin duda para darme una mala noticia —pensé—. Adiós al catering del Blend para el desfile .

—Todavía queda mucho que organizar para el gran desfile del domingo.

Pero cuento con los cafés del Village Blend para los invitados.

Después del problema de anoche, quería asegurarme de que todavía puedes ocuparte, porque, te lo digo de verdad, ¡no hay mejor manera de transmitir la inspiración de mis Joyas con Café que saboreando una de tus fabulosas bebidas!

Lottie soltó una de sus risas agudas y tensas. No supe si era un tic para ocultar los nervios u otra cosa, pero nunca dejaba de desconcertarme.

Intenté esbozar una sonrisa alentadora.

—Me alegra saber que todavía quieres que colaboremos con el desfile, después de lo sucedido…

Lottie frunció el ceño.

—Ay, sí. Fue terrible. Al principio, pensé que le estaba dando un infarto o algo por el estilo.

—Te busqué más tarde —contesté— para disculparme por estropear tu fiesta y tal vez deteriorar la buena fama de tu colección de complementos.

Lottie sacudió el brazo.

—No seas boba, Clare. En el negocio de la moda, cualquier publicidad es buena.

Ya en mil novecientos ochenta…, ¿o fue en el ochenta y uno?

El caso es que un famoso cantante de una banda conocidísima sufrió una sobredosis en el escenario durante un concierto.

En ese momento llevaba una pieza de la colección Lentejuelas que se vio con toda nitidez en las fotos que le hicieron cuando se lo llevaron al hospital.

Después de esa noche, ¡aquella pieza no dejó de agotarse!

—Entonces, ¿no estabas preocupada?

—¿Anoche? En absoluto. Después de hablar con la policía, Tad y Rena me sacaron de allí.

No tuve ningún problema. —Lottie volvió a dedicarme una de sus risas agudas—.

Vamos a sentarnos —sugirió, y me condujo hacia un par de sillas plegables dispuestas en un rincón—.

Estoy cansadísima. Sueño con uno de tus reparadores cafés.

Le pasé la bolsa, aún caliente.

—Pues deja de soñar. Viene en un vaso térmico para que no se enfríe. Y te he traído también los ricciarelli que tanto te gustaron anoche. Me han servido un nuevo lote esta mañana.

Lottie aplaudió, abrió la bolsa y olió el contenido.

—Clare Cosi, ¡eres mi salvación! Esta mañana no desayuné nada… Por los nervios, ya sabes.

—¿Están Tad y Rena por aquí? Quería hablar con ellos.

Lottie le dio un sorbito al latte y suspiró con satisfacción.

—Ay, cariño, casi te cruzas con ellos. Me han traído un sándwich de berros y un poco de ensalada que he engullido hace diez minutos…, justo antes de que llegara el señor Kazumi. Pero sigo hambrienta.

—¿El señor Kazumi?

—Sí, el hombre con el que hablaba cuando tú has llegado.

Otomo Kazumi, de la cadena de grandes almacenes Kazumi.

Su tienda de Tokio es una auténtica maravilla.

Veinte plantas, más luces que en Broadway, más campanillas y silbatos que en un casino de Las Vegas.

Tiendas en Osaka, Singapur y hasta en Riad, en Arabia Saudí.

Es probable que sea la cadena de grandes almacenes más lujosa y cara del mundo.

Me compra complementos desde mi época dorada, en los años ochenta.

Es un hombre maravilloso y ha sido un placer volver a verlo después de tantos años.

Charlamos animadamente mientras Lottie se tomaba el café acompañado de un ricciarelli , cuyo azúcar glas se relamió de los labios, delineados a la perfección. Con toda la delicadeza que pude, desvié el tema de conversación hacia los socios de Lottie.

—Y entonces, ¿adónde han ido Tad y Rena? ¿No deberían estar por aquí echando una mano?

—Ah, me han dicho que tenían que terminar unos preparativos de última hora antes del desfile. —Lottie arqueó una ceja, como si sospechara algo de ellos.

—¿Y dónde están?

Hizo un gesto con la mano y sacudió la cabeza. Y, una vez más, la risita aguda y forzada. Como no me ofrecía teoría alguna, empecé a indagar.

—¿Sabes? Todavía me acuerdo del día en que os conocisteis lo tres —comenté—. Nunca llegué a preguntarte… ¿a qué acuerdo comercial llegasteis concretamente?

—Ah, Tad y Rena tienen, cada uno, el veinticinco por ciento de la marca. Y Fen posee un pequeño porcentaje también.

—Entonces tú eres la socia principal, pero si ellos unen sus participaciones, ¿poseen más del cincuenta por ciento?