Capítulo uno #2
Era obvio que el trío estaba impaciente por entrar, pero se lo impedía la lista de invitados que en ese momento consultaba Esther Best (llamada así por Bestovasky, el apellido de su abuelo), la inconformista trabajadora fija del Blend y estudiante de Literatura Comparada en la Universidad de Nueva York, que esa noche había optado por emitir una declaración en favor de lo pasado de moda con sus pantalones militares desteñidos, una sudadera holgada verde, el pelo largo y oscuro recogido en cuatro trenzas antifashion y unas gafas con la montura negra y gruesa propia de otros tiempos.
Yo sabía bien de dónde venía Esther. Mi estilo tampoco era moderno ni extravagante, más que nada porque nunca pude permitírmelo.
Pero, por otra parte, a mis cuarenta años, protestar contra «la frívola inutilidad de la alta costura», como Esther decía, mediante el uso deliberado de ropa informal, me parecía un gesto bastante inútil.
Por eso había intentado adaptarme a la ocasión con el prototípico atuendo neoyorquino aburrido —vestido negro, medias negras, botas negras— y el pelo castaño recogido en una coleta alta, ideal para trabajar, con un complemento tan elitista y de última moda como el coletero de terciopelo que había comprado en una tienda de saldos.
Al acercarme a la puerta abarrotada, oí que don Pañuelito Verde Lima le susurraba a Ojazos Violetas:
—Tendrías que haberlo visto. El vestuario de la modelo se deconstruía sobre la pasarela. Era Milán, claro, pero aun así. ¿Hasta dónde vamos a llegar con el posmodernismo, por Dios? Dadle un par de puntadas a eso, cielo santo.
Ojazos Violetas sonrió y asintió.
—Bueno, ¿y qué me decís del desfile de Timmy Thom? —propuso Chica de Cuero Mandarina—. Fue tan…, cómo decirlo… —Se mordió el labio inferior y miró el techo en busca de la palabra adecuada. De cualquier palabra—. Tan como siempre.
—Sí, era muy repetitivo, querida —contestó don Pañuelito Verde Lima—. Todo el mundo comenta lo falto de ideas que anda Timmy de un tiempo a esta parte. Una reposición mal disimulada de su colección de 2002. ¿Y os fijasteis en las mandalias que le colocó a ese yogurín de piernas peludas?
Aparté un momento a Esther.
—¿Dónde está Matteo? —pregunté.
Esther señaló hacia la otra punta del local, pero había tantos hombres vestidos con traje negro de Armani que era difícil distinguir a mi exmarido.
Se suponía que era él, y no Esther, quien debía cotejar las invitaciones con la lista de invitados en la puerta.
Esther se había ofrecido a limpiar las mesas y recoger los vasos vacíos y las servilletas manchadas de carmín.
—Jefa —se lamentó—, esta gente es ridícula.
—Ya solo queda una hora, Esther —susurré—. Y recuerda que Lottie paga bastante bien.
—No lo suficiente para todas las veces que me han dicho que soy una esclava de la moda y que debería llamar al 911. Y llamaré al 911, claro que llamaré, ¡después de estrangular a alguno de estos tarados!
Suspiré. Por muy diversa que fuera la ciudad de Nueva York, las camarillas y los corrillos tendían a reforzar la idea de que a tu alrededor todo el mundo piensa lo mismo; es más, que todos tienen que vestir, hablar y pensar como tú.
En ese aspecto, la industria de la moda no era más variada que cualquier grupo de universitarios de la ciudad, y yo lo sabía bien, porque desde detrás de la cafetera se oye parlotear a gente de todas las profesiones.
Integrantes del mundo del teatro, corredores de bolsa, profesionales de la edición…
Todos tenían su postureo, su jerga y sus artificios, sus listas de lo que está de moda y lo que no, sus opiniones aceptadas, sus ganadores y perdedores y sus criterios de medición arbitrarios.
