Capítulo uno
C APÍTULO UNO
— L os hombres son unos cerdos. ¡Tendrían que morirse todos!
Las palabras de Tucker Burton se oyeron incluso por encima del silbido de la varilla espumadora, del murmullo de la conversación e incluso del ritmo palpitante de la música electrónica de baile que emitían los altavoces del Village Blend.
Para enfatizar sus palabras, mi mejor barista golpeó el fondo de la jarra de acero inoxidable contra la varilla.
El resultado fue el molesto chirrido de un metal contra el otro.
A continuación, Tucker, que debería haber previsto lo que pasaría a continuación, apartó la jarra demasiado deprisa y un géiser de espuma de leche se derramó por el borde y le quemó la mano.
Maldijo, vertió la espuma sobrante en el fregadero y metió los dedos enrojecidos bajo el agua fría del grifo.
No es que estuviera en desacuerdo con Tucker en lo referente a los hombres.
Cuando se portaban como cerdos, yo también deseaba sangre…
, por decirlo de algún modo. Pero el tono letal de Tucker quedaba tan fuera de lugar que resultaba preocupante, al igual que el tecno-pop europeo que sustituía temporalmente nuestra habitual lista de new age, jazz y música clásica.
No hacía ni cinco minutos, mi afable barista servía expresos y charlaba en tono amigable con todo el mundo.
Estaba claro que alguien o algo había hecho que este actor y dramaturgo larguirucho y de pelo lacio, que ahora daba golpes detrás de la barra de la cafetería como una novia celosa, sacara su versión más desagradable.
Y, créeme, quien lo probó lo sabe.
Hace veinte años, yo era una recién casada ingenua destinada a descubrir que las aventuras extramatrimoniales de mi atractivo marido eran tan frecuentes como sus expediciones de escalada, ciclismo de montaña y salto desde acantilados durante los viajes a las plantaciones de diferentes países en vías de desarrollo para comprar café.
La excusa de Matteo —que sus aventuras sexuales no eran más relevantes que cualquier otro deporte extremo— se supone que me aseguraba su fidelidad emocional.
Mi respuesta fue derramarle un café con leche en la cabeza.
Al menos, creo que era un café con leche, aunque también pudo ser un capuchino.
En cualquier caso, lo recuerdo como si fuera ayer: la espuma blanca le chorreaba por sus desconcertadas facciones, de manera que espuma había seguro.
Por detrás de la máquina de café expreso plateada y achatada (de la que un barista cualificado puede extraer unas doscientas cuarenta pulsaciones de ébano aromático por hora), la amiga platónica de Tucker, Moira McNeely, trataba de calmarlo acariciándole el hombro con amabilidad.
Era una joven bostoniana, que ahora estudiaba en la Escuela de Diseño Parsons, interesada en el arte de la preparación del café (y en mi barista y actor, según mis sospechas) y se había ofrecido voluntaria para ayudar durante «la velada de café y postre» posterior a la cena de la Semana de la Moda de Otoño.
Y era de agradecer, porque en ese momento andábamos bastante escasos de personal.
Y tú te preguntarás: ¿qué es la Semana de la Moda de Otoño?
Bueno, pues resulta que, para los neoyorquinos amantes del asfalto y con altas dosis de cafeína en el cuerpo, que rara vez se dejan ver por el campo, la aparición mágica de las carpas de lona blanca sobre las pasarelas entre los altos plátanos de sombra del céntrico Bryant Park es la señal inequívoca de la llegada del otoño.
Todos los septiembres, el rectángulo verde y tranquilo de tres hectáreas situado por detrás del imponente edificio de granito de la Biblioteca Pública de Nueva York se transforma en la meca de la moda.
Bajo las carpas montadas a toda prisa, la organización Entre la Séptima y la Sexta (cuyo nombre hace referencia al traslado temporal de la industria de la moda desde la Séptima Avenida a la Sexta, donde se encuentra Bryant Park) organiza una feria internacional en la que los más importantes diseñadores presentan sus colecciones de primavera en modelos delgadas como escobas para el sector de la moda y para el resto del mundo a través de una intensa cobertura mediática.
Durante esa semana se suceden incontables fiestas en los mejores restaurantes y en lugares tan diversos como el Museo de Arte Moderno y la Gran Estación Central.
El Village Blend nunca había albergado una de estas fiestas de la Semana de la Moda, pero, ahora que celebraba la primera, me daba cuenta de que el espacio era un poco justo.
En ese momento, por más que hubiéramos apilado la mayoría de las mesas de mármol junto al tostador del café y en el almacén del sótano, había tantos cuerpos arregladísimos tratando de abrirse paso por el salón que no se veía ni un centímetro del suelo de madera pulida.
Sin embargo, la diseñadora Lottie Harmon insistió en que su fiesta se celebrara en esta cafetería centenaria del Greenwich Village.
