Un cadáver en la librería Capítulo 23. Treinta años después
93%

Capítulo 23. Treinta años después

El primero en llegar fue Samuel Reed. Entró sin quitarse el abrigo y recorrió la librería con una mirada cansada.

—Supongo que ya no puedo fingir que no sabía que esto iba a ocurrir.

—No.

—Entonces hemos llegado bastante lejos.

Reed dejó el sombrero sobre una silla.

—¿Dónde están los demás?

—Llegarán.

—¿Y Bennett?

Nell sostuvo su mirada.

—No ha venido.

Reed sonrió ligeramente.

—Eso no me lo creo.

Antes de que Nell pudiera responder, volvió a sonar la campanilla. Era Daniel Mercer. El antiguo empleado de Harcourt parecía más envejecido que la última vez que Nell lo había visto. Entró con las manos metidas en los bolsillos y se detuvo al descubrir a Reed.

—¿También te han llamado?

—Parece que sí.

Mercer miró a Nell.

—¿Ha encontrado algo?

—Sí.

—¿Qué?

—La verdad.

Mercer soltó una breve risa sin humor.

—Eso es mucho decir.

—Esta noche veremos si lo es.

Cinco minutos después llegó Clara Harcourt. No llevaba maquillaje y parecía cansada. Miró a los dos hombres y después a Nell.

—No sé por qué he venido.

—Porque cuando la llamé mencioné a su hermano.

Clara apretó los labios.

—Richard no debería estar aquí.

—¿Por qué?

—Porque Richard no sabe nada.

Nell no respondió. Aquella frase, pronunciada demasiado deprisa, quedó flotando en el aire.

—¿Y usted sí?

Clara bajó la mirada.

—Sé algunas cosas.

—¿Sobre Thomas Vale?

Clara levantó los ojos.

—Sí.

Antes de que pudiera continuar, la puerta volvió a abrirse.

Robert Henshaw entró. Llevaba el mismo abrigo oscuro que la tarde anterior y una expresión perfectamente controlada.

Cerró la puerta detrás de sí y observó a los presentes.

Durante un instante, nadie habló. Nell vio cómo sus ojos recorrían la habitación y se detenían sobre el mostrador.

Allí estaba el libro negro. Henshaw no pareció sorprendido.

Eso fue lo primero que Nell observó. Lo segundo fue que no miró a ninguno de los demás. Miró directamente el libro.

—¿Dónde está la prueba? —preguntó.

Nell mantuvo la voz tranquila.

—Aquí.

—¿La ha leído?

—Sí.

—Entonces ya sabe quién fue.

—Creo que sí.

Henshaw respiró lentamente.

—¿Y qué piensa hacer?

—Contarlo.

—No sabe lo que está haciendo.

—Probablemente no.

—Hay personas que podrían sufrir.

—Ya han sufrido.

Henshaw dio un paso hacia el mostrador.

—Treinta años no se pueden deshacer.

—No.

—Entonces, ¿qué sentido tiene?

Nell miró la fotografía.

—Evitar otros treinta.

En ese momento Richard Harcourt entró.

Su presencia alteró la tensión de la habitación. Era un hombre robusto, de rostro enrojecido y cabello gris, muy distinto del hermano elegante y controlado que Nell había visto en las fotografías de Edward. Cerró la puerta con fuerza y miró a Henshaw.

—¿Qué haces tú aquí?

—Me han citado igual que a usted.

Richard soltó una risa seca.

—Siempre apareces donde no debes.

Nell observó a ambos.

—Siéntense.

Nadie obedeció.

—No hemos venido a escuchar una historia —dijo Richard—. Si tiene algo que decir, dígalo.

—Lo haré.

Nell tomó la fotografía de 1996.

—Thomas Vale murió el 21 de noviembre de 1996.

Nadie respondió.

—Durante treinta años se dijo que había sufrido un accidente. Pero no fue así.

Samuel Reed miró al suelo. Daniel Mercer cerró los ojos. Clara permaneció inmóvil. Richard parecía desconcertado. Henshaw no reaccionó. Nell continuó.

—Thomas había descubierto que varias propiedades del puerto habían sido transferidas mediante documentos falsificados.

No era una simple disputa empresarial. Había dinero, terrenos y contratos que no podían hacerse públicos porque demostraban que algunas de las operaciones realizadas después de su muerte eran ilegales.

—Eso no prueba un asesinato —dijo Henshaw.

—No.

Nell colocó sobre el mostrador el cuaderno de Jonathan Price.

—Pero esto sí demuestra que Thomas sabía que alguien estaba manipulando esos documentos.

Richard miró el cuaderno.

—¿De dónde ha salido?

—De una caseta abandonada del puerto.

Daniel Mercer palideció. Nell lo vio.

—Usted conocía esa caseta.

Mercer no respondió.

—¿Verdad?

—Todos conocíamos el puerto.

—Pero usted sabía que Jonathan escondía allí sus papeles.

Mercer levantó la mirada.

—No.

—Lo sabía.

—No.

—Porque estuvo allí con él.

Mercer apretó la mandíbula.

—Yo era un muchacho.

—Tenía veinte años.

—No sabía lo que estaba ocurriendo.

—Pero vio algo.

Mercer guardó silencio. Henshaw intervino.

—Esto es absurdo.

Nell lo miró.

—Todavía no he terminado.

Sacó la fotografía de las 20:43.

—Esta imagen demuestra que Thomas estaba vivo a las ocho y cuarenta y tres.

Colocó la fotografía junto al cuaderno.

—Y sabemos que después entró por la puerta lateral del almacén.

Samuel Reed se movió ligeramente. Nell lo observó.