Una institución implicaba, al fin y al cabo, un pensamiento institucional, aunque yo ya había vivido en Nueva York el tiempo suficiente como para descubrir un sucio secretillo: las «artes» no eran más inmunes a todo eso que la industria publicitaria.
De hecho, hasta la «rebelión» era una estafa organizada con su propia colección de tazas de café y camisetas.
Me aparté de Esther para revisar la invitación gofrada en oro de don Pañuelito Verde Lima.
«Lloyd Newhaven, estilista, y acompañantes», leí antes de buscar el nombre en la lista de invitados, darles la bienvenida con una sonrisa y hacerles un gesto para que se unieran al flujo de gente guapa y emperifollada de la sala.
—Por cierto, ¿qué son mandalias ? —le pregunté con inocencia a Lloyd el estilista antes de que su séquito y él se adentraran en el local.
—Sandalias masculinas, cielo —contestó él con un rápido chasquido de dedos—. Y, en mi opinión, el único hombre a quien le han sentado bien las sandalias en algún momento ha sido Jesucristo.
—¿En serio? —dije—. ¿Y qué me dices de Russell Crowe en Gladiator ?
Ojazos Violetas se echó a reír.
—Ay, totalmente —asintió ella con un ligero acento exótico—. Me encantó esa película.
Me volví de nuevo hacia Esther y le pedí que se ocupara de la puerta un rato más. A continuación, fui a buscar a mi díscolo exmarido, algo que había hecho tantas veces en mi vida que ya había perdido la cuenta.
Mientras cruzaba el salón, tuve que esquivar a un montón de jóvenes esbeltas ataviadas con la nueva colección de otoño de Fen: faldas de ante marrón, blusas de seda y ante a juego, y botas hasta la mitad de la pantorrilla.
Llevaban toda la noche transportando como podían las bandejas de café con leche, galletas y pastas especiales de doce tipos distintos, mientras exhibían las piezas de la nueva colección de primavera de Lottie, desde collares en forma de Y con falsos granos de café tostado hasta bufandas inspiradas en capuchinos espumosos, pulseras rígidas de caramelo y pendientes y broches de azúcar moreno.
Por desgracia, Lottie había contratado a las modelos por su belleza y no por su habilidad para llevar bandejas llenas de bebidas calientes.
Menos mal que Tucker se había ofrecido a darles un cursillo rápido sobre cómo servir a los clientes, incluida una lección extra de bunny dip , la pose con la que en otros tiempos servían unas camareras vestidas de conejitas en un exclusivo club de caballeros ya desaparecido.
Vestirlas de Fen también había sido un detalle bien calculado, por supuesto.
Como diseñador de moda conocido a nivel internacional, Fen había trabajado con Lottie durante la época dorada de la diseñadora, hacía ya veinte años, y ahora era un elemento clave para su éxito.
No solo había financiado su colección con una cantidad sustancial, sino que también le había suministrado una plataforma de lanzamiento espectacular al combinar las joyas de Lottie con sus prendas de otoño en las pasarelas de todo el mundo.
Y a finales de esa semana, las modelos de Fen lucirían también las joyas de la nueva colección de primavera.
Me habría gustado ver qué le parecían al legendario Fen los cafés con leche del Village Blend, pero no había asistido. «Está demasiado ocupado con los últimos detalles del próximo desfile», me informó Lottie.
Crucé el salón abarrotado, me apretujé contra la escalera de caracol de hierro forjado y divisé por fin a mi exmarido, que estaba junto a la chimenea crepitante con una mano apoyada despreocupadamente contra el muro de ladrillo visto, adornado con antigüedades cafeteras recopiladas a lo largo del pasado siglo: una urna de café lacada procedente de Francia, un molino de hierro fundido de dos ruedas (que se usaba a finales del siglo XIX , cuando el Blend era una tienda al por mayor), varias cafeteras inglesas de cobre, unos ibriks turcos con asa lateral y una colección de carteles de latón de los años veinte que anunciaban distintas marcas de café.
Sin embargo, la atención de Matt no estaba centrada en la decoración, sino en (cero sorpresas) una atractiva mujer.