Capítulo 9. El cliente de las seis
Nell pasó el resto de la noche sentada en el pequeño salón del apartamento de su tía, con la fotografía extendida sobre la mesa y una taza de té que llevaba tanto tiempo enfriándose que había perdido cualquier posibilidad de resultar agradable.
Había colocado la lámpara de sobremesa junto a la imagen para poder examinarla con detenimiento y, durante casi una hora, fue descubriendo pequeños detalles que al principio le habían pasado inadvertidos.
La fotografía había sido tomada en algún lugar que no reconocía, aunque por detrás de las seis personas podía distinguirse una pared de piedra y una ventana estrecha por la que parecía entrar una luz grisácea.
Eleanor aparecía más joven, quizá treinta años menos que en las últimas fotografías que Nell conservaba de ella, y llevaba el cabello rojo recogido en la nuca.
Edward Harcourt estaba a su lado con una expresión mucho más relajada de la que Nell había visto jamás en su rostro adulto, mientras Robert Henshaw, todavía con el cabello completamente oscuro, sostenía un vaso y miraba hacia un punto situado fuera de la imagen.
Samuel Reed parecía casi irreconocible, más delgado y con una barba corta que le daba un aspecto mucho más juvenil.
Daniel Mercer era apenas un muchacho, probablemente de poco más de veinte años, y la mujer desconocida permanecía en un extremo de la fotografía con una expresión seria, como si no hubiera querido participar en ella.
Lo que más inquietaba a Nell era que todos parecían estar juntos voluntariamente.
No había tensión visible entre ellos, ni señales de una discusión.
La imagen transmitía la impresión de una reunión normal entre personas que se conocían bien, lo cual hacía todavía más difícil comprender por qué treinta años después una de esas personas estaba muerta y las demás evitaban hablar del pasado.
Nell volvió a mirar la frase escrita en el reverso.
«Cinco personas estuvieron allí. Una de ellas mintió».
Había algo casi teatral en aquellas palabras, una forma de redactarlas que habría resultado apropiada en una novela de misterio y que, sin embargo, le parecía inquietantemente real ahora que se encontraba dentro de la historia.
Pensó en su tía y en su afición por las novelas detectivescas.
Eleanor había pasado buena parte de su vida rodeada de historias en las que los culpables dejaban pistas, los detectives reconstruían acontecimientos imposibles y la verdad terminaba apareciendo en el momento adecuado.
Pero la realidad no funcionaba así. En la realidad, las personas mentían sin motivo, olvidaban cosas importantes, confundían fechas y protegían secretos que ni siquiera les pertenecían.
Una frase como aquella podía ser una pista extraordinaria o una simple manipulación destinada a hacer que Nell sospechara de las personas equivocadas.
La única certeza que tenía era que alguien había entrado en la librería aquella noche para dejarla allí.
Y quien lo había hecho sabía que Nell estaba investigando.
Durmió poco y mal. A la mañana siguiente, antes de abrir, llamó a Bennett y le contó que alguien había entrado en la librería durante la noche.
No mencionó la fotografía hasta que el inspector llegó personalmente.
Cuando se la mostró, Bennett permaneció varios segundos en silencio.
La tomó con unos guantes, la examinó por delante y por detrás y después levantó la mirada hacia Nell.
Ella esperaba alguna reacción más contundente, pero el inspector se limitó a guardar la fotografía en una funda transparente.
—¿Quién se la entregó?
—No lo sé.
—¿Cuándo la encontró?
—Anoche.
—¿Después de perseguir a la persona que entró?
—Sí.
—¿Vio su rostro?
—No.
—¿Altura?
—Más alto que yo.
—¿Hombre?
—Creo que sí.
—¿Por qué?
—Por la forma de caminar.
Bennett la observó durante un instante.
—Eso no es una prueba.
—No he dicho que lo fuera.
—¿Qué más recuerda?
Nell describió el abrigo oscuro, los guantes y el sonido del automóvil que había arrancado después de que la figura escapara.
—¿Oyó el motor?
—Sí.
—¿Podría identificarlo?
—No.
—¿Era un coche grande?
—No lo sé.
Bennett guardó la fotografía en el expediente.
—No debería haber salido detrás de esa persona.
—Ya me lo han dicho.
—Se lo volveré a decir si es necesario.
—¿Y la fotografía?
—La analizaré.
—¿La reconoce?
Bennett no respondió inmediatamente.
