Un café con leche agria Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

C APÍTULO C UATRO

U na decena de voces se elevaron al unísono, entre ellas la de Matteo y la mía.

—¡Silencio! —vociferó la detective—. Uno por uno.

Matteo dio un paso al frente para hablar con ella directamente. De pronto, temí que aflorara el antagonismo innato de mi exmarido respecto a las figuras de autoridad en general y los miembros de la policía en particular. Y no me equivoqué.

—Mire, señora, no sé qué cree que ha pasado, pero aquí no han envenenado a nadie.

Esa no es la actitud, Matt , lamenté en silencio. Luego me interpuse entre ellos, mientras intentaba empujar a Matteo hacia atrás con el codo. Dado que él medía más de uno ochenta y era todo músculo, y yo apenas llegaba al metro sesenta y no había hecho pesas en mi vida, el efecto fue nulo.

—Hola —dije, extendiendo la mano—. Me llamo Clare Cosi. Soy la gerente del Village Blend.

—Detective Rachel Starkey —respondió ella mientras hacía caso omiso de mi mano extendida. Luego miró a Matteo, que seguía a mi espalda—. ¿Y quién es el gorila zafio que tiene usted detrás?

¿Gorila zafio? ¿Quién habla así?

—Es Matteo Allegro, mi…

—Su socio —Matteo completó la frase y miró a Breanne Summour.

—De acuerdo, señor Allegro. Pues ahora «mi socio» le va a tomar declaración mientras yo hablo con «su socia» y con el resto de los empleados.

Me di cuenta, al escuchar a la detective Starkey, de que hablaba con un leve acento de Queens: arrastraba las vocales y pronunciaba la erre de un modo peculiar.

La empresa privada de recogida de basuras con la que trabajaba el Blend tenía su sede en Queens y, como siempre invitaba a café a los trabajadores de la limpieza cuando venían a vaciar los contenedores, estaba acostumbrada a oír ese acento al menos dos veces por semana.

Al igual que yo, parecía que la detective Starkey no daba clara muestra de sus orígenes, ya que enmascaraba su acento de clase trabajadora y se vestía de un modo profesional para aparentar autoridad.

Starkey se dirigió al resto de la sala.

—Señoras y señores —dijo lo bastante alto como para que se la oyera por encima de la música de baile—, los agentes les tomarán declaración uno por uno.

—Disculpe, detective —interrumpió el aspirante a Truman Capote—, pero creo que debería hablar conmigo. Yo lo vi todo. A ese pobre hombre lo han envenenado. Hasta su amigo lo afirmó antes de desplomarse.

Una mujer de mediana edad con traje de pantalón de seda y gafas de sol se llevó la mano a la cadera.

—Bueno, yo también lo vi todo.

Me parecía increíble que esa gente fuera tan cabrona como para competir por el primer puesto en el escenario de un crimen.

La detective Starkey no pareció inmutarse.

—El detective Hutawa les tomará declaración a ambos —dijo.

El robusto detective frunció todavía más el ceño mientras sacaba un cuaderno y un bolígrafo y le ordenaba al hombre bajito del sombrero blanco que lo siguiera hasta la barra.

La detective Starkey me agarró del brazo.

—Reúna a sus empleados, señora Cosi. Vamos a hablar detrás del mostrador.

Me di la vuelta y le hice una señal a Tucker para que se acercara. Esther y Moira McNeely ya esperaban detrás de la barra. Nos reunimos junto a la cafetera expreso y Starkey nos hizo formar un círculo cerrado mientras me clavaba sus ojos azules de Estación polar Cebra .

—¿Qué ha pasado, señora Cosi? Explíquemelo usted.

—Bueno…, el señor Flatt se estaba divirtiendo…

—¿Lo ha llamado señor Flatt? —interrumpió la detective—. ¿Eso significa que conoce a la víctima?

—No —respondí, y elegí las siguientes palabras con cuidado—. Su nombre estaba… en la lista de invitados.

—Entiendo —dijo Starkey sin pestañear—. Prosiga.

—Bueno —continué—. El señor Flatt parecía estar bien. Y de repente se desplomó. Un minuto después, su amigo se desplomó también.

