Capítulo 12. El sótano
Nell no durmió aquella noche. No porque tuviera miedo, aunque habría sido más sencillo admitirlo, sino porque la librería había dejado de ser para ella un lugar reconocible.
Durante los primeros días había pensado que las habitaciones, los muebles y los objetos pertenecían a una vida anterior que debía ordenar antes de decidir qué hacer con ella.
Ahora comprendía que cada rincón podía contener una historia que Eleanor había ocultado deliberadamente.
El despacho ya no era un despacho, sino el lugar donde su tía había guardado durante treinta años nombres, fechas y advertencias.
El libro verde ya no era un libro, sino una especie de archivo disfrazado de novela.
El registro de clientes ya no era un registro, sino una lista de personas que habían compartido un secreto.
Incluso el viejo reloj detenido a las nueve y diecisiete había adquirido una importancia que Nell no quería concederle todavía.
Se levantó varias veces, caminó por el apartamento y bajó a la tienda para comprobar que todo seguía en su sitio.
Cada vez que encendía una luz encontraba las estanterías exactamente donde estaban, los libros inmóviles y las sombras proyectadas sobre el suelo como siempre.
Aquello debería haberla tranquilizado. En cambio, la sensación era la contraria.
La librería parecía estar esperando que ella descubriera algo.
Poco antes de las dos de la madrugada, Nell regresó al despacho y abrió nuevamente el cuaderno negro.
Había pasado varias horas intentando comprender las anotaciones de Eleanor, pero cuanto más leía, más evidente resultaba que su tía había utilizado diferentes sistemas para ocultar información.
Algunas fechas estaban escritas completas, otras solo con números.
En ocasiones empleaba nombres y en otras iniciales.
Había palabras subrayadas que parecían importantes y otras que podían ser simples referencias personales.
Lo único que se repetía era la prudencia.
Eleanor había escrito como una persona que esperaba que algún día alguien leyera sus notas sin que ella estuviera presente para explicarlas.
Eso era lo que más inquietaba a Nell. No había redactado un diario.
Había dejado un camino. Un camino deliberadamente incompleto.
Al llegar a una de las últimas páginas encontró una frase que no había advertido antes porque estaba escrita casi en el margen: «Lo que no puede esconderse en un libro debe esconderse debajo de él».
Nell permaneció mirando aquellas palabras durante un largo momento.
Después levantó lentamente la cabeza. La librería tenía un sótano.
Había visto la puerta. En realidad, había intentado abrirla.
El tercer día de su llegada había encontrado una pequeña puerta de madera al fondo del almacén, parcialmente oculta detrás de unas cajas.
Supuso que conducía a un espacio de almacenamiento antiguo y había intentado girar el pomo.
No se había movido. Había pensado que estaba atascada por la humedad y no había vuelto a intentarlo.
Ahora comprendía que quizá Eleanor no había querido que se abriera con facilidad.
Nell bajó a la tienda, tomó una linterna y regresó al almacén.
La puerta estaba exactamente como la recordaba, con la pintura descascarillada y una pequeña cerradura de hierro.
Se agachó para examinarla. No había signos de que hubiese sido forzada.
Eso significaba que alguien que hubiera querido entrar había necesitado una llave.
Y entonces recordó algo que llevaba días buscando sin saber para qué: el pequeño manojo de llaves antiguas que había encontrado en el cajón inferior del escritorio de Eleanor.
Subió al despacho, lo recogió y regresó al almacén.
La tercera llave abrió la puerta.
Nell no encendió la luz inmediatamente. Apuntó primero la linterna hacia el interior y vio una escalera estrecha que descendía bajo el edificio.
El aire que subía tenía olor a humedad, piedra y madera vieja.
También había algo más, un olor tenue y dulzón que le recordó al instante a la lavanda de su tía.
Se quedó inmóvil en el umbral. Durante treinta años, quizá Eleanor había bajado allí.
La idea era extrañamente íntima. No era un lugar donde alguien escondiera mercancía o cajas de libros.
Era un espacio que había sido mantenido deliberadamente fuera de la vista.
Nell descendió con cuidado. La escalera terminaba en una habitación baja, construida con piedra irregular.
El techo estaba atravesado por vigas antiguas y las paredes mostraban manchas oscuras de humedad.
Había estanterías improvisadas, cajas de madera y una mesa pequeña cubierta por una lona.
Nada parecía haber sido tocado recientemente, salvo una caja situada junto a la pared. Nell se acercó y levantó la tapa.
