Un cadáver en la librería Capítulo 20. El último libro
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Capítulo 20. El último libro

Durante los dos días siguientes, Nell descubrió que la librería podía convertirse en el lugar más incómodo del mundo cuando uno empezaba a desconfiar de quienes entraban en ella.

Antes de la muerte de Harcourt había considerado Blackthorn Books un refugio, una pequeña tienda donde las personas llegaban buscando historias ajenas y, durante unos minutos, podían olvidar las propias.

Ahora cada campanilla de la puerta provocaba en ella una breve tensión que procuraba disimular.

Observaba los rostros de los clientes, sus manos, sus abrigos, la manera en que miraban las estanterías y, sobre todo, aquello que parecían buscar.

Había aprendido que un lector interesado en un libro normalmente lo tocaba, lo abría, hojeaba algunas páginas y lo volvía a dejar o lo llevaba al mostrador.

Un investigador accidental, en cambio, podía pasar varios minutos fingiendo que buscaba una novela mientras sus ojos recorrían los lomos de los libros como si esperara encontrar una palabra concreta.

Desde que alguien había arrancado una página del ejemplar de The Sea Around Us , Nell no podía evitar preguntarse cuántas personas habían entrado en la librería durante las últimas semanas con un propósito distinto al de comprar un libro.

Aquella sospecha le parecía injusta, incluso paranoica, pero también recordaba que alguien había entrado de noche, había registrado el local y había dejado amenazas.

Ya no podía permitirse el lujo de considerar imposible aquello que un día antes le habría parecido absurdo.

A primera hora de la tarde, Nell recibió una llamada de Arthur Pembroke. El anticuario hablaba con su habitual calma, pero había algo extraño en su voz.

—He encontrado algo que creo que debería ver.

—¿Qué?

—Un libro.

Nell sonrió.

—Eso reduce bastante las posibilidades en Blackthorn.

—No haga bromas, señorita Whitmore.

—Perdón.

—Es un libro que perteneció a Eleanor.

Nell dejó de sonreír.

—¿Dónde estaba?

—En mi almacén.

—¿Cómo llegó allí?

—Eso es precisamente lo que no sé.

Nell cerró la librería durante unos minutos y caminó hasta el establecimiento de Pembroke.

El anticuario la esperaba en la parte trasera de la tienda, junto a una mesa cubierta de objetos antiguos.

El libro estaba envuelto en un paño gris.

Era un volumen de tapa dura, bastante deteriorado, de color azul oscuro.

No parecía especialmente valioso. El título estaba casi borrado: The Old Man and the Sea. Nell lo tomó.

—¿De dónde lo sacaste?

—Estaba en una caja que compré hace seis meses.

—¿Por qué lo has mirado ahora?

—Porque esta mañana recordé algo.

—¿Qué?

—Eleanor vino a mi tienda en diciembre de 1996.

Nell levantó la cabeza.

—¿Después de la muerte de Vale?

—Sí.

—¿Qué buscaba?

—Un libro.

Nell observó el ejemplar.

—¿Este?

—No estoy seguro.

—¿Qué recuerda?

Pembroke se acomodó las gafas.

—Me pidió un libro que tuviera relación con el mar y con un hombre que desaparece.

Nell sintió un escalofrío.

—¿Eso fue lo que dijo?

—Más o menos.

—¿Y se lo diste?

—Sí.

—¿Cuál?

—No lo recuerdo.

—¿Y cómo sabes que era este?

Pembroke señaló una pequeña marca en la contraportada.

—Porque Eleanor acostumbraba a hacer esto.

Era un diminuto círculo trazado con lápiz.

Nell lo reconoció. Su tía marcaba así algunos libros cuando quería recordar que contenían algo que no debía olvidarse.

—¿Puedo llevármelo?

—No.

Nell lo miró.

—¿No?

—Primero quiero saber por qué alguien lo ha devuelto.

—¿Cómo sabes que alguien lo devolvió?

Pembroke señaló la fecha de la caja.

—La compré a un hombre que no conocía.

—¿Quién?

—No me dio su nombre.

—¿Cuándo?

—Hace tres días.

Nell sintió que aquella coincidencia era demasiado precisa.

—¿Tres días?

—Sí.

—Después de que Harcourt muriera.

