Un café con leche agria Capítulo cinco
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Capítulo cinco

C APÍTULO C INCO

U no por uno, la policía interrogó a los asistentes a la fiesta. A la mayoría los dejaron marchar, pero unos cuantos que estuvieron cerca de Ricky Flatt tuvieron que quedarse para firmar la declaración escrita de lo que habían visto.

Una vez desalojados de detrás de la barra, mis empleados y yo nos apiñamos junto a la chimenea.

Esther Best estaba de un humor de perros mientras Moira, entre lágrimas, se retorcía las manos.

Cuando dejé de consolarla y me di la vuelta, vi que el detective Hutawa venía hacia mí con cara de pocos amigos.

—¿Hay algún sitio donde podamos hablar en privado, señora? —me preguntó.

Asentí.

—En mi despacho.

Conduje al detective escaleras arriba y a través del salón de la segunda planta hasta la pequeña oficina de paredes de ladrillo que se encontraba en un rincón.

Mi destartalada silla de escritorio crujió cuando el detective se acomodó en ella. Acerqué una segunda silla y crucé con fuerza las piernas y los brazos.

Hutawa me miró con ojos cansados.

—El agente Demetrios me ha dicho que es usted amiga de Mike Quinn. Que lo conoció en otro caso relacionado con este establecimiento.

Sorprendida, parpadeé.

—El detective Quinn es un cliente habitual —dije con cautela.

—Lo sé —dijo Hutawa. Por fin, sonrió—. Mike me ha dicho que su café es buenísimo. Que es especial.

—Sí, pero a usted nunca lo he visto por aquí. ¿Por qué no se pasa algún día y lo prueba?

La sonrisa de Hutawa desapareció.

—No tomo café.

Fruncí el ceño. Me he pasado al intentar generar confianza .

—¿Qué pasa con Tucker, detective? ¿Cuándo podré pagar la fianza?

Hutawa suspiró y apartó la mirada para escudriñar el tablón de anuncios de la pared.

—Lo van a procesar, señora Cosi. Lo más seguro es que comparezca ante el juez en las próximas veinticuatro horas.

Si se fija una fianza, será durante la comparecencia.

Pero si de verdad quiere ayudar al señor Burton…

—Hutawa me miró a los ojos y su aire cansado se volvió apacible y comprensivo—.

Le sugiero que empiece por contestar algunas preguntas sencillas sobre él.

—De acuerdo.

El detective procedió entonces a hacerme muchas preguntas, la mayoría sobre Tucker. Fui sincera, aunque sin pasarme. Cuando me preguntó por una posible relación anterior entre Tucker y la víctima, contesté con evasivas.

—Tucker nunca mencionó nada, si es que hubo algún tipo de relación entre ellos.

De todos modos, mi respuesta era sincera: fue Esther quien me había hablado de su aventura.

—¿Diría que el señor Burton hoy se ha comportado de manera normal? ¿Estaba preocupado, nervioso o enfadado por algo?

—Claro que no. Tucker ha estado…, bueno, como siempre.

El detective Hutawa mostró especial interés en la relación previa entre Tucker y Ricky. Como sabía que luego interrogaría a Esther, confesé que ella me había mencionado que se conocían de antes. El detective no indagó más, sino que se limitó a apuntarlo en su cuaderno.

Pero yo me mostré firme al añadir otro detalle obvio:

—El café con leche que llevaba Tucker en la bandeja y que Ricky agarró sin permiso en realidad era para Lottie Harmon, la diseñadora de joyas anfitriona de la fiesta.

Hutawa se quedó mirándome en silencio.

—Si está buscando un motivo —añadí—, le sugiero que hable con Lottie.

—Eso me sugiere, ¿eh? —Dejó caer el cuaderno, cruzó las manos y me miró—. ¿Y qué sugiere que le pregunte a esa mujer, señora Cosi? ¿Debería preguntarle por qué un camarero del Village Blend habría intentado envenenarla?

—Por Dios santo, Tucker no tiene nada que ver con el veneno que pudiera llevar ese café, si es que lo llevaba. Si alguien tenía la intención de cometer un asesinato, Tucker es tan víctima como Ricky Flatt.

El detective Hutawa resopló.

—Mire, señora Cosi. El trabajo policial en esta ciudad no es un pícnic de ensalada de pasta y lo peor de este trabajo es oír los mismos embustes todos los santos días: todo son mentiras y excusas.

—El detective suspiró y dejó caer los hombros como si el peso del mundo lo aplastara poco a poco—.

«No, no fui yo quien apretó el gatillo, detective; fue alguien que se parecía muchísimo a mí».

O «Tuve que matarlo, tío, porque me jodió en un asunto de droga o porque tiene la mirada chunga y una erre en su nombre».

—Hutawa hizo una pausa y sacudió la cabeza—.

Así que, se lo ruego, señora Cosi, ahórrese los sermones.

Comprendo que quiera proteger a su empleado y los intereses de su negocio, pero no intente desviar mi atención del núcleo de la investigación.

La víctima es Ricky Flatt, no esa…, esa tal Lottie Harmon.

Y, le guste o no, su preparador de café…

—Barista.

Hutawa gruñó.

—Da igual como quiera llamarlo, el caso es que él ha admitido haber preparado la bebida mortal.

—Eso no implica que no fuera otra persona quien añadiera el veneno después de que él preparara el café con leche —contesté, y me di cuenta al instante, después de decirlo, de lo poco probable que le sonaría esa posibilidad a un investigador de policía curtido.

