Un cadáver en la librería Capítulo 22. El asesino
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Capítulo 22. El asesino

La mañana siguiente amaneció con una niebla espesa sobre Blackthorn.

Desde la ventana del piso superior de la librería, Nell apenas podía distinguir las casas del otro lado de la plaza y el campanario parecía suspendido sobre una masa blanca que borraba las calles.

El pueblo, que normalmente despertaba con el ruido de las puertas abriéndose, las primeras conversaciones en la cafetería de Martha y el motor de los vehículos que bajaban hacia el puerto, parecía aquella mañana contener la respiración.

Nell había dormido poco, pero no sentía cansancio.

Había pasado demasiadas horas repasando las declaraciones de los sospechosos como para permitir que una duda física interfiriera con lo que empezaba a comprender.

La visita de Henshaw no había demostrado que fuera el asesino, pero sí había confirmado que la trampa había tocado un nervio.

Lo importante no era que hubiera mirado el libro, sino que hubiese sabido qué buscar antes de que Nell pronunciara su título.

Sin embargo, Eleanor había dejado una advertencia mucho más precisa que cualquier sospecha: el hombre que faltaba no era necesariamente el desaparecido, sino aquel a quien todos habían decidido proteger.

Nell había cometido hasta entonces el error de buscar a una persona que actuara sola.

Ahora empezaba a considerar una posibilidad más incómoda: quizá el asesinato de Thomas Vale había sido encubierto por varias personas, pero solo una de ellas había decidido repetir el crimen treinta años después.

A las ocho y media, Bennett llegó a la librería con una carpeta bajo el brazo. No llevaba uniforme. Vestía un abrigo oscuro y tenía esa expresión serena que Nell había aprendido a interpretar como señal de que había pasado la noche trabajando. Dejó la carpeta sobre el mostrador y sacó cinco hojas.

—Las declaraciones originales.

Nell las miró.

—¿Las de 1996?

—Las que todavía existen.

—¿Y las de ahora?

—También.

Bennett colocó ambas series una junto a otra.

—He estado comparándolas.

Nell se inclinó sobre los documentos.

—¿Qué has encontrado?

—Una coincidencia.

—¿Cuál?

—Todos mienten.

Nell levantó la mirada.

—Eso ya lo sabíamos.

—No de la misma manera.

Bennett señaló la primera declaración.

—En 1996, Henshaw dijo que abandonó el puerto antes de las ocho y media. Años después, cuando Eleanor le preguntó, cambió la hora a las nueve menos cuarto. Ahora afirma que no recuerda haber estado allí después de las ocho.

Pasó a la siguiente.

—Reed dijo que vio a Thomas marcharse solo. Después admitió que había hablado con él. Luego dijo que la conversación había sido breve. Pero el registro del puerto demuestra que Thomas estuvo acompañado durante al menos veinte minutos.

Otra hoja.

—Mercer aseguró que aquella noche estaba con su padre. Su padre murió en 2004, así que no podemos verificarlo. Pero en las cuentas del astillero aparece una firma suya a las nueve y cinco.

Nell frunció el ceño.

—¿Y Richard Harcourt?

—No aparece en ningún documento de aquella noche.

—Entonces no puede haber estado.

—No necesariamente. Tenía diecinueve años. Trabajaba ocasionalmente con su hermano, pero no figuraba oficialmente en la empresa.

Nell pasó al último documento.

—Clara.

—Clara tenía diecisiete años en 1996. No estuvo relacionada directamente con el astillero.

—Entonces ¿por qué aparece su nombre?

Bennett no respondió inmediatamente.

—Porque alguien escribió sus iniciales en un recibo del Lantern.

Nell recordó el documento que había encontrado.

R.H. — C.H. — S.R. — D.M. — R.H.

—Cinco nombres.

—Sí.

—Los cinco que aparecen en la nota de Eleanor.

—Exactamente.

Nell permaneció unos segundos en silencio.

