Un café con leche agria Capítulo nueve
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Capítulo nueve

C APÍTULO N UEVE

E l ajetreo de la mañana fue el habitual de un día entre semana, una agradable sorpresa teniendo en cuenta el titular del Post . El grueso de la clientela no se había enterado del envenenamiento… aún. Al menos, no decían nada delante de mí.

Sin embargo, hubo unos cuantos que sí susurraron algo sobre «lo que pasó aquí anoche». Y un joven empresario, al darle un sorbo al café, se agarró el cuello como si se muriera. Sus colegas se partieron de la risa.

—Qué gracioso —dije entre dientes.

Mientras tanto, yo esperaba un momento de calma para escaparme un rato a hablar con Lottie Harmon.

Tenía que advertirle de que tal vez se encontrara en peligro, aunque no estaba muy segura de cómo darle la noticia ni de cuál sería su reacción.

Por suerte, sabía dónde encontrarla ese miércoles por la mañana.

Unas semanas atrás me había dado una entrada para ver una exposición sobre su trayectoria, desde los diseños vintage de los años setenta hasta su renacimiento en el nuevo siglo.

La invitación gofrada enviada a los editores de revistas, reporteros de prensa y corresponsales de agencias de noticias anunciaba que la propia diseñadora estaría disponible desde las once de la mañana hasta las tres de la tarde «para contestar preguntas de la prensa nacional y extranjera».

Tenía la invitación en mi despacho, aunque no pensaba usarla.

Pero, después del asesinato de la noche anterior, decidí que era la excusa perfecta para hacerle una visita a Lottie Harmon.

Tengo la filosofía de que no hay nada mejor para decir «lo siento» que un moca latte doble, de manera que cuando la actividad frenética de primera hora de la mañana se convirtió en la habitual calma de media mañana, me quité el delantal, me puse un poco de brillo en los labios y me esmeré en preparar el café para llevárselo a Lottie.

Después de envasar mi obra maestra en un vaso térmico del Village Blend, fui a hablar con Esther y Moira.

—Voy a acercarme a las carpas de la Semana de la Moda para hablar con Lottie. Después de lo de anoche, necesito saber si aún quiere que nos ocupemos del catering del desfile que celebrará con Fen el domingo, una posibilidad bastante remota.

—Y, como veo, le llevas un regalo cafeínico —observó Esther—. Buena idea.

Levanté el latte .

—Sí, un soborno con espuma. Vigilad el fuerte hasta que vuelva.

—Deja que meta ese café en una bolsa —dijo Moira al tiempo que agarraba la taza caliente.

—Gracias —dije.

—Oye, si intentas sobornarla, ¿por qué no le llevas también un par de ricciarelli de esos que te han traído esta mañana? —sugirió Esther—. ¿No dijo Tad anoche que a Lottie le encantaban?

—Buena idea. —Suspiré con alivio mientras iba a por la chaqueta, que estaba en un perchero del despacho, en la segunda planta.

Esther siempre había sido una empleada protestona, pero en ese momento se mostró a la altura, cosa que le agradecí.

Al cabo de un par de minutos, Moira me entregó dos bolsas de papel y salí a la calle, donde el día de otoño no era del todo frío, aunque en el aire se percibía un frescor diferente.

El cielo sobre Hudson Street, prístino y de un azul cerúleo, ofrecía una estampa que solo se ve cerca del mar.

Con la brisa fresca del agua, a pocas manzanas de distancia, esa mañana otoñal les recordaba a los neoyorquinos algo que a menudo olvidaban: que su hermosa ciudad era también un puerto y que las olas saladas del océano Atlántico bañaban su costa.

Cogí un taxi en Hudson y escuché la música bollywood de su equipo de sonido mientras el conductor sij se dirigía a toda pastilla hacia la parte alta de la ciudad.

El tráfico era ligero y al instante me vi bajando del taxi frente al edificio principal de la Biblioteca Pública de Nueva York en la calle Cuarenta y Dos.

La pareja de leones de piedra inmensos que vigilaban su catedralicia entrada principal me miraron impasibles mientras le pagaba la carrera al taxista y enfilaba la amplia acera hacia la parte de atrás de la enorme estructura, donde un precioso retazo verde anidaba entre los rascacielos solo una manzana al este de los anuncios cegadores y la congestión desquiciada de Times Square.

Aunque este espacio del centro de la ciudad se conoce como Bryant Park desde 1842, la zona en sí ha vivido una historia tortuosa.

En los años setenta, por ejemplo, cuando Times Square era un refugio para la prostitución y la pornografía, Bryant Park era una sede infecta de atracos y tráfico de droga.

Pero los esfuerzos concentrados durante los años ochenta lo transformaron por completo y repararon su deteriorada reputación.

Ahora Bryant Park es un verdadero parque urbano, un remanso de paz y tranquilidad lleno de monumentos históricos, caminos de grava y sillas verdes que cuenta incluso con un alegre tiovivo.