Pero Hutawa se reclinó, cruzó los brazos y me dejó hablar.

—Escuche, detective, sé que Tucker no es un asesino. Es una de las almas más bondadosas que he conocido jamás. Bueno, ¡si hasta intentó ayudar a Ricky y le practicó la reanimación cardiopulmonar…!

Pero el detective Hutawa ya había oído suficiente.

—Lo dejamos aquí, señora Cosi. Si no le importa, voy a usar su despacho un rato. Dígale al resto de su personal que suba y, haga el favor, no intente urdir patrañas con los demás porque me daré cuenta. Eso solo servirá para insultar mi inteligencia, y detesto que me insulten.

Hutawa y Starkey ya habían tomado una decisión. Para ellos, el caso estaba claro. Tucker era culpable de asesinato. Era obvio que a ellos solo les interesaba construir un caso contra él. Y no cabía duda de que los forenses trabajaban con ese mismo objetivo.

Después de que Hutawa me despidiera, me encontré con Esther y Moira, que me esperaban al final de la escalera.

—Quiere hablar con vosotras —dije.

Esther frunció el ceño y Moira palideció mientras se dirigían a la planta de arriba.

Cuando volví a la cafetería, me llevé una desagradable sorpresa.

Mientras Hutawa me interrogaba, los chicos de la Unidad de Criminalística lo habían dejado todo patas arriba.

Habían vaciado la nevera, las cafeteras y los armarios.

Habían desmontado la máquina de café exprés, registrado la despensa y hasta hurgado entre los granos de los botes de café.

También habían abierto las bolsas de basura de debajo del mostrador, que sobre todo contenían posos de café húmedos y filtros desechables, ya que en la fiesta privada no habíamos utilizado nuestros habituales vasos de papel.

Supuse que todo se había hecho con la intención de localizar el veneno y confirmar que no había más.

Por supuesto, solo era una suposición mía, porque ninguno de los investigadores allí presentes me dijo ni mu, ni siquiera se dieron por aludidos cuando pregunté, con toda la educación del mundo, cuándo recuperaría mi cafetería.

Como su silencio resultaba más que alarmante, me acerqué a la chimenea y, dado que habíamos retirado todas las sillas y mesas para la fiesta, me dejé caer en el suelo.

Busqué a Matteo por el salón con la esperanza de encontrar un hombro fornido en el que apoyarme, pero había desaparecido.

O bien se había largado después de prestar declaración, o bien se había mostrado todavía más desafiante que yo con alguno de los detectives y se lo habían llevado al calabozo.

Aunque dudaba de lo segundo, porque me di cuenta de que Breanne Summour tampoco estaba (caramba, qué casualidad).

¿Se habrían ido juntos? ¿El expreso lleva cafeína?

Pero faltaba alguien más. Mientras me interrogaban, se habían llevado el cadáver de Ricky Flatt al depósito. Solo quedaba la silueta de cinta amarilla sobre el lugar donde el forense había declarado la muerte.

La mayoría de los asistentes a la fiesta también se habían marchado.

Apoyé la espalda contra la fría pared de ladrillo.

A mi lado, la chimenea crepitaba con unas llamas moribundas.

Cerré los ojos mientras lamentaba el estado de la barra y el fracaso de la fiesta de lanzamiento de Lottie, e intenté procesar que acababa de llevarse a mi entrañable amigo a la fuerza y esposado.

Sin embargo, ni el crimen ni la acusación tenían lógica alguna; tal vez la tuviera para los detectives, pero no para mí. Conocía a Tucker y sabía que era incapaz de cometer un asesinato. Lo cual significaba que en esa fiesta había alguien que sí era capaz.

Era imposible que hubieran añadido el cianuro a alguno de los ingredientes antes de que empezara la fiesta: ni a la leche ni al sirope de caramelo y chocolate ni a los granos de café.

En ese caso, habrían enfermado muchos más invitados, no solo los dos que se tomaron el café de Lottie.

Tuvieron que añadir el veneno a la bebida justo antes de que se sirviera.

Esa persona tuvo que estar cerca de la barra antes de que Tucker se llevara la bandeja para servir a Lottie.

Intenté recordar quién se encontraba en las inmediaciones en el momento del incidente.

Tucker, por supuesto. Esther y Moira. Y yo…

, que iba y venía hasta que bajé al sótano a buscar la leche de soja…

para Lloyd Newhaven. Claro, Lloyd también estaba allí.

Y los socios de Lottie: Tad y Rena. Había más gente cerca cuando me marché al sótano y casi cualquiera podría haberse acercado a la barra para echar algo en esa taza.

El único motivo por el que Tucker se llevó la bandeja era que todas las camareras modelos estaban ocupadas en ese momento.

Tendría que preguntarles a Moira y a Esther quién más se acercó durante ese rato.

Pero, desde mi punto de vista, el primer paso para exculpar a Tucker de la acusación de asesinato pasaba por demostrar que era Lottie, y no Ricky Flatt, el objetivo del asesino.

Y eso me llevó de nuevo a la pregunta: ¿por qué?

Casi oía la voz de Mike Quinn dándome instrucciones…

¿Quién querría ver muerta a Lottie Harmon? ¿Quién se beneficiaría de su asesinato?

Y esas preguntas me llevaron a otra: ¿qué sabía realmente yo de Lottie Harmon?