Capítulo tres
C APÍTULO T RES
D ecir que el silencio descendió sobre la multitud sería una frase hecha. Lo que de verdad pasó fue esto:
En primer lugar, los ruidos humanos se acallaron: las risas estruendosas, las bromas maliciosas, los empujones para acercarse a un famosillo de segunda.
De pronto, todos los cuerpos allí presentes, impecablemente vestidos, imitaron a los maniquíes de Bloomingdale’s.
El único sonido que quedaba era la implacable música electrónica de baile, que pareció abarcar hasta el último rincón del local.
Por detrás de las gafas modernas y de los delineadores negros, un montón de ojos como platos miraban a los dos jóvenes que yacían, uno encima del otro, sobre el suelo de madera.
Ricky Flatt, la desafortunada víctima que estaba debajo, seguía inmóvil. Su novio, inconsciente y jadeante, intentaba tomar aire, pero su respiración entrecortada apenas resultaba audible con el ritmo machacón del tecno-pop.
Alguien pasó a mi lado y me sacó del estupor que me mantenía petrificada. Era Esther, con el botiquín de primeros auxilios en la mano. Pero una figura alta con traje negro de Armani llegó hasta los dos hombres antes que ella. Mi exmarido.
Matt apartó al novio jadeante, le abrió la boca aún más a Ricky Flatt para echar un vistazo y, con cuidado, exploró el interior con dos dedos.
—No hay obstrucción —anunció.
Esther aún sujetaba el botiquín sin saber muy bien qué hacer.
Fue Tucker quien agarró el botiquín y se arrodilló junto a Ricky, revisó la boca y la garganta de su exnovio, le echó la cabeza hacia atrás para abrirle las vías respiratorias, sacó una mascarilla de plástico para RCP , la colocó sobre la cara rosa de Ricky y comenzó con la reanimación cardiopulmonar.
¿Y qué hacía yo mientras tanto? Pensarás que, después de todo lo que llevaba vivido en los últimos tiempos —sufrir un terrible ataque en una azotea del Greenwich Village, enfrentarme en esa misma cafetería a una pistola cargada, criar a una hija adolescente en los albores del siglo XXI —, me apresuraría a hacer algo utilísimo.
Pues no. Me quedé allí como un pasmarote, en silencio y con la boca abierta, como todos los presentes en la sala. Hasta que oí que alguien se dirigía a mí…
—Clare. ¿Clare? ¿No deberías hacer algo?
Era Esther, que me llamaba por mi nombre. No «jefa», con ese tono callejero y casi sarcástico que solía usar. Me llamó «Clare», una palabra que mi empleada solo pronunciaba cuando las cosas iban realmente mal.
—Llama al 911 —me oí decir a mí misma.
Esther señaló a la gente que nos rodeaba.
—Creo que eso ya está marchando.
Decenas de personas guapas habían sacado a toda prisa los teléfonos móviles, siempre a juego con su indumentaria, de los bolsos de diseño o los bolsillos ocultos en su ropa ceñida.
Cerca de nosotros había varios que, en efecto, hablaban con el 911; otros, por desgracia, llamaban a sus conductores de limusina y chóferes particulares para organizar la retirada.
Al cabo de pocos minutos, la puerta principal se abrió y entraron dos agentes del Departamento de Policía de Nueva York, con sus uniformes azules, sus placas niqueladas y sus escandalosas radios.
Los reconocí a la primera: los agentes Demetrios y Langley, de la comisaría número seis, que se encontraba muy cerca de la cafetería.
Además de que el Village Blend formaba parte de su ronda habitual, eran clientes asiduos (café turco y mezcla de la casa, respectivamente).
Tucker seguía practicándole la RCP a Ricky. Matteo miró a los dos policías.
—Tenemos una emergencia médica —les informó.
—La ayuda ya está en camino —dijo Langley, levantando la radio.
Y llegó poco después. Una ambulancia se detuvo en la acera con la sirena a todo volumen y el reflejo de las luces rojas en nuestros ventanales. Dos médicos entraron a toda prisa en la cafetería, ambos cargados con el equipo sanitario.
El agente Demetrios me tocó el brazo. Me sobresalté y salí del trance de incredulidad en el que me encontraba; parecía increíble que algo así hubiera ocurrido precisamente esa noche.
—¿Han sufrido un ahogo, señora Cosi? —preguntó el joven policía griego de pelo negro.
Emití una respuesta ininteligible.
Esther tradujo al instante:
—Parece poco probable que se trate de ahogo.
Las probabilidades de que dos personas se atraganten en la misma mesa resultan del todo extraordinarias…
, diría que tanto como dos ataques cardiacos a la vez.
A menos, claro, que ambos estuvieran fumando crack al mismo tiempo y sufrieran una sobredosis simultánea o algo por el estilo.
Demetrios frunció el ceño. Se apartó de Esther para mirarme.
—Lo siento, señora Cosi, pero si se trata de un crimen o hay algún tipo de actividad delictiva, tendremos que asegurar la zona.
—¿Qué quieres decir con asegurar la zona? —pregunté—. ¿Tiene que irse todo el mundo?
