Capítulo 21. La trampa
A las siete y media bajó a la librería. Encendió las lámparas una por una y dejó que el olor de la madera antigua, el polvo y el café recién preparado devolvieran al establecimiento algo parecido a la normalidad.
Colocó el libro negro sobre el mostrador y volvió a leer la última anotación de Eleanor.
Después comparó los nombres que aparecían allí con las fotografías, las anotaciones del libro verde, el cuaderno de Jonathan Price y los documentos encontrados en el sótano.
Había una ausencia que se repetía de manera demasiado constante para ser casual.
Cada vez que la investigación llegaba al punto en que alguien debía explicar quién había estado con Thomas Vale después de las ocho y cuarenta y tres de la tarde, aparecía una interrupción.
Un documento desaparecía. Una declaración cambiaba.
Una persona abandonaba el pueblo. Una fotografía mostraba una figura cuyo rostro quedaba oculto.
Y, treinta años después, cuando Harcourt parecía dispuesto a hablar, alguien había decidido que el silencio debía continuar.
Nell escribió los nombres en una hoja y trazó líneas entre ellos.
Edward Harcourt había adquirido propiedades después de la muerte de Thomas.
Robert Henshaw había intervenido en las negociaciones del puerto.
Samuel Reed había conocido los movimientos de los comerciantes.
Daniel Mercer había trabajado para Harcourt y había visto documentos internos.
Jonathan Price había llevado las cuentas de Thomas y había desaparecido.
Peter Collins había investigado el caso y luego había abandonado Blackthorn.
Sarah Vale había sido testigo y había pasado el resto de su vida protegiendo algo o a alguien.
Eleanor había conocido la verdad, pero nunca había escrito directamente quién era el responsable.
A las ocho y diez llegó Martha Bell con una cesta de pan.
—No has dormido.
Nell levantó la vista.
—¿Tan evidente es?
—Tienes el aspecto de una persona que ha discutido toda la noche con un muerto.
—En cierto modo, sí.
Martha dejó la cesta sobre el mostrador y miró el libro negro.
—¿Lo encontraste?
Nell se quedó inmóvil.
—¿Sabías que existía?
Martha tardó unos segundos en responder.
—Sabía que Eleanor escondía algo detrás del reloj.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque ella me pidió que no lo hiciera.
—¿Qué más te pidió?
Martha suspiró.
—Que si alguna vez encontrabas el libro, no intentara explicártelo. Me dijo que tenías que llegar tú sola a la conclusión.
Nell sintió una mezcla de irritación y afecto.
—Era una mujer desesperante.
—Muchísimo.
Martha sonrió brevemente.
—Pero sabía cuándo había que dejar que otra persona hiciera su propio trabajo.
Nell abrió el libro negro.
—Eleanor sabía que Harcourt iba a morir.
—No.
—Eso es lo que parece.
—No es lo mismo saber que alguien va a morir que saber que alguien ha decidido matarlo.
Nell levantó los ojos.
—¿Crees que ella sabía que estaba en peligro?
Martha bajó la voz.
—Creo que sabía que había llegado el momento de elegir.
—¿Elegir qué?
—A quién proteger.
La respuesta permaneció entre ambas durante unos segundos.
—¿A quién protegía Eleanor?
Martha negó con la cabeza.
—Eso tienes que descubrirlo tú.
Nell estuvo a punto de enfadarse, pero entonces recordó que aquel había sido precisamente el método de Eleanor durante toda su vida. Nunca entregaba una respuesta cuando podía entregar una pregunta mejor.
A las nueve, Bennett entró en la librería.
—Necesito hablar con usted.
—¿Ha ocurrido algo?
—He encontrado una cosa.
Sacó un sobre de su bolsillo.
—El coche de la cámara.
Nell lo miró.
—¿Lo identificaron?
—No completamente.
—¿Pero?
—Puedo decirle que no pertenece a ninguno de los cinco sospechosos oficiales.
Nell sintió que una tensión que llevaba horas acumulándose encontraba de pronto un lugar concreto donde instalarse.
—Entonces Peter Collins.
—No.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque Collins no estaba en Blackthorn esa noche.
—¿Está seguro?
—Tengo pruebas de que llegó al pueblo dos días después.
Nell se apoyó en el mostrador.
—Entonces hay otra persona.
—Sí.
Bennett sacó una fotografía. Era una ampliación de la cámara del puerto. El coche aparecía apenas unos segundos antes de desaparecer por la carretera del norte. El conductor era imposible de identificar, pero en el asiento del acompañante se distinguía una silueta. Nell miró la imagen.
—Hay dos personas.
—Eso parece.