—Sí.
Nell sintió que algo se tensaba en el ambiente.
—¿Quién es la mujer?
—No puedo decírselo todavía.
—¿Por qué?
—Porque necesito confirmar una cosa.
—¿Y los demás?
—Ya los conoce.
—¿Y estaban todos relacionados con lo ocurrido en 1996?
Bennett volvió a guardar la fotografía.
—Le he pedido que no investigue.
—Y yo le he pedido que deje de hablarme como si tuviera cinco años.
El inspector sostuvo su mirada y, para sorpresa de Nell, sonrió ligeramente.
—Su tía tampoco obedecía demasiado.
Aquella frase cambió inmediatamente el tono de la conversación.
—¿Qué quiere decir?
—Que Eleanor tenía la costumbre de hacer preguntas incómodas.
—¿Sobre qué?
—Sobre todo.
—¿Y usted se las respondía?
—Cuando podía.
—¿Podía sobre Harcourt?
Bennett guardó silencio.
—Eso imaginaba —dijo Nell.
El inspector se marchó poco después, pero antes de salir volvió a advertirle que no hablara con los sospechosos.
Nell prometió obedecer, aunque sabía que aquella promesa tenía muchas posibilidades de fracasar.
El problema era que no necesitaba buscarlos.
Blackthorn era un pueblo pequeño y las personas aparecían unas delante de otras con una facilidad que habría resultado imposible en Londres.
A las seis de la tarde, además, la librería solía recibir un tipo muy particular de visitante.
Eleanor lo había llamado siempre «el cliente de las seis», aunque Nell todavía no sabía exactamente por qué.
Lo descubrió aquella misma tarde. A las seis y cinco entró un hombre.
Era de unos cuarenta años, quizá algo mayor, delgado, con el cabello oscuro peinado hacia atrás y una gabardina gris que parecía demasiado elegante para el clima de Blackthorn.
Llevaba un paraguas negro y unos guantes de piel.
No miró las estanterías. No examinó las novedades.
Ni siquiera se quitó el abrigo. Entró, cerró la puerta y permaneció junto al escaparate.
—Buenas tardes —dijo Nell.
El hombre la miró.
—¿Está usted al frente de la librería?
—Sí.
—¿Es la sobrina de Eleanor?
Nell sintió que volvía a experimentar aquella extraña sensación de ser conocida por todo el pueblo antes de haber tenido tiempo de conocer a nadie.
—Sí.
El hombre asintió.
—Me llamo Peter Collins.
—¿Busca algún libro en particular?
—No.
—Entonces, ¿puedo ayudarle en algo?
Peter Collins miró hacia la parte posterior de la librería.
—Estoy buscando a alguien.
—Aquí no trabaja nadie más.
—Lo sé.
—¿A quién busca?
El hombre dudó.
—A su tía.
Nell sintió que el silencio se hacía más pesado.
—Mi tía murió hace unas semanas.
Collins bajó la mirada.
—Sí. Lo sé.
—Entonces supongo que ya sabe que no puede hablar con ella.
El hombre pareció incómodo.
—Necesitaba hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque ella era la única persona que sabía la verdad.
Nell sintió un escalofrío.
—¿Qué verdad?
Collins miró hacia la puerta.
—No aquí.
Nell casi se echó a reír.
—En este pueblo todo el mundo dice eso.
Por primera vez, Collins sonrió.
—Entonces quizá empiece a entender cómo funciona Blackthorn.
Se acercó al mostrador.
—¿Ha encontrado un libro verde?
Nell sintió que se le helaban las manos.
—¿Qué libro?
Collins la observó.
—No importa.
—Sí importa.
—No debería haberlo mencionado.
—¿Quién es usted realmente?
El hombre no respondió. Nell vio entonces algo extraño.
En su mano derecha llevaba un anillo de plata con una pequeña piedra negra.
No parecía un objeto especialmente valioso, pero le resultaba familiar.
Había visto algo parecido en una de las fotografías antiguas de su tía, aunque no podía recordar exactamente dónde.
—¿Conocía a Edward Harcourt?
Collins levantó la mirada.
—Sí.
—¿Lo vio la noche que murió?
El hombre permaneció inmóvil.
—Sí.
Nell sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.
—¿Dónde?
—Aquí.
—¿A qué hora?
—A las seis.
—¿Las seis de la tarde?
—Sí.
