Un cadáver en la librería Capítulo 13. El asesinato olvidado
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Capítulo 13. El asesinato olvidado

Durante los siguientes minutos, Nell y Martha permanecieron en el despacho sin tocar nada más.

La tarjeta seguía sobre la mesa, junto al cuaderno negro al que le faltaba la última página, y aunque ninguna de las dos necesitaba decirlo en voz alta, ambas comprendían que alguien había estado allí mientras ellas se encontraban en el sótano.

Lo inquietante no era únicamente que el intruso hubiese conseguido entrar en la librería, sino que hubiese sabido exactamente dónde buscar y qué llevarse.

No había cajones volcados ni estanterías revueltas.

Los libros permanecían en su sitio, las cajas seguían cerradas y los objetos de Eleanor conservaban la misma disposición de siempre.

Aquello descartaba a un ladrón corriente.

La persona que había entrado no buscaba dinero, ni joyas, ni mercancía.

Buscaba información. Y había encontrado precisamente la parte del cuaderno que Nell todavía no había tenido tiempo de leer.

Se acercó a la ventana y examinó la calle.

La lluvia había comenzado de nuevo, fina y persistente, y las piedras de la calzada brillaban bajo la luz amarillenta de las farolas.

No había nadie. Ninguna figura bajo un paraguas, ningún automóvil alejándose, ninguna silueta escondida junto a las fachadas.

Blackthorn parecía tan tranquilo que resultaba casi ofensivo.

Nell empezó a comprender que aquella era quizá la mayor ventaja de quien estaba detrás de todo aquello: el pueblo entero parecía diseñado para ocultar a una persona entre sus propias rutinas.

—¿Quién puede haber sido? —preguntó Martha.

Nell no respondió inmediatamente.

—Alguien que sabía que el cuaderno existía.

—Entonces no son muchas personas.

—En este pueblo parece que son demasiadas.

Martha miró la tarjeta.

—¿Crees que la frase significa que tu tía descubrió quién mintió?

—No lo sé.

—Pero lo escribió.

—La escribió otra persona.

Martha levantó la mirada.

—¿Cómo estás tan segura?

Nell señaló la tarjeta.

—Mi tía no habría utilizado esa frase.

—¿Por qué?

—Porque Eleanor nunca habría escrito «tu tía». Habría escrito mi nombre.

Martha permaneció pensativa.

—Tienes razón.

Nell recogió el cuaderno y lo guardó dentro de una caja metálica que había encontrado en el armario.

Después tomó la fotografía y el libro verde.

Ya no pensaba dejar ninguno de aquellos objetos en el despacho.

No sabía quién había entrado ni cuánto tiempo llevaba observándola, pero sí sabía que alguien conocía la existencia de las pruebas.

Y aquello modificaba por completo la situación.

Hasta ese momento había tenido la impresión de que investigaba una historia enterrada.

Ahora comenzaba a comprender que la historia también la estaba investigando a ella.

A las diez de la mañana, el inspector Bennett regresó a la librería acompañado por un agente joven al que Nell no conocía.

El alcalde Henshaw había sido visto entrando en la comisaría poco después de las ocho y Daniel Mercer había pasado la noche respondiendo preguntas.

Las noticias circulaban por Blackthorn con la velocidad habitual, aunque cada versión parecía contener una pequeña modificación respecto a la anterior.

Según Martha, Mercer había confesado. Según el propietario del estanco, lo habían encontrado intentando huir del pueblo.

Según una anciana que compraba novelas románticas los martes, había sangre en sus zapatos.

Ninguna de aquellas historias era cierta.

Bennett explicó que Mercer había sido interrogado porque existían contradicciones en su declaración, pero que no había sido detenido y que la sangre encontrada en su manga procedía de un corte que se había hecho mientras limpiaba pescado.

Nell escuchó con atención, pero su interés estaba en otro lugar.

Cuando Bennett terminó de hablar, ella le entregó la tarjeta encontrada sobre el cuaderno.

El inspector la leyó dos veces.

—¿Cuándo apareció?

—Esta mañana.

—¿Quién la encontró?

—Yo.

—¿Quién más la ha tocado?

—Martha.

Bennett asintió y guardó la tarjeta en una bolsa.

—¿Ha desaparecido algo más?

—Una página.

—¿Del cuaderno?

—Sí.

Bennett la miró.

—¿La última?

—Sí.

El inspector se quedó pensativo.

—¿Llegó a leerla?

—No.

—Entonces quizá quien la tomó tampoco sabía exactamente qué contenía.

Nell frunció el ceño.

—¿Por qué dice eso?

—Porque si hubiese sabido qué contenía, habría tomado todo el cuaderno.

La observación era lógica. Sin embargo, Nell recordó las páginas que había leído durante la madrugada y comprendió que la última hoja podía contener algo mucho más importante que el resto.

Eleanor había dejado las referencias más delicadas hacia el final.

Tal vez allí aparecía el nombre que llevaba décadas intentando ocultar.

—Inspector, ¿qué sabe realmente de Thomas Vale?

