Un cadáver en la librería Capítulo 15. El hombre que desapareció
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Capítulo 15. El hombre que desapareció

La pregunta que había quedado flotando en la librería después de la visita a Margaret Finch acompañó a Nell durante todo el día.

No quién había matado a Thomas Vale, porque aquella cuestión seguía siendo demasiado amplia y, además, podía conducirla por un camino equivocado, sino quién había sido la última persona que lo vio con vida.

Margaret había pronunciado aquella frase casi al final de la conversación, como si quisiera advertirle que la verdadera historia no estaba en la muerte de Vale, sino en los minutos que la habían precedido.

Nell había aprendido a desconfiar de las preguntas demasiado evidentes.

En los libros de misterio, el cadáver era casi siempre el punto de partida, pero no necesariamente el centro del enigma.

Lo importante podía estar en una conversación anterior, en una puerta que alguien había cerrado, en una persona que había abandonado un lugar antes de que ocurriera algo terrible.

Su tía había pensado de esa manera. Había reunido fotografías y documentos, había escrito fechas y nombres, había seguido las contradicciones de unas personas que probablemente habían envejecido convencidas de que el tiempo acabaría borrando sus responsabilidades.

Ahora Nell tenía que decidir si quería continuar aquel trabajo.

La respuesta, aunque todavía le costaba admitirlo, ya estaba tomada.

Alrededor de las cinco de la tarde, encontró el nombre de Thomas Vale en uno de los antiguos periódicos que había guardado en el sótano.

El artículo era breve y aparecía en una página interior, entre una noticia sobre el cierre de una fábrica y otra sobre una regata suspendida por el mal tiempo.

El titular decía: «HALLADO MUERTO UN EMPRESARIO LOCAL CERCA DEL PUERTO».

La redacción hablaba de una posible caída accidental y señalaba que la policía no había encontrado indicios suficientes para considerar otras hipótesis.

Vale tenía cincuenta y dos años, era propietario de un pequeño astillero y había participado en diversas operaciones inmobiliarias relacionadas con la expansión del puerto.

La noticia mencionaba también que aquella misma noche había mantenido una reunión con varias personas, aunque no proporcionaba sus nombres.

Nell leyó el artículo dos veces y después buscó la edición del día siguiente.

No había ninguna referencia nueva. La noticia prácticamente desaparecía de los periódicos después de dos días.

Era como si alguien hubiese decidido que el asunto no merecía más espacio.

Nell encontró aquello mucho más extraño que el propio contenido del artículo.

Un hombre conocido en el pueblo había muerto en circunstancias confusas y, sin embargo, la prensa local había dejado de hablar de ello casi inmediatamente.

Sacó entonces la segunda fotografía y la colocó junto al recorte.

El hombre de espaldas que caminaba hacia el almacén llevaba un abrigo oscuro, y aunque la calidad de la imagen impedía identificar sus rasgos, había algo que Nell reconocía.

La forma de andar. La inclinación de los hombros.

La mano izquierda ligeramente separada del cuerpo.

Había visto aquel gesto recientemente. Cerró los ojos e intentó recordar dónde.

Harcourt. Lo había visto caminar por la librería el día que apareció para hacerle la oferta de compra.

Sin embargo, esa comparación era demasiado subjetiva para servir como prueba.

Podía ser cualquier hombre de cincuenta años llevando un abrigo pesado.

Nell sabía que estaba empezando a ver conexiones porque las buscaba.

Esa era precisamente la clase de error que Bennett le había advertido que evitara.

Un investigador que desea encontrar una respuesta puede acabar construyendo una alrededor de coincidencias.

Nell decidió que necesitaba algo más sólido. Algo que no dependiera de su intuición.

—Esto es lo que queda.

Nell abrió la carpeta.

—¿No hay más?

—Hubo una inundación en el archivo antiguo.

—¿Cuándo?

—1999.

Nell observó la carpeta.

—Tres años después.

—Sí.

La respuesta le produjo una incomodidad difícil de explicar.

Dentro había varias hojas de registro. La mayoría correspondían a embarcaciones comerciales, pero una anotación del 21 de noviembre llamó inmediatamente su atención.

A las 18:40 aparecía la entrada de una pequeña embarcación llamada Martha Bell . Nell levantó la mirada.

—¿Esto es normal?

Fraser sonrió.

—Era una lancha.

—¿Por qué llevaba el mismo nombre que el café?

—Porque pertenecía a la familia Bell.

Nell sintió una pequeña punzada de sorpresa.

—¿A la familia de Martha?

—Su padre.

—¿Y qué hacía allí aquella noche?

Fraser se encogió de hombros.

—Pesca.

Nell continuó leyendo. La embarcación había salido a las 18:40 y regresado a las 21:05.

—¿Eso consta?

—Sí.

—¿Quién iba a bordo?

