Un café con leche agria Capítulo ocho
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Capítulo ocho

C APÍTULO O CHO

D os horas más tarde, me quedé atónita al bajar las escaleras: Esther ya estaba allí.

Había entrado con su llave y había abierto la vitrina de los dulces antes de que llegara el repartidor.

Aunque parecía la misma cínica de siempre, tenía mala cara y sus gafas de pasta no ocultaban unos ojos enrojecidos.

Moira llegó un cuarto de hora después. Se la veía frágil bajo el duro sol de la mañana y sospeché que habría pasado tan mala noche como nosotras.

Cuando se quejó de dolor de cabeza y rechazó la aspirina por una alergia, me di cuenta de que debía enviarla a casa, pero necesitaba gente en la cafetería.

Moira traía la edición matutina del Post , el único periódico que había sacado el asesinato en portada; los demás lo habían puesto en las páginas interiores.

« Latte letal» era el titular de una noticia, bastante incompleta, donde se explicaba que habían detenido a un sospechoso al que aún no habían acusado.

Pero yo sabía que eso cambiaría a lo largo del día.

Después de echar un vistazo al periódico, les pedí a Esther y a Moira que se sentaran.

Mientras tomábamos un café, les conté lo que Matteo me había dicho: que Tucker había pasado la noche en la cárcel y que lo procesarían ese mismo día en presencia de un abogado.

Por supuesto, omití que mi exmarido lo consideraba culpable.

—¿Cómo ha podido pasar algo así? —gimió Esther.

—Eso pretendo averiguar —contesté—. Todas estábamos aquí cuando sucedió. Intentemos recordar con exactitud qué pasó y quién estaba presente.

Me levanté y me acerqué al lado de la barra donde se colocaban los clientes.

—Yo estaba aquí. Luego rodeé el mostrador para buscar la leche de soja en la nevera. Como no había, bajé al almacén.

Esther se acercó.

—Antes de que te fueras, yo estaba a tu lado.

—¿Y después? ¿Qué hiciste?

—Me quedé aquí un poco más…, y luego volví al salón para recoger más tazas y servilletas usadas.

—¿Y tú, Moira? —pregunté—. ¿Qué recuerdas de ese rato?

—A ver, señora Cosi, yo estaba detrás de Tucker, que estaba sacando expresos. Había una fila de tazas justo aquí, sobre el mostrador. —Señaló.

Moira, Esther y yo nos miramos. Las tres estábamos pensando lo mismo.

—Esas tazas estaban al alcance de todo el mundo. Cualquiera podría haber manipulado una desde esta zona de la barra —apunté.

—Por aquí pasó mucha gente —dijo Esther.

—¡Entonces cualquiera pudo hacerlo! —chilló Moira.

—Un momento, calma —contesté—. Intentemos recordar quién estaba en la barra mientras Tucker preparaba el latte . Pensemos. ¿A quién visteis aquí, ya fuera sentado o de pie, en el intervalo transcurrido entre mi bajada al sótano y mi regreso?

—El tal Lloyd Newhaven —respondió Esther—. Por su culpa tuviste que bajar a buscar leche de soja.

—Exacto —dije—. Espera.

Me dirigí a la despensa que estaba junto a la puerta trasera y cogí una hoja de inventario, luego volví al mostrador, me saqué un bolígrafo del bolsillo y escribí el nombre de Lloyd en el reverso en blanco.

—Vale. ¿Qué más recordáis?

—Después de que te marcharas —recordó Moira—, se acercó una mujer para hablar con Lloyd.

—¿Qué aspecto tenía? —pregunté.

—Era alta, con el pelo negro y liso, largo, muy largo, como hasta la cadera. Iba entera vestida de morado, parecía asiática.

Me sonó a una de las acompañantes de Lloyd.

—¿Te fijaste, por casualidad, si también tenía los ojos color violeta? —pregunté.

—Creo que sí —contestó Moira.

—Sí que los tenía —intervino Esther—. Yo iba y venía mientras recogía tazas y también me fijé en ella.

—Es amiga de Lloyd —expliqué mientras tomaba nota—. Es lo único que sé, porque vino como acompañante suya; el único nombre que aparecía en la invitación era el de él. ¿Quién más se acercó a la barra?

—Había un tío que parecía modelo —dijo Esther.

—¿Cómo era? —pregunté.

Esther cerró los ojos.

—Pelo teñido de un rubio casi blanco con corte militar…, camiseta blanca, chaqueta y pantalones de cuero negro, cadenas de bici, una pulsera con tachuelas…

—¿Cómo? ¿Tachuelas?

Esther abrió los ojos y asintió.

—Tenía la misma pinta que Billy Idol.

—¡Eso! ¡Billy Idol! —chillé—. Recuerdo haberlo visto entre la gente. ¿Qué edad tendría?

—Ah, era joven —dijo Esther—. Puede que veinte años. La moda de los ochenta ha vuelto.

—Buff —dije mientras seguía garabateando—. El ciclo de los veinte años continúa.

—¿Qué es eso? —preguntó Esther.

—Cuando iba al instituto, volvieron los años cincuenta; ya sabes, Láveme y Shirley y Viviendo a tope .

—¿Qué es eso? —preguntó Moira.

—Eran series de televisión —le informó Esther—. En Viviendo a tope salía Ron Howard.

