Un cadáver en la librería Capítulo 19. El testimonio imposible
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Capítulo 19. El testimonio imposible

La conversación con Robert Henshaw dejó a Nell con una certeza que, paradójicamente, no le proporcionaba ninguna tranquilidad.

El alcalde no había confesado nada, pero tampoco había conseguido ocultar su reacción al mencionar a Edward Harcourt.

Había bastado un nombre para que aquella expresión cordial y cuidadosamente estudiada se resquebrajara durante un segundo.

Nell había aprendido que las personas podían mentir con las palabras, pero rara vez conseguían hacerlo con el cuerpo.

Un cambio repentino en la respiración, una mano que buscaba apoyo sobre una mesa, una mirada desviada hacia una ventana, cualquier gesto podía traicionar lo que la boca negaba.

Eleanor le había enseñado aquello sin proponérselo, durante las pocas conversaciones que habían mantenido sobre la gente de Blackthorn.

«Observa cómo se comportan cuando creen que nadie los está mirando», le había dicho una vez, muchos años atrás, cuando Nell todavía era demasiado joven para comprender que aquella recomendación servía tanto para los clientes de una librería como para los sospechosos de un crimen.

Ahora empezaba a entender por qué su tía había sobrevivido tantos años rodeada de secretos.

No confiaba únicamente en lo que las personas decían.

Confiaba en las contradicciones que dejaban escapar.

Al regresar a la librería encontró a Margaret Finch esperándola.

Estaba sentada en el sillón junto a la ventana, con las manos apoyadas sobre su bastón y un libro cerrado sobre las rodillas.

No parecía una visita casual. Margaret tenía una manera particular de esperar que hacía innecesarias las explicaciones: permanecía inmóvil, observando, como si supiera que tarde o temprano la persona que tenía delante terminaría contándole aquello que había venido a buscar.

Nell cerró la puerta detrás de ella y dejó el bolso sobre el mostrador.

—¿Cómo sabías que iba a volver ahora?

Margaret levantó una ceja.

—No lo sabía.

—Pareces demasiado tranquila.

—A mi edad una aprende a no desperdiciar la tranquilidad cuando la tiene.

Nell sonrió débilmente.

—He hablado con Henshaw.

—Lo imaginaba.

—Me dijo que hay verdades que no devuelven la vida a los muertos.

Margaret bajó los ojos hacia el libro que sostenía.

—Es una frase muy propia de Robert.

—¿Qué significa?

—Que sigue teniendo miedo.

Aquella respuesta hizo que Nell se sentara frente a ella.

—¿Miedo de qué?

Margaret tardó unos segundos en contestar.

—De una mujer que lleva treinta años muerta.

—¿Eleanor?

—No.

Nell frunció el ceño.

—¿Entonces de quién?

Margaret levantó lentamente la mirada.

—De Sarah Vale.

El nombre pareció cambiar la temperatura de la habitación.

Nell recordó todo lo que había averiguado sobre ella: hermana de Thomas, heredera de parte de sus propiedades, testigo aquella noche, mujer que había tomado la fotografía con el temporizador de su cámara y que, según Eleanor, había visto un coche junto al muelle.

Sarah había permanecido en Blackthorn durante años y después había vendido los terrenos heredados.

Había muerto ocho años atrás. Hasta ese momento Nell había considerado que su papel era el de una testigo que sabía algo pero no había querido hablar.

Ahora comenzaba a preguntarse si la palabra testigo era demasiado pequeña.

—¿Qué sabía Sarah?

Margaret se inclinó ligeramente hacia delante.

—Lo que ocurrió aquella noche.

—¿Lo vio?

—Sí.

—¿Todo?

—No existe nadie que vea todo en una noche como aquella. Pero vio suficiente.

Nell recordó la frase escrita por Eleanor.

«Sarah se marchó antes que los demás.»

—¿Por qué nunca habló con la policía?

—Porque tenía miedo.

—Eso ya me lo dijo Martha.

—Martha conoce una parte.

—¿Y tú?

Margaret suspiró.

—Yo conozco otra.

Nell esperó.

—Sarah vino a mi casa dos días después de la muerte de Thomas.

—¿Dos días después?

—Sí. Llegó por la mañana. Estaba completamente alterada. No había dormido. Me dijo que la policía quería que volviera a declarar porque algunas cosas no coincidían con su primera versión.

—¿Qué cosas?

—La hora.

Nell recordó el registro del puerto.

—¿La hora de la muerte?

—La hora en la que había visto a Thomas por última vez.

—¿Qué dijo?

Margaret cerró los ojos un instante, como si estuviera buscando una conversación perdida entre miles de recuerdos.