—No, al contrario. No se pueden ir. Todos son sospechosos.
Cerré los ojos, no del todo sorprendida, pero con un nudo en el estómago.
—Dios mío, es una fiesta privada… Toda esta gente ha venido con invitación. ¿Qué van a pensar?
Demetrios miró a su alrededor.
—Es probable que piensen que ya tienen una historia que contar en la próxima fiesta.
El policía griego se volvió para llamar con la mano a su alto compañero irlandés y señaló la puerta con la barbilla. Algunos de los asistentes a la fiesta intentaban escabullirse, pero Langley bloqueó la salida antes de que un par de chicas jóvenes trataran de huir.
—Tienen que esperar un poco, señoras —les dijo Langley—. Cuando tomemos el nombre, dirección y declaración de los asistentes, todo el mundo podrá marcharse.
—¿Declaración? ¿Por qué demonios necesitan tomar declaración? —gimió el aspirante a Truman Capote bajito con sombrero blanco, que en ese momento estaba a mi lado—. A esos chicos los han envenenado, no hay más que verlo.
—Tranquilo —contestó Demetrios—. Nosotros no somos nadie para juzgar, para eso están los médicos.
Busqué con desesperación a Lottie por la sala hasta vislumbrarla por detrás de la multitud.
La anfitriona de la fiesta parecía preocupada, pero no demasiado consternada.
Menos mal, —pensé—, porque yo me sentía fatal.
Me había afectado mucho ver a esos dos hombres desplomarse, pero la pobre Lottie había elegido el Village Blend como lugar ideal para su fiesta de presentación y el acto se había echado a perder.
Solo rezaba para que la publicidad negativa (que, con ese público tan insidioso, estaba asegurada) no acabara con el desfile de presentación junto con Fen que tendría lugar a finales de semana.
Y, por supuesto, también me preocupaba la reputación del Blend.
Mientras yo reflexionaba sobre la posibilidad de un futuro incierto, la mayor parte de los asistentes observaban con distintos grados de interés a los dos médicos que medían las constantes vitales de los dos afectados.
Para Ricky Flatt, las cosas pintaban mal.
El médico que lo examinaba levantó el estetoscopio de su pecho rígido y sacudió la cabeza.
Sentí que se me revolvía el estómago cuando vi que daban a Ricky por perdido y se ocupaban del hombre que aún respiraba.
Le tomaron el pulso, comprobaron la presión sanguínea y la dilatación de las pupilas, y le colocaron una mascarilla de oxígeno.
Por fin, el médico del estetoscopio levantó la mirada y, dirigiéndose al público en general, preguntó:
—¿Qué ha pasado? No ha sido un infarto ni un caso de ahogamiento.
—¡Ese hombre ha dicho que lo han envenenado! —gritó una joven con un minivestido dorado y botines de tacón de aguja a juego mientras señalaba a la víctima jadeante—. ¡Se le puso la cara tan rosa que parecía un anuncio de Juicy Couture!
—¿Juicy Couture? —Le susurré a Rena, que estaba justo detrás de mí.
Ella se encogió de hombros.
—Diseñadores de la Costa Oeste. Hace varias temporadas pusieron el rosa de ultimísima moda.
Mientras los dos médicos seguían ocupándose de Ricky, me di cuenta de que Matteo se mantenía aparte y observaba la escena.
En el fondo de sus ojos, vi que algo le preocupaba, es decir, algo más allá de la angustia que supone ver que dos desconocidos caen, posiblemente muertos, delante de tus narices.
Conocía tan bien a Matteo que sabía cuándo estaba agobiado por un asunto personal, pero también era consciente de que ese no era el momento de preguntarle qué le pasaba.
Al lado de Matt estaba Tucker, que, con la cara encendida y las manos temblorosas, miraba con incredulidad el cadáver de Ricky. Los médicos prepararon una aguja, pincharon al otro hombre en el brazo y luego le conectaron una botella de líquido intravenoso.
En la puerta, el agente Langley se hizo a un lado para dejar pasar a un tercer médico, que entró con una camilla.
Entre los tres sanitarios, acomodaron en la camilla al novio de Ricky, que seguía vivo, y lo transportaron, a través del gentío, hasta la acera.
Mientras lo metían en el vehículo, apareció una segunda ambulancia.
La sirena se apagó y los frenos chirriaron cuando se subió a la acera justo delante de la puerta del Blend.
Tras una breve conversación con el personal de la primera ambulancia, la nueva pareja de médicos abrió las puertas traseras del vehículo para sacar una segunda camilla.
La primera ambulancia arrancó y los dos médicos de la segunda se apresuraron a entrar.
Se trataba de un joven hispano y de una mujer asiática de mediana edad que llevaban en los hombros el distintivo del St. Vincent, un hospital ubicado no muy lejos del Blend (y cuyos médicos residentes, faltos de sueño, también eran excelentes consumidores de nuestro triple expreso).
Sin embargo, cuando intentaron mover a Ricky, el agente Demetrios los detuvo.
—Estamos ante un posible escenario del crimen —anunció—. No pueden mover a la víctima hasta que los detectives lo autoricen. No quiero que la zona se contamine.
El médico joven bufó.