Bennett se sentó.

—Más de lo que sabía ayer.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única que puedo darle por ahora.

—Entonces déjeme hacerle preguntas.

Bennett la observó durante unos segundos.

—Adelante.

—¿Thomas Vale fue asesinado?

—No podemos demostrarlo.

—¿Pero usted lo cree?

El inspector apoyó los codos sobre las rodillas.

—Creo que la investigación original fue deficiente.

Nell esperó.

—En 1996, Blackthorn era distinto. Había menos gente, menos recursos y una enorme presión para que determinados problemas desaparecieran antes de convertirse en problemas mayores.

El puerto estaba en decadencia, varias empresas tenían dificultades y existía un proyecto de renovación que podía cambiar completamente la zona.

Vale se oponía a ese proyecto porque afectaba a unos terrenos que él consideraba suyos.

La noche del 21 de noviembre apareció muerto cerca del almacén.

—¿Qué causa de muerte?

—Traumatismo craneal.

Nell recordó inmediatamente a Harcourt.

—¿Igual que Harcourt?

—No exactamente. En el caso de Vale había una caída implicada. El golpe podía haberse producido al caer contra una estructura metálica del muelle.

—¿Y nadie investigó otra posibilidad?

—Sí.

—¿Qué ocurrió?

—No encontraron un arma, ni huellas útiles, ni un testigo dispuesto a declarar oficialmente que hubiera visto una agresión.

—Pero había testigos.

Bennett levantó la mirada.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque mi tía lo escribió.

El inspector guardó silencio.

—¿Qué escribió?

—Que Sarah Vale había visto un coche.

—Eso también aparece en el expediente.

Nell se sorprendió.

—¿Entonces por qué Martha dice que nadie quiso hablar?

—Porque una cosa es haber hablado con Eleanor y otra haber hablado con la policía.

Aquella diferencia le pareció más importante de lo que aparentaba.

—¿Sarah declaró?

—Sí.

—¿Y qué dijo?

—Que vio un coche junto al almacén.

—¿De quién era?

—No pudo identificarlo.

—¿Y Peter Collins?

Bennett suspiró.

—Peter Collins escribió un artículo sobre la muerte de Vale.

—¿Y qué descubrió?

—Que había irregularidades en las operaciones del puerto.

—¿Relacionadas con Harcourt?

—Entre otros.

Nell recordó la anotación de Eleanor: «Peter tiene la fotografía».

—¿La fotografía de la noche del asesinato?

Bennett levantó las cejas.

—¿La tiene usted?

Nell no respondió.

El inspector comprendió la respuesta.

—¿Dónde la consiguió?

—Alguien la dejó en la librería.

—¿Cuándo?

Nell se lo explicó.

Bennett examinó la fotografía con cuidado cuando ella se la entregó. La miró por delante y por detrás, y su expresión se volvió más seria al leer la frase escrita en la parte posterior.

—Esto no estaba en el expediente.

—¿La fotografía sí?

—No esta copia.

—Entonces Peter tenía otra.

—Probablemente.

Nell señaló a los personajes.

—¿Los reconoce a todos?

—Sí.

—¿Y Sarah?

—Sí.

—¿Por qué estaban juntos?

Bennett tardó unos segundos en contestar.

—Esa es la pregunta que nunca se respondió.

Nell sintió que el misterio se volvía más concreto.

Durante días había visto a aquellas personas como individuos relacionados de maneras diferentes con Harcourt.

Ahora aparecían juntas en una fotografía tomada la noche en que Thomas Vale murió.

Ya no podía considerarlas simples coincidencias.

Había un grupo. Había una reunión. Había algo que los había llevado hasta el puerto aquella noche.

Y Eleanor había conservado pruebas de ello durante treinta años.

—¿Qué ocurrió después de la muerte de Vale?

—El proyecto del puerto continuó.

—¿Y Harcourt?

—Adquirió varios terrenos.

—¿Incluido el de Vale?

—Sí.

—¿Cómo pudo hacerlo si Vale había muerto?

—Su hermana heredó parte de sus propiedades.

—Sarah.

—Sarah.

—¿Y ella vendió?

—Sí.

Nell recordó la anotación de Eleanor: «Sarah está convencida de que Thomas no estaba solo». Si Sarah había vendido posteriormente los terrenos, quizá había existido algún acuerdo que no figuraba en los documentos oficiales.

—¿La venta fue antes o después de que Peter Collins publicara su artículo?

—Después.

—¿Y luego?

—Peter abandonó Blackthorn.

—¿Voluntariamente?

Bennett la miró.

—Eso es lo que siempre se dijo.

Nell comprendió la importancia de aquella frase.

—Pero usted no lo cree.

—Yo no estaba aquí entonces.

—Eso no significa que no tenga una opinión.

Bennett dejó la fotografía sobre la mesa.

—Mi padre era policía en aquella época.

Nell no sabía aquello.

—¿Qué le dijo?

—Muy poco.

—¿Por qué?