—Usted dijo que Thomas se marchó solo.

—No recuerdo exactamente.

—Pero ahora sabemos que salió acompañado.

Reed miró a Henshaw. Ese gesto fue mínimo, pero Nell lo vio.

—Por Edward Harcourt.

Clara cerró los ojos.

Richard dio un paso hacia ella.

—¿Tú lo sabías?

—No todo.

—¿Qué sabías?

Clara tardó unos segundos.

—Que Edward estaba asustado.

—¿Asustado de quién?

Clara miró a Henshaw. La respuesta llegó sin palabras. Nell sintió que la habitación cambiaba.

—Robert Henshaw —dijo.

Henshaw sonrió débilmente.

—Esto es ridículo.

—¿Lo es?

—No tiene ninguna prueba de que yo estuviera con Thomas.

—Sí la tengo.

Nell tomó otra fotografía. Era la segunda imagen encontrada por Margaret, aquella en la que Edward aparecía caminando hacia el almacén mientras una figura se encontraba junto a la puerta lateral.

—La persona que está esperando allí no es Edward.

Henshaw miró la fotografía.

—No se distingue el rostro.

—No.

—Entonces no puede identificarla.

—No por el rostro.

Nell señaló la mano de la figura.

—Por el reloj.

Henshaw bajó los ojos hacia su muñeca. El reloj que llevaba aquella noche era una pieza antigua que había pertenecido a su padre. Nell había visto una fotografía de 1996 en la que aparecía exactamente el mismo reloj. Henshaw no habló. Bennett salió de la trastienda. Richard se sobresaltó.

—¿Inspector?

—Buenas tardes.

Henshaw lo miró fijamente.

—Esto es una encerrona.

—No exactamente.

Bennett dejó una grabadora sobre el mostrador.

—Es una conversación.

Henshaw respiró profundamente.

—No pueden demostrar que esa fotografía sea de esa noche.

—No necesitamos hacerlo —respondió Bennett—. Tenemos los registros del puerto, las declaraciones originales y una fotografía tomada por Sarah Vale. Pero todavía nos faltaba saber por qué todos ustedes habían mentido.

Henshaw se volvió hacia Reed.

—Tú no tenías que hablar.

Reed lo miró con una expresión amarga.

—Ya no tienes derecho a decirme eso.

La frase cambió algo en la habitación. Nell comprendió que durante treinta años había existido un pacto entre ellos.

No necesariamente un pacto firmado ni pronunciado, sino una especie de acuerdo construido alrededor del miedo.

Todos sabían una parte. Cada uno había decidido callar para protegerse, para proteger a otra persona o simplemente porque hablar habría significado admitir que habían participado en algo que no podían justificar.

Thomas Vale había descubierto los documentos falsificados y había amenazado con denunciarlos.

Edward Harcourt había intentado convencerlo de que esperara.

Henshaw había ido al almacén para recuperar los documentos.

Reed había estado presente porque conocía las operaciones del puerto.

Daniel Mercer había visto parte de la discusión.

Sarah había llegado después, había comprendido que Thomas estaba en peligro y había fotografiado lo que pudo antes de que la situación terminara.

Y Eleanor había llegado cuando ya era demasiado tarde para impedirlo.

—¿Qué ocurrió dentro del almacén? —preguntó Nell.

Nadie respondió.

—Lo sé parcialmente —continuó—. Thomas tenía los documentos. Henshaw quería recuperarlos. Edward intentó intervenir. Hubo una discusión. Thomas se negó. Después alguien lo golpeó.

Henshaw negó con la cabeza.

—No fui yo.

—No he dicho que fuera usted.

El alcalde la miró.

Nell dejó pasar unos segundos.

—Pero usted sabe quién lo hizo.

La expresión de Henshaw se quebró por primera vez.

—No.

—Sí.

—No.

—Porque después del golpe, usted no llamó a la policía.

—Porque tenía miedo.

—¿De quién?

Henshaw no respondió. Nell miró a Richard. Después a Clara. Luego a Reed y a Mercer.

—De Edward.

Henshaw levantó la cabeza.

—Edward fue quien golpeó a Thomas.

Clara se llevó una mano a la boca. Richard permaneció inmóvil. Nell sintió que una pieza fundamental acababa de caer en su sitio. Harcourt había sido el hombre de la fotografía. Harcourt había estado con Thomas. Harcourt había querido recuperar los documentos. Pero todavía faltaba una parte.

—Fue un accidente —dijo Henshaw.

Bennett lo observó.

—¿Qué?

—Edward no quería matarlo.

Henshaw hablaba ahora con una voz diferente. Ya no era la voz del alcalde. Era la voz de un hombre que había estado esperando treinta años para poder contar una historia que no se atrevía a recordar.

—Thomas intentó golpearlo. Edward lo apartó. Thomas cayó contra una estructura metálica. Cuando nos acercamos, estaba muerto.

Nell comprendió por qué la investigación había encontrado señales compatibles con una caída. Por qué no había arma. Por qué las declaraciones hablaban de accidente. Por qué alguien había eliminado la referencia a la puerta lateral. Pero también comprendió algo más.

—No murió inmediatamente.

Henshaw la miró.

—No.

—Estaba vivo cuando usted salió.

El silencio fue suficiente. Bennett abrió lentamente la carpeta.

—El informe original habla de una hemorragia interna y un traumatismo craneal. El médico estimó que pudo haber permanecido consciente durante varios minutos.

Nell miró a Henshaw.

—¿Quién decidió no llamar a una ambulancia?

Henshaw bajó la cabeza.

—Yo.

La palabra salió casi sin voz. Richard dio un paso atrás.

—Dios mío.