Nell recordó inmediatamente el mensaje escrito en el reverso de la fotografía. Cinco personas estuvieron allí. Una de ellas mintió.
—¿Qué hacía Harcourt aquí?
—Esperaba a alguien.
—¿A quién?
Collins negó con la cabeza.
—No lo sé.
—¿Está seguro?
—Sí.
—¿Y qué ocurrió después?
—Me fui.
—¿A qué hora?
—Poco después de las seis.
—¿Harcourt seguía aquí?
—Sí.
Nell se quedó mirándolo.
—Eso significa que fue usted quien lo vio por última vez.
Collins no respondió.
—¿Por qué no se lo ha dicho a la policía?
—Porque no quiero problemas.
—Un hombre ha muerto.
—Lo sé.
—Y usted lo vio vivo en esta librería.
—Sí.
—Entonces tiene que hablar con Bennett.
Collins dio un paso hacia la puerta.
—No.
—Peter.
El hombre se volvió.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Acaba de decírmelo.
—No.
Nell frunció el ceño.
—Sí.
—Yo no le he dicho mi apellido.
Ella permaneció callada. Entonces comprendió. No había sido ella quien había mencionado el apellido. Collins había entrado diciendo que se llamaba Peter Collins, pero ella había oído el nombre con tanta naturalidad que no había reparado en ello.
—¿Quién le ha hablado de mí?
—Su tía.
Nell sintió que algo se cerraba dentro de ella.
—Mi tía murió hace tres semanas.
—Lo sé.
—Entonces, ¿cuándo habló con ella?
Collins abrió la puerta.
—La última vez fue hace cuatro días.
Nell se quedó completamente inmóvil.
El hombre salió a la calle.
—¡Peter!
Él no se volvió. Nell corrió hasta la puerta, pero cuando salió solo vio la plaza vacía y la lluvia cayendo sobre los adoquines.
No había ningún coche estacionado cerca, ningún paraguas desapareciendo por una esquina, ninguna figura que pudiera seguir.
Peter Collins había desaparecido con una rapidez casi absurda.
Nell regresó al interior. No sabía qué pensar.
Lo único que tenía claro era que aquel hombre había dicho algo imposible.
Aseguraba haber hablado con Eleanor cuatro días antes de aquella conversación.
Y Eleanor llevaba tres semanas muerta. Nell llamó inmediatamente a Bennett.
El inspector respondió después de varios tonos.
—¿Qué ha ocurrido?
Nell se lo contó todo.
Cuando terminó, Bennett permaneció en silencio durante varios segundos.
—¿Está segura de que ha dicho cuatro días?
—Sí.
—¿Y que se llama Peter Collins?
—Sí.
—¿Lo había visto antes?
—No.
—¿Podría reconocerlo?
—Sí.
—Bien.
—¿Quién es?
—No lo sé.
Nell cerró los ojos.
—Otra vez no.
—¿Qué?
—Otra persona que aparece, sabe demasiado y después desaparece.
Bennett no respondió.
—Inspector, hay algo más.
—¿Qué?
—Dijo que vio a Harcourt a las seis de la tarde.
—Eso es importante.
—Dijo que estaba esperando a alguien.
—¿Le dijo a quién?
—No.
—¿Y usted le creyó?
Nell miró hacia la puerta.
—No sé.
Bennett respiró lentamente.
—¿Mencionó algo más?
Nell pensó en el libro verde.
—Sí.
—¿Qué?
—Preguntó si había encontrado un libro verde.
El silencio al otro lado fue inmediato.
—Nell.
—Sí.
—Cierre la librería.
—¿Por qué?
—Porque acaba de aparecer alguien que sabía de ese libro antes de que la policía hiciera pública su existencia.
Nell miró hacia las estanterías.
—¿Y qué significa eso?
—Que el libro no era un secreto solo para su tía.
La llamada terminó. Nell cerró la puerta principal y echó la llave.
Después bajó las persianas del escaparate y comprobó una por una las ventanas.
Cuando terminó, regresó al mostrador y encontró algo que no estaba allí cuando había hablado con Collins.
Un pequeño libro de tapas negras. Estaba abierto por una página.
Nell lo reconoció. Era el libro de registro de clientes que Eleanor había utilizado durante años.
En la página correspondiente al 21 de noviembre de 1996 aparecían cinco nombres escritos a mano.
Los mismos cinco que figuraban en la fotografía.
Y debajo, en una línea separada, había un sexto nombre: Peter Collins.