—Pero si Clara tenía diecisiete años, ¿qué hacía en una reunión relacionada con Harcourt?

Bennett levantó una ceja.

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

La respuesta condujo a Nell hasta Martha Bell. La cafetería estaba casi vacía cuando llegaron. Martha estaba limpiando una mesa junto a la ventana y levantó la cabeza al verlos.

—Por sus caras diría que no vienen a desayunar.

—Necesitamos preguntarte algo sobre 1996 —dijo Bennett.

Martha dejó el paño.

—Ya era hora.

Nell abrió la carpeta.

—¿Clara Harcourt estuvo aquí la noche del 21 de noviembre?

Martha miró el documento y después a Nell.

—Sí.

Bennett dio un paso hacia ella.

—¿Estás segura?

—Completamente.

—¿A qué hora?

—Poco después de las ocho.

—¿Con quién?

Martha dudó.

—Con Richard.

Nell sintió que una pieza cambiaba de lugar.

—¿Los dos?

—Sí.

—¿Y qué querían?

—No lo sé.

—Martha.

—Eleanor me hizo prometer que no lo contaría.

Bennett se cruzó de brazos.

—Eleanor está muerta.

—Precisamente por eso llevo treinta años arrepintiéndome de haber guardado silencio.

Martha respiró profundamente.

—Clara lloraba. Richard estaba furioso. Esperaron aquí unos veinte minutos. Después llegó Henshaw.

Nell la miró fijamente.

—¿Henshaw también?

—Sí.

—¿Y Reed?

—Llegó después.

—¿Mercer?

—No recuerdo haberlo visto.

—¿Edward?

Martha bajó la mirada.

—Sí.

Nell sintió que la fotografía del sótano adquiría de repente otro significado.

No mostraba simplemente a cinco personas relacionadas con Thomas Vale.

Mostraba a cinco personas que habían estado moviéndose por Blackthorn aquella noche mientras el pueblo dormía sin saber que algo estaba a punto de romperse.

—¿Qué ocurrió cuando llegaron Edward y Henshaw?

—Discutieron.

—¿Sobre qué?

—Sobre el astillero.

—¿Thomas?

—También.

—¿Y Eleanor?

Martha cerró los ojos durante un instante.

—Llegó unos minutos después.

—¿Qué hizo?

—Se sentó junto a Clara.

—¿Por qué?

—Porque Clara le pidió ayuda.

Nell se quedó inmóvil.

—¿Qué clase de ayuda?

Martha miró a Bennett.

—Eso no me lo dijo.

—¿Y después?

—Después Thomas salió del café.

—¿Solo?

—No.

Nell sintió que el aire parecía hacerse más pesado.

—¿Con quién?

Martha tardó unos segundos en contestar.

—Con Edward.

Bennett se acercó.

—¿Hacia dónde fueron?

—Al puerto.

Nell recordó la fotografía de las 20:43.

Thomas dentro del astillero.

El hombre cuya cara estaba parcialmente oculta.

La carpeta que Thomas parecía entregar.

Y la anotación de Eleanor: «Alguien le espera dentro».

—Entonces Thomas no estaba solo —dijo.

—Nunca lo estuvo aquella noche.

Martha bajó la voz.

—Pero había algo más.

—¿Qué?

—Cuando Eleanor volvió a la cafetería, llevaba una expresión que nunca le había visto.

—¿Qué expresión?

—Miedo.

Nell sintió un escalofrío.

—¿Qué dijo?

Martha la miró directamente.

—Dijo: «No es quien creemos».

Nell permaneció inmóvil.

—¿Eso fue todo?

—No. Después dijo otra cosa.

—¿Qué?

—«Si hablan entre ellos, sabrán qué hacer».

Bennett y Nell se miraron.

Aquella frase podía significar muchas cosas, pero una de ellas parecía ahora especialmente clara.

Eleanor no había descubierto simplemente quién había matado a Thomas.

Había descubierto que varias personas compartían un secreto y que, mientras mantuvieran una versión común de los hechos, nadie podría demostrar nada.

