Un café con leche agria Capítulo siete
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Capítulo siete

C APÍTULO S IETE

C uatro de la mañana.

Tras arrastrarme escaleras arriba, me recibió Cafelito, una gatita de color café arábica de tueste medio con más carácter que una diva del pop.

¡Miiiiaaaau!

Nadie le había dado su habitual piscolabis nocturno y estaba de mal humor.

—Lo siento, chica —murmuré mientras me agachaba para cogerla en brazos.

La llevé a la cocina al tiempo que la acariciaba por debajo de la barbilla en un intento barato de ganarme su perdón. El lento inicio de un ronroneo me confirmó que al menos estaba dispuesta a negociar la paz.

Durante las últimas cinco horas me había esforzado por reinstaurar la normalidad en la barra de la cafetería, que volvería a abrir en menos de tres horas para el servicio de la mañana.

Después de que la Unidad de Criminalística pasara como un huracán ajeno a la propiedad privada, Esther y Moira accedieron a quedarse más tiempo para ayudarme, y también vino Maxwell, un universitario que trabajaba como barista a media jornada, para contar con otro par de manos, pero a la una de la madrugada los mandé a casa y terminé yo el trabajo.

Juntos, limpiamos el suelo y el mostrador, y subimos las mesas de mármol que estaban en el almacén.

Después, me encargué de reabastecer los armarios y la nevera de debajo del mostrador, y puse a punto la cafetera expreso de reserva, ya que los de Criminalística se habían llevado la usada durante la fiesta.

Durante todo ese tiempo, pensé en Tucker y en lo que estaría pasando.

Sabía que necesitaba un buen abogado criminalista lo antes posible, de manera que lo primero que hice antes de empezar a limpiar fue llamar al abogado del Blend, Larry Jacobson.

Después de un desafortunado incidente en el negocio durante el año anterior, Matt y yo habíamos convencido a Madame de que era importante contratar asesoramiento legal para cualquier percance civil que pudiera darse en el futuro o cualquier tipo de demanda que pusiera en riesgo nuestra existencia.

Sin embargo, cuando lo llamé, no fue Jacobson quien respondió al teléfono, sino su contestador, de manera que le dejé un largo mensaje.

A continuación, llamé a la comisaría número seis para preguntar por la situación de Tucker (lo cual, para sorpresa de nadie, resultó inútil).

Incluso probé con el móvil de mi amigo Mike Quinn, pero estaba apagado y no quise dejarle ningún mensaje.

El pobre hombre ya estaba lo bastante estresado con su divorcio como para que yo le pidiera favores en grabaciones desesperadas.

Si no recibía ninguna respuesta concreta de la policía por la mañana, trataría de localizarlo de nuevo.

Cuando entré en la cocina, encendí las luces, dejé a Cafelito en el suelo y abrí una lata de Fancy Feast. Mientras la veía comer, encendí el pequeño reloj con radio de la encimera.

La radio estaba sintonizada en el 1010 AM, la emisora de «Todas las noticias sin interrupción».

El asesinato en el Village Blend fue la quinta noticia, justo detrás de la inauguración de las celebraciones de la Semana de la Moda.

Por suerte, fue breve: quién, qué, dónde y cuándo, antes de pasar al siguiente corte sobre la rotura de una tubería de agua en Chinatown.

Mencionó el nombre de Ricky Flatt, pero no el del sospechoso.

El Blend fue calificado como «una institución popular en Greenwich Village», algo que habría resultado halagador en otras circunstancias.

Apagué la radio.

Aunque estaba cansada, me encontraba demasiado conmocionada como para irme a la cama.

Tampoco tenía apetito. Por raro que parezca, y más después de los acontecimientos de la noche, sobre todo del uso del cianuro como ingrediente secreto, lo que me apetecía de verdad era una taza de café.

No era del todo descabellado si tenemos en cuenta que los clérigos de Yemen han consumido café en sus largas vigilias de oración durante al menos quinientos años, y esa noche prometía convertirse en algo similar debido a mi enorme preocupación por Tucker.

En efecto, decidí que una cafetera de prensa francesa con moca mattari de Yemen sería perfecta.

Encendí uno de los quemadores de gas bajo un hervidor con agua filtrada, saqué el bote hermético de la estantería y comencé a añadir los granos oscuros y aceitosos en el molinillo eléctrico.

Costaba encontrar el mattari durante todo el año (en Norteamérica se consigue con más facilidad en otoño e invierno), pero era un café intenso, con mucho cuerpo e increíblemente aromático.

Además, a ese lote le había dado un tueste oscuro, por lo que tendría algo menos de cafeína.

(Los clientes suelen pensar que los tuestes oscuros, como los franceses y los italianos, tienen más cafeína que los claros, pero no es así.

Cuanto más oscuro sea el grano, menos cafeína.

