Capítulo 16. Una amenaza entre libros
A las siete y media de la mañana, Blackthorn amaneció cubierto por una niebla baja que ocultaba parcialmente las casas del puerto.
Nell abrió las cortinas del apartamento y contempló durante unos minutos las fachadas húmedas, los tejados de pizarra y las chimeneas que emergían de aquella masa blanca como objetos abandonados en el mar.
Era uno de esos días en los que el pueblo parecía más pequeño de lo habitual.
El sonido de las gaviotas llegaba amortiguado y los pocos transeúntes caminaban deprisa, con las manos hundidas en los bolsillos de sus abrigos.
Nell bajó a la librería antes de las ocho y encendió las luces una por una.
El olor de los libros antiguos, la madera encerada y el polvo acumulado durante años le produjo una tranquilidad inmediata, casi infantil.
Aquella tienda empezaba a convertirse, contra su voluntad, en un lugar que sentía suyo.
No era todavía la librería que había imaginado cuando llegó a Blackthorn, pero había algo reconfortante en conocer el sonido de cada tabla del suelo y saber qué ventana necesitaba un pequeño empujón para cerrar correctamente.
Durante unos minutos consiguió olvidar el asesinato, el sótano y las fotografías.
Después vio el paquete. Estaba colocado sobre el mostrador. No había oído entrar a nadie.
Era un sobre de papel marrón, pequeño, sin sello y sin remitente.
Nell lo observó sin tocarlo. El papel estaba ligeramente húmedo, probablemente por la niebla, y tenía una pequeña mancha oscura en una esquina.
Durante unos segundos pensó en llamar inmediatamente a Bennett.
Después recordó que el inspector le había pedido que no investigara por su cuenta y comprendió que aquello era precisamente lo que debía hacer.
Sacó unos guantes de goma del cajón donde guardaba productos de limpieza y abrió el sobre con cuidado.
Dentro había una sola hoja de papel arrancada de un libro.
Nell reconoció la página inmediatamente.
Era del libro verde. La página arrancada que faltaba.
El papel estaba doblado por la mitad y en el centro había una frase escrita con tinta negra: deje de buscar lo que Eleanor quiso ocultar.
Nell sintió que el estómago se le cerraba.
Debajo de aquella frase había otra: la próxima vez no encontrará una página. No había firma. Tampoco una fecha.
Nell dejó la hoja sobre el mostrador y permaneció inmóvil durante un momento.
La amenaza era sencilla, incluso vulgar, pero precisamente por eso resultaba más inquietante.
Quien la había escrito sabía exactamente qué estaba buscando.
Sabía que existía el libro verde. Sabía que faltaba una página.
Y, lo que era más importante, había tenido acceso al ejemplar después de que Nell lo guardara.
La página no había desaparecido del libro por accidente.
Alguien la había arrancado deliberadamente y ahora se la había devuelto para demostrarle que podía hacerlo.
Nell miró hacia la puerta de entrada. Estaba cerrada.
Las persianas exteriores aún no habían sido levantadas.
Nadie podía haber entrado por allí sin que ella lo hubiera visto.
Entonces miró hacia la parte posterior de la tienda.
El pasillo conducía al almacén y al pequeño patio trasero.
Recordó la puerta que había encontrado abierta el día del intruso.
Se dirigió hacia ella. Estaba cerrada. Pero la cerradura tenía una marca reciente.
Una pequeña línea plateada sobre el metal.
Nell se agachó para observarla. No era una señal evidente de forzamiento.
Parecía más bien el resultado de haber introducido una herramienta muy fina entre la cerradura y el marco.
Alguien había manipulado la puerta. Quizá la noche anterior.
Quizá aquella misma mañana. La idea le produjo una sensación desagradable, porque significaba que la persona que había dejado el sobre podía haber estado dentro de la librería mientras ella dormía arriba.
Nell se incorporó lentamente y comprobó todas las ventanas.
Después subió al apartamento, revisó las habitaciones y regresó a la tienda.
No faltaba nada. Los cajones estaban cerrados.
La caja registradora permanecía en su sitio.
Los documentos que había dejado en la cocina seguían allí.
Nada había sido robado. Aquello confirmó lo que ya sospechaba: el objetivo no era llevarse algo.
Era hacerle saber que podían entrar. A las nueve llegó Martha Bell con una bolsa de papel y la expresión de quien ya sabía que algo iba mal.
—Tiene cara de haber dormido en un cementerio.
—Buenos días a ti también.
Martha dejó la bolsa sobre el mostrador.
—Bollos de canela.
—Gracias.
—No son para alegrarte el día. Son para que no cometas un asesinato antes del desayuno.
