Un cadáver en la librería Capítulo 10. El secreto de la tía Eleanor
48%

Capítulo 10. El secreto de la tía Eleanor

Nell permaneció varios minutos frente al libro de registro sin atreverse a tocarlo.

La página estaba abierta sobre el mostrador, iluminada por la lámpara verde que su tía había utilizado durante tantos años para revisar facturas, anotar pedidos y, probablemente, escribir cosas que nadie debía leer.

El nombre de Peter Collins aparecía debajo de los otros cinco, escrito con una tinta ligeramente más oscura, como si hubiera sido añadido después.

Nell pasó el dedo por encima sin llegar a rozar el papel y observó la presión de la escritura, el trazo firme de las letras y aquella pequeña inclinación hacia la derecha que ya empezaba a reconocer como característica de Eleanor.

No sabía cuándo había escrito aquello su tía, pero sí sabía que no había sido casualidad.

El registro no contenía solamente nombres de clientes.

Había fechas, direcciones, números de teléfono y, en ocasiones, pequeñas observaciones junto a determinadas personas.

La mayoría eran inocentes: «Colecciona novelas de misterio», «Prefiere primeras ediciones», «Paga siempre a final de mes».

Junto a algunos nombres aparecían incluso comentarios personales que revelaban la forma particular que tenía Eleanor de relacionarse con sus clientes: «No dejar que vuelva a comprarle poesía, ya tiene demasiada», había escrito junto a un profesor jubilado; «Guardar Dickens para Navidad» aparecía junto al nombre de una mujer que Nell no conocía.

Pero junto a los seis nombres de aquella página no había ninguna observación.

Solo una fecha común y, debajo, una palabra que Nell no había visto hasta entonces porque había quedado parcialmente cubierta por el borde del libro: Harbour.

La palabra podía significar cualquier cosa.

Un puerto, una dirección, el nombre de un local o simplemente una referencia que su tía había utilizado para recordar dónde se había producido aquella reunión.

Sin embargo, después de todo lo que había sucedido durante los últimos días, Nell ya no estaba dispuesta a conceder a las coincidencias el beneficio de la duda.

Tomó fotografías de la página con el teléfono, cerró el registro y lo guardó en el cajón del mostrador.

Después apagó las luces y subió al apartamento, llevando consigo una carpeta con los documentos antiguos.

Aquella noche decidió no seguir investigando.

Se preparó algo de cenar, se sentó junto a la ventana y observó las luces del puerto durante un largo rato.

Blackthorn parecía tranquilo desde allí arriba.

Las casas de piedra permanecían inmóviles bajo la lluvia, algunas ventanas estaban iluminadas y en el horizonte apenas se distinguía la línea negra del mar.

Era difícil imaginar que debajo de aquella apariencia apacible hubiera secretos que llevaban treinta años esperando para volver a aparecer.

Nell pensó entonces en su tía y sintió una punzada de tristeza que no había tenido tiempo de experimentar desde que llegó al pueblo.

Hasta ese momento, Eleanor había sido para ella principalmente la mujer que había dejado una librería complicada, unas cuentas difíciles y demasiadas preguntas sin responder.

Ahora empezaba a convertirse en algo distinto: una persona que había vivido una vida mucho más compleja de lo que Nell había imaginado.

A la mañana siguiente, Martha apareció temprano con café y una expresión que anunciaba problemas.

—Han detenido a alguien.

Nell levantó la mirada.

—¿A quién?

—No oficialmente.

—Entonces no han detenido a nadie.

—En Blackthorn eso nunca ha detenido a nadie de contarlo.

Nell casi sonrió.

—¿Quién?

—Daniel Mercer.

La noticia no le sorprendió tanto como debería.

Mercer era el antiguo empleado de Harcourt que había sido despedido poco antes de la muerte de su antiguo jefe.

Tenía un motivo evidente y, según Bennett, había pasado la noche solo.

Era exactamente el tipo de persona que un pueblo pequeño podía convertir en culpable antes de que la policía hubiera terminado de examinar las pruebas.

—¿Por qué?

—Lo encontraron con sangre en la manga.

Nell dejó la taza.

—¿Qué clase de sangre?

—No lo sé.

—Entonces no sabes nada.

Martha la miró con aprobación.

—Tu tía estaría orgullosa.

Nell sintió que aquellas palabras le dolían más de lo esperado.

