Un café con leche agria Capítulo dos
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Capítulo dos

C APÍTULO DOS

P ocos días antes, Matteo había vuelto de Etiopía con el aspecto de algo que bien podría haber cazado mi gata Cafelito en el callejón trasero del Blend.

Pero esa noche, hasta yo tenía que admitir que se había acicalado con esmero.

De hecho, tenía mejor pinta que una cafetera de prensa francesa rebosante de blue mountain jamaicano.

Sus hombros musculosos estaban envueltos en una elegante tela italiana, se había afeitado el mentón, anguloso y por lo general cubierto de una barbita oscura, y llevaba el pelo cortado a lo César con un acabado muy masculino.

Matteo no solo era mi exmarido, sino que también era el comprador de café del Blend, un astuto negociante cafetero y el hijo de la propietaria.

Gracias a su madre de origen francés, Madame Blanche Dreyfus Allegro Dubois, Matt y yo no solo éramos compañeros en la crianza de nuestra hija, sino que también compartíamos la gestión del Blend.

Madame me había ofrecido ser propietaria de la cafetería y del resto del edificio adosado de estilo federal, situado en el Greenwich Village y valorado en varios millones de dólares, para que volviera a dirigir el negocio familiar.

Hasta más tarde no me reveló que el pirata de su hijo sería el otro copropietario.

Diez años después del divorcio, y tras el exilio autoimpuesto para criar a mi hija en Nueva Jersey, sabía que una reconciliación con mi exmarido era, en palabras de Michael Corleone en El padrino , «un imposible que jamás sucederá», de manera que me convencí a mí misma de que merecía la pena ese engorro a cambio del Village Blend.

Hice de tripas corazón y acepté aguantar las estancias intermitentes de Matteo en el dúplex entre sus expediciones para comprar café.

Reconozco que no siempre era un fastidio.

Nuestra hija Joy adoraba a su padre y ahora, como ella se había trasladado a Manhattan para asistir a una escuela de cocina, lo veía más que cuando vivíamos en Nueva Jersey.

Además, en ciertos momentos tenía que admitir —solo para mis adentros, eso sí— que Matt había cambiado a mejor en los últimos tiempos.

Aún resultaba exasperante, pero también servicial y comprensivo de un modo a veces asombroso.

Me acerqué a mi exmarido y a la elegante mujer de unos cuarenta años con la que ahora conversaba.

Era la típica neoyorquina elegante y sofisticada, alta y de aspecto anglosajón, con el pelo rubio de peluquería recogido en un moño francés perfecto y un traje sexi de escote pronunciado color mocachino (algo que no era de extrañar, ya que Fen había convertido el marrón en el nuevo negro de la temporada).

Esa misma noche, un poco antes, Matt había acorralado a una jovencita boba de pelo corto y minivestido de fiera.

Cuando lo vi con esa chica, no sentí nada; así era Matteo, genio y figura.

Sin embargo, por alguna razón, al verlo con esa nueva mujer, que más o menos tenía mi edad, sentí un molesto e indeseado ataque de celos.

Por supuesto, lo reprimí al instante.

—Perdón —me disculpé con una sonrisa de dientes apretados.

—¡Clare! —dijo Matteo al tiempo que me pasaba el brazo por la cintura. Le lanzó una sonrisa relajada a la elegante mujer—. Esta es mi socia en el Blend —informó antes de volver sus grandes e inocentes ojos marrones hacia mí—. ¿Qué pasa?

—Verás, «socio», se supone que tenías que estar en la puerta.

—Le he pedido a Esther que me sustituya.

—Ah, es que eso… puede generar problemas.

—¿Problemas?

—Has dejado a una activista antimoda abiertamente hostil a cargo de dar la bienvenida a un grupo de gente enganchada a la ropa de diseño.

Se echó a reír, nervioso, y le lanzó una mirada a doña Elegancia, que tomaba sorbitos de café con leche con la mirada perdida como si se aburriera mucho. A continuación, Matt se acercó a mí.

—Estaré allí en breve —me susurró al oído—. Y si Esther se convierte en un problema, siempre puedes vigilar tú la puerta hasta que llegue yo.

Con eso, noté que su musculoso brazo me giraba por la cintura para que me diera la vuelta.

Luego, me dio un empujoncito suave pero exasperante en la parte baja de la espalda, en dirección a la puerta principal, a modo de despedida.

Echando más humo que una cafetera expreso de doble caldera, me alejé, aunque no hacia la puerta, sino hacia la barra, porque necesitaba con urgencia algo que me calmara los nervios.

En palabras de Moe Howard, «tenía ganas de partirle la crisma».

Ya en la barra, vi que Tucker servía expresos y charlaba con los dos socios de Lottie: Tad Benedict y Rena García.

—¿Qué tal está Tuck? —le susurré a Moira.

La chica se encogió de hombros.

—No quiere hablar del tema. Se ha limitado a repetir que los hombres son unos cerdos y que deberían morirse todos. Ni media palabra más.

Bueno, sea lo que sea, Tucker parece recuperado , —pensé, aliviada.

Justo en ese momento, Esther apareció en la barra. Pestañeé con cara de sorpresa.

