Capítulo 11. Una página arrancada
Nell esperó hasta que Martha hubo cerrado la puerta de la librería antes de subir al apartamento.
No quería hacerlo deprisa. Había aprendido en los últimos días que en Blackthorn las prisas servían principalmente para cometer errores y que, cuando una persona descubría algo que llevaba treinta años oculto, lo peor que podía hacer era empezar a tirar de todos los hilos a la vez.
Aun así, mientras ascendía la estrecha escalera de madera que comunicaba la tienda con la vivienda, no podía evitar pensar en el cuaderno negro que Henshaw acababa de mencionar.
Lo había visto, estaba segura. Recordaba incluso dónde: en el pequeño despacho de Eleanor, detrás de una carpeta azul que contenía facturas antiguas y correspondencia comercial.
Lo había tomado en sus manos el segundo día de su estancia en Blackthorn y había pensado que quizá contenía cuentas o anotaciones de proveedores.
Después lo había dejado exactamente donde estaba porque todavía no se sentía con derecho a registrar la vida privada de una mujer que, aunque fuese su tía, había sido prácticamente una desconocida durante buena parte de su vida adulta.
Ahora aquella consideración moral empezaba a parecerle una extravagancia.
Su tía estaba muerta, Edward Harcourt estaba muerto, un hombre llamado Thomas Vale había muerto treinta años atrás y alguien había intentado incendiar la librería.
Además, un desconocido llamado Peter Collins había aparecido afirmando que Eleanor era la única persona que conocía la verdad.
En aquellas circunstancias, respetar la intimidad de los muertos empezaba a parecerse peligrosamente a proteger los secretos de los vivos.
Entró en el despacho y cerró la puerta. La habitación conservaba el olor característico de Eleanor, una mezcla tenue de papel viejo, madera encerada y lavanda.
Había algo profundamente extraño en entrar allí después de conocer tantos detalles nuevos sobre su tía.
Durante semanas había observado aquel escritorio como una pieza más del mobiliario, sin imaginar que quizá allí mismo Eleanor había pasado horas intentando reconstruir una historia que el pueblo entero se había empeñado en olvidar.
Nell retiró la carpeta azul, apartó varias cajas de recibos y encontró el cuaderno exactamente donde recordaba.
Era pequeño, de tapas negras ligeramente desgastadas, sin título ni etiqueta, y tenía las esquinas deformadas por el uso.
Lo tomó con ambas manos y durante un instante tuvo la sensación absurda de que estaba a punto de abrir una puerta.
Lo llevó hasta el escritorio, se sentó en la silla de Eleanor y lo dejó delante de ella.
No lo abrió inmediatamente. Miró la ventana, el jardín descuidado, la pared de piedra del edificio vecino y el pequeño fragmento de cielo gris que podía verse entre los tejados.
Pensó que quizá su tía había sentado allí mismo, treinta años atrás, con la misma expresión que ella tenía ahora.
La idea produjo una tristeza inesperada.
Eleanor ya no podía explicarle nada. Todo lo que había dejado atrás eran objetos, notas incompletas y preguntas.
La pregunta era cuándo. Podía haber sido Eleanor.
Podía haber sido Harcourt. Podía haber sido el asesino.
Nell recordó entonces las palabras que había leído en el cuaderno: «Peter tiene la fotografía.
Yo tengo el libro. E.H. tiene el resto».
Si la página arrancada contenía algo importante, quizá alguien había querido asegurarse de que nunca apareciera.
Nell sintió que el estómago se le cerraba. Debajo había otra línea.
«No era el de E.H.»
Aquella frase explicaba por qué Eleanor había escrito en el libro «No fue él». No era una absolución completa de Harcourt. Era una observación. La noche de la muerte de Thomas Vale, el coche que había abandonado el lugar a las 9:17 no pertenecía a Edward Harcourt.
Pero entonces, ¿de quién era? Nell buscó otras referencias. Encontró un nombre que aparecía una sola vez: «Coche de R.H. visto cerca del puerto». La anotación estaba tachada.
R.H. Richard Harcourt o Robert Henshaw. No había manera de saberlo.
Nell cerró los ojos y se recostó en la silla.
Había llegado a Blackthorn pensando que heredaba una librería en dificultades y ahora estaba sentada en el despacho de su tía intentando descifrar las notas de una investigación secreta que involucraba a prácticamente todas las personas que parecían interesadas en su vida.
Lo más desconcertante era que Eleanor no había sido una investigadora profesional.
No había sido policía, periodista ni detective.
Era una librera. Una mujer que vendía novelas, restauraba libros viejos y sabía qué edición de Austen merecía conservarse y cuál podía dejarse en la mesa de ofertas.
Sin embargo, había observado a las personas durante décadas y quizá esa era precisamente la razón por la que había descubierto cosas que otros no habían visto.
Los libreros escuchaban. Los clientes hablaban delante de ellos porque suponían que nadie recordaría sus conversaciones.
Entraban buscando un libro y terminaban contando una historia.
Dejaban cartas entre las páginas, fotografías en novelas, nombres escritos en guardas y secretos escondidos en lugares que consideraban seguros porque nadie sospechaba de una librería.
Eleanor había vivido rodeada de esas pequeñas confidencias durante cuarenta años.
Tal vez había comprendido que los libros no solo conservaban historias escritas.
También podían conservar las historias que las personas intentaban olvidar.