De regreso en Blackthorn Books, Nell extendió sobre el mostrador todas las pruebas que había reunido.

Las fotografías, las declaraciones, el recibo, el cuaderno de Price, el libro verde, el libro negro y el fragmento de página arrancada quedaron dispuestos en un orden que solo ella parecía comprender.

Bennett observaba desde el otro lado mientras Nell reconstruía la noche minuto a minuto.

Thomas había regresado al puerto poco después de las nueve.

El coche había abandonado el almacén a las 21:12.

La nota del puerto hablaba de las 21:17.

Eleanor había marcado las 21:10 como el momento en que Thomas entró por la puerta lateral.

Todo indicaba que alguien había estado con él dentro del almacén.

La fotografía de las 20:43 demostraba que ese alguien existía, pero no mostraba su rostro.

Sin embargo, había otro detalle que Nell había pasado por alto durante días: la posición del hombre en la fotografía.

No estaba frente a Thomas como un visitante.

Estaba situado ligeramente detrás de él, cerca de una mesa donde había documentos.

Thomas no parecía entregarle la carpeta. Parecía esconderla de él.

—No quería darle los documentos —dijo Nell.

Bennett se inclinó sobre la fotografía.

—¿Qué te hace pensar eso?

—La mano.

—¿Qué mano?

—La de Thomas.

Amplió la imagen con una lupa.

—Está sujetando la carpeta por el lado contrario.

Bennett permaneció en silencio.

—El hombre intenta cogerla —continuó Nell—. Thomas no se la está entregando. Está intentando impedir que se la quite.

—Entonces discutían.

—Sí.

—Y alguien más llegó después.

Nell señaló la puerta lateral.

—Alguien entró por aquí.

—¿Quién?

—Eso es lo que todavía no sabemos.

Nell tomó el libro negro.

—Pero Eleanor sí lo sabía.

Buscó una página concreta y la abrió. Había una anotación que hasta entonces no había comprendido: «No fue quien llevaba la carpeta.» Debajo aparecía otra frase, casi borrada: «Fue quien sabía dónde estaría.» Bennett la leyó dos veces.

—Eso cambia las cosas.

—Mucho.

—Porque significa que el hombre de la fotografía podría no ser el asesino.

—Exactamente.

Nell volvió a mirar los nombres:  Henshaw, Reed, Mercer, Harcourt, Richard, Clara, Jonathan, Peter, Sarah y entonces vio algo que llevaba semanas delante de ella. No estaba en una fotografía. No estaba en un documento. No estaba en el libro verde. Estaba en las declaraciones.

—Bennett.

—¿Sí?

—¿Qué dijo Henshaw sobre la hora a la que abandonó el puerto la noche del asesinato de Harcourt?

—Las nueve y media.

—¿Y qué dijo después?

—Que se marchó antes.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Nell señaló el libro.

—Porque ya sabía que Harcourt estaba muerto.

Bennett levantó la mirada.

—Eso es una acusación seria.

—No es una acusación. Es una contradicción.

—Explícate.

—Cuando encontré a Harcourt, el libro verde estaba abierto en la página 147.

La página arrancada había desaparecido. Pero alguien sabía que esa página existía.

Henshaw reaccionó al libro que utilicé en la trampa porque conocía el sistema de Eleanor.

Eso significa que había visto sus anotaciones o que alguien se las había enseñado.

Y cuando vino ayer, no preguntó qué libro había encontrado. Preguntó qué había escrito.

Bennett comprendió.

—Porque sabía que había una anotación.

—Sí.

—Pero eso todavía no demuestra que matara a Harcourt.

—No.

Nell abrió el cajón del mostrador y sacó el fragmento de papel encontrado en el libro verde. Las letras seguían siendo visibles: R. H.

—Esto tampoco demuestra nada.

—Puede significar Richard Harcourt.

—O Robert Henshaw.

—Exactamente.

Nell dejó el fragmento junto a la fotografía de 1996.