—Martha, necesito preguntarte algo.

—Ya sabía que llegaría el momento.

—¿Conocías a Peter Collins?

La mujer se quedó quieta.

—Sí.

—¿Quién es?

Martha dejó el recipiente del café sobre el mostrador y miró hacia la puerta antes de responder.

—Era amigo de Eleanor.

—¿Solo eso?

—No.

—¿Qué más?

—Eso deberías preguntárselo a tu tía.

—Mi tía está muerta.

Martha bajó la mirada.

—Lo sé.

—Entonces tendré que preguntárselo a quienes la conocieron.

Martha suspiró.

—Peter no vivía aquí hace treinta años.

—Pero conocía a Eleanor.

—Sí.

—¿Y a Harcourt?

—Sí.

—¿Y a los otros?

Martha no respondió.

—Martha.

—Los conocía a todos.

Nell sintió que la pieza que faltaba comenzaba a ocupar su lugar.

—¿Y qué ocurrió entre ellos?

—Hubo una noche.

—¿Qué noche?

—La noche del veintiuno de noviembre de 1996.

Nell apoyó las manos sobre el mostrador.

—¿Qué pasó?

Martha la miró directamente.

—Murió un hombre.

Nell no esperaba aquella respuesta.

—¿Quién?

—No puedo decírtelo.

—¿Por qué?

—Porque nunca encontraron al responsable.

Nell permaneció en silencio.

—¿Fue un asesinato?

—Eso dijeron algunos.

—¿Y la policía?

—La policía dijo que no había pruebas suficientes.

—¿Qué tiene que ver mi tía?

Martha se llevó ambas manos a la taza.

—Eleanor fue la última persona que habló con él.

Nell sintió un escalofrío.

—¿Con quién?

Martha cerró los ojos durante un instante.

—Con Thomas Vale.

El nombre no significaba nada para Nell.

—¿Quién era?

—Propietario de un pequeño astillero. Tenía dinero, enemigos y la costumbre de meterse en asuntos que no le correspondían.

—¿Y murió?

—Sí.

—¿Dónde?

—Cerca del puerto.

—¿Cómo?

Martha negó con la cabeza.

—Nunca quedó claro.

Nell recordó la fotografía.

Eleanor.

Harcourt.

Henshaw.

Reed.

Mercer.

Una mujer desconocida.

Peter Collins.

—¿Los cinco estaban allí aquella noche?

—Sí.

—¿Y Peter?

Martha tardó en responder.

—También.

Nell sintió que el aire parecía haberse vuelto más frío.

—Entonces la frase de la fotografía...

Martha levantó la mirada.

—¿Qué frase?

Nell dudó. Después sacó la fotografía de la carpeta y la colocó sobre el mostrador. Martha la observó. Su rostro cambió.

—¿Dónde has encontrado esto?

—Alguien la dejó anoche en la librería.

Martha tocó la imagen con una mano temblorosa.

—Dios mío.

—¿Conoces a la mujer?

Martha negó lentamente.

—Sí.

Nell esperó.

—¿Quién es?

—Eleanor.

—No. La otra.

Martha levantó los ojos.

—Sarah Vale.

—¿La mujer de Thomas Vale?

—Su hermana.

Nell miró nuevamente la fotografía.

—Entonces todos estaban relacionados con él.

—No exactamente.

—¿Qué significa eso?

Martha se inclinó hacia ella.

—Eleanor conocía a Thomas. Harcourt hacía negocios con él. Henshaw estaba involucrado en una operación del puerto. Reed había trabajado para él durante un tiempo. Mercer era demasiado joven entonces, pero su padre sí trabajaba en el astillero. Sarah era su hermana. Y Peter...

—¿Peter qué?

Martha se detuvo.

—Peter era periodista.

Nell sintió que todo encajaba de una manera inquietante.

—¿Estaba investigando la muerte de Thomas Vale?

—Sí.

—¿Y Eleanor lo ayudaba?

—Sí.

—¿Por eso se conocían?

—Entre otras cosas.

Nell pensó en el libro verde.

—¿Qué descubrieron?

Martha negó con la cabeza.

—Nunca lo supimos.

—Tú sí sabes algo.

—Sé que Eleanor pasó semanas convencida de que Thomas Vale no había muerto accidentalmente.

—¿Y Harcourt?

