Un cadáver en la librería Capítulo 17. El segundo intento
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Capítulo 17. El segundo intento

—Sé cuál es.

—¿Quién vivía allí?

Martha tardó unos segundos en responder.

—Un hombre llamado Jonathan Price.

Nell sintió que algo se acomodaba en su memoria.

—No aparece en ninguna de las carpetas que he encontrado.

—Porque Eleanor no quería que apareciera.

—¿Por qué?

—Eso tendrás que preguntárselo a ella.

—Está muerta.

—Entonces tendrás que averiguar por qué lo escondió.

Nell suspiró.

—¿Quién era Jonathan Price?

Martha tomó asiento.

—Trabajaba para Thomas Vale.

—¿En el astillero?

—Sí.

—¿Qué hacía?

—Llevaba las cuentas.

Nell recordó inmediatamente las referencias del sótano a documentos falsificados.

—¿Y desapareció en 1997?

—Poco después de la muerte de Thomas.

—¿Se fue voluntariamente?

Martha negó con la cabeza.

—Eso fue lo que dijo la policía.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que Jonathan tenía miedo.

La respuesta fue tan inmediata que Nell la miró fijamente.

—¿De quién?

—No lo sé.

—¿Eleanor lo sabía?

—Eleanor sabía muchas cosas.

—Martha.

—Y algunas no me las contó.

Nell sonrió sin humor.

—Empiezo a comprender por qué mi tía tenía tantos amigos.

Martha soltó una pequeña risa.

—No tenía tantos. Tenía personas que habían aprendido que era más fácil dejarla hablar que intentar detenerla.

Nell regresó al sótano y buscó el nombre de Jonathan Price.

Encontró tres referencias. La primera era una factura del astillero.

La segunda, una carta de Thomas Vale solicitando que preparara unos documentos para una reunión con el ayuntamiento.

La tercera era una nota escrita por Eleanor el 24 de noviembre de 1996, tres días después de la muerte de Thomas: «Jonathan no quiere hablar.

Dice que no vio nada. No le creo». Había una segunda anotación, escrita semanas después: «Se irá».

Y finalmente una tercera, fechada en enero de 1997: «Se ha ido.

Nadie pregunta por él». Aquella última frase era la que más inquietaba a Nell.

No decía «nadie sabe dónde está». Decía «nadie pregunta por él».

Era una diferencia pequeña, pero en el lenguaje de Eleanor las diferencias pequeñas solían esconder las cosas importantes.

Nell tomó una fotografía de la página y guardó el cuaderno.

Estaba a punto de subir cuando oyó un ruido en la librería.

No era fuerte. Parecía el golpe seco de un objeto al caer.

Se quedó quieta. El sótano tenía una escalera estrecha y cualquier persona que entrara por la puerta principal debería haber producido algún sonido.

Nell apagó la lámpara y permaneció unos segundos en la oscuridad.

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Después oyó un segundo ruido, esta vez procedente de la parte posterior de la tienda.

Subió despacio. No había nadie. Las luces seguían encendidas. La puerta principal estaba cerrada. Pero sobre el mostrador había algo que no había dejado allí: una cerilla. Nell se acercó sin tocarla. Debajo había una pequeña hoja de papel. Esta vez solo decía: no abra la casa de Price.

Nell sintió una mezcla de miedo y rabia.

Aquella persona conocía cada paso que estaba dando.

Primero el libro verde. Después la página arrancada.

Ahora Jonathan Price. No estaba siguiendo una investigación general; estaba reaccionando a sus movimientos.

Alguien estaba observando qué documentos consultaba y qué preguntas hacía.

Y si conocía la existencia de la casa, también conocía la carpeta que Eleanor había escondido.

Nell llamó inmediatamente a Bennett. El inspector llegó veinte minutos después.

—No vaya a esa casa —dijo antes incluso de entrar.

Nell lo miró.

—¿Cómo sabe que estoy pensando hacerlo?

—Porque la amenaza dice precisamente eso.

—¿Conoce a Jonathan Price?

Bennett guardó silencio.

—Inspector.

—Sí.

—¿Qué ocurrió con él?

—Desapareció.

—Eso ya lo sé.

—No sabemos más.

—Mi tía sí.

Bennett miró la fotografía que Nell había tomado.

—Eleanor investigó demasiado.

—Y usted no.

—Yo tenía veinte años.

—Su padre estaba en la policía.

Bennett la observó.

—Sí.

—¿Qué sabía él?

El inspector no respondió inmediatamente.

—Mi padre sabía que había cosas que no estaban bien.

—¿Y por qué no hizo nada?

—Porque no pudo demostrarlo.

—¿O porque alguien no quería que lo demostrara?

Bennett levantó la mirada.

—No convierta una sospecha en una certeza.

—No lo estoy haciendo. Estoy intentando saber por qué alguien acaba de amenazarme para que no entre en una casa abandonada desde hace treinta años.

Bennett examinó la cerilla.

—Esto cambia las cosas.

—¿Por qué?

—Porque la primera amenaza podía interpretarse como intimidación. Esta demuestra que alguien está anticipándose a usted.

—Entonces ya sabía que iba a buscar a Price.

—O sabe qué buscaba Eleanor.

Aquella distinción dejó a Nell pensativa. Bennett recogió la hoja y guardó la cerilla en una bolsa. Antes de marcharse, recorrió la librería lentamente, examinando puertas y ventanas. Al llegar al fondo se detuvo frente a la vieja estantería de historia marítima.

