Capítulo 18. El verdadero motivo
Bennett llegó a la casa de Price con la expresión de un hombre que acababa de confirmar una sospecha que habría preferido mantener en el terreno de las posibilidades.
Bajó del coche sin cerrar siquiera la puerta y cruzó la calle mientras Nell permanecía junto a la farola con la fotografía entre las manos.
La niebla se había espesado y el aire olía a sal y a piedra mojada.
Durante unos segundos ninguno de los dos habló.
Bennett miró primero la ventana del piso superior, después la puerta azul y finalmente la fotografía que Nell sostenía.
Cuando ella se la entregó, el inspector la examinó bajo la luz amarillenta de la calle.
No pareció sorprendido por la imagen de Thomas Vale.
Lo que le produjo una reacción fue el reverso.
Sus ojos recorrieron la frase de Eleanor y después volvieron a la fecha.
Nell lo observó con atención. Aquella era la primera vez que veía a Bennett perder durante un instante su habitual control.
—¿Conocía esta fotografía?
—No.
—Pero conoce a Jonathan Price.
—Sí.
—Y sabía que la casa no estaba realmente abandonada.
—No sabía eso.
Nell señaló la ventana.
—Había dos personas dentro.
—¿Está segura de que eran dos?
—Sí.
—¿Podría haber sido un reflejo?
—No.
Bennett no discutió.
—¿Entramos?
Nell lo miró.
—¿No era yo quien no debía hacerlo?
—Ahora ya tenemos motivos suficientes para hacerlo legalmente.
La puerta no estaba cerrada con llave. Bennett la empujó con cuidado y encendió la linterna.
El interior olía a humedad, madera vieja y algo más reciente que Nell no supo identificar.
No era exactamente polvo. Había un aroma tenue a tabaco, aunque nadie parecía haber fumado allí durante años.
El recibidor estaba vacío. Una mesa estrecha permanecía contra la pared y sobre ella había un jarrón sin flores.
Las habitaciones de la planta baja estaban prácticamente desnudas.
No había fotografías familiares, ni libros, ni objetos personales.
Era una casa que parecía haber sido preparada para parecer abandonada, no una vivienda que hubiese quedado olvidada de forma natural.
Nell comprendió la diferencia mientras seguía a Bennett por el pasillo.
En una casa realmente abandonada quedaban rastros de la vida anterior: una taza, una caja, una silla cubierta por una sábana, algún objeto que nadie consideró suficientemente importante para llevárselo.
Allí no había nada. Alguien había vaciado la casa con una precisión casi profesional.
Subieron las escaleras. La puerta del piso superior estaba entreabierta.
Bennett levantó una mano para detenerla y entró primero.
El dormitorio estaba vacío. La ventana permanecía cerrada.
Había una silla junto a ella y sobre la silla un abrigo oscuro todavía húmedo.
Nell reconoció el corte. Era el mismo tipo de abrigo que había visto en la fotografía de 1996. Bennett lo observó.
—No toque nada.
—No iba a hacerlo.
—Lo estaba pensando.
—Quizá.
En una mesa encontraron una taza todavía tibia. Bennett la miró.
—No llevan mucho tiempo fuera.
Nell se acercó a la pared. Había un calendario nuevo colgado junto a la puerta. Septiembre de 2026. Una de las fechas estaba marcada con tinta negra. El día del asesinato de Harcourt. Nell sintió que se le helaban las manos.
—Esto ya no tiene nada que ver solo con Thomas Vale.
Bennett no respondió. En la habitación contigua encontraron una pequeña mesa cubierta de papeles. La mayoría eran documentos sin importancia, pero uno llamó la atención de Nell. Era una factura de electricidad a nombre de Jonathan Price. La fecha correspondía al mes anterior.
—Alguien paga las facturas —dijo Nell.
—Sí.
—La misma persona desde hace años.
Bennett examinó el documento.
—No aparece ningún nombre.
—¿Por qué alguien mantendría esta casa?
—Para conservar un lugar donde alguien pudiera esconderse.
Nell recordó la amenaza.
—O para conservar un lugar donde alguien pudiera guardar algo.
Bennett la miró. No llegaron a descubrir qué.
Un ruido procedente de la planta baja hizo que ambos se volvieran.
Después se oyó el golpe de una puerta. Bennett bajó las escaleras rápidamente.
Nell lo siguió. La puerta principal estaba abierta y el viento entraba directamente al recibidor.
No había nadie en la calle. Solo una figura oscura que desaparecía al final de la esquina.
Bennett corrió detrás. Nell permaneció en la puerta.
La persecución duró menos de un minuto. Bennett regresó sin haber conseguido alcanzarlo.
—¿Lo vio?
—Lo suficiente.
