Un cadáver en la librería Capítulo 14. La fotografía
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Capítulo 14. La fotografía

La fotografía permaneció toda la mañana sobre el escritorio de Nell, protegida por una hoja de papel de seda que había encontrado en uno de los cajones de Eleanor.

No quería guardarla todavía, porque cada vez que volvía a mirarla encontraba algún detalle que antes había pasado por alto.

Era una imagen pequeña, ligeramente amarillenta en los bordes, tomada probablemente con una cámara sencilla y revelada en papel fotográfico de la época.

El puerto aparecía detrás de los seis personajes, con los almacenes de piedra y las embarcaciones amarradas a los muelles.

Había algo casi cotidiano en la escena. Ninguno parecía estar posando de manera formal, y precisamente por eso la fotografía resultaba tan inquietante.

Edward Harcourt miraba hacia un punto situado fuera del encuadre, con una expresión seria que no parecía propia de una reunión casual.

Robert Henshaw tenía entonces unos veinte años menos y mostraba una seguridad que ya no conservaba.

Samuel Reed aparecía algo apartado del grupo, con las manos dentro de los bolsillos del abrigo.

Daniel Mercer no era el hombre que Nell había conocido durante la investigación; en la fotografía aparecía junto a su padre, apenas unos años más joven que los demás.

Peter Collins estaba ligeramente detrás de Eleanor y parecía ser el único que miraba directamente a la cámara.

Y junto a él estaba Sarah Vale, con el rostro tenso y una mano apoyada sobre el brazo de Eleanor.

Nell había observado aquella imagen tantas veces que empezaba a conocerla casi de memoria, pero había un detalle que seguía sin comprender: ninguno de ellos sonreía.

—Has encontrado algo.

No era una pregunta. Nell levantó la fotografía.

—Quiero preguntarte por esto.

Margaret miró la imagen y su expresión se endureció.

—Entra.

La condujo hasta la biblioteca de la casa. Era una habitación enorme, con estanterías desde el suelo hasta el techo y dos sillones frente a una chimenea apagada. Sobre una mesa había varios libros abiertos, pero Margaret los apartó para hacer espacio. Nell dejó la fotografía allí.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿La habías visto antes?

—Eleanor me la enseñó.

—¿Cuándo?

—Hace muchos años.

—¿Qué te dijo?

Margaret se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Que era la prueba de que todos estaban mintiendo.

—¿Todos?

—No exactamente.

—Entonces, ¿quién?

Margaret miró la fotografía durante unos segundos.

—Eleanor nunca quiso decírmelo.

Nell sintió frustración.

—Pero tú sabías que había un problema.

—Sí.

—¿Qué problema?

Margaret se levantó y caminó hacia una de las estanterías.

—Thomas Vale había descubierto algo relacionado con los terrenos del puerto.

—¿Qué?

—Documentos falsificados.

Nell recordó los papeles del sótano.

—¿Documentos de propiedad?

—Sí. Algunos terrenos habían cambiado de manos mediante acuerdos que no parecían legítimos.

—¿Y Harcourt estaba involucrado?

—Probablemente.

—¿Probablemente?

—En 1996 nadie podía demostrarlo.

—¿Y Henshaw?

Margaret se volvió.

—Robert era muy joven entonces, pero ya estaba metido en política local.

—¿Y Reed?

—Trabajaba cerca del puerto y conocía a Vale.

—¿Daniel Mercer?

—Su padre trabajaba para Vale.

—¿Peter Collins?

Margaret guardó silencio. Nell comprendió que aquel nombre era diferente.

—¿Qué pasa con Peter?

—Peter no pertenecía al grupo.

—Pero aparece en la fotografía.

—Porque estaba haciendo preguntas.

—¿A quién?

—A todos.

Nell miró de nuevo la imagen.

—Entonces él tomó la fotografía.

Margaret negó con la cabeza.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Eleanor me dijo quién la tomó.

Nell sintió que acababa de encontrar una pieza importante.

—¿Quién?

Margaret se acercó lentamente a la mesa.

—Sarah.

Nell frunció el ceño.

—¿Sarah tomó la fotografía?

—Sí.

—Entonces la sombra...

Margaret observó la parte inferior de la imagen.

—No había nadie detrás de ella.

Nell levantó la mirada.

—¿Cómo estás segura?

—Porque Eleanor me contó lo que ocurrió.

—¿Qué ocurrió?

Margaret tardó unos segundos en responder.

—Sarah había colocado la cámara sobre una caja de madera y utilizó el temporizador.

Nell volvió a mirar la fotografía.

—Entonces esa sombra...

—No es una persona.

—¿Qué es?

Margaret señaló el borde de la imagen.

—La sombra de una grúa.

Nell sintió una mezcla de decepción y alivio. Había encontrado una explicación para aquello, pero la explicación no resolvía el misterio.

—¿Por qué tomó Sarah una fotografía de todos ellos?

—Porque quería demostrar que habían estado juntos.

—¿Para demostrar qué?

Margaret volvió a ponerse las gafas.

—Que se habían reunido con Thomas.

Nell sintió que el aire se detenía.

—¿Thomas estaba allí?

—Sí.

—Pero no aparece en la fotografía.

—Porque la fotografía se tomó después de que se marchara.

—¿Después de qué?

Margaret la miró fijamente.

—Después de discutir con ellos.

Nell permaneció inmóvil.

—¿Quiénes?

—Harcourt, Henshaw y Reed.

—¿Y los demás?

—Peter estaba allí porque investigaba. Eleanor llegó después. Daniel llegó con su padre.

Nell sintió que las piezas comenzaban a moverse.

—Entonces todos estaban allí.

—No exactamente al mismo tiempo.

—Eso cambia las cosas.

—Mucho.