Dentro había papeles. Decenas de ellos. Recortes de periódicos, cartas, fotografías, recibos y documentos relacionados con el puerto de Blackthorn.
Nell comenzó a revisar el contenido sin sacar nada de la caja.
Había recortes fechados entre octubre y diciembre de 1996.
Uno de ellos hablaba de la muerte de Thomas Vale.
Otro describía el cierre temporal del astillero.
Un tercero mencionaba las dificultades económicas de varios pequeños comerciantes de la zona.
Había fotografías del puerto, planos antiguos y documentos sobre terrenos que habían cambiado de propietario durante los años siguientes.
En una esquina encontró una carpeta con el nombre de Vale escrito a mano.
La abrió. Dentro había copias de documentos notariales y una lista de nombres.
Entre ellos estaban Edward Harcourt, Robert Henshaw, Samuel Reed y Richard Harcourt.
Daniel Mercer aparecía también, pero acompañado por una anotación: «Su padre».
Nell recordó inmediatamente lo que Martha había dicho.
Daniel era demasiado joven para haber participado directamente en aquello, pero su padre había trabajado en el astillero.
Una fotografía cayó al suelo. Nell se agachó para recogerla.
Era una imagen del puerto tomada desde el muelle.
En la parte posterior, Eleanor había escrito una fecha: 21 de noviembre de 1996.
Nell observó el lugar y reconoció el edificio que aparecía al fondo.
Era el antiguo almacén de Vale, antes de que Harcourt comprara los terrenos.
En la fotografía había tres vehículos estacionados junto al agua.
Uno de ellos estaba parcialmente oculto detrás de una estructura de madera.
Nell acercó la imagen a la linterna. En el margen había otra anotación: «El segundo coche no pertenece a ninguno de ellos».
Nell sintió un escalofrío. Sacó el teléfono y fotografió la imagen. Después encontró otra carpeta. Esta contenía cartas. La primera estaba dirigida a Eleanor y fechada en diciembre de 1996. No tenía remitente. La letra era masculina y firme.
«Usted sabe que fue un accidente. No convierta una desgracia en algo que no fue.»
Nell pasó a la segunda.
«Deje de preguntar.»
La tercera decía únicamente:
«Él no murió por lo que usted cree.»
Nell volvió a leerla. No entendía qué significaba. Entonces encontró una cuarta. Esta vez reconoció la letra. Era de Edward Harcourt.
«Eleanor, no puedo seguir protegiéndote si continúas buscando respuestas. Lo que ocurrió aquella noche no puede cambiarse. Pero todavía podemos evitar que destruya a más personas.»
No había fecha.
Nell sintió que la carta pesaba más de lo que debía pesar una simple hoja de papel.
Edward no negaba nada. Tampoco confesaba nada.
Pero la palabra «protegiéndote» sugería una relación mucho más compleja de la que Nell había imaginado.
¿Por qué necesitaba Harcourt proteger a Eleanor?
¿De quién? ¿Y qué significaba que pudiera «destruir a más personas»?
La respuesta parecía estar en otra carpeta. Esta vez, sin embargo, no había documentos. Había nombres. Seis nombres escritos en una sola hoja. Edward Harcourt. Robert Henshaw. Samuel Reed. Richard Harcourt. Daniel Mercer. Peter Collins.
Debajo aparecía un séptimo nombre: Sarah Vale. Nell se quedó mirando el papel. Sarah no era una sospechosa. Estaba muerta. Ocho años atrás. Sin embargo, Eleanor la había incluido en la misma lista.
Al lado del nombre de Sarah había una palabra: «Testigo». Al lado de Peter Collins: «Fotografía». Al lado de Edward Harcourt: «Conoce el motivo». Al lado de Robert Henshaw no había nada.
Nell sintió una incomodidad creciente. No había nada escrito junto al nombre del alcalde. Ni una palabra. Ni una inicial. Ni una fecha. Como si Eleanor hubiera decidido conscientemente no escribir aquello que sabía.
En ese momento escuchó un ruido. Procedía de arriba.
Nell apagó inmediatamente la linterna. Permaneció inmóvil.
El sótano quedó completamente oscuro. Volvió a escuchar algo.
Un paso. Después otro. Alguien estaba caminando por la librería.
Nell sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
No sabía si la persona había entrado por la puerta principal o por la parte trasera.
Tampoco sabía si se trataba de un cliente, de un ladrón o de alguien que había descubierto que ella estaba abajo.