—¿Quién era?
—No lo sé.
Nell no le creyó.
—Sí lo sabe.
—Sé quién creo que puede ser.
—¿Y?
—No tengo pruebas.
Nell volvió a mirar la casa.
—Cada vez que me dice eso, alguien más desaparece.
Bennett guardó silencio. Antes de abandonar el edificio, registró el resto de las habitaciones.
No encontraron a nadie. Tampoco encontraron documentos que identificaran al ocupante reciente.
Sin embargo, en el dormitorio apareció una pequeña caja metálica escondida debajo de una tabla suelta.
Bennett la abrió con una navaja. Dentro había varios negativos fotográficos, dos llaves antiguas y una hoja doblada.
Nell reconoció inmediatamente la letra. Era la de Eleanor. La hoja solo contenía una frase: «Si Jonathan ha desaparecido, significa que Harcourt ha decidido hablar.»
Nell miró al inspector.
—¿Cuándo escribió esto?
Bennett examinó el papel.
—No lo sé.
—Pero sabemos que fue antes de su muerte.
—Sí.
—Entonces mi tía esperaba que Harcourt hablara.
Bennett no contestó.
—¿Sobre qué?
El inspector dobló la hoja.
—Sobre la verdad.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que puedo darle ahora.
Regresaron a Blackthorn Books pasada la medianoche.
Nell estaba agotada, pero sabía que no conseguiría dormir.
La frase de Eleanor había cambiado el significado de todo lo que había encontrado.
Hasta entonces había supuesto que Harcourt era uno de los hombres que habían protegido el secreto de 1996.
Ahora aparecía otra posibilidad: Harcourt había estado intentando hablar.
Quizá la compra de la librería no era únicamente una operación inmobiliaria.
Quizá necesitaba acceder a algo que Eleanor conservaba allí.
Quizá el edificio era importante no por su valor comercial, sino por lo que escondía.
Recordó la insistencia de Harcourt en comprarlo completo.
Recordó que había mirado dos veces una estantería concreta.
Recordó también la conversación que habían tenido cuando él mencionó que él y Eleanor habían dejado una conversación pendiente.
En aquel momento Nell había interpretado sus palabras como una amenaza velada.
Ahora empezaba a preguntarse si habían sido una petición desesperada.
Bajó al sótano y colocó todos los documentos sobre la mesa.
El libro verde quedó en el centro. A su lado puso la fotografía de Thomas y Jonathan, la segunda fotografía del almacén, la nota de Eleanor y las copias del registro del puerto.
Intentó construir una línea temporal nueva.
En 1996, Thomas Vale había descubierto irregularidades relacionadas con los terrenos.
Había discutido con Harcourt, Henshaw y Reed.
Peter Collins investigaba el asunto. Eleanor sospechaba que la muerte no había sido accidental.
Jonathan Price, que llevaba las cuentas del astillero, sabía algo.
Tres meses después de la muerte de Thomas, Jonathan desapareció.
La versión oficial decía que se había marchado voluntariamente.
Eleanor no lo creyó. Treinta años más tarde, Harcourt regresó a la librería, insistió en comprarla y murió antes de poder mantener aquella conversación pendiente con Nell.
Peter reapareció. Jonathan parecía seguir vinculado a alguien que pagaba la casa.
Y alguien estaba amenazando a Nell para que dejara de buscar.
Aquello ya no parecía una sucesión de casualidades.
Había una continuidad evidente entre los acontecimientos de 1996 y los de 2026.
Nell abrió el cajón donde había guardado el recibo de The Lantern. Las iniciales seguían allí: R.H, C.H, S.R, D.M y R.H. Cinco nombres. Cinco personas. Y la fotografía decía que cinco personas habían estado allí y una de ellas había mentido. Pero ahora existía una sexta persona: Jonathan Price.
Nell sintió que el verdadero problema era que habían estado contando mal desde el principio.
Tal vez los cinco nombres no eran los cinco protagonistas de aquella noche, sino los cinco hombres que tenían un motivo para ocultar lo ocurrido después.
Jonathan podía ser el testigo que había visto demasiado.
Sarah podía ser la mujer que había intentado hablar.
Peter podía ser el periodista que había intentado demostrarlo.
Eleanor podía ser la persona que había conservado las pruebas.
Y Harcourt podía ser el hombre que, después de treinta años, había decidido que ya no quería seguir callando.
Entonces comprendió algo que hasta ese momento había pasado por alto. Harcourt había dicho que él y Eleanor tenían una conversación pendiente. No había dicho que tuvieran una deuda. Ni que fueran enemigos. Había dicho conversación. Una conversación que nunca llegó a producirse.
Nell tomó el libro verde y volvió a examinar la página 147.