—Porque murió antes de que pudiera preguntarle muchas cosas.

Bennett guardó silencio durante unos instantes.

—Solo recuerdo una conversación. Yo tenía unos veinte años. Le pregunté por qué nunca había vuelto a hablar del caso Vale. Me dijo algo que no entendí entonces.

—¿Qué dijo?

—«Porque algunos muertos son más peligrosos cuando intentas descubrir quién los mató».

Nell sintió un escalofrío.

—Eso no parece una respuesta policial.

—Mi padre tampoco era un hombre fácil de entender.

Bennett se levantó.

—Hay algo que quiero que haga.

—¿Qué?

—No vaya al puerto esta noche.

—¿Por qué?

—Porque alguien ha estado siguiendo sus movimientos.

Nell se quedó inmóvil.

—¿Cómo lo sabe?

—Encontramos una segunda cámara en el callejón.

—¿Qué muestra?

—A usted.

El inspector sacó una fotografía impresa. En ella aparecía Nell entrando en la librería dos noches antes. La imagen había sido tomada desde cierta distancia y a través de la lluvia. No había duda de que la persona que la había fotografiado había elegido deliberadamente el momento.

—¿Cuándo fue tomada?

—La noche que alguien intentó entrar en la librería.

Nell levantó la mirada.

—Entonces no estaban buscando solamente documentos.

—No.

—Me estaban observando.

Bennett asintió.

—Y eso significa que usted ya forma parte de esto.

Después de que el inspector se marchara, Nell permaneció sentada durante largo rato en el mostrador.

La librería estaba vacía y afuera la lluvia había empezado a golpear los cristales con más fuerza.

Tomó el libro verde y volvió a examinarlo.

La página arrancada había dejado una cicatriz irregular en la encuadernación.

Pensó en Thomas Vale, en Sarah, en Peter Collins y en aquella fotografía donde seis personas aparecían juntas frente al puerto.

Durante treinta años, Blackthorn había conseguido convertir aquella muerte en una historia vieja, una desgracia confusa que nadie necesitaba recordar.

Eleanor, sin embargo, había conservado cada pieza que podía conservarse: las cartas, los nombres, las fechas, las fotografías, los documentos y aquel libro lleno de anotaciones.

No lo había hecho por obsesión, comprendió Nell, sino porque había llegado a una conclusión que los demás habían preferido ignorar: alguien había mentido aquella noche y la mentira había sobrevivido porque demasiadas personas tenían razones para mantenerla viva.

Nell volvió al sótano antes de cerrar la librería.

Esta vez no buscó documentos. Se limitó a observar las cajas y las estanterías, intentando comprender qué había querido decir Eleanor con aquella frase sobre esconder bajo los libros lo que no podía esconderse en ellos.

Entonces vio algo que no había advertido antes.

Una de las baldas inferiores estaba cubierta por una capa de polvo, excepto en un punto concreto donde había una marca rectangular perfectamente limpia.

Allí había descansado durante mucho tiempo una caja o un objeto que alguien había retirado recientemente.

Nell se arrodilló y pasó la mano por la madera.

No encontró nada, pero al retirar una de las cajas descubrió una pequeña etiqueta pegada en la parte posterior de la estantería.

Solo contenía una fecha: 21.11.1996. Debajo, escrita con la letra de Eleanor, había una segunda anotación que parecía haber sido añadida años después: «El asesinato que todos olvidaron».

Nell se quedó contemplando aquellas palabras mientras comprendía que la muerte de Thomas Vale no era simplemente el antecedente del asesinato de Edward Harcourt.

Era el centro alrededor del cual habían girado durante treinta años las decisiones, silencios, negocios y lealtades de varias personas de Blackthorn.

Harcourt había intentado comprar la librería poco antes de morir; Eleanor había pasado décadas negándose a venderla; Peter Collins había regresado después de años para buscar un libro que aparentemente seguía siendo importante; Henshaw había advertido a Nell que no investigara; alguien había robado la última página del cuaderno y alguien más había estado vigilando sus movimientos.

Todo parecía conducir al mismo punto, pero todavía faltaba una pieza esencial: saber qué había ocurrido realmente aquella noche junto al puerto.

Nell comprendió que no podía confiar únicamente en los documentos de Eleanor, porque alguien había tenido treinta años para alterar, ocultar o destruir pruebas, y tampoco podía confiar ciegamente en quienes ahora aseguraban querer ayudarla.

Lo único que podía hacer era seguir el camino que su tía había dejado, reconstruir paso a paso la noche del 21 de noviembre y averiguar por qué seis personas habían estado allí, qué había visto realmente Sarah Vale y qué secreto había obligado a Eleanor a guardar silencio durante el resto de su vida.

Cuando apagó la luz del sótano y cerró la puerta, ya no pensaba en la muerte de Thomas Vale como un episodio del pasado, sino como una historia que todavía estaba ocurriendo alrededor de ella, una historia cuyo último capítulo alguien acababa de arrancar de las manos de su tía para impedir que llegara hasta la verdad.