Nell la miró.
—Alguien ha entrado aquí.
La sonrisa de Martha desapareció.
—¿Cuándo?
—No lo sé.
Nell le mostró el papel. Martha lo leyó sin tocarlo.
—¿Es la página que faltaba?
—Sí.
—Entonces ya saben que has encontrado el libro.
—¿Quiénes?
Martha tardó demasiado en responder.
—Las personas que tienen algo que perder.
Nell se apoyó en el mostrador.
—Necesito que me digas la verdad.
—Siempre te digo la verdad.
—No. Me dices las cosas que crees que puedo soportar.
Martha bajó los ojos.
—Eleanor hacía lo mismo.
—Por eso estamos donde estamos.
Martha respiró profundamente.
—¿Quieres saber algo que nunca te conté?
—Sí.
—La última semana antes de morir, Eleanor recibió una visita.
—¿De quién?
—No lo sé.
—Martha.
—No vi su cara.
—¿Cómo sabes entonces que vino?
—Porque estaba en la cafetería cuando salió de aquí. Era un hombre.
Nell sintió que una pieza acababa de encajar.
—¿Peter Collins?
Martha negó lentamente.
—No.
—¿Harcourt?
—Tampoco.
—¿Entonces quién?
—Un hombre que preguntó por Eleanor.
—¿Cómo era?
Martha cerró los ojos unos segundos, intentando recordar.
—Alto. Delgado. Abrigo oscuro. No hablaba como alguien de Blackthorn.
—¿Edad?
—Cincuenta, quizá algo menos.
—¿Lo habías visto antes?
—Sí.
Nell se quedó quieta.
—¿Dónde?
Martha levantó la mirada.
—En una fotografía.
El corazón de Nell dio un golpe seco.
—¿En cuál?
Martha no contestó inmediatamente.
—En la fotografía de 1996.
Durante unos segundos ninguna de las dos habló.
Nell sacó la fotografía de su bolso y la extendió sobre el mostrador. Martha la observó con atención. Señaló primero a Edward Harcourt, después a Henshaw, luego a Reed y finalmente a Daniel Mercer. Cuando llegó a Peter Collins, negó con la cabeza.
—No es él.
Después señaló a Sarah Vale.
—Tampoco.
Y entonces señaló un espacio junto a uno de los extremos de la imagen.
—Aquí falta alguien.
Nell frunció el ceño.
—No hay nadie más.
—En la fotografía no.
Martha señaló el borde.
—Pero en el grupo original sí había otra persona.
Nell sintió un escalofrío.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Eleanor me enseñó una copia diferente hace años.
—¿Qué pasó con ella?
—No lo sé.
—¿Y quién aparecía?
Martha apartó la mano.
—No me lo dijo.
—Martha.
—Solo recuerdo una cosa.
—¿Cuál?
—Eleanor estaba muy enfadada.
—¿Por qué?
Martha miró hacia la puerta.
—Porque alguien había desaparecido.
Nell sintió que el significado de la frase de Eleanor comenzaba a cambiar.
Ya no se trataba solamente de una persona que hubiese abandonado Blackthorn después de la muerte de Thomas Vale.
Había otra posibilidad: alguien había sido eliminado deliberadamente de la fotografía, de los testimonios y de la memoria colectiva.
Alguien cuya presencia podía modificar por completo la interpretación de aquella noche.
La página arrancada del libro verde podía contener su nombre.
La segunda fotografía podía mostrarlo parcialmente.
El registro del puerto podía demostrar que estuvo allí.
Y ahora Martha afirmaba que Eleanor había visto una versión diferente de la fotografía.
Nell quiso preguntarle más, pero Martha levantó una mano.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque prometí no hacerlo.
—¿A Eleanor?
—Sí.
—Está muerta.
—Precisamente por eso.
La respuesta dejó a Nell sin argumentos. Poco después de las diez, llegó el inspector Bennett. No había llamado antes y tampoco parecía sorprendido de encontrar a Martha allí. Su expresión cambió al ver el papel sobre el mostrador. Lo leyó sin decir nada y después miró a Nell.
—¿Quién más lo ha tocado?
—Nadie.
—Bien.
—¿Qué significa «bien»?
—Que por una vez ha hecho exactamente lo que debía.
—¿Eso es un cumplido?
—En mi profesión, sí.
Bennett fotografió el papel, examinó el sobre y después revisó la puerta trasera. Su rostro se endureció al descubrir la marca de la cerradura.
—Esto no estaba así ayer.
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
Bennett miró hacia el pasillo.
—Voy a pedir que revisen las cámaras de las calles cercanas.
—Ya sabemos que alguien me sigue.