A media tarde, el inspector Bennett apareció en la librería. Nell estaba colocando ejemplares en una estantería cuando lo vio entrar. El policía se quitó el sombrero mojado y lo dejó sobre una mesa.
—Necesito hablar con usted.
—¿Sobre Daniel Mercer?
Bennett la miró.
—¿Quién le ha contado eso?
—Martha.
—Por supuesto.
—¿Lo han detenido?
—No.
—Entonces Martha tenía razón.
—Martha rara vez tiene razón oficialmente. Extraoficialmente, suele saber más que nosotros.
Nell sonrió. Bennett no.
—Tenemos nuevas pruebas —dijo.
—¿Contra Mercer?
—No exactamente.
—Entonces, ¿contra quién?
—Contra nadie todavía.
Bennett sacó una pequeña libreta.
—Hemos descubierto que alguien entró en la librería la noche del asesinato.
Nell dejó el libro que tenía en las manos.
—Eso ya lo sabíamos.
—Nosotros no.
—¿Cómo que no?
—La cámara del establecimiento de enfrente no enfoca directamente la puerta, pero sí una parte del callejón. Hemos recuperado las imágenes.
—¿Y?
—A las nueve y diecisiete salió un vehículo del callejón.
Nell sintió que el cuerpo se le tensaba.
—¿Qué vehículo?
—Un automóvil oscuro. No podemos identificar la matrícula.
—¿Quién lo conducía?
—No lo sabemos.
Bennett guardó la libreta.
—Pero hay algo más.
Nell esperó.
—El vehículo permaneció allí aproximadamente veinte minutos.
—¿Antes del asesinato?
—No podemos determinarlo con precisión.
—¿Por qué?
—Porque la cámara perdió señal durante varios minutos.
Nell sintió que la coincidencia con el cuaderno de Eleanor era demasiado perfecta.
—Inspector.
Bennett la observó.
—¿Qué?
—¿Ha oído hablar de Thomas Vale?
El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Bennett no pareció sorprendido exactamente. Pareció cansado.
—¿Quién le ha hablado de él?
—Martha.
Bennett bajó la mirada.
—No debería estar investigando esto.
—No estoy investigando.
—Sí lo está haciendo.
—Estoy intentando entender por qué mataron a Edward Harcourt.
—Y para entenderlo está retrocediendo treinta años.
—Porque parece necesario.
Bennett respiró profundamente.
—Thomas Vale murió en noviembre de 1996. Su muerte nunca se consideró oficialmente un asesinato.
—Pero Eleanor pensaba que lo era.
El inspector levantó los ojos.
—¿Cómo sabe eso?
Nell decidió no responder.
—¿Conocía usted a mi tía lo suficiente como para saber qué estaba investigando?
—Sí.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
—Porque no sabía cuánto sabía ella.
—Eso no tiene sentido.
—En Blackthorn, muchas cosas no lo tienen.
Nell se apoyó contra la estantería.
—¿Quién era Sarah Vale?
Bennett se quedó quieto.
—¿También sabe eso?
—He visto su nombre.
—Sarah murió hace ocho años.
—¿Y Peter Collins?
Esta vez Bennett no contestó inmediatamente.
—¿Lo ha vuelto a ver?
—No.
—¿Le dijo algo más?
Nell pensó en la pregunta sobre el libro verde.
—Preguntó si había encontrado un libro.
Bennett frunció el ceño.
—¿Qué libro?
Nell lo miró durante unos segundos. Podía enseñárselo. Podía entregarle el cuaderno. Podía contarle todo. Pero recordó la advertencia de Henshaw y, sobre todo, recordó la frase de Eleanor: «No confíes en nadie, Nell».
—No lo sé —respondió.
Bennett la estudió con atención.
—Está mintiendo.
—Lo sé.
Por primera vez desde que había entrado, el inspector sonrió ligeramente.
—Se parece más a su tía de lo que pensaba.
—Eso no sé si es un cumplido.
—No lo era.
Bennett se dirigió hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo.
—Nell.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
—Si encuentra una página arrancada de algún documento antiguo, no la tire.
Nell sintió un escalofrío.
—¿Por qué me dice eso?
Bennett se volvió hacia ella.
—Porque alguien está buscando exactamente lo mismo que usted.
Salió de la librería. Nell permaneció junto a la puerta, escuchando cómo sus pasos se alejaban por la calle.
Después regresó lentamente al mostrador.
Durante unos segundos contempló el libro verde que había escondido bajo una pila de catálogos.
Pensó en Peter Collins, en la fotografía, en Thomas Vale, en el coche que había abandonado el puerto a las 9:17 y en la página que alguien había arrancado del libro.
Entonces comprendió algo que hasta ese momento había pasado por alto.
La página no tenía por qué contener una respuesta.
Podía contener un nombre. Y si alguien había arrancado precisamente aquella página, quizá no era porque quisiera ocultar lo que había sucedido.
Quizá quería ocultar quién había estado allí.
Nell volvió a abrir el libro. Pasó lentamente las hojas hasta llegar al hueco de la página desaparecida. En el borde interior de la encuadernación había quedado adherido un pequeño fragmento de papel. Esta vez pudo leerlo. Solo aparecían dos letras R. H.
Nell no supo cuál de los dos hombres significaba. Richard Harcourt. Robert Henshaw. Pero por primera vez tuvo la certeza de que Eleanor había sabido exactamente quién era la persona que había mentido aquella noche. Y alguien acababa de asegurarse de que ella no pudiera descubrirlo.