—Pero hay algo que sí podemos demostrar.

—¿Qué?

—Que alguien quiso que creyéramos que esas iniciales pertenecían a otra persona.

Bennett la observó.

—¿Cómo?

Nell señaló el borde del papel.

—Mire la tinta.

—¿Qué pasa?

—Está encima de una marca anterior.

Bennett tomó la lupa. Debajo de las iniciales se distinguía apenas una línea. Una segunda letra. No era una R. Era una P.

Nell sintió que todas las conversaciones mantenidas durante las últimas semanas regresaban a su memoria al mismo tiempo: Peter Collins preguntando por el libro verde, Peter afirmando que Eleanor era la única persona que conocía la verdad, Peter asegurando que había hablado con ella cuatro días antes de su muerte, algo imposible, y Peter desapareciendo antes de que Bennett pudiera interrogarlo.

Pero también recordó que Bennett había demostrado que Peter no estaba en Blackthorn la noche del asesinato.

Si el fragmento había sido manipulado, quizá alguien había querido relacionarlo con el pasado sin convertirlo directamente en sospechoso del asesinato de Harcourt.

—No —dijo Nell lentamente—. Peter no.

Bennett la miró.

—¿Por qué no?

—Porque esto es demasiado evidente.

—¿Qué quieres decir?

—Si alguien quisiera incriminar a Peter, habría dejado una P claramente visible. Pero alguien cambió una P por una R.

—Entonces la persona que lo hizo quería que miráramos a un R. H.

Nell volvió a mirar los nombres. Solo quedaban dos. Richard Harcourt y Robert Henshaw. Uno tenía un motivo económico inmediato. El otro tenía un motivo mucho más antiguo. Pero ninguno explicaba por sí solo a quién había estado protegiendo Eleanor.

Nell comprendió entonces que la trampa todavía necesitaba un último movimiento.

Había conseguido provocar a Henshaw, pero necesitaba provocar también al otro hombre que podía reconocer la misma mentira.

Si ambos reaccionaban de manera diferente ante la misma información, podría saber cuál de ellos estaba protegiendo a alguien y cuál estaba intentando protegerse a sí mismo.

Aquella tarde, Nell llamó a todos los implicados y los citó en Blackthorn Books para las siete.

No les explicó el motivo. Solo les dijo que había encontrado la última prueba relacionada con la muerte de Thomas Vale y que necesitaba que todos estuvieran presentes antes de entregársela a Bennett.

Richard confirmó que acudiría. Clara respondió con una negativa seca, pero finalmente aceptó.

Samuel Reed dijo que no tenía nada que esconder.

Daniel Mercer tardó varios minutos en contestar y finalmente dijo que iría.

Robert Henshaw fue el último. Cuando Nell pronunció la frase «he encontrado quién fue protegido durante treinta años», se produjo un silencio al otro lado del teléfono.

—¿Dónde está el libro? —preguntó él.

Nell cerró los ojos un instante.

—Aquí.

—Entonces estaré allí.

Colgó.

A las seis y media, Bennett regresó.

—¿Está segura?

—No.

—Eso es lo que me preocupa.

—A mí también.

Nell miró las estanterías. Durante unos segundos pensó en Eleanor, en su manera de esconder secretos entre historias, en las conversaciones que probablemente había mantenido en aquella misma habitación, en las veces que había mirado hacia el reloj sin que nadie entendiera por qué.

Después comprendió que el método de su tía no había consistido en encontrar una prueba irrefutable, sino en crear una situación en la que la persona que conocía la verdad no pudiera evitar demostrarlo.

A las siete menos cinco, la primera persona llamó a la puerta.

Nell respiró profundamente y abrió. No sabía todavía cuál de ellos era el asesino de Edward Harcourt, pero sabía que, antes de que terminara aquella noche, alguien tendría que explicar por qué había mentido durante treinta años y por qué había decidido volver a matar para conservar una mentira que ya empezaba a desmoronarse bajo el peso de sus propias contradicciones.