Pembroke asintió.

—Exactamente.

Nell abrió el libro.

Las primeras páginas estaban en blanco. No había nombre del propietario. Tampoco dedicatoria. Pasó hojas lentamente. En apariencia era una novela normal. Sin embargo, en la página 113 encontró una pequeña anotación a lápiz: 21/11/96 — 20:43. Nell miró a Pembroke.

—Este libro es el que buscaba Eleanor.

—Eso parece.

—¿Por qué?

—Porque probablemente contiene algo.

Nell continuó pasando páginas. En la 147 había una marca. No una anotación, sino un pequeño doblez en la esquina. La misma página que aparecía marcada en el libro verde.

—Esto no puede ser casualidad.

—En Blackthorn, últimamente, pocas cosas lo son.

Nell examinó el margen inferior. Había una serie de números: 14, 7, 21, 5 y 3. No parecían fechas. Parecían posiciones.

—¿Un código?

Pembroke se acercó.

—Eleanor utilizaba códigos.

—¿Lo sabes?

—Una vez me pidió que identificara una edición antigua utilizando únicamente tres números.

—¿Y?

—Era una forma de localizar libros dentro de una estantería.

Nell sintió que acababa de comprender algo.

—Las coordenadas.

—¿Qué?

—Los números indican una posición.

Regresó a Blackthorn Books con el volumen bajo el brazo.

Durante el trayecto pensó en todas las veces que Eleanor había utilizado la propia librería como un sistema de almacenamiento secreto.

No había escondido únicamente documentos en el sótano.

También podía haber escondido información a plena vista.

Una librería era un lugar perfecto para hacerlo.

Miles de libros, cientos de estanterías, ediciones distintas, números de página, autores, títulos y fechas.

Cualquiera que desconociera el código podía pasar años buscando sin encontrar nada.

Pero alguien que hubiese conocido a Eleanor podía saber que un libro marcado significaba algo.

Harcourt lo sabía. Peter quizá lo sabía.

Arthur Pembroke también. Y, probablemente, alguien más.

Una vez dentro, Nell llevó el libro hasta la sección de literatura marítima.

El código 14-7-21-5-3 podía significar muchas cosas.

Probó primero con las estanterías. La decimocuarta fila, séptimo estante, vigésimo primer libro, quinta palabra, tercera página.

No funcionó. Después recordó una costumbre de Eleanor: cuando organizaba primeras ediciones, no utilizaba únicamente el orden alfabético.

Clasificaba algunos libros según el año de publicación.

Nell revisó las etiquetas antiguas de los estantes y finalmente encontró una sección que no aparecía en el catálogo moderno.

Allí había una pequeña placa de latón con una palabra: MAR.

El libro número veintiuno era un volumen de poesía. La quinta página contenía una palabra subrayada: marea. La tercera palabra después de ella era: norte.

Nell sonrió. Había encontrado la primera dirección.

El código no señalaba un lugar dentro de la librería.

Señalaba el puerto. Esa misma tarde, acompañada por Bennett, regresó al muelle.

La marea estaba bajando y dejaba al descubierto una franja de piedras oscuras bajo las estructuras del puerto.

El inspector llevaba la fotografía de 1996 y una copia del plano antiguo. Nell llevaba el libro.

—¿Qué buscamos?

—No lo sé todavía.

—Eso empieza a convertirse en su respuesta favorita.

—Y usted empieza a convertirse en mi principal preocupación.

Nell sonrió.

—Lo consideraré un cumplido.

El lugar indicado por el código correspondía a una antigua caseta de mantenimiento que ya no se utilizaba.

La puerta estaba cerrada, pero no con llave.

Dentro había herramientas oxidadas y cajas vacías.

Bennett revisó las paredes mientras Nell observaba el suelo.

En una esquina encontró una tabla ligeramente levantada.

Debajo había un pequeño compartimento. Dentro había un cuaderno. No era de Eleanor. Tampoco de Thomas. La primera página tenía un nombre: Jonathan Price. Nell lo abrió con cuidado.

Las primeras entradas eran cuentas del astillero.

Números, fechas, cantidades y nombres de empresas.

Pero a partir de noviembre de 1996 las anotaciones cambiaban.

Jonathan había comenzado a escribir detalles personales.