Por eso las mezclas de desayuno suelen llevar tuestes city claros o medios).

Añadía yo el agua hirviendo sobre el café molido en la cafetera de émbolo más pequeña cuando oí la puerta principal, un traqueteo de llaves y unas fuertes pisadas por el pasillo.

Entonces, la puerta de la cocina se abrió de par en par y apareció Matteo, inmóvil, con cara de sorpresa.

Aún vestía el traje negro de Armani que, con su elevada estatura y su impresionante físico, le daba un aire imponente.

Como Darth Vader…, pero menos digno de confianza.

—Te has levantado pronto —dijo mirando el reloj.

—Querrás decir que me voy a acostar tarde —contesté—. ¿No me ves la ropa? Aún no me he cambiado.

Claro, ahora solo tienes ojos para esa mujer de la revista «Trend» , —pensé—, pero no me atreví a decirlo. Después de todo, ya no era mi marido y lo que hiciera en su tiempo libre no era para nada asunto mío. Lo que más rabia me daba era ver que en realidad sí me molestaba.

Con una cuchara de madera, removí la molienda algo más fuerte de lo necesario y a continuación coloqué la tapa de la prensa francesa. (Había descubierto que si removía el agua con el café recién molido activaba el proceso).

—¿Cómo has organizado al personal? —Matt se acercó a la pequeña mesa de la cocina, se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla con el respaldo de mimbre.

—Hoy es jornada normal para Esther, pero ha accedido a venir antes para ayudarme a abrir.

Matt casi se echó a reír mientras se sentaba.

—Te deseo suerte entonces.

Esther se quedaba dormida después de que sonara el despertador con tanta frecuencia que al final la puse solo en turnos de tarde y de noche. Pero se había mostrado dispuesta a venir y mi situación era desesperada.

—Tardaré un par de días en ajustar los horarios. Dependía de Tucker para muchas cosas, aunque al menos su amiga Moira ha accedido a cubrirlo.

Me senté enfrente de mi exmarido y lo miré fijamente. Él conocía esa mirada.

—¿Qué?

—Anoche me habría venido bien tu ayuda. Los investigadores de Criminalística no se marcharon hasta pasadas las once. Lo dejaron todo patas arriba.

—Lo siento, Clare, pero pensé que Tucker me necesitaba.

—¿Tucker? —Me recliné en la silla—. ¿Fuiste a… ayudar a Tucker?

Mi tono de sorpresa pareció ofenderlo.

—Pues claro que fui a ayudar a Tucker —dijo—. ¿Dónde mierda te creías que estaba?

En la cama con Breanne Summour, ¿dónde si no? , —pensé—, pero en su lugar dije:

—¿Cómo supiste dónde encontrarlo? Llamé a la comisaría, pero nadie contestó mis preguntas ni me devolvió las llamadas. A eso de la una, un agente de recepción me informó por fin de que lo estaban procesando, la misma vaguedad que me soltó el detective Hutawa.

Matt suspiró y se rascó la nuca.

—Tucker ha pasado la noche bajo vigilancia por riesgo de suicidio en la cárcel de Rikers Island.

—¡Riesgo de suicidio!

Creo que la sangre me debió de abandonar el rostro, porque la expresión de Matt pasó del simple cansancio a la alarma repentina.

—Clare, no pasa nada. Tucker está bien. Eso es solo una artimaña legal.

—¿Una artimaña legal? ¿Qué quieres decir con eso? ¿De qué estás hablando?

—La vigilancia por riesgo de suicido sirve para que lo aíslen del resto de los presos y de sus posibles… intromisiones.

Tardé unos segundos en asimilar que la «vigilancia por riesgo de suicidio» fuera algo positivo. Pero al final lo entendí y, con ello, me planteé otra pregunta desconcertante:

—Matt, ¿y cómo demonios sabías tú lo de la vigilancia por riesgo de suicidio? ¿O cómo conseguiste que se la concedieran a Tucker?

—No fui yo —respondió con un bostezo ahogado—. Fue Doyle Egan.

El nombre me sonaba de algo, pero no terminaba de ubicarlo.

—¿Quién es ese?

—El detective Egan es un antiguo miembro de la policía secreta de Nueva York que resolvió un importante caso relacionado con la mafia hace unos años, el del cementerio de mafiosos de Queens. Se retiró del cuerpo, estudió Derecho y ahora ejerce en un gran bufete.

Asentí mientras recordaba los viejos titulares sobre la exhumación de víctimas de la mafia de hacía décadas.

—Pero ¿de qué conoces tú a ese tal Egan?

—Yo no lo conozco, lo conoce Breanne Summour. Egan escribe una columna mensual en Trend .