Fraser señaló una columna.

—Thomas Vale.

Nell se quedó inmóvil.

—¿Vale salió en esa lancha?

—Eso parece.

—Pero la fotografía muestra a Vale en tierra esa misma noche.

—Entonces volvió antes.

Nell observó la hora: 21:05. Si Thomas Vale había regresado a las 21:05, todavía estaba vivo veinte minutos antes de la hora que Eleanor había anotado como 21:17.

—¿Hay algo más?

Fraser negó con la cabeza. Nell siguió pasando páginas y encontró una segunda anotación. A las 21:12 aparecía la salida de un vehículo del almacén principal. No se indicaba la matrícula, pero sí una descripción: «coche oscuro, cuatro puertas». No aparecía el conductor.

Nell sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Quién escribió esto?

—No lo sé.

—¿Puedo hacer una copia?

Fraser dudó.

—¿Para qué?

—Para entregársela a la policía.

El hombre asintió.

—Entonces sí.

Nell tomó fotografías de los documentos y guardó el teléfono. Antes de marcharse, miró de nuevo el registro.

21:05. Regreso de Thomas Vale.

21:12. Salida de vehículo oscuro.

21:17. El coche se fue hacia el norte.

La cronología comenzaba a dibujarse y no le gustaba.

Cuando regresó a Blackthorn Books, encontró a Samuel Reed esperando junto a la puerta.

No llevaba paraguas y el viento había dejado pequeñas gotas de lluvia sobre su abrigo.

Nell no sabía si se alegraba o no de verlo.

Reed era uno de los hombres que más desconfiaban de Harcourt, pero también uno de los cinco nombres que aparecían en los documentos de Eleanor.

Su presencia junto al puerto en 1996 era un hecho, y su relación con Vale no estaba clara.

—Necesito hablar con usted —dijo Reed.

—¿Sobre qué?

—Sobre Peter Collins.

Nell abrió la puerta.

—Entre.

Reed pasó al interior y miró alrededor.

—¿Encontró el sótano?

Nell sintió una punzada de alarma.

—¿Cómo sabe que existe?

—Porque Eleanor me lo enseñó.

—¿Cuándo?

—Hace muchos años.

—¿Qué había allí?

—Lo que ella no quería tener arriba.

—Documentos.

Reed asintió.

—Entre otras cosas.

Nell cerró la puerta.

—¿Qué sabe de Thomas Vale?

Reed miró hacia las ventanas.

—Que murió porque sabía demasiado.

—¿Demasiado sobre qué?

—Sobre los terrenos del puerto.

—¿Y Harcourt?

—Harcourt sabía que Vale iba a hablar.

—¿Con quién?

—Con un periodista.

—Peter.

Reed asintió.

—Peter había descubierto que algunos documentos habían sido falsificados.

Nell recordó el sótano.

—¿Quién los falsificó?

Reed no contestó.

—¿Usted?

—No.

—¿Harcourt?

—No lo sé.

—¿Henshaw?

Reed la miró.

—No pregunte nombres si no está preparada para escuchar respuestas.

Nell sintió que se enfadaba.

—Todo el mundo me dice lo mismo.

—Porque todos saben que Eleanor murió antes de poder contárselo.

—Entonces cuéntemelo usted.

Reed bajó la voz.

—Thomas Vale tenía una copia de un contrato.

—¿Qué contrato?

—Uno que demostraba que los terrenos del puerto no habían sido vendidos legalmente.

Nell pensó en la carpeta del sótano.

—¿Dónde está?

—Desapareció la noche que murió.

—¿Y Peter?

—Peter consiguió una fotografía.

—La que yo tengo.

Reed levantó la mirada.

—Entonces Peter ha vuelto.

—Sí.

—¿Lo vio?

—Hablé con él.

Reed palideció ligeramente.

—¿Qué le dijo?

—Que Eleanor era la única persona que conocía la verdad.

Reed cerró los ojos.

—Entonces todavía no ha terminado.

—¿Qué no ha terminado?

—Lo mismo que empezó aquella noche.

Nell observó su rostro.

—¿Qué empezó?

Reed tardó en responder.

—Una mentira.

—¿Quién mintió?

—No lo sé.

Nell sintió que aquella respuesta comenzaba a irritarla.

—Todo el mundo dice que no sabe.

—Porque si lo supiera, probablemente estaría muerto.

Reed salió antes de que Nell pudiera detenerlo.

Aquella noche, Nell decidió regresar al sótano.

Había algo que no encajaba en la cronología y sabía que debía encontrar la respuesta antes de hablar nuevamente con Bennett.

Tomó el cuaderno negro, la fotografía y las copias del registro del puerto.

Colocó todo sobre la mesa y comenzó a reconstruir la noche.

Thomas había regresado a las 21:05. Un vehículo había salido del almacén a las 21:12.