El 18 de noviembre había anotado que Thomas estaba preocupado.

El 20, que había encontrado documentos que no coincidían con los registros municipales. Y el 21 había escrito una sola frase:

«Thomas sabe quién lo está haciendo.»

La siguiente página estaba arrancada. La siguiente también.

Después aparecía una entrada del 22 de noviembre: «Thomas está muerto.

Harcourt dice que fue un accidente. No le creo.

» Nell pasó la página: «Sarah sabe algo.

» Pasó otra: «Eleanor también.». Luego otra:  «Si me ocurre algo, buscar en el libro que Eleanor guarda detrás del reloj. »

Nell se quedó inmóvil. El reloj. El viejo reloj detenido a las 9:17. La misma hora que aparecía asociada al coche que había abandonado el puerto y, años después, a la muerte de Harcourt. Bennett leyó la anotación.

—¿Tiene ese reloj en la librería?

—Sí.

Regresaron inmediatamente. El reloj seguía colgado en la pared del fondo, exactamente donde había estado desde que Nell llegó.

Nunca había intentado moverlo porque era pesado y estaba fijado con dos soportes antiguos.

Bennett lo descolgó mientras Nell sostenía la parte inferior.

Detrás no había ningún compartimento evidente.

Solo una cavidad estrecha en la pared. Y dentro había un libro.

Nell lo sacó. Era pequeño, de tapas negras y sin título.

Lo abrió. En la primera página estaba escrito: para quien llegue hasta aquí.

La letra era de Eleanor. Debajo aparecía una fecha: 3 de septiembre de 2026. Nell levantó la mirada.

—Esto no puede ser.

Bennett palideció.

—¿Qué ocurre?

—La fecha.

—¿Qué tiene?

—Hoy es 3 de septiembre.

Bennett miró el libro. Nell pasó la página. Solo había una frase: «Si estás leyendo esto, Harcourt ha muerto.»

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Eleanor había escrito aquella frase antes de morir. Había previsto la muerte de Harcourt o había sabido que podía ocurrir.

Nell pasó otra página: «No busques al asesino primero.

Busca aquello que Harcourt quería contar.

» La página siguiente contenía varios nombres: Edward Harcourt, Robert Henshaw, Samuel Reed, Daniel Mercer, Jonathan Price, Peter Collins, Sarah Vale y finalmente, debajo de todos ellos, una última línea: «el hombre que falta no es el que desapareció. Es el que todos decidieron proteger».

Nell cerró lentamente el libro. Ya no estaba buscando únicamente quién había matado a Harcourt.

Tampoco quién había matado a Thomas Vale.

Eleanor había dejado claro que ambas preguntas estaban subordinadas a otra mucho más importante.

Alguien había sido protegido durante treinta años, y aquella protección había obligado a otras personas a mentir, a desaparecer, a guardar documentos, a cambiar testimonios y, finalmente, a matar.

Nell comprendió entonces por qué Harcourt había insistido tanto en comprar la librería, por qué había mirado aquella estantería concreta y por qué su tía había guardado aquel último libro detrás de un reloj detenido a las 9:17.

Harcourt no buscaba el edificio; buscaba el mensaje que Eleanor había preparado para después de su muerte.

Y ahora Nell tenía delante la prueba de que su tía había sabido que el pasado acabaría regresando, quizá porque había recibido una advertencia, quizá porque había reconocido en alguien de Blackthorn la misma sombra que había visto treinta años atrás, pero en cualquier caso había dejado preparado el camino para que la verdad pudiera encontrarse incluso si ella ya no estaba allí para señalarlo.

Nell volvió a abrir el libro y pasó los dedos por la última página, donde Eleanor había escrito una única instrucción más, no como una orden desesperada sino como el consejo paciente de una mujer que había dedicado media vida a esperar el momento adecuado: «Cuando descubras quién fue protegido, entenderás por qué Harcourt tuvo que morir, quién decidió que debía morir y por qué alguien volverá a intentarlo contigo».

Y mientras Bennett permanecía a su lado en silencio, Nell comprendió que el verdadero misterio ya no consistía en descubrir qué había ocurrido treinta años atrás, sino en averiguar quién había decidido que aquella vieja mentira todavía valía una vida.