—¿Y sobre qué escribe un hombre como ese en una revista de moda? —pregunté—. ¿Sobre la estética de los anillos en el meñique y los tatuajes carcelarios? ¿Sobre cómo viste un mafioso?

—La revista de Breanne no solo trata de moda. Publica todo tipo de artículos —contestó, un poco a la defensiva, a mi parecer.

—Vale, bueno. Y… ¿qué pasa con la fianza?

—Si el juez establece una fianza, será a lo largo de la mañana. La mala noticia es que definitivamente lo van a procesar por el asesinato de Ricky Flatt; la buena, que un abogado criminal del más alto nivel estará allí para defenderlo.

—Menos mal. He intentado localizar a Jacobson, pero me saltaba el contestador.

—Clare, venga ya. Larry Jacobson no es criminalista. Lo contratamos para asuntos civiles.

—¡Ya lo sé! ¡Pero no sabía a quién más llamar!

—Bueno, eso ya lo he solucionado yo.

—Me alegro. Créeme, te lo agradezco.

—Se llama Walter Tanner. Ha ganado varias causas criminales importantes. Ha accedido a representar a Tucker como un favor.

—¿Un favor? —Matt había establecido un montón de conexiones a lo largo de los años gracias a sus viajes por todo el mundo, pero no recordaba que me hubiera mencionado nunca a un abogado criminalista de alto nivel—.

¿Un favor que te debe él a ti? —pregunté.

Matteo se encogió de hombros y desvió la mirada a la cafetera de prensa francesa.

El agua filtrada caliente ya estaba turbia—.

Ah, entiendo. Otro favor a Breanne Summour.

Mi ex no contestó. Se limitó a consultar su reloj y a apretar el émbolo de la cafetera.

Los sabores del café molido, extraídos a la fuerza, descendieron hasta el fondo mientras los granos, triturados y remojados, quedaron inservibles.

De pronto me pareció un procedimiento muy violento y, con la mirada exhausta, el movimiento de extracción se me hizo eterno, como ejecutado a una surrealista cámara lenta.

—Este mattari huele a gloria —dijo Matt.

Solté un gruñido a modo de respuesta.

La cocina se quedó en silencio, algo que no era inusual entre nosotros después de tanto tiempo juntos…

y separados. Matt se levantó para sacar dos tazas del armario y un cartón de nata del frigorífico.

Lo de la nata fue un detalle, ya que él siempre tomaba el café solo.

Después de llenar las dos tazas, añadió nata en la mía y me la colocó delante.

—Buena cosecha la de este año —comentó—. Dulce, afrutado, con una intensidad agradable.

El moca mattari de Yemen era un café de origen único, es decir, que no estaba mezclado con otros granos y venía directo de su país de origen, en este caso de la región de Mattari.

La palabra moca , por su parte, hace referencia al puerto desde donde se exportaba originariamente, en la ciudad de Moca.

Este grano, mezclado con el arábica, da lugar al moca java, la mezcla más antigua de la que se tiene constancia.

Absorbí su aroma estimulante, su calidez, su intensidad terrosa, pero nada conseguía reanimarme.

—En fin —suspiró Matteo para romper otro largo silencio—. ¿Y por qué crees que lo hizo?

—¿Quién… hizo qué?

—A ver, Clare. ¿Por qué crees que Tucker envenenó a ese tío? ¿Una disputa de amantes? No pensé que Tucker fuera tan pasional. Pero eso nunca se sabe, supongo.

—No puedes hablar en serio.

—¿Cómo?

—¿De verdad crees que Tucker Burton es un asesino?

Matteo se reclinó en su silla.

—Y si no fue Tucker, ¿quién lo hizo?

Solté la taza tan fuerte que la mesita tembló.

—Eso es lo que intento averiguar.

Matteo cerró los ojos.

—Por favor, Clare, otra vez no.

—¿Otra vez qué?

—Ya lo sabes. Esa vena tuya de Nancy Drew. Por una vez podrías llamar al madero ese irlandés…, ¿cómo se llamaba…?, ¿Flanagan?

—¡Quinn!

—Eso. Podrías llamar a Quinn.

—Ya lo he llamado, pero no contesta al móvil y tampoco está en la ciudad. Ha pedido permiso por problemas familiares.

—Ah.

—Matt, me parece increíble que consideres a Tucker capaz de algo así. ¿Por qué lo has ayudado si crees que es un asesino?

—Pues… no lo sé. Tucker es un buen tío y trabaja para la empresa que fundó mi bisabuelo, el negocio de mi familia, y por eso lo considero un familiar más. Y todo el mundo tiene derecho a un juicio justo.

—Pero crees que es culpable.

Durante un minuto entero, Matteo se limitó a darle sorbos al café y a reflexionar su respuesta. Por fin, suspiró.

—Lo siento. Sé que no quieres verlo, pero sí, Clare, creo que Tucker es culpable.