Eleanor había anotado que un coche se marchó hacia el norte a las 21:17.

La diferencia de cinco minutos podía ser simplemente el tiempo necesario para atravesar el muelle.

Pero si Thomas estaba vivo a las 21:05 y apareció muerto poco después, alguien debía haber estado con él durante ese intervalo.

Nell buscó referencias en el cuaderno y encontró una anotación que hasta entonces había considerado insignificante: «21:10.

T. V. entra por la puerta lateral». Debajo había una segunda frase: «Alguien le espera dentro».

Nell dejó el lápiz. La puerta lateral. La misma que aparecía en la segunda fotografía. La misma puerta detrás de la cual había aparecido una figura. Y entonces vio algo más. En una página posterior, Eleanor había escrito una lista de horas: 18:40, 19:15, 20:05, 21:05, 21:10 y 21:17.

Las primeras correspondían a movimientos que Nell todavía no podía interpretar. Pero junto a 20:05 aparecía una inicial: P. C. Peter Collins.

Nell volvió a mirar la fotografía. Peter estaba allí.

No había duda de que estaba investigando.

Pero si había llegado a las ocho y cinco y Thomas había entrado por la puerta lateral a las nueve y diez, quizá Peter había sido quien lo esperaba.

La hipótesis era inquietante. Y, sin embargo, algo no encajaba.

Nell abrió el libro verde y buscó la anotación de Eleanor correspondiente a esa hora. Encontró una referencia escrita en tinta azul: «P.C. llegó antes. No quería que lo vieran». Debajo, en una letra diferente, había una corrección posterior: «No. No era Peter».

Nell sintió un estremecimiento. Alguien había escrito después de Eleanor.

La tinta era distinta. La letra también.

Y debajo de la corrección había una palabra que parecía haber sido borrada con una cuchilla.

Nell acercó el libro a la lámpara. Todavía podían distinguirse algunos trazos.

No era un nombre completo. Solo dos letras: S. V. Sarah Vale.

Nell retrocedió en la silla. Sarah había sido considerada testigo, pero aquella anotación sugería que Eleanor había descubierto algo distinto.

Sarah no solo había visto lo ocurrido. Podía haber estado dentro del almacén antes de que Thomas regresara.

Podía haber hablado con él. Podía haber sabido que alguien lo esperaba.

Entonces recordó las palabras de Margaret: «Sarah quería demostrar que habían estado juntos».

No había dicho que Sarah quisiera demostrar que eran culpables.

Quizá quería demostrar que habían mentido.

Nell continuó leyendo hasta encontrar una última anotación, escrita al final de una página casi completamente borrada: «Sarah se marchó antes que los demás.

Peter la siguió. Después ocurrió lo que no debía ocurrir».

Nell volvió a leerla. No había ninguna hora.

No había ningún nombre. Solo aquella frase.

Durante varios minutos permaneció sentada frente al libro abierto, tratando de reconstruir mentalmente la escena.

Thomas Vale regresaba del mar. Alguien lo esperaba dentro del almacén.

Sarah estaba allí en algún momento. Peter había llegado antes.

Harcourt, Henshaw y Reed también estaban relacionados con la reunión.

Un vehículo oscuro abandonaba el puerto pocos minutos después.

Y en algún momento de aquella noche, una persona desaparecía de la historia oficial.

No había sido Thomas, porque su cuerpo había aparecido.

No había sido Sarah, porque continuó viviendo en Blackthorn durante años.

No había sido Peter, porque desapareció más tarde.

La palabra de Eleanor seguía siendo la única pista: «Antes de que desapareciera».

Nell levantó lentamente la mirada hacia las estanterías del sótano y comprendió que quizá había interpretado aquella frase de manera equivocada desde el principio.

Eleanor no hablaba necesariamente de una persona que hubiese desaparecido para siempre; podía estar refiriéndose a alguien que había desaparecido de aquella noche, alguien que había estado allí y después había dejado de aparecer en todos los testimonios, en los documentos y en las versiones oficiales.

Si era así, la persona desconocida de la segunda fotografía podía ser la pieza que faltaba.

Nell tomó la imagen y la acercó a la luz.

El rostro seguía siendo imposible de distinguir, pero había algo en la postura, en el abrigo y en la manera de mantener la cabeza inclinada que le resultaba familiar.

No podía identificarlo, pero tampoco podía apartar la sensación de que lo había visto recientemente.

Mientras volvía a guardar los documentos, comprendió que el hombre que había desaparecido de Blackthorn treinta años atrás quizá no se había marchado nunca del todo; tal vez había cambiado de nombre, de aspecto o de vida, pero había permanecido lo suficientemente cerca como para vigilar los secretos de Eleanor, esperar la muerte de Harcourt y asegurarse de que la página que podía revelar su identidad desapareciera antes de que Nell tuviera oportunidad de leerla.