Capítulo seis
C APÍTULO S EIS
H abía conocido a Lottie un año antes, cuando volví a regentar el Blend después de una década de maternidad monoparental en un barrio periférico. Una tarde, Madame apareció con ella en la puerta de la cafetería charlando y riéndose.
—Clare, querida, me gustaría presentarte a una vieja amiga, una antigua estrella del mundo de la moda —gorjeó Madame. Estreché la mano de Lottie.
—¿Eras modelo? —pregunté, ya que, con sus más de cincuenta años, Lottie parecía lo bastante alta y delgada para haberlo sido, y era obvio que, con aquel atrevido pelo teñido de escarlata, no le importaba llamar la atención.
—¿Modelo? Clare, ¡tienes que estar de broma! —me reprendió Madame—. ¿No te acuerdas de los complementos de la marca Lottie Harmon? Eran una maravilla.
—«Eran», esa es la clave —dijo Lottie con una carcajada—. Hace mucho, allá por los principios de los años ochenta.
Pensé que el comentario de Lottie era gracioso y autocrítico, pero su risa me provocó cierta incomodidad, ya que no transmitía la despreocupación del comentario en sí; de hecho, sonó tensa, aguda, forzada.
—Lottie fue la creadora de la colección Lentejuelas —me recordó Madame—. Seguro que te acuerdas de aquellas piezas tan populares, como sus pisacorbatas. Se vendieron millones.
Asentí con energía mientras mi mente retrocedía veinte años, hacia los cardados, las hombreras, las corbatas estrechas, los calentadores Flashdance y la música New Wave.
—¡Lentejuelas, de Lottie Harmon! ¡Claro que sí!
Las piezas de joyería Lentejuelas estuvieron muy de moda entre las estrellas del glam rock y sus fanes babeantes.
David Bowie, Prince, Annie Lennox, Madonna…
, todos llevaban adornos de la colección Lentejuelas.
Las revistas estadounidenses dedicaron páginas enteras a la línea de complementos, y en la publicidad europea aparecían modelos que solo llevaban las joyas de Lottie.
Después, llegó el movimiento grunge y todo se acabó.
Cualquier otra diseñadora habría intentado adaptarse a los nuevos tiempos, tal vez diseñando joyas ostentosas para los artistas del rap, pero Lottie Harmon abandonó el mundo de la moda sin más.
—Encantada de conocerte, Clare —dijo Lottie. Sonrió y luego se volvió hacia Madame—. ¿Y dónde está tu marido? ¿Pierre, se llamaba? ¿Y tu hijo? La última vez que vi a Matteo acababa de terminar la universidad…
—Bueno, siento decirte que Pierre murió, pero mi hijo es ahora el comprador de café del Blend, así que siempre está viajando de acá para allá… —La voz de Madame se alejó mientras conducía a Lottie a una acogedora mesa junto a la chimenea.
Mi exsuegra me informó más tarde de que Lottie había regresado a Nueva York para instalarse en el Greenwich Village tras veinticinco años en el extranjero. Al mes siguiente de su retorno a Estados Unidos, se había empeñado en visitar a Madame.
Desde entonces, Lottie se pasaba por la cafetería al menos una vez por semana.
Daba la impresión de que su energía y su entusiasmo contradecían su edad, como también le ocurría a Madame.
Llevaba el pelo escarlata largo y suelto, y sus llamativos ojos azul intenso siempre parecían examinar los colores y las formas más sutiles de las cosas.
Actuaba como si estuviera ansiosa por conocer las últimas tendencias de la cultura popular, lo que me chocaba un poco si recordaba su repentino declive dentro del mundillo tantos años antes.
Sin embargo, casi siempre llegaba con un montón de revistas de moda europeas y americanas que apilaba en una mesa y se pasaba horas hojeándolas, al tiempo que entablaba conversaciones de lo más variadas sobre moda, cine, música o actualidad con mis empleados o con otros clientes.
Fue durante una de sus visitas al Blend cuando la diseñadora, hasta entonces «desaparecida», tuvo una idea simple pero brillante que resucitó su carrera en el mundo de la moda.
—¡Qué color! —exclamó Lottie aquel viernes. Estaba sentada junto a una de nuestras clientas habituales—. Eso tiene una pinta deliciosa. ¿Qué estás tomando, cielo?
Rena García, una latina menuda con el pelo rizado y oscuro hasta los hombros, los labios carnosos pintados de color chocolate y unos ojos oscuros risueños, inclinó la taza hacia Lottie.
—Es un latte chocolate-caramelo. Hoy necesitaba algo reconfortante y el Blend es la única cafetería de por aquí que lo prepara.
El latte en cuestión era una de las especialidades del Blend.
Debido al tiempo extra que requería la elaboración del sirope casero, solo lo teníamos en carta de viernes a domingo.
Aunque ya era una bebida popular, Tucker Burton la había mejorado añadiendo nata montada y un grano de café cubierto de chocolate, lo cual había hecho crecer su demanda.
Quien lo probaba se quedaba prendado y siempre volvía a por más.
—Voy a pedir uno de esos —anunció Lottie.
Fue una feliz coincidencia que Rena estuviera allí en ese momento.