Recordó al intruso que había registrado el despacho días atrás.
Recordó las manos enguantadas, el abrigo oscuro y la fotografía dejada sobre el escritorio.
Instintivamente llevó una mano a la boca para contener la respiración.
Los pasos se detuvieron. Luego oyó el sonido de un cajón abriéndose.
Después otro. Alguien estaba buscando algo.
Nell pensó en el cuaderno negro. Lo había dejado en el despacho.
La persona estaba allí arriba. Y quizá sabía exactamente qué buscaba.
Esperó varios segundos. Después escuchó cómo una silla era arrastrada por el suelo.
Una puerta se cerró. Luego nada. Nell permaneció agachada hasta que le dolieron las piernas.
Finalmente encendió la linterna. En la pared del sótano había una puerta que no había visto antes. Estaba detrás de una estantería.
Nell se acercó lentamente y retiró dos cajas que la ocultaban.
La puerta era mucho más antigua que el resto del sótano y tenía un pequeño símbolo grabado en la madera: una estrella de cinco puntas dentro de un círculo.
No reconoció el símbolo. Probó el pomo. Estaba cerrado.
Pero debajo había una cerradura diferente a la de la entrada.
Más pequeña. Más nueva. Nell recordó entonces el manojo de llaves de Eleanor. Probó la cuarta. No funcionó.
La quinta tampoco. La sexta entró en la cerradura. Pero antes de girarla, Nell escuchó un ruido arriba. Esta vez no eran pasos. Era el sonido inconfundible de la puerta principal al abrirse. Nell apagó la linterna. Alguien había vuelto. Esperó.
—¿Nell?
Era la voz de Martha. La tensión abandonó su cuerpo de golpe. Subió las escaleras y encontró a Martha en el almacén, con una bolsa de papel en una mano y expresión de preocupación.
—¿Dónde estabas?
—Abajo.
Martha miró la puerta.
—¿Has abierto el sótano?
Nell asintió. Martha cerró los ojos.
—Eleanor me pidió que nunca te hablara de ese lugar.
—¿Sabías que existía?
—Sí.
—¿Qué hay detrás de la otra puerta?
Martha la miró fijamente.
—No lo sé.
Nell no quedó convencida.
—Martha.
—Nunca entré.
—Pero sabías que estaba ahí.
—Sí.
—¿Quién tenía la llave?
Martha bajó la mirada.
—Eleanor.
—¿Y alguien más?
Martha tardó demasiado en responder.
—Edward Harcourt.
Nell sintió que una nueva pieza acababa de caer sobre el tablero.
—¿Por qué tenía Harcourt una llave del sótano?
—Porque Eleanor se la dio.
—¿Cuándo?
—Hace treinta años.
Nell recordó la carta.
«No puedo seguir protegiéndote.»
—Martha, ¿qué ocurrió realmente entre mi tía y Harcourt?
Martha se acercó a la ventana y miró hacia la calle.
—Eleanor no quería que Harcourt muriera.
Nell frunció el ceño.
—¿Qué?
—Eso fue lo que me dijo hace tres semanas.
—¿Antes de morir?
—Sí.
—¿Por qué me dices esto ahora?
Martha se volvió.
—Porque ahora entiendo por qué me lo dijo.
Nell esperó.
—Tu tía sabía que alguien estaba buscando el mismo secreto que ella llevaba treinta años escondiendo.
Nell miró hacia la puerta del sótano.
—¿Y dónde está ese secreto?
Martha negó con la cabeza.
—Creo que acaba de desaparecer.
—¿Qué quieres decir?
Martha señaló el suelo. Nell bajó la mirada.
Había pequeñas gotas de agua junto a la puerta del almacén.
Alguien había entrado desde el exterior.
Las huellas se dirigían hacia el despacho.
Nell corrió escaleras arriba. El cuaderno negro seguía sobre la mesa.
Pero la última página había desaparecido.
Junto al cuaderno había una pequeña tarjeta de papel.
Nell la tomó. Solo había una frase escrita con tinta negra: «Tu tía sabía quién mintió en 1996.
» Debajo había una segunda línea: «Ahora tú también lo sabes. »
Nell levantó lentamente la mirada. Por primera vez desde que había llegado a Blackthorn comprendió que el misterio no consistía únicamente en descubrir quién había matado a Edward Harcourt.
Alguien quería asegurarse de que ella descubriera algo.
Y, al mismo tiempo, alguien estaba haciendo todo lo posible para impedir que descubriera el resto.