Moira arrugó las cejas.

—¿El director de cine?

Suspiré.

—Bueno, ¿recordáis a alguien más o no?

—Ah, también estuvieron un hombre y una mujer —dijo Moira—. Los que trabajan para Lottie Harmon.

—¿Te refieres a sus socios, Tad Benedict y Rena García? —Especifiqué, aunque ya me había acordado de ellos, pero los había descartado como sospechosos. Después de todo, no tenían motivo alguno. ¿Qué ganarían matando a su gallina de los huevos de oro?

—¿Sabéis qué? —dijo Moira con los ojos como platos—. Tad fue quien le pidió ese latte a Tucker.

—Ah, ¿sí? —pregunté, intrigada—. ¿Estás segura?

—Segurísima —contestó Moira, y asintió con énfasis.

—Sí, es verdad —convino Esther.

Me di la vuelta.

—¿Tú también lo oíste?

Esther se encogió de hombros.

—Pensé que tú también estabas.

Sacudí la cabeza.

—No, en ese momento debía de haber bajado al sótano. Cuéntame lo que recuerdas con exactitud.

—A ver —comenzó Esther—, era una locura, porque la gente se llevaba los cafés con leche antes de que las bandejas avanzaran un par de metros desde la barra y Tad dijo que Lottie necesitaba un poco de cafeína. Entonces Tucker anunció que iba a prepararle a Lottie ese café con leche.

—Exacto —dijo Moira—, yo también lo recuerdo así.

Tad le tocó el brazo a Tucker y dijo algo así como: «Siento meterte prisa, pero ¿podrías ponerle uno a Lottie?

Es probable que le venga bien otra dosis de cafeína para el rato que queda».

Entonces Tucker dijo algo parecido a: «Marchando un latte chocolate-caramelo muy especial para la anfitriona de honor».

Lo exclamó con mucha teatralidad, ¿sabes?

—Bueno, eso no es de extrañar en Tucker —señalé—. Pero significa que cualquiera que estuviera cerca pudo enterarse de que ese café era para Lottie… Y me pregunto por qué no se lo llevó el propio Tad.

Moira se encogió de hombros.

—No lo sé.

—Yo tampoco —dijo Esther—. Para entonces yo ya había retomado mi ronda de recogida de tazas.

—De manera que Tad hizo la comanda del café pero no se lo llevó a Lottie… —murmuré.

—¿Crees que Tad envenenó el latte con arsénico? —preguntó Moira.

—Cianuro —corregí—. Y yo no he dicho eso, en absoluto. Pero me resulta… curioso.

—Sospechoso, querrás decir —añadió Esther—. Al menos a mí me lo parece.

Lo sería si Tad tuviera un motivo , —pensé—.

Pero ¿qué ganaría él matando a Lottie? Gracias a ella y a sus diseños, ahora era rico; bueno, más rico que antes.

¿Para qué iba a matar esa fuente de ingresos?

¿Tal vez debido a una guerra por el control de la marca?

Eso no tenía sentido, ya que, sin el diseño de Lottie, la marca no valdría ni la mitad.

—¿Señora Cosi…? ¿Clare?

Parpadeé cuando la voz de Moira interrumpió mis pensamientos.

—Sí… Dime.

Moira y Esther se miraron.

—La furgoneta de la panadería ya está aquí —dijo Moira—. ¿No ha oído que han llamado a la puerta?

—Ay. —Me levanté para abrir la puerta trasera.

Me sorprendió encontrarme con Theresa Rosario, en vaqueros y jersey, con la melena castaña, larga y rizada recogida. A su lado estaba Joey, el repartidor de siempre, un chico italiano y guapo, con sus habituales vaqueros anchos, una gorra para atrás y una chaqueta de los Yankees.

Theresa era la panadera más joven de su extensa familia italiana.

Al igual que el Village Blend, la historia de Panadería Rosario se remontaba a más de un siglo.

Una pequeña vitrina en el barrio de Little Italy dio lugar a una segunda panadería en la Primera Avenida del East Village y, más tarde, a otras dos, en el Upper East y en el West Side de Manhattan, respectivamente.

—He traído más ricciarelli —me dijo Theresa mientras ella y Joey dejaban las cajas de pastas en la despensa, cerca de la puerta trasera—. Encargamos tantas almendras que me han dado para preparar otra tanda grande.

Joey fue quien trajo la noche anterior el pedido especial de pastas para la fiesta de Lottie. Esas galletitas de almendra en forma de diamante con azúcar por encima eran una delicia poco frecuente, por lo que no protesté al enterarme de que las habían añadido al pedido del día.

—Los invitados las devoraron anoche —le dije—. Y estoy segura de que a los clientes que vengan hoy también les encantarán.

—Sí, anoche… Bueno, he oído algo en la radio sobre la fiesta —dijo—. ¿Hubo algún problema?

Me topé con los ojos marrones e intensos de Theresa, ávidos de cotilleos, y de pronto me di cuenta de por qué había venido justo ese día a echar una mano con el pedido.

—Ay, vaya. ¡Creo que acabo de oír a los primeros clientes de la mañana llamando a la puerta! —grité—. Ya te contaré, ¿vale? ¡Tengo que irme!

Y ahuyenté a Theresa y a su repartidor para apresurarme a abrir la puerta principal.