Limitado al este por la sede de la Biblioteca Pública, al oeste por el moderno edificio Verizon, y al norte y al sur por rascacielos, este rectángulo esmeralda —que toma su nombre en honor al poeta William Cullen Bryant y a su incansable empeño por crear grandes parques ajardinados en Nueva York— se convirtió, tras su renovación, en la meca urbana de los vecinos que, ávidos de naturaleza, buscan algo de sol, el tacto de la hierba bajo los pies, el sonido de un concierto gratis en primavera y verano o el glamour de la Semana de la Moda a principios de otoño.

Enfilé un camino de grava paralelo a uno de los tres parterres que bordeaban el sombreado césped del norte.

Al norte y al sur había sendos paseos gemelos flanqueados por plátanos de sombra, la misma especie que crece en el jardín de las Tullerías de París.

Los largos troncos y las delicadas hojas de estos árboles de entre treinta y cuarenta metros de altura proporcionaban al entorno un distinguido carácter europeo, una ilusión rematada con el imponente telón de fondo de piedra de la Biblioteca Pública de Nueva York como sustituta del Louvre.

Debido a la Semana de la Moda, el sur y el oeste del parque estaban tomados por varias carpas blancas enormes, la más grande del tamaño de un avión comercial.

En la calle Cuarenta, que estaba cerrada al tráfico rodado durante toda la semana, había grandes casetas prefabricadas pintadas de colores llamativos y decoradas con las firmas y los logos de los diseñadores que las ocupaban.

Las aceras estaban abarrotadas de gente.

Muchas de esas personas eran amantes de la moda —profesionales del diseño, especialistas en vestuario, maquilladores y aprendices jóvenes— con un aspecto tan hermoso y vacuo que podrían haber sido modelos.

Era fácil identificarlos gracias a sus camisetas azules con los logos de la Semana de la Moda y sus acreditaciones colgadas del cuello mediante unos cordones amarillos.

Al pasar por delante de un tráiler con el cartel de la marca de bañadores Malibu Bitch, se abrió una puerta y apareció una elegante mujer de treinta y tantos años vestida con un traje de chaqueta clásico que sacudió una carpeta en el aire y salió a la calle.

Como polluelos detrás de la mamá gallina, cinco modelos esculturales ataviadas con unos biquinis diminutos la siguieron por la calle Cuarenta.

Atravesaron el parque y entraron en la carpa más grande.

Con las bolsas del Village Blend aún en la mano, busqué la invitación en el bolso. La dirección de la exposición de Lottie era «Plaza, en Bryant Park. Sexta Avenida entre la calle Cuarenta y la calle Cuarenta y Dos». Yo estaba justo allí, pero ¿dónde había un lugar llamado «Plaza»?

Acorralé a una de las jóvenes que llevaba la acreditación de la Semana de la Moda.

—¿Hay alguna plaza por aquí?

—En Bryant Park hay tres puntos de encuentro —dijo de memoria—: la carpa más grande, llamada Teatro; la carpa de al lado, llamada Bryant, y esa carpa redonda del medio llamada Plaza.

—Gracias.

Un guarda insistió en que le mostrara la invitación en la puerta. Miró la tarjeta y sonrió cuando le pedí indicaciones.

—La exposición de Lottie Harmon está en la segunda ala. Tiene que atravesar el pasillo, dejar atrás la muestra fotográfica y girar a la derecha. Hay un cartel en la puerta.

El interior de la carpa era de un blanco tan inmaculado como el del exterior y hasta los separadores de madera contrachapada que dividían el espacio estaban pintados del mismo color virginal de las paredes y el techo.

Unos ventiladores gigantes movían el aire y sacudían la lona.

Esa ondulación, combinada con la suave ráfaga de aire fresco, le daba a la carpa el aire ligero y etéreo de una nube.

El centro de la carpa llamada Plaza estaba dominado por una gran exposición de pendones portátiles, una retrospectiva fotográfica de anteriores Semanas de la Moda dividida por años.

Aunque el ambiente estaba muy animado, pocos de los presentes contemplaban la exposición.

La mayoría de ellos se dirigían hacia una de las cuatro alas que partían desde la zona central, cuyas puertas estaban vigiladas por guardas de seguridad.

Divisé el logo de Lottie Harmon, con la L y la H alargadas y el resto del nombre manuscrito.

La diseñadora seguía sirviéndose de su logo original, creado por ella misma de su puño y letra, hacía un cuarto de siglo.

Dentro de la zona de paredes blancas, vi a la propia Lottie, que posaba en un espacio donde se exponían cientos de fotografías, grandes y pequeñas.

Había cambiado la ropa color chocolate de la noche anterior por una blusa champán y unos pantalones.

El conjunto lo completaba una elegante maxichaqueta tostada con las costuras color crema que le llegaba hasta las pantorrillas.

Llevaba la melena escarlata recogida en lo alto de la cabeza y del cuello le colgaba un collar reluciente de piedras semipreciosas pulidas que parecían espléndidos granos de café de tueste oscuro.