—Dijo que Thomas no estaba solo.

Nell sintió que se le aceleraba el pulso.

—¿Con quién estaba?

—Eso fue precisamente lo que nunca quiso decir.

—¿Por qué?

—Porque el hombre que estaba con Thomas le había pedido que guardara silencio.

—¿La amenazó?

—No exactamente.

—¿Qué hizo?

Margaret miró hacia la puerta de la librería antes de responder.

—Le dijo que si hablaba, alguien más moriría.

Durante unos segundos Nell no pudo responder.

La amenaza de 2026 parecía reflejarse en aquella frase de 1996 como una imagen deformada por el tiempo.

Alguien había utilizado el miedo para controlar a Sarah y, treinta años después, alguien estaba utilizando el mismo método con ella.

No podía saber si se trataba de la misma persona, de un heredero de aquel secreto o de alguien que simplemente había aprendido a utilizar las mismas amenazas.

Pero la coincidencia era demasiado precisa para ignorarla.

—¿Quién era ese hombre?

Margaret negó con la cabeza.

—Sarah no me lo dijo.

—Pero tú viste a Sarah.

—Sí.

—¿Y nunca te enseñó nada?

—Una vez.

Margaret abrió el libro que llevaba sobre las rodillas. Dentro había un pequeño sobre blanco.

—Me entregó esto.

Nell lo tomó. Dentro había una fotografía.

No era la famosa fotografía de siete personas.

Era una imagen mucho más sencilla: el interior del astillero de Thomas Vale.

Se distinguían herramientas, cajas y una estructura metálica al fondo.

En el margen izquierdo aparecía Thomas. Estaba hablando con un hombre cuya cara quedaba parcialmente oculta por una columna. Nell acercó la fotografía a la luz.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿Sarah lo sabía?

—Sí.

—¿Por qué no aparece en la otra fotografía?

—Porque la otra se tomó después.

Nell miró de nuevo la imagen.

—¿Qué fecha tiene?

Margaret señaló el reverso. 21 de noviembre de 1996. 20:43.

Nell recordó la anotación de Eleanor: 20:05. P.C, 20:43, 21:05, 21:10 y 21:17.

La fotografía demostraba que Thomas estaba vivo a las 20:43 y que estaba acompañado por alguien cuya identidad seguía sin aparecer en ninguno de los documentos.

—¿Cuándo te dio esto Sarah?

—Tres días antes de morir.

Nell levantó la mirada.

—¿Hace ocho años?

—Sí.

—¿Por qué esperó tanto?

—Porque durante treinta años creyó que podía proteger a alguien.

—¿A quién?

Margaret la miró fijamente.

—Eso no me lo dijo.

Nell dejó la fotografía sobre la mesa.

—Pero sabes que era un hombre.

—Lo sé.

—Y sabes que estaba con Thomas.

—Sí.

—¿Cómo puedes estar segura?

Margaret señaló una esquina de la fotografía.

—Mira la mano de Thomas.

Nell se inclinó. Thomas tenía una carpeta bajo el brazo. La otra mano estaba extendida hacia el hombre. No parecía una discusión. Parecía estar entregándole algo.

—¿Qué es eso?

—Una carpeta.

—¿Y qué había dentro?

—Sarah dijo que eran documentos del puerto.

Nell sintió que la pieza que faltaba se aproximaba peligrosamente.

—¿Y después?

Margaret negó lentamente.

—Después Thomas murió.

—Y los documentos desaparecieron.

—Sí.

Nell miró la fotografía otra vez. El hombre tenía el cuerpo ligeramente inclinado y llevaba un reloj metálico en la muñeca izquierda.

No podía verle el rostro, pero algo en la ropa le resultaba familiar.

No era Harcourt. Al menos no parecía serlo.

Tampoco Henshaw. El abrigo era demasiado largo y el corte demasiado sencillo.

Reed podía haberlo llevado, aunque Nell no tenía ninguna manera de saberlo.

Daniel Mercer era mucho más joven entonces y, según Margaret, había llegado acompañado por su padre.

La figura parecía tener una edad cercana a los cuarenta años.

—¿Sarah conservó alguna otra fotografía?

—No.

—¿Dónde estaba esta?

—En su casa.

—¿Y por qué te la dio?

Margaret guardó silencio.

—Margaret.

—Porque sabía que iba a morir.

La frase no tuvo nada de teatral. Precisamente por eso resultó más dolorosa.

—¿Estaba enferma?

—Sí.

—¿Y qué te dijo?

Margaret apretó los labios.

—Me dijo que había esperado demasiado.

—¿A qué?

—A que alguien volviera.

Nell sintió un escalofrío.