La anotación «Él lo sabe» podía referirse a Harcourt, pero quizá no significaba lo que había pensado.
Debajo estaba el pequeño rastro de la frase borrada: «No fue él».
Hasta entonces había interpretado aquellas palabras como una defensa de Harcourt.
Pero ahora podía significar otra cosa. Tal vez Eleanor había descubierto que Harcourt sabía quién había matado a Thomas, pero no había sido él quien lo había hecho.
Quizá por eso habían permanecido vinculados durante treinta años.
Harcourt podía haber sido cómplice, testigo o incluso alguien que había intentado reparar una culpa antigua.
Y si estaba a punto de hablar, entonces su asesinato tenía un motivo mucho más poderoso que impedir una venta inmobiliaria.
Nell buscó entre los documentos una referencia a las propiedades de Thomas Vale.
Encontró un plano del puerto de 1996 y otro de 1997.
Los colocó uno sobre otro. Había varios terrenos que habían cambiado de propietario durante aquel año.
Uno pertenecía a Vale. Otro había pasado a una empresa vinculada a Harcourt.
Un tercero aparecía registrado a nombre de una sociedad que Nell no reconocía.
La sociedad se llamaba Blackthorn Harbour Holdings.
Nell conocía aquel nombre. Lo había visto en el despacho del alcalde. Robert Henshaw tenía una fotografía del puerto en la pared. Y en una de las carpetas de su escritorio había aparecido precisamente aquel nombre.
Nell recordó entonces otra frase del alcalde: «Pequeños pueblos como este tienen demasiada memoria». Hasta ese momento le había parecido una frase pretenciosa. Ahora parecía una confesión involuntaria.
La mañana siguiente, Nell acudió al ayuntamiento.
Henshaw estaba en su despacho y pareció genuinamente sorprendido al verla.
Sin embargo, la sorpresa desapareció en cuanto Nell mencionó Blackthorn Harbour Holdings.
El alcalde se quedó inmóvil durante una fracción de segundo y después recuperó su sonrisa.
—Una empresa antigua.
—Muy antigua.
—Ya no existe.
—¿Quién la creó?
—No lo recuerdo.
—¿Harcourt?
—Entre otros.
—¿Usted?
Henshaw la miró.
—Yo era un empleado municipal.
—Eso no responde.
—No tengo por qué responder a acusaciones sin fundamento.
Nell sacó una copia del registro.
—Thomas Vale murió la noche después de discutir con usted, Harcourt y Reed.
—Eso ocurrió hace treinta años.
—Y Jonathan Price desapareció unos meses después.
Henshaw perdió la sonrisa.
—¿Quién le ha hablado de Price?
Nell comprendió que había cometido un error.
—Entonces lo conocía.
—Todo el mundo conocía a Jonathan.
—¿Dónde está?
—No lo sé.
—¿Y quién pagó su casa durante treinta años?
Henshaw se levantó.
—Creo que esta conversación ha terminado.
Nell no se movió.
—Edward Harcourt estaba dispuesto a hablar.
Henshaw palideció. Fue solo un instante. Pero Nell lo vio.
—¿Qué iba a contar?
—No sé de qué está hablando.
—Sí lo sabe.
Henshaw caminó hasta la ventana.
—Señora Whitmore, hay verdades que no mejoran la vida de nadie.
—Eso es lo que dice la gente que lleva treinta años ocultándolas.
El alcalde se volvió lentamente.
—Su tía era una mujer muy inteligente.
—Sí.
—Y también era consciente de que algunas cosas deben permanecer enterradas.
—¿Por qué?
—Porque desenterrarlas no devuelve a los muertos.
Nell sostuvo su mirada.
—Pero puede explicar por qué murieron.
Henshaw no respondió.
Cuando Nell salió del ayuntamiento, ya no tenía dudas de que Harcourt había sido asesinado por algo relacionado con 1996.
La oferta de compra, el edificio, el libro verde y la conversación pendiente habían sido piezas de un mismo problema.
Harcourt no había venido simplemente a comprar una propiedad; había venido porque necesitaba algo que Eleanor había conservado durante treinta años.
Y alguien había descubierto que estaba dispuesto a hablar.
Mientras regresaba a Blackthorn Books, Nell comprendió por fin cuál era el verdadero motivo que unía los dos asesinatos separados por tres décadas: no era el dinero, ni el puerto, ni siquiera la propiedad de la librería, sino el miedo de un grupo de personas a que una verdad enterrada durante demasiado tiempo volviera a tener voz, y si Harcourt había muerto precisamente cuando estaba a punto de romper aquel silencio, entonces quien lo había matado no estaba protegiendo únicamente un secreto del pasado, sino también algo que todavía seguía ocurriendo en el presente.