—¿Estaban comiendo o bebiendo algo?

—Tucker intervino.

—Compartían una bebida de café con leche.

La mirada penetrante de la detective pasó de mí a Tucker.

—¿Una bebida de café con leche? ¿De qué tipo?

—Un latte chocolate-caramelo —respondió Tucker—. Es lo que servíamos en la fiesta.

—¿Y qué lleva eso?

Tucker se encogió de hombros.

—Café expreso. Leche vaporizada. Sirope de caramelo y chocolate. Nata montada. Y un grano de café recubierto de chocolate encima.

La detective Starkey hizo una pausa bastante elocuente.

—¿Y no lleva amaretto ?

—¿ Amaretto ? —respondió Tucker—. ¿Un latte chocolate-caramelo? No, detective, no lleva amaretto .

—¿Está seguro, señor…?

—Burton. Tucker Burton. Y claro que estoy seguro. Yo mismo lo preparé.

Un grito nos interrumpió.

—¡Está aquí el médico forense, detective! —Era el agente Langley desde su emplazamiento junto a la puerta.

Con el forense, llegaron otros dos agentes uniformados.

—Estoy ocupada, agente. El forense sabe lo que hay que hacer. Dígale que proceda —respondió Starkey sin apartar la mirada de Tucker. A continuación, extendió el brazo y le colocó la mano sobre el hombro—. ¿Y sabe quién le llevó la bebida al señor Flatt, Tucker Burton?

Un momento , —pensé—. ¿Qué está pasando aquí?

Starkey mantenía la mirada sobre Tucker con la intensidad de un cazador apuntando a un ciervo desprevenido.

—Tucker, ¡no contestes! —espeté.

Pero mi voz ya se había solapado con la suya…

—Yo. Se lo llevé yo.

—Señora Cosi, ahora mismo no estoy hablando con usted.

Las palabras de la detective fueron demasiado tajantes, y su tono, demasiado alto. No me importó. Tucker era de la familia y no iba a quedarme de brazos cruzados mientras lo acusaban sin pruebas. Me acerqué a la mujer.

—Tucker no está obligado a responder a nada.

Con sus casi dos metros de altura, la elegante detective Starkey se cernió frente a mí como un imponente estilete, pero no me importó.

Mi apariencia y mi vocabulario, por no hablar de mi domicilio, podían haber mejorado tanto como los suyos, puesto que yo también había vivido una infancia de clase trabajadora, pero era difícil acabar con las viejas costumbres…

Además, habría apostado mil pavos a que mi antiguo barrio era diez veces más chungo que el suyo.

—Es mi empleado. —Le aparté la mano del hombro de Tucker—. Y yo soy la responsable de las consumiciones que se sirven en este local.

La detective Starkey reaccionó, pero no como yo esperaba. Levantó una ceja rubia y me estudió con el interés imparcial del señor Spock al examinar una nueva forma de vida desconocida.

—Clare, no pasa nada —dijo Tucker—. Responderé a sus preguntas, detective. No tengo nada que ocultar.

—¿Le dijo algo el señor Flatt cuando le sirvió usted el café con leche? —preguntó Starkey parar reanudar el interrogatorio, con indiferencia, como si yo no existiera—. ¿Se quejó del sabor, tal vez?

Crucé los brazos y emití un gruñido de descontento. Tucker me ignoró.

—No, detective, Ricky no se quejó del café con leche. Pero en realidad yo no se lo serví, fue él quien me lo quitó de la bandeja.

Las cejas rubias de Starkey se arquearon de nuevo.

—¿Ricky? ¿Ese es su nombre de pila? Entonces, ¿lo conocía usted?

Tucker suspiró. Sus hombros estrechos parecieron hundirse.

—Sí… Lo conocía.

—¿En qué circunstancias…?

—¡Rachel! —gritó el detective Hutawa desde el otro lado de la habitación—. El doctor quiere hablar con nosotros, rápido.

La detective Starkey se estremeció. Era probable que quisiera soltar una retahíla de palabrotas, pero en vez de eso levantó el índice hacia Tucker.

—Ahora mismo vuelvo —aseguró—. Y, señora Cosi, hágame un favor.

Yo seguía con los brazos fuertemente cruzados.