—¿Quién?

—No lo sabía.

—¿Cómo podía esperar a alguien si no sabía quién era?

—Porque Sarah sabía que aquella persona regresaría.

La conversación quedó interrumpida por el sonido de la campanilla de la puerta.

Ambas se volvieron. Era un hombre joven que buscaba una novela de viajes y no parecía tener relación alguna con lo que ocurría.

Nell le ayudó a encontrar el libro, cobró la compra y esperó hasta que salió.

Cuando cerró la puerta, Margaret seguía mirando la fotografía.

—Hay algo más —dijo.

Nell regresó junto a ella.

—¿Qué?

—Sarah recibió una llamada la noche anterior a su muerte.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Y qué dijo?

—Solo escuché una parte.

Margaret bajó la voz.

—«No puedes seguir protegiéndolo».

Nell sintió que la piel se le erizaba.

—¿A quién protegía?

—Eso es lo que nunca descubrí.

Nell volvió a mirar la fotografía. Por primera vez comprendió que el misterio no consistía únicamente en saber quién había matado a Thomas Vale.

Había alguien a quien Sarah había protegido durante treinta años.

Alguien que podía ser la persona de la fotografía.

Alguien cuya identidad Eleanor había investigado hasta el final.

Y si Harcourt había decidido hablar, quizá no lo hacía para confesar un crimen, sino para revelar quién había sido protegido durante todo aquel tiempo.

—Necesito ver los documentos de Sarah.

Margaret negó con la cabeza.

—No existen.

—¿Cómo que no?

—Su casa fue vaciada después de su muerte.

—¿Por quién?

—Por un sobrino que vive en Bristol.

—¿Y los documentos?

—Dijo que no había nada importante.

Nell se levantó.

—Eso es imposible.

Margaret sonrió tristemente.

—Tu tía decía exactamente lo mismo.

Aquella tarde Nell llamó a Bennett y le contó lo que había descubierto, incluida la fotografía.

El inspector apareció en la librería poco después.

Cuando vio la imagen, permaneció varios segundos en silencio.

Después sacó una fotografía de su propia carpeta y la colocó junto a ella.

Era una copia de un informe policial de 1996.

En el margen había una descripción escrita a máquina: «Se interrogó a Thomas Vale a las 20:45 aproximadamente en presencia de tres personas». El nombre de las personas había sido eliminado.

Nell miró a Bennett.

—¿Por qué está tachado?

—No lo sé.

—¿Quién hizo el informe?

—Mi padre.

Nell sintió que el misterio acababa de adquirir una dimensión nueva.

—¿Su padre sabía quién estaba con Vale?

—Sí.

—¿Y por qué eliminó los nombres?

Bennett tardó en contestar.

—Porque recibió una orden.

—¿De quién?

El inspector la miró directamente.

—Del entonces jefe de policía.

—¿Y quién era?

Bennett bajó la mirada hacia el informe.

—Robert Henshaw no.

Nell esperaba un nombre, pero Bennett no lo pronunció.

—¿Está diciendo que el hombre que acompañaba a Thomas no era uno de los cinco sospechosos?

—Estoy diciendo que quizá hemos estado buscando a las personas equivocadas.

—Entonces ¿quién era?

Bennett guardó el informe.

—Eso es lo que intento averiguar.

Aquella noche, después de que Bennett se marchara, Nell regresó al sótano y colocó la nueva fotografía junto a todas las demás.

Había ahora demasiadas piezas para seguir tratándolas como coincidencias aisladas: la imagen de Thomas acompañado a las 20:43, la figura desconocida de la segunda fotografía, la desaparición de Jonathan Price, la casa mantenida durante décadas, las amenazas, la página arrancada del libro verde y la reacción de Harcourt cuando Nell había mencionado el pasado.

Sin embargo, una pregunta seguía dominándolo todo.

Si Sarah había protegido a alguien durante treinta años, ¿por qué esa persona seguía necesitando protección después de su muerte?

Y si Harcourt había decidido hablar precisamente ahora, ¿qué había cambiado para obligarlo a hacerlo?

Nell volvió a estudiar el rostro parcialmente oculto del hombre de la fotografía y comprendió que la respuesta quizá no estuviera en descubrir quién era, sino en averiguar quién había querido que nadie supiera que estaba allí; porque mientras contemplaba aquella imagen tomada pocos minutos antes de que Thomas Vale desapareciera de la historia, Nell entendió que el verdadero testimonio imposible no era el de una persona que hubiera visto un asesinato, sino el de una fotografía que demostraba que alguien había estado allí y que, durante treinta años, había conseguido convencer a todo un pueblo de que nunca había existido.