Margaret se sentó.

—Eleanor nunca quiso que confundieras la fotografía con una prueba de asesinato. Era una prueba de presencia.

—Presencia de cinco personas.

Margaret asintió.

—Ahora entiendes lo que escribió.

Nell volvió a mirar el reverso: «Cinco personas estuvieron allí. Una de ellas mintió.»

—Pero aquí aparecen seis.

—Peter no cuenta.

—¿Y Eleanor?

—Tampoco.

Nell comprendió entonces que Eleanor había excluido de manera deliberada a dos personas: a sí misma y a Peter. Eso dejaba exactamente cinco personas vinculadas directamente con Thomas Vale:  Harcourt, Henshaw, Reed, Daniel Mercer y Sarah Vale. Pero había una contradicción.

—Daniel era hijo del empleado de Vale.

—Sí.

—¿Qué hacía allí?

Margaret bajó la mirada.

—Su padre estaba allí.

—¿Y él?

—Lo acompañó.

—Entonces no era uno de los cinco que Eleanor consideraba responsables.

Margaret no respondió. Nell comprendió que la clasificación no era tan sencilla.

—¿Qué significa «una de ellas mintió»?

—Que uno de los cinco dio una versión falsa de lo ocurrido.

—¿A la policía?

—A Eleanor.

—¿Cómo lo sabes?

Margaret tomó aire.

—Porque Eleanor me lo dijo.

—¿Quién mintió?

Margaret la miró directamente.

—Nunca quiso decírmelo.

Nell cerró los ojos durante un instante. Otra puerta. Otra respuesta incompleta.

—Pero sabías algo más.

Margaret sonrió tristemente.

—Siempre has tenido el mismo defecto que ella.

—¿Cuál?

—No aceptas un misterio cuando sabes que existe una respuesta.

Nell sonrió a pesar suyo.

—Soy librera.

—Precisamente.

Margaret se levantó y fue hacia un pequeño armario situado junto a la chimenea. Sacó una caja de cartón y la colocó sobre la mesa.

—Eleanor me pidió que conservara esto.

Nell abrió la caja. Dentro había una segunda fotografía. Era más pequeña que la primera y estaba mucho más deteriorada. Mostraba el puerto desde otro ángulo. En ella aparecía un hombre de espaldas caminando hacia el almacén de Vale. Nell reconoció el abrigo. Era el de Edward Harcourt.

—¿Cuándo se tomó?

—La misma noche.

—¿Quién la tomó?

—No lo sé.

Nell examinó el borde. En el reverso aparecía una fecha: 21.11.1996. Y debajo, con la letra de Eleanor: «Antes de que desapareciera». Nell levantó la cabeza.

—¿Quién desapareció?

Margaret no respondió. Su expresión había cambiado.

—Eso —dijo finalmente— es lo que tu tía nunca consiguió averiguar.

Nell miró nuevamente la fotografía. El hombre que caminaba hacia el almacén llevaba algo en la mano, aunque la imagen no permitía distinguir qué era.

Al fondo, detrás del edificio, se veía una segunda figura apenas visible junto a una puerta lateral.

No podía identificarse el rostro, pero sí el abrigo oscuro.

Margaret se inclinó sobre la fotografía.

—Eleanor pensaba que aquella persona era la clave.

—¿Por qué?

—Porque apareció en todas las versiones de aquella noche y, sin embargo, nadie reconoció haberla visto.

Nell sintió que una extraña sensación de frío le recorría la espalda.

—¿Y nunca supieron quién era?

—No.

—¿Ni Eleanor?

—No.

—Entonces quizá todavía podamos averiguarlo.

Margaret la miró con una mezcla de preocupación y resignación.

—Ten cuidado, Nell.

—Lo tendré.

—No te lo digo por cortesía.

—Lo sé.

Cuando Nell abandonó la casa de Margaret, la lluvia había cesado y el cielo comenzaba a despejarse sobre el mar.

Caminó despacio hacia Blackthorn Books, con las dos fotografías guardadas en el interior del abrigo y una idea cada vez más clara de lo que Eleanor había intentado hacer durante todos aquellos años.

Su tía no había tratado de demostrar que cinco personas eran culpables de la muerte de Thomas Vale; había tratado de demostrar que cinco personas habían mentido acerca de una misma noche y que una de aquellas mentiras había sido suficiente para cerrar el caso.

La segunda fotografía añadía algo todavía más inquietante: alguien había visto a Edward Harcourt dirigirse hacia el almacén poco antes de que desapareciera, y otra persona había estado junto a la puerta lateral sin que ninguno de los implicados admitiera haberla visto.

Cuando llegó a la librería, Nell abrió la puerta y entró en el silencio familiar de las estanterías, pero ya no sintió que aquel lugar fuese simplemente la herencia de su tía.

Era también el último archivo de una historia que nadie había conseguido borrar por completo.

Dejó las fotografías sobre el mostrador, abrió el libro verde por la página 147 y colocó junto a él el fragmento de papel donde todavía podían leerse las iniciales R.

H.; después permaneció un largo rato observando ambos objetos, consciente de que las piezas comenzaban por fin a formar una figura reconocible, aunque todavía demasiado incompleta para saber qué representaba.

Y mientras afuera el viento del mar volvía a levantarse y hacía crujir los viejos marcos de las ventanas, Nell comprendió que la persona que había arrancado la página del libro y robado la última hoja del cuaderno no estaba intentando borrar el pasado de Eleanor, sino proteger una mentira que llevaba treinta años sobreviviendo precisamente porque nadie había logrado hacer la pregunta correcta: no quién había matado a Thomas Vale, sino quién había sido la última persona que lo vio con vida y por qué todos los demás habían decidido contar una versión diferente de aquella noche.