—¿Qué?

—Apague la puñetera música.

Vi que la mujer cruzaba la sala y se reunía con su compañero y con otro hombre con pantalones caquis y americana azul.

Más allá divisé a Matteo, que tenía a Breanne Summour pegada como una lapa vestida de gala.

Fui al final del mostrador y apagué el equipo de sonido.

Todo el mundo levantó la vista cuando el aparato emitió el último golpe y un silencio fúnebre se apoderó de la cafetería.

Volví con mis empleados, que aún formaban un círculo cerrado.

Posición de defensa , —pensé—. Tucker se mordía la uña del pulgar en un brote repentino de arrepentimiento.

—Ay, Dios, Clare. ¿Habré hablado demasiado con esa detective?

—Yo diría que sí —dijo Esther.

Los ojos de Moira, ya húmedos, se abrieron de par en par.

—No tiene gracia, Esther. La policía va a detener a Tucker.

Tucker se puso pálido.

—Dios, no puedo ir a la cárcel. Es imposible…

—Nadie va a ir a la cárcel —dije.

—No he envenenado a nadie —insistió Tuck—. Y tampoco le deseaba ningún mal a Ricky. A ver, después de lo que me hizo lo habría matado, claro. Pero no quería matarlo-matarlo. Ese café con leche ni siquiera era para él. Se suponía que era para Lottie Harmon.

Moira abrazó a Tucker. Él hundió la cara en su hombro y sacudió la cabeza con desesperación.

Yo sabía que ese café con leche era para Lottie.

Y otras personas también lo sabían. Seguro que los detectives lo averiguarán —pensé— cuando interroguen a los testigos principales y recopilen todos los datos .

Me di cuenta de que otro policía de paisano había entrado en el Blend, aunque tal vez fuera algún funcionario de Medicina Forense.

Como era obvio que seguían llegando más agentes de la ley, eché un vistazo a la sala, con la vana esperanza de que un detective de policía alto y atractivo apareciera en el último momento para arreglar las cosas una vez más. Pero no había ni rastro de Mike Quinn.

Entonces detuve la mirada en el joven agente Demetrios, que en ese momento hojeaba un cuaderno muy usado relleno con su caligrafía de letras mayúsculas. Salí de detrás del mostrador para hablar con él.

—¿Qué va a pasar ahora?

Miró nervioso hacia el grupo de gente que se encontraba cerca del cadáver.

—Pues… No sabría decirle, señora Cosi.

Intentó apartarme para pasar de largo, pero me negué a que se librara de mí con tanta facilidad.

—¿Por qué no está aquí Mike Quinn?

—He oído que el detective Quinn está de baja.

Eso explicaba que llevara tanto sin verlo. Tiempo atrás, conseguí alejarlo de esa bazofia rancia y amarga que sirven en los ultramarinos hispanos y que algunos se atreven a denominar café. Me preguntaba dónde obtendría su dosis de cafeína ahora.

—¿Le pasa algo al detective Quinn? ¿Algún accidente? ¿Está enfermo? —pregunté.

El agente Demetrios se encogió de hombros.

—Se ha cogido unos días, no sé más. Creo que por asuntos personales.

Tendrá problemas matrimoniales , decidí. Durante el último año habíamos hablado de vez en cuando de sus conflictos, de su mujer infiel, de sus dudas respecto a pedir el divorcio y de las consiguientes cuestiones relacionadas con la custodia de sus dos hijos.

Dejé de lado los pensamientos sobre el detective Quinn. Él no estaba allí y no iba a venir, por lo que debía concentrarme en el problema que teníamos entre manos.

—¿Qué sabes de esos dos? —pregunté, señalando a la hábil detective Starkey y a su desafortunado compañero Hutawa.

Demetrios susurró su respuesta con una mirada cautelosa.

—¿Has oído eso del poli bueno y el poli malo? Lo típico de las series de televisión.

—Sí, supongo que sí, claro.

—Pues estos dos son el poli malo y el poli peor. Starkey y Hut no se andan con tonterías.

—¿Starkey y Hut? ¿Estás de coña?

—Por Dios, hable más bajo, señora Cosi. Y no me ha oído llamarlos así —gruñó, y se alejó a toda prisa como si yo tuviera la peste.

