Un café con leche agria Capítulo tres #2
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Capítulo tres #2

—¡¿Qué?! ¿Quién se cree que es usted? ¿El puñetero forense? Este hombre aún no está oficialmente muerto, lo que significa que nos lo llevamos al St. Vincent ahora mismo.

Demetrios miró al médico.

—Pues a mí me parece que sí está muerto.

La médica suspiró y examinó el cuerpo.

—A mí también.

El médico, visiblemente alterado, fulminó con la mirada al agente Demetrios, pero por fin se apartó.

En la puerta principal estalló otro alboroto.

Al acercarme, me topé con un grupo de fanáticos de la moda al borde de la sublevación.

Algunos miembros de la multitud expresaban su resolución de marcharse a otras fiestas de la Semana de la Moda que se celebraban esa noche: una degustación de bellini en Cipriani, una velada de sushi en Nobu y una fiesta de prosecco en Otto.

Lo único que les impedía acudir a esas citas era el agente Langley, que se mantenía inamovible como un dique irlandés contra el oleaje.

—¡Tranquilo todo el mundo! —grité completamente aliviada por tener algo constructivo que hacer al fin—. Estoy segura de que todo va a ir bien.

—¡¿Bien?! —exclamó una mujer—. Por lo que sé, a mí también me han envenenado, como al pobre hombre que está muerto en el suelo.

—Aquí no han envenenado a nadie —bramó Matteo.

Le lancé una mirada de agradecimiento a mi ex y me di cuenta de que Breanne Summour se acercaba contoneándose para colocarse a su lado.

Él se volvió y ella le susurró algo al oído.

Él asintió. Yo torcí el gesto. Los pómulos altos de la señora Summour y su cuello de gacela me sacaban de quicio.

Por no hablar de su frente, que debía de ser tan ancha como una de las pantallas de televisión expuestas en el Best Buy de la calle Veintitrés.

—Por favor, tranquilícense y vuelvan donde estaban —gritó el agente Demetrios por encima del griterío creciente.

La multitud hizo caso omiso del mandato y empezó a empujar hacia la puerta, lo que obligó a Langley a separarse varios centímetros del cristal biselado.

Por desgracia, Demetrios solo podía gritar órdenes, ya que era el encargado de proteger la zona que rodeaba el cadáver de Ricky Flatt para evitar la «contaminación».

Dios mío, —pensé—, Demetrios y Langley han mejorado muchísimo. Cuando los conocí, estaban tan verdes que me dejaron pasear como Pedro por su casa por un escenario del crimen. Bueno, antes de que el detective Quinn apareciera y les echara un buen rapapolvo.

La idea de que Mike Quinn entrara de nuevo en mi cafetería me hizo sentir algo mejor, hasta que oí que Esther preguntaba:

—¿Todo el mundo quiere un cafelito?

—¡ NO !

De pronto, la puerta principal se abrió desde fuera y golpeó en la cabeza al agente Langley, que tuvo que apartarse.

La masa aprovechó la oportunidad para avanzar en tropel en busca de la salida.

Pero entonces, de un modo un tanto extraño, todos retrocedieron de nuevo y se dividieron en dos grupos con una solemnidad bíblica.

Una mujer alta e imponente, vestida con pantalón azul marino, blusa blanca y una gabardina gris abierta, se deslizó entre los dos grupos sobre unos zapatos de plataforma con tacón de ocho centímetros y con una placa del Departamento de Policía de Nueva York colgada del cuello con una correa negra.

Aparentaba unos treinta y cinco años, su expresión era dura y cortante como una cuchilla y sus ojos, azules, fríos y desafiantes.

No iba maquillada y llevaba el pelo largo y rubio pajizo recogido en una coleta tan tirante que parecía estirarle el cutis.

Por detrás de ella apareció otra figura mucho menos impresionante.

Bien entrado en la mediana edad, el hombre, asiático y arrugado, parecía casi tan ancho como alto.

Por debajo de un abrigo beis con solapas, llevaba un traje oscuro, una camisa blanca con el cuello desgastado y una corbata ancha de rayas que ya estaba pasada de moda cuando Jimmy Cárter era presidente.

Su expresión era anodina, ni cansada ni aburrida, más bien como si sufriera una irritación leve pero crónica.

Al agente Demetrios se le escapó un leve gemido de descontento al ver a la pareja, pero enseguida se repuso de su malestar, se estiró el uniforme y se enderezó.

La detective alta y rubia pasó por delante de él hacia el cadáver que yacía sobre el suelo de madera y, con una intensidad silenciosa, examinó la escena.

Incluso Esther parecía desconcertada por la amenazadora aura de autoridad que desprendía la detective.

Mientras la mujer se ponía unos guantes de látex, Esther pareció recordar de repente cuál era su deber esa noche: mantener la cafetería lo más ordenada posible.

Preocupada por la posible reprimenda de la detective al ver basura en el escenario del crimen, Esther se agachó para recoger las servilletas arrugadas y la taza alta de cristal que habían caído al suelo cuando el editor de moda se desplomó.

—¡ QUIETA !

La multitud pareció contener la respiración a la vez. El índice cubierto de látex de la detective señaló a Esther, cuyos ojos se abrieron por encima de las gafas negras que los enmarcaban.

—No toques nada.

Mientras Esther daba marcha atrás, la detective recorrió la zona con la mirada, como si quisiera memorizarla. Luego se arrodilló y palpó el cuello de Ricky Flatt con dos dedos.

Durante el reconocimiento, los ojos perdidos de Ricky seguían fijos en el techo vintage revestido de hojalata.

La detective por fin dirigió su atención a la taza de cristal que se encontraba cerca del cadáver y que Esther había estado a punto de retirar.

Se sacó un lápiz del bolsillo interior de la gabardina, tocó con cuidado el interior del vaso con la punta del borrador, se lo llevó a la nariz y lo olió.

Por último, se levantó y se acercó al agente Demetrios.

Hablaron durante un par de minutos en voz baja, tanto que me resultó imposible oírlos con el aporreo de la música.

Parecía como si la detective le diera órdenes al policía, porque él asentía de vez en cuando con gesto nervioso.

A continuación, la mujer se dio la vuelta para dirigirse a la concurrencia.

—Muy bien, ¿qué ha pasado aquí?