Según dijo, porque ella también era un hito histórico.
Hace veinticinco años, el nombre de Lottie era tan conocido como el de Halston.
De repente, Lottie abandonó el negocio y no se supo nada más de ella hasta el año pasado, cuando conquistó a los amantes de la moda con una colección de complementos que había sido un éxito sin precedentes.
Esa era otra de las razones por las que quiso que su fiesta de la Semana de la Moda se celebrara en el Blend.
Su nueva colección Joyas con Café estaba inspirada en las numerosas bebidas que había consumido en mi cafetería.
Mientras me dirigía detrás de la barra para ver cómo estaba Tucker, me fijé en Lottie.
La diseñadora charlaba en ese momento con Christina Ha, una crítica de moda de la cadena de televisión Metro New York Full Frontal Fashion.
Lottie llevaba el pelo largo y teñido de un vistoso color escarlata.
Aunque ya era delgada, esa noche parecía haber perdido aún más peso.
También se había despojado de las sencillas faldas floreadas que tanto le gustaban desde que Madame (la octogenaria dueña de mi emblemática cafetería) me la presentó hace más de un año y medio, cuando Lottie se acababa de mudar al Greenwich Village desde su anterior residencia en Londres.
Esa noche, vestida con un traje color chocolate de Fen adornado con llamativas piezas de su propia colección (un broche con un remolino de café con leche y caramelo, y una bufanda transparente de color expreso salpicada con cuentas en forma de granos de café), parecía al menos diez años más joven de los cincuenta y tantos que en realidad tenía.
Estaba rodeada de celebridades de la moda: diseñadores, críticos, modelos y editores de revistas, además de varios cantantes de pop, estrellas de la HBO y actores secundarios de cine.
Sus dos jóvenes socios también estaban allí.
Tad Benedict y Rena García lo habían dado todo, al igual que Lottie, para que la colección de primavera triunfara.
Su colección de otoño (lanzada el febrero anterior) todavía se vendía en las boutiques de Saks, Harrods, Neiman Marcus, Bergdorf y Fen.
Ahora era fundamental que Lottie demostrara que era algo más que una flor de un día, algo más que una carambola de la moda.
Y claro, lo último que yo necesitaba en ese momento era que Tucker perdiera los nervios en plena fiesta.
Durante las últimas dos horas, yo misma me había encargado de preparar las bebidas de café, pero necesitaba un descanso y di por hecho que Tucker me sustituiría durante al menos treinta minutos.
Si él no podía hacerse cargo, tendría que volver yo al tajo… , y cuanto antes, mejor.
Me acerqué para hablar con él, pero Moira ya estaba a su lado con actitud protectora y me cortó el paso.
—¿Está bien? —pregunté.
Moira frunció el ceño y se apartó un mechón de pelo caoba con el dorso de la mano larga y delgada.
—No lo sé, Clare. Me ocupo de él y veo si le pasa algo.
Esperé a que Moira se apartara, pero ella se limitó a señalar hacia la gente.
—Parece que Esther necesita ayuda en la puerta.
No se equivocaba. La entrada principal del Village Blend parecía la boca del túnel Lincoln un día de partido de los Jets , de manera que me apresuré para echarle una mano.
De camino, intenté no preocuparme por el inusitado ataque de nervios de Tucker y recé para que no se tratara de un mal presagio de lo que, hasta ese momento, había marchado tan bien.
Me vas a matar, pero yo creo en los presagios.
Mi abuela italiana, que me crio mientras mi padre dirigía una casa de apuestas ilegal en la trastienda de su negocio de comestibles en Pensilvania, me dio toda la info —como diría la veinteañera de mi hija Joy— sobre el malocchio , el mal de ojo.
Y, aunque me gustaba pensar que había superado esa filosofía un tanto arcaica, seguía con la sensación, cada vez más inquietante, de que algo agrio se estaba cociendo.
Al llegar a la puerta, vi que la fila de recién llegados estaba encabezada por un joven de pelo corto castaño con mechas rubias.
Llevaba un traje gris oscuro sobre una camisa color azul eléctrico de algodón egipcio y por el bolsillo de la chaqueta le asomaba un pañuelo verde lima.
Iba acompañado de dos mujeres, una en cada brazo.
La primera era la típica modelo de apenas veinte años con el pelo rubio de mechas recogido en la coronilla y un vestido de cuero color mandarina.
La otra, en cambio, llamaba mucho la atención, incluso entre aquella concurrencia tan variopinta.
Medía más de un metro ochenta sobre unas botas con tacón de aguja y tenía unos bonitos rasgos asiáticos: pelo negro y liso hasta la cadera y ojos almendrados de un inusual color violeta oscuro que había acentuado con una sombra de ojos violeta y un minivestido del mismo tono con hilo metalizado.