Me di cuenta de que el corrillo que antes estaba reunido junto al cadáver se había disuelto. La detective Starkey se dirigía de nuevo hacia la barra con rostro impasible. Mis empleados y yo formamos nuestro propio corrillo mientras ella se acercaba.

—Las primeras conclusiones del forense coinciden con las mías. Richard Flatt ha sido víctima de un crimen —nos informó la detective Starkey. Desvió la atención hacia Tucker—. Y como el señor Burton niega que en la preparación del café añadiera amaretto…

— ¡¿Amaretto?! —Tucker y yo gritamos juntos y perplejos.

—Señora Cosi, el médico forense y yo hemos detectado olor a almendra amarga. La piel de la víctima tiene un tono rosa muy particular, de manera que, si no es amaretto lo que había en el café con leche que le sirvió su camarero, tiene que tratarse de ácido prúsico, es decir, cianuro.

Moira y Esther palidecieron. Yo empecé a encontrarme mal. Tucker se tambaleó y estuvo a punto de desmayarse. La detective Starkey lo agarró del brazo para sujetarlo. Cuando volvió a hablar, su tono fue tranquilo pero firme:

—Señor Burton, voy a tener que pedirle que me acompañe a la comisaría…

—¡No, no iré! —gritó Tucker, con los ojos de un animal herido.

Dos agentes uniformados a quienes no conocía, uno joven y otro mayor, se acercaron a Tucker y le sujetaron las muñecas.

—No te resistas, hijo —le advirtió el mayor.

—Pero si no he hecho nada —protestó Tucker, forcejeando—. Suélteme, se lo ruego…

—Míreme, señor Burton —le ordenó el detective Hutawa, colocándose justo delante de él. Tucker dejó de retorcerse y se quedó mirando al corpulento detective—. ¿Me oye? —Tucker asintió con la cabeza—. Le estoy preguntando si me oye, señor Burton.

—Sí, sí, le oigo.

Hutawa puso gesto adusto cuando comenzó a recitar:

—Tiene derecho a permanecer en silencio…

—No, Dios mío… —Tucker cerró los ojos.

—Cualquier cosa que diga podrá utilizarse en su contra en un tribunal…

—No, por favor —imploró Tucker.

—¡Se están equivocando! —insistí.

—¡No pueden hacer esto! —dijo Moira entre sollozos. Se adelantó para alcanzar a Tucker, pero Esther Best la contuvo.

La voz áspera del detective Hutawa siguió retumbando:

—Tiene derecho a un abogado. Si no puede permitirse uno…

—¡Clare! ¡Haz algo! —gritó Esther mientras sujetaba a Moira.

Busqué a Matteo por la sala abarrotada. Estaba de pie, rígido, observando la detención con cara de enfado como si estuviera a punto de arremeter para montar un numerito, pero el hecho de que Breanne Summour lo agarrara con suavidad del brazo parecía aplacarlo.

Su cuidada mano de manicura francesa, que retenía a mi exmarido con poca insistencia, se veía blanquísima en contraste con la tela negra de Armani.

Sus labios brillantes esbozaron unas palabras susurradas con rapidez junto a la oreja de Matt.

Aparté la mirada de mi ex y enderecé los hombros.

—Tucker —dije con la esperanza de que mi voz sonara tranquila y reconfortante—. Te sacaré de esta. Buscaré un abogado. No te preocupes, te prometo que haré todo lo que esté en mi mano.

Lo cual, en ese momento, no era nada. De momento, me veía obligada a quedarme quieta y a ver cómo los detectives esposaban a Tucker y lo conducían hasta un coche patrulla aparcado junto a la puerta.

Mientras el vehículo policial se alejaba, dos detectives nos ordenaron que nos apartáramos del mostrador.

A continuación, contemplé con impotencia cómo envolvían la máquina de café expreso, el fregadero y la vitrina de los pasteles con gruesas cintas policiales, cuyo color amarillo chillón proporcionaba un telón de fondo incongruentemente alegre a las palabras negras como la muerte que le daban un nuevo nombre a mi cafetería: ESCENARIO DEL CRIMEN .