—¿No deberías estar en la puerta? —pregunté.

Esther hizo un gesto titubeante.

—El trenecito del perifollo se ha ralentizado bastante. He dejado a uno de esos palos de fregona marrones a cargo de la entrada, en vista de que Matt está demasiado ocupado intentando ligar con Breanne Summour.

—¿Cómo dices que se llama? —pregunté, ya que Matt no se había molestado en mencionarme el nombre de doña Elegancia.

Al oírme, Rena García, la socia de Lottie, contestó:

—Breanne Summour es la editora jefa de la revista Trend , una publicación muy influyente entre la gente influyente. Vogue y Women’s Wear Daily son la Séptima Avenida de las revistas, pero Trend va más allá de la moda… Cubre todo lo que está a la vanguardia en un amplio abanico de campos.

Le di las gracias a Rena y me volví hacia Esther.

—Para no preocuparte por la moda, conoces bien a los que la dirigen.

—La cadena de televisión New York One retransmite estos días su programa anual «Ya está aquí la Semana de la Moda de Otoño» —contestó Esther con un encogimiento de hombros—.

El otro día entrevistaron a Breanne Summour y durante el fin de semana han repetido la entrevista a todas horas.

Era difícil no reconocerla cuando entró aquí esta noche.

Mi malestar debía de resultar más que obvio, porque el otro socio de Lottie, Tad Benedict, se acercó a mí como quien no quiere la cosa.

—¿Cómo vas, Clare? —me preguntó con voz de auténtica preocupación.

—Bien. Solo que necesito con urgencia un expreso —contesté.

—Marchando —dijo Moira al oírme.

—Oye, estás haciendo un trabajo estupendo —comentó Tad—.

Los cafés son deliciosos… y las pastas también.

Lottie está encantada. ¡Dice que ojalá hubiera conseguido pillar otro de esos pequeños rombos blancos antes de que volaran!

—Sonrió y se dio una palmadita en la tripa regordeta—. ¿Qué eran, por cierto?

Sonreí.

— Ricciarelli . Es una pasta festiva muy popular y muy muy antigua. Hay documentos del Renacimiento que refieren la existencia de esta galleta, que se servía en Italia y en Francia durante los banquetes importantes y lujosos…

Tad alzó las cejas y me di cuenta de que, una vez más, proporcionaba demasiada información.

Pero daba la casualidad de que, mientras criaba a mi hija en Nueva Jersey, me pasé años escribiendo columnas sobre cocina para un periódico local y, desde entonces, los detalles curiosos sobre comidas y bebidas se colaban en mis conversaciones cotidianas una y otra vez. Qué se le va a hacer.

—Bueno, está todo delicioso —replicó Tad.

Agradecí su comentario positivo. Tad era un buen tío.

Un consultor de inversiones autónomo de treinta y tantos años que vivía en el barrio, con entradas pronunciadas y un físico rellenito que contrastaba con los modelos masculinos cincelados que en ese momento se agolpaban en la cafetería.

Pero el brillo de duendecillo de sus ojos y su sociabilidad le hacían caer bien al instante.

A su lado, Rena García, vestida con una blusa de seda de Fen color caramelo con cuello y puños color crema, y una falda larga de cuero marrón, sonreía mientras tomaba un café con leche.

Era una latina guapa y vivaracha con un gran talento para el marketing y la publicidad que se había convertido en la otra soda de Lottie tras perder su trabajo en Satay & Satay, una empresa de publicidad situada a pocas manzanas de distancia.

—Supongo que estarás entusiasmada con lo que está tramando Matt —dijo Tad al tiempo que señalaba hacia la conversación privada que yo había interrumpido junto a la chimenea.

—¿Perdona? —Se me ocurrían muchas palabras para definir lo que me inspiraba el comportamiento de Matt, pero «entusiasmo» no era ninguna de ellas.

—Matt está siendo muy listo —dijo con una mirada alentadora.

—¿Listo por qué?

—Por hablar de su idea del kiosco con los personajes más influyentes del sector.

Antes de que me diera tiempo a preguntarle a Tad a qué diantres se refería, una voz familiar nos interrumpió.

—Disculpad, pero ¿alguien me pone un café con leche de soja?

Era Lloyd Newhaven, el estilista, sin sus dos guapas acompañantes. De repente revoloteaba cerca de Moira, que en ese momento colocaba varias tazas altas de cristal para Tucker.

—Por supuesto —dijo Moira—. Pero tenemos trabajo acumulado, así que tardaremos unos minutos.

—Esperaré —dijo con un suspiro.

La leche de soja era una demanda bastante común y en el Blend nunca faltaba. Mientras Moira retomaba su tarea, Lloyd miró en nuestra dirección.

—Me muero por un café con leche, pero soy intolerante a la lactosa.

Tad, Rena y yo asentimos. Fue entonces cuando reparé en que Tucker examinaba el concurrido salón para entregarle una bandeja llena de bebidas a alguna de las camareras modelo.

Me disponía a ayudarlo cuando apareció una de las chicas y se llevó la bandeja.

Sin embargo, antes de haber avanzado un solo metro, la multitud se agolpó a su alrededor y le arrebataron hasta la última taza.