—Harcourt sabía que ella pensaba eso.

—¿Y qué hizo?

—Le pidió que dejara el asunto.

—¿La amenazó?

Martha miró hacia la puerta.

—No de una manera que pudiera denunciarse.

Nell sintió que una nueva pregunta surgía.

—¿Qué relación tenían realmente Eleanor y Harcourt?

Martha tardó en contestar.

—No eran amantes, si eso es lo que estás pensando.

Nell se sorprendió.

—No lo estaba pensando.

—Tu tía tampoco lo habría permitido.

Nell sonrió ligeramente. Martha continuó:

—Se necesitaban.

—¿Para qué?

—Eleanor sabía leer a las personas. Harcourt sabía conseguir cosas.

—Eso no explica por qué se necesitaban.

—Porque cada uno tenía una parte de la historia.

Nell permaneció en silencio.

—¿Qué parte?

—Eleanor sabía lo que había ocurrido aquella noche. Harcourt sabía por qué había ocurrido.

La frase quedó suspendida entre ambas. Nell sintió que, por primera vez, estaba cerca de comprender el secreto que había obsesionado a su tía.

—Entonces, ¿por qué no lo contó?

—Porque tenía miedo.

—¿De Harcourt?

—No.

—¿De quién?

Martha negó lentamente con la cabeza.

—De alguien que todavía está en Blackthorn.

Nell no tuvo tiempo de preguntar nada más.

La puerta de la librería se abrió. Robert Henshaw entró.

El alcalde llevaba un traje oscuro y un paraguas perfectamente cerrado, como si hubiera venido preparado para cualquier eventualidad.

Miró primero a Martha, después a Nell y finalmente a la fotografía que todavía permanecía sobre el mostrador.

Su expresión cambió. Solo durante un instante, pero Nell lo vio.

—Buenos días —dijo Henshaw.

Martha recogió inmediatamente la fotografía.

—Buenos días, alcalde.

Henshaw sonrió.

—Siento interrumpir.

—¿Qué necesita? —preguntó Nell.

—Hablar con usted.

—¿Sobre qué?

—Sobre la librería.

Nell lo observó con desconfianza.

—¿Otra oferta?

—No exactamente.

Henshaw se acercó al mostrador.

—He venido a pedirle que considere seriamente vender.

—¿Por qué?

—Porque este pueblo necesita estabilidad.

Nell casi soltó una carcajada.

—¿Y mi librería amenaza la estabilidad de Blackthorn?

—No la librería.

Henshaw miró hacia la fotografía que Martha había escondido.

—Lo que puede encontrar dentro de ella.

Martha se puso rígida. Nell comprendió entonces que el alcalde no había venido por casualidad.

—¿Qué sabe de mi tía?

Henshaw sostuvo su mirada.

—Mucho.

—¿Y de Thomas Vale?

El rostro del alcalde perdió color. Durante unos segundos no respondió.

—No sé por qué menciona ese nombre.

—Porque estoy intentando entender qué ocurrió en 1996.

Henshaw dio un paso atrás.

—Le recomiendo que no lo haga.

—¿Es una amenaza?

—Es un consejo.

—¿Como el de todos los demás?

Henshaw la miró con una expresión extraña, casi triste.

—Su tía también recibió consejos.

—¿De usted?

—De todos.

—¿Y los ignoró?

—Hasta que dejó de hacerlo.

Nell sintió un escalofrío.

—¿Qué significa eso?

Henshaw no respondió. Se dirigió hacia la puerta, pero antes de salir se volvió.

—Si encuentra un cuaderno negro, no lo abra.

Nell sintió que el corazón se le detenía durante un instante.

—¿Por qué?

Henshaw la miró directamente.

—Porque algunas cosas que se escribieron hace treinta años siguen siendo capaces de destruir vidas.

Después salió de la librería. Nell permaneció inmóvil.

Martha también. Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada.

Entonces Nell miró hacia la escalera que conducía al apartamento.

Pensó en el registro de clientes. Pensó en el libro verde.

Pensó en la fotografía. Y recordó que, entre las cosas que había encontrado al ordenar el despacho de Eleanor, había visto precisamente un pequeño cuaderno negro escondido detrás de una fila de carpetas.

Hasta ese momento había supuesto que era un libro de cuentas. Ahora ya no estaba tan segura.