—¿Aquí estaba el libro verde?

Nell lo miró.

—Sí.

Bennett pasó un dedo por el borde de la estantería.

—¿Y dónde está ahora?

—Guardado.

—Bien.

—¿Por qué?

—Porque alguien buscó exactamente aquí la noche que entraron en la librería.

Nell sintió un escalofrío.

—¿Cómo lo sabe?

—Encontramos fibras de tela y una marca en el suelo.

—No me lo dijo.

—No tenía pruebas suficientes.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo una amenaza, una intrusión y un asesinato.

Nell cruzó los brazos.

—Y un hombre desaparecido.

—Sí.

Bennett suspiró.

—Y probablemente debería haber investigado a Price hace mucho tiempo.

—Entonces hágalo ahora.

—Lo haré.

Aquella misma noche, Nell decidió que no podía permanecer en la librería.

Subió al apartamento, preparó una taza de té y trató de leer durante media hora, pero no consiguió concentrarse.

El libro que había escogido era una novela de misterio de Dorothy L.

Sayers que Eleanor había dejado en una de las estanterías del apartamento.

Nell sonrió al descubrir una anotación de su tía en el margen de una página: «Cuando todos parecen culpables, probablemente falta alguien».

La frase parecía escrita para aquella noche.

Cerró el libro y se acercó a la ventana.

Desde allí podía verse parcialmente la calle que conducía al puerto.

La casa de Jonathan Price quedaba al final, aunque desde aquella distancia apenas se distinguía entre la niebla y las fachadas oscuras.

Nell pensó en ir hasta allí. Solo para mirar.

No entrar. No tocar nada. Pero sabía que aquello sería una mentira que se contaría a sí misma para justificar una decisión que ya había tomado.

A las diez salió. La calle estaba casi vacía.

El viento del mar se había levantado y hacía crujir los viejos letreros de las tiendas.

Nell caminó deprisa, con el cuello del abrigo levantado.

Al llegar a la casa de Price se detuvo al otro lado de la calle.

Era más pequeña de lo que había imaginado.

Una construcción de dos plantas, con fachada de piedra ennegrecida por la humedad, tres ventanas en la planta superior y una puerta azul descolorida.

No parecía una casa abandonada por completo.

Las cortinas seguían colocadas en las ventanas.

Había un buzón oxidado y, junto a la entrada, un pequeño macetero vacío.

Nell observó la cerradura. Parecía antigua.

No había señales evidentes de que alguien hubiese entrado recientemente.

Entonces vio luz. Una luz débil apareció durante unos segundos detrás de una de las ventanas del piso superior. Nell contuvo la respiración. La luz desapareció. Volvió a aparecer. Alguien estaba dentro.

Nell retrocedió hasta la sombra de una fachada. No podía ser posible. Bennett había dicho que la casa estaba vacía. Martha había hablado de ella como una propiedad cerrada desde 1997. Sin embargo, alguien estaba allí. Nell sacó el teléfono y llamó al inspector.

—¿Dónde está?

—Frente a la casa de Price.

—Le dije que no fuera.

—Lo sé.

—Aléjese de allí.

—Hay alguien dentro.

Bennett guardó silencio.

—¿Está seguro?

—He visto una luz.

—No entre.

—No pensaba hacerlo.

Mientras hablaba, Nell vio una sombra moverse detrás de la cortina.

Después apareció otra. Dos personas. Una de ellas se acercó a la ventana.

Nell sintió que la reconocía. No el rostro, porque la distancia y la cortina lo impedían, sino la silueta.

Alta. Delgada. Con los hombros ligeramente inclinados.

La misma postura que había visto en la fotografía de 1996.

La misma figura que aparecía junto a la puerta lateral del almacén. La persona que había desaparecido.

Nell dio un paso atrás. En ese momento, la ventana se abrió. Una mano apareció entre las cortinas y dejó caer algo en la calle. Después la ventana volvió a cerrarse. Nell miró al suelo. Era una fotografía.

Esperó a que llegara Bennett, pero sabía que si la dejaba allí podía desaparecer antes de que él llegara.

Se acercó, la recogió con cuidado por una esquina y la miró bajo la luz de una farola.

Era una fotografía antigua, deteriorada por el tiempo.

En ella aparecía Thomas Vale junto a un hombre que Nell no reconoció.

Ambos estaban delante del astillero. En el reverso había una fecha: 22 de noviembre de 1996.

Y debajo, escrita con la letra de Eleanor, una frase que Nell nunca había visto antes: Jonathan Price no desapareció aquella noche.

Lo hicieron desaparecer al día siguiente.

Nell volvió a mirar la ventana. La casa estaba completamente oscura.

Oyó pasos apresurados en algún lugar del interior y después el sonido de una puerta cerrándose.

Cuando finalmente apareció el coche de Bennett al final de la calle, Nell comprendió que la amenaza había conseguido exactamente lo contrario de lo que pretendía: ya no tenía ninguna intención de mantenerse al margen, porque alguien acababa de demostrarle que Jonathan Price seguía formando parte de la historia y que, treinta años después de su supuesta desaparición, alguien estaba dispuesto a utilizar una casa abandonada, una fotografía imposible y una amenaza escrita entre libros para impedir que Nell descubriera qué ocurrió realmente después de la muerte de Thomas Vale.