—¿Y ninguna de las dos aparece en nuestra lista?
—No.
Nell recordó las palabras de Samuel Reed.
«Hay uno que no está en esa lista.»
—Quizá Reed sabía algo.
—Reed sabe muchas cosas.
—¿Y usted?
Bennett la observó durante unos segundos.
—Sé que alguien está intentando impedir que llegue al final.
—Eso ya lo sabía.
—No. Lo que quiero decir es que creo que quien la está amenazando sabe exactamente qué está buscando.
Nell miró el libro negro.
—Entonces podemos utilizarlo.
Bennett frunció el ceño.
—¿Utilizar qué?
—La información.
—No me gusta ese tono.
—No necesito que le guste.
Nell le explicó lo que había encontrado detrás del reloj y lo que había deducido al comparar las notas de Eleanor. Bennett escuchó sin interrumpir, pero cuando terminó negó lentamente con la cabeza.
—No puede enfrentarse sola a esa persona.
—No pienso hacerlo.
—¿Qué pretende?
Nell cerró el libro.
—Hacerle creer que he encontrado algo que en realidad no he encontrado.
Bennett permaneció callado.
—Una trampa —dijo finalmente.
—Exactamente.
La idea era sencilla, aunque peligrosa. Si alguien había estado vigilando a Nell y había demostrado que podía entrar en la librería, amenazarla y anticiparse a sus movimientos, probablemente reaccionaría ante la posibilidad de que ella hubiera descubierto el secreto que Eleanor había protegido durante décadas.
Pero para que la trampa funcionara, la información debía parecer auténtica.
No podía ser una mentira completa. Debía contener suficientes elementos verdaderos para que la persona que la recibiera creyera que Nell estaba a punto de revelar algo.
Y, sobre todo, debía obligar al culpable a tomar una decisión.
Nell eligió un libro. Era una antigua edición de The Moonstone , de Wilkie Collins, encuadernada en tela verde oscura y conservada durante años en una vitrina.
No tenía un valor extraordinario, pero Eleanor había escrito en la primera página una pequeña anotación: «Los buenos detectives no buscan culpables.
Buscan contradicciones». Nell arrancó una hoja de su propio cuaderno y escribió tres nombres: Henshaw, Reed y Mercer.
Añadió una hora: 20:43. Después escribió una frase deliberadamente incompleta.
Sarah vio quién salió del almacén. Eleanor descubrió quién abrió la puerta. Jonathan supo quién pagó. No añadió ningún nombre. Dobló el papel y lo introdujo en el libro.
—¿De verdad cree que funcionará? —preguntó Bennett.
—No.
—Excelente.
—Pero si funciona, sabremos quién tiene miedo.
Bennett aceptó vigilar discretamente la librería desde el exterior.
Nell abrió las puertas a las diez y continuó trabajando con aparente normalidad.
Vendió dos novelas, recibió una caja de libros usados y discutió con un proveedor sobre una factura incorrecta.
Durante varias horas no ocurrió nada. A mediodía, Martha pasó por la tienda y se sentó cinco minutos.
A la una, Arthur Pembroke apareció para devolverle el ejemplar de The Old Man and the Sea .
A las dos y media, un turista compró una guía de Blackthorn.
A las cuatro, una anciana entró buscando una novela romántica de segunda mano.
La vida continuó con una normalidad casi ofensiva mientras Nell esperaba que alguien reaccionara ante una amenaza que quizá ni siquiera había sido escuchada.
A las cinco y cuarenta y cinco, Nell colocó The Moonstone en una estantería concreta, a la altura de los ojos.
Después se marchó a la parte trasera. No tuvo que esperar mucho.
A las seis y doce, la campanilla de la puerta sonó.
Nell no salió inmediatamente. Escuchó pasos. Una voz masculina preguntó:
—¿Está usted ahí?
Nell reconoció la voz. Era Robert Henshaw. Salió de la trastienda con una expresión tranquila.
—Buenas tardes, alcalde.
Henshaw sonrió.
—Quería hablar con usted.
—¿Sobre qué?
—Sobre la librería.
—Eso suele ser una mala noticia.
Henshaw miró las estanterías.
—He oído que está pensando en vender.
—No.
—Quizá debería reconsiderarlo.
—¿Por qué?
—Porque este lugar ha empezado a atraer una atención que no le conviene.
Nell sintió que el corazón le latía con más fuerza.
—¿Qué clase de atención?
Henshaw sostuvo su mirada.
—La misma que atrajo a Eleanor.
—¿Conocía usted lo que Eleanor estaba buscando?
—Eleanor buscaba muchas cosas.