—Lo sé.
Nell lo miró con atención.
—¿Cuánto tiempo lleva sabiéndolo?
Bennett no respondió.
—Inspector.
—Desde la noche del asesinato.
Martha dejó escapar un suspiro.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque no quería asustarla.
—Pues ha funcionado estupendamente.
Bennett ignoró el comentario.
—Nell, necesito que me entregue todo lo que haya encontrado relacionado con 1996.
Ella permaneció callada.
—Todo —repitió Bennett.
Nell pensó en el recibo de The Lantern con las cinco iniciales.
Pensó en el fragmento «R. H.». Pensó en la anotación del libro verde donde Eleanor había escrito «No era Peter».
Y pensó en la página arrancada que ahora descansaba sobre el mostrador.
Podía entregárselo todo y dejar que la policía reconstruyera la investigación.
Era lo razonable. Era exactamente lo que una persona sensata habría hecho.
Pero había una razón por la que todavía dudaba: Bennett sabía algo que no le había contado.
Lo había sabido desde el principio. Había hablado de la investigación de 1996 como un fracaso, pero no le había dicho por qué.
Había mencionado a su padre y aquella extraña frase sobre muertos peligrosos.
Y cuando Nell había pronunciado el nombre de Peter Collins, había reaccionado de una manera que no correspondía a una simple sorpresa.
Había miedo en aquella reacción. No miedo por Peter, sino por lo que Peter podía revelar.
—Tengo algunas cosas —dijo finalmente Nell.
Bennett la observó.
—¿Algunas?
—Sí.
—Necesito verlas.
—Las tendrá.
—¿Cuándo?
—Cuando sepa que puedo confiar en usted.
El inspector permaneció en silencio durante varios segundos.
—No me gusta esa respuesta.
—A mí tampoco me gusta estar en esta situación.
Bennett tomó el sobre y guardó la página en una bolsa de pruebas.
—Hay algo que debería saber.
Nell esperó.
—Peter Collins no es el único que ha regresado a Blackthorn.
Martha levantó la cabeza.
—¿Quién más?
Bennett miró a Nell.
—Todavía no lo sé.
—Eso no tiene sentido.
—Alguien ha utilizado una tarjeta de crédito vinculada a una identidad que dejó Blackthorn en 1997.
Nell sintió que el aire de la librería se volvía más pesado.
—¿Qué identidad?
Bennett negó con la cabeza.
—No puedo decírselo todavía.
—¿Por qué?
—Porque no estoy seguro de que esa persona sea quien dice ser.
El inspector salió unos minutos después, llevándose la página amenazante y el sobre.
Martha permaneció en silencio junto a la ventana.
Nell volvió a mirar la fotografía. Había empezado a pensar que el misterio de Thomas Vale podía resolverse reconstruyendo aquella noche, pero ahora comprendía que quizá debía empezar por otra parte: por el día siguiente.
Por lo que ocurrió después de la muerte.
Por quién se marchó de Blackthorn, quién dejó de aparecer en los documentos y quién consiguió borrar su rastro durante treinta años.
Regresó al sótano y revisó las carpetas de Eleanor una por una, buscando cualquier referencia a personas que hubieran abandonado el pueblo en los meses posteriores a noviembre de 1996.
Encontró varias: trabajadores del puerto, familias que se habían trasladado, una pareja que emigró a Australia, un empleado de Harcourt que se marchó a Londres.
Ninguno coincidía con lo que buscaba. Hasta que encontró una carpeta extremadamente fina, escondida detrás de un volumen de registros municipales.
No tenía nombre en la portada, solamente una fecha: 1997.
Dentro había tres documentos. El primero era una copia de una carta de dimisión.
El segundo, una fotografía de una casa vacía.
El tercero era una nota escrita por Eleanor: «Se fue diciendo que regresaría.
Nunca volvió. Pero alguien continúa pagando las facturas de su antigua casa».
Nell leyó aquella frase varias veces y comprendió que acababa de encontrar algo mucho más importante que un hombre que había abandonado Blackthorn: había encontrado a alguien cuya desaparición había sido cuidadosamente mantenida durante treinta años, alguien cuya casa había permanecido vinculada a su nombre mientras otra persona pagaba por mantenerla cerrada, y cuya identidad podía estar escondida precisamente en aquella página arrancada del libro verde que alguien había decidido devolverle como advertencia; por primera vez, Nell comprendió que quizá la persona que había desaparecido no era un testigo secundario de la muerte de Thomas Vale, sino la pieza que podía explicar por qué tantos hombres poderosos de Blackthorn habían dedicado tres décadas enteras a impedir que aquella noche volviera a ser recordada.