Un café con leche agria Capítulo dos #2
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Capítulo dos #2

—¿Viene ya mi café con leche de soja? —Inquirió Lloyd Newhaven, ya impaciente, pese a que apenas había trascurrido un minuto.

Moira levantó la vista con cara de fastidio. Antes de que le diera tiempo a emitir una sola palabra, decidí que mi pausa había terminado.

—Yo me encargo —anuncié antes de rodear la barra para dirigirme a la nevera de debajo del mostrador—. Lo que faltaba —murmuré al darme cuenta de que no quedaba leche de soja abierta.

Bajé las escaleras en busca de uno de los cartones almacenados en los dos grandes frigoríficos del sótano.

—Eh, Tucker…, yo me ocupo de eso. —Oí que Moira insistía mientras yo regresaba a la barra.

Sobre el mostrador de mármol azul había una bandeja con una sola taza de café con leche.

—Ni pensarlo, querida —le dijo Tucker a Moira—. Te ofreciste a ayudarme detrás de la barra, no a llevarle pedidos a esta panda monstruosa, y lo estás haciendo muy bien.

Acto seguido, Tucker agarró la bandeja y se dirigió hacia la sala. Después de que yo me marchara al sótano, Esther se había apartado del mostrador para recoger tazas sucias. Se cruzó con Tucker.

—¡Uy! —exclamó Esther cuando vio hacia dónde se dirigía Tucker—. Ten cuidado por allí.

—¿Qué pasa? —pregunté mientras preparaba el café con leche de soja de Lloyd Newhaven—. ¿Adónde va Tucker con ese café?

—Mientras estabas abajo, Tucker le preparó un café a Lottie. Va a llevárselo. Lo que pasa es que Ricky Flatt está cerca…

—¿Quién? —pregunté.

—El redactor de moda de la revista Metropolitan —me informó Rena.

Esther lo señaló.

—Está en el grupo situado justo al lado del grupo de Lottie. Y, antes de que me preguntes cómo lo sé, te diré que Tucker estuvo saliendo con él. Ha venido al Blend varias veces.

—Ah, ¿sí? —murmuré mientras le pasaba el café con leche de soja a Lloyd Newhaven. Miré en la dirección hacia donde apuntaba el dedo de Esther, pero no reconocí a nadie.

—El del bigotito estilo John Waters —dijo Esther a modo de descripción.

Asentí, mientras divisaba al hombre alto y delgado, de unos treinta años, con un bigote fino como un lápiz y una melena larga y negra de rizos grasientos que le caían por la espalda.

Llevaba una chaqueta de seda marrón y una camisa amarillo pollo abierta casi hasta el ombligo.

A su lado estaba un joven rubio vestido con vaqueros ceñidos y un jersey de pico color crema que tenía los dientes muy blancos, un bronceado de Miami Beach y la complexión musculosa.

—Nunca lo había visto en el Blend —dije.

—Porque estarías tostando café o con algún repartidor en ese momento.

Ricky le tocó un poco las narices a Tucker hace unas dos semanas; sentimentalmente hablando, quiero decir.

Tuvieron una especie de pelea y Ricky lo dejó.

Y no de muy buenas formas. Ahora el muy capullo está aquí presumiendo de su nuevo ligue. Tucker tiene que estar molesto.

Cuando Tucker se acercó a Lottie, Ricky Flatt salió a su encuentro para bloquearle el paso. Esther cruzó los brazos y ladeó la cabeza, como si acabara de sentarse a presenciar un combate de lucha libre.

—Atenta, jefa, que esto se pone interesante. Cinco dólares a que el café con leche que lleva Tucker acaba en la cara de Ricky.

Pero no fue así. Antes de que Tucker pudiera remediarlo, Ricky agarró el café de la bandeja como si fuera para él.

A continuación, señaló hacia el joven musculoso que estaba a su lado, como para pedir que le llevara otro café a su amiguito.

Tucker le espetó algo a Ricky, y este le largó un bofetón.

Como es lógico, no oí la conversación de ambos, puesto que la música estaba alta, pero era ovio que Ricky estaba provocando al pobre Tucker.

Por fin, Tucker les dio la espalda a ambos y volvió a la barra. Nunca lo había visto tan afectado.

—Me han… Me han quitado el café que llevaba para Lottie —consiguió decir—. Necesito otro.

Todos nos quedamos mirándolo durante unos instantes.

—Clare —dijo Tuck en voz alta—, ¡necesito otro café con leche para Lottie!

Me di la vuelta a toda prisa, cargué la cafetera, extraje un nuevo expreso, preparé el café con leche y lo coloqué directamente en la bandeja que Tucker aún sostenía.

—Gracias —dijo él. Levantó la bandeja y dio un gran rodeo para no pasar cerca de Ricky Flatt.

Después de entregarle el café a Lottie, Tuck atravesó el centro del salón, junto al grupo de Ricky.

El escritor de moda levantó el café con leche para saludar a Tucker.

Después de tomar un gran sorbo, le pasó la taza a su compañero, que la apuró.

Tucker sacudió la cabeza con evidente disgusto y volvió a la barra. Justo entonces, se produjo un alboroto entre la concurrencia. Una mujer gritó:

—¿Estás bien?

Y a continuación un hombre:

—¡Que alguien me ayude!

Levanté la vista y vi que Ricky Flatt ponía una cara rara mientras se agarraba la garganta. Abría y cerraba la boca como un pez en un dique seco.

—¡Dios! ¡Creo que se está ahogando! —gritó Esther.

Con el pulso acelerado, me abrí paso entre la multitud. Cuando llegué hasta Ricky, vi que la cara no se le estaba poniendo azul, debido a la falta de aire, ¡sino de un intenso color rosa! Luego se desplomó sobre la mesa y se deslizó hasta el suelo de madera.

—¡Ricky! ¡Ricky! —chilló una voz histérica. El ligue musculoso de Ricky Flatt se arrodilló junto a él y lo zarandeó.

—Apártate —dijo un hombre mayor y bajito con un sombrero blanco a lo Truman Capote—. Déjalo respirar.

De pronto, el novio de Ricky también adoptó un tono rosa fucsia y se agarró la tripa.

De pie, junto a la pareja, sentí que alguien me tocaba el hombro: Tucker. El amigo arrodillado levantó la vista con los ojos muy abiertos. Alzó una mano y señaló a mi barista con un dedo acusatorio.

—¡Ese! ¡Ese cabronazo nos ha envenenado a Ricky y a mí! —gritó antes de derrumbarse sobre el cuerpo inerte de Ricky Flatt.