—Thomas Vale, por ejemplo.
El alcalde permaneció inmóvil.
—No sé qué le ha contado Margaret.
—No necesito que Margaret me cuente nada.
—Entonces quizá debería dejar de buscar.
—¿Por qué?
Henshaw se acercó un poco al mostrador.
—Porque hay verdades que destruyen más vidas cuando se conocen que cuando permanecen enterradas.
Nell recordó exactamente las palabras que él había utilizado semanas antes. Pero había algo diferente en su tono. No era una amenaza. Era miedo. Nell señaló la estantería.
—He encontrado el libro.
Henshaw no reaccionó.
—¿Qué libro?
—El que Eleanor escondió.
Una pausa. Demasiado breve para que un observador distraído la hubiera notado. Suficiente para Nell. Los ojos de Henshaw se desplazaron hacia The Moonstone . Solo durante un instante, pero lo hizo. Nell sintió que había encontrado la primera grieta.
—¿Qué contiene?
—No lo sé.
—¿No?
—Eleanor nunca me habló de ningún libro.
—Entonces no debería importarle.
Henshaw volvió a mirarla.
—¿Qué ha escrito?
Nell no respondió. El alcalde dio un paso hacia la estantería.
—Nell.
Era la primera vez que utilizaba su nombre.
—Dígame qué ha encontrado.
—¿Por qué?
—Porque puedo ayudarla.
—¿Como ayudó a Thomas Vale?
El rostro de Henshaw cambió. Fue apenas un movimiento en la mandíbula, una contracción mínima alrededor de los ojos, pero Nell lo vio.
—Usted no sabe de qué está hablando.
—Quizá no.
—Entonces tenga cuidado.
—Lo tengo.
Henshaw miró de nuevo hacia la estantería. Después se volvió hacia la puerta.
—Considere mi consejo.
—Lo consideraré.
Cuando salió, Nell esperó hasta escuchar sus pasos alejándose por la plaza. Bennett entró por la puerta trasera menos de un minuto después.
—¿Lo ha visto?
—Sí.
—¿Y?
Nell señaló el libro.
—Ha mirado exactamente donde quería que mirase.
Bennett tomó The Moonstone y comprobó el papel que había dentro.
—¿Y qué demuestra eso?
—Que Henshaw conoce el libro.
—No necesariamente.
—No. Pero demuestra algo mejor.
—¿Qué?
Nell tomó el libro y abrió la página marcada.
—Que alguien le habló de él.
Bennett la observó.
—¿Eleanor?
—Quizá.
—¿Harcourt?
—Quizá.
—¿Y si fue otra persona?
Nell recordó la frase de Eleanor: El hombre que falta no es el que desapareció. Es el que todos decidieron proteger.
Entonces comprendió que la trampa había funcionado, pero no de la manera que esperaba.
No había descubierto todavía quién era el asesino.
Había descubierto algo más útil: Robert Henshaw estaba reaccionando ante una información que no debería conocer, y eso significaba que alguien había compartido con él una parte de la investigación, probablemente mucho antes de que Nell llegara a Blackthorn.
Pero también significaba que Henshaw podía no ser el hombre al que Eleanor había protegido.
Podía ser simplemente uno de los hombres que habían protegido a otro.
Y si era así, las piezas empezaban a encajar alrededor de una ausencia que llevaba treinta años confundiendo a todos: Jonathan Price había desaparecido, Peter Collins había abandonado el pueblo, Sarah Vale había guardado silencio y Eleanor había permanecido allí, esperando.
Alguien había sobrevivido a aquella noche con la certeza de que el secreto podía permanecer enterrado para siempre, y Harcourt había muerto precisamente cuando parecía dispuesto a demostrar que esa certeza había dejado de ser válida.
Nell cerró el libro y miró hacia la puerta por la que acababa de salir Henshaw.
La verdadera trampa todavía no había terminado.
Ahora necesitaba saber quién le había dicho al alcalde que mirara aquella estantería, porque si conseguía responder a esa pregunta podría descubrir quién había estado moviendo los hilos durante los últimos treinta años y, sobre todo, quién había tenido una razón suficiente para matar a Edward Harcourt cuando comprendió que el antiguo silencio estaba a punto de romperse.
Por primera vez desde que había llegado a Blackthorn, Nell dejó de sentirse como una mujer que seguía las pistas de su tía y empezó a entender que Eleanor había preparado deliberadamente un camino para que ella pudiera obligar a los culpables a moverse, uno después de otro, hasta que alguno cometiera el único error que una persona que ha mentido durante treinta años no puede permitirse: contar la verdad sin darse cuenta de que la está contando.