A aquella profesional del marketing tan espabilada y abierta, que apenas había alcanzado los treinta años, la habían despedido de su importante puesto de trabajo en la agencia de publicidad Satay & Satay justo el día anterior.
Estaba en el barrio porque había ido «a recoger sus cosas y a despedirse de todo el mundo», incluido el personal del Blend.
—Quédate un rato más y disfrutemos del café —insistió Lottie después de oír su historia.
Cuando le puse el latte chocolate-caramelo delante, Lottie pareció quedarse paralizada por el líquido caliente y las hebras del sirope casero de chocolate con caramelo que se entrecruzaban sobre la nata montada en forma de nube coronada por un único grano de café recubierto de chocolate.
—Esto sí que es una delicia —dijo Lottie.
Rena la miró.
—Pero si ni siquiera lo has probado.
Lottie giró el dedo por encima de la taza.
—El blanco de la nata es el complemento perfecto para ese precioso color chocolate caramelo del sirope y el marrón intenso del grano de café.
—¿Cómo? —preguntó Rena.
—Además, es un color sofisticado —continuó Lottie—. No como esos rosas chicle que estoy harta de ver. Estos colores son clásicos, no una moda pasajera. Sutiles, maduros, apaciguadores… Unos colores que disipan el frío de un día otoñal. ¿Qué palabra has usado antes…?
Rena se echó a reír.
—Reconfortante. Es una bebida reconfortante.
Al oírlas desde detrás del mostrador, intervine.
—Como la comida casera de toda la vida, ¿no? Galletas con pepitas de chocolate, tarta de manzana o puré de patata con pastel de carne.
Lottie asintió y se dio unos golpecitos en la barbilla, cada vez más fascinada.
—Y todos esos platos conforman una única paleta de colores: cremas, tostados, marrones. Mira, Rena, fíjate en cómo el sirope se arremolina en la espuma de leche mientras bebes. Fíjate en cómo resaltaría el punto de tu jersey.
—Me quedaría bien como broche —dijo Rena, medio en broma—.
Mejor que derramado por encima del jersey.
La verdad es que todas las joyas que veo me parecen muy horteras.
Siempre son sosas o imitan las joyas antiguas o tratan de aparentar que son uno de esos objetos retro de estrás que te encuentras en las tiendas de segunda mano cuando resulta obvio que no lo son.
Lottie seguía con cara de concentración y asintió.
—Tienes razón, Rena. Quedaría bien como broche… De hecho, ¡quedaría fenomenal!
Al instante, Lottie agarró una decena de servilletas y me pidió prestado un bolígrafo. Mientras empezaba a dibujar, un hombre se acercó a la barra desde una de las mesas y se unió a la conversación.
Tad Benedict, consultor de inversiones autónomo de treinta y tantos años, estaba trabajando en unas operaciones bursátiles personales con el ordenador portátil cuando oyó a las dos mujeres.
Pronto quedó claro que Tad estaba más interesado en Rena García que en el matiz único del color café, pero los tres se mostraron cordiales.
—¿Y dices que te han despedido? —le preguntó Tad a Rena—. ¿Por qué se deshacen de alguien como tú? ¿Ya no necesitan gente buena en Satay & Satay?
Rena se sacudió los rizos oscuros y se echó a reír.
—Mi jefa me ha largado porque soy más lista que ella —contestó—.
Yo tenía las ideas que ella luego llevaba a la práctica y, cuando empecé a quejarme porque quería un acenso, una subida de sueldo o algún tipo de reconocimiento, empezó a ponerle pegas a mi rendimiento.
Esa zorra vampira y engreída trabaja a costa de sus ayudantes jóvenes, pero luego los deja en la estacada cuando se siente amenazada.
—Lo siento mucho —dijo Tad—. Pero ya sabes que esa es la historia de siempre en esta ciudad… y es probable que en muchas otras, así que no te sientas mal.
Rena suspiró y sacudió la cabeza.
—Ya me gustaría, pero la verdad es que me siento fatal.
—Estás mejor así. Fíjate, acabas de conocerme, ¿no? Y sé de unos cuantos tipos de Wall Street que podrían estar interesados en alguien como tú.
Ella esbozó una sonrisa con sus labios carnosos y lo miró a los ojos.
—¿Tú quizá?
A medida que avanzaba la tarde, el trío siguió charlando mientras consumían litros de café y una decena de pastas recién horneadas. Cuando las sombras ya empezaban a alargarse, Rena levantó la vista, sorprendida, y luego miró su reloj.
—Debería irme —anunció—. Todavía tengo que recoger mis cosas y no quiero que venga ningún guardia de seguridad, que es lo que pasará si intento entrar en el edificio después de las cinco.
—Olvídate de eso y echa un vistazo aquí —dijo Lottie.
Le tendió la servilleta. En ella, había dibujado un broche. Unas letras y unas flechas indicaban los colores elegidos, unos colores que imitaban el tono del café con leche del Blend.
—Es grande, pero no estridente —explicó Lottie—. Estas ramas serían de oro blanco, y la filigrana central, de esmalte marrón café. Mediante el tallado, podría recrear el efecto de la espuma usando algo como la calcedonia blanca…
—¿La qué? —preguntó Tad.