Un cadáver en la librería Capítulo 8. La noche del asesinato
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Capítulo 8. La noche del asesinato

A las siete y cuarto decidió bajar otra vez.

Antes de hacerlo guardó el calendario en la misma carpeta donde había colocado los documentos anteriores.

Cuando llegó al piso inferior, encontró a alguien esperando frente al escaparate.

Era un hombre de unos sesenta años, con el cabello gris, rostro delgado y una expresión que Nell no había visto nunca en Blackthorn.

No parecía curioso ni nervioso. Parecía enfadado. Al verla salir, se acercó a la puerta.

—¿Señorita Whitmore?

—Sí.

—Soy Samuel Reed.

Nell reconoció el nombre.

—¿El anticuario del puerto?

—Eso dicen.

—El inspector Bennett me ha hablado de usted.

—No me sorprende.

Reed entró en la librería y cerró la puerta detrás de sí.

—Quiero dejar una cosa clara.

Nell esperó.

—Yo no maté a Edward Harcourt.

—No le he acusado de nada.

—Todavía.

Aquella respuesta hizo que Nell lo observara con mayor atención.

Reed tenía una forma de hablar directa, sin la cortesía cuidadosamente estudiada de Harcourt ni la ironía tranquila de Arthur Pembroke.

Parecía un hombre acostumbrado a negociar y a desconfiar.

Llevaba un abrigo de lana gastado, botas mojadas y una bufanda oscura que había debido de utilizar durante años.

No parecía particularmente rico, a pesar de que Bennett le había descrito como un comerciante de objetos antiguos bastante conocido en la región.

—¿Por qué ha venido?

—Porque sé que la policía está haciendo preguntas sobre mí.

—Eso es normal.

—No para mí.

Reed se acercó a una de las estanterías y pasó un dedo por el lomo de varios libros sin sacar ninguno.

—Harcourt quería quedarse con mi negocio.

—Bennett me lo ha contado.

—No le ha contado todo.

Nell sintió que aquella frase comenzaba a convertirse en una especie de moneda de cambio en Blackthorn.

—¿Qué no me ha contado?

Reed la miró.

—Harcourt no solo compró mi almacén. Compró la deuda que tenía con el banco.

—¿Por qué?

—Para poder echarme.

—¿Y lo consiguió?

—Casi.

Nell comprendió entonces por qué existía un motivo tan evidente para que Reed odiara a Harcourt.

—¿Dónde estaba usted anoche?

—En mi tienda hasta las diez.

—¿Y después?

—Fui al pub.

—Hay testigos.

—Sí.

—Entonces no entiendo por qué está preocupado.

Reed dejó de tocar los libros.

—Porque yo también conozco el pasado de Harcourt.

Nell sintió que su atención se agudizaba.

—¿Qué pasado?

Reed negó con la cabeza.

—No aquí.

—Todo el mundo dice eso.

—Porque todo el mundo tiene miedo.

—¿De qué?

Reed se acercó a ella.

—De que lo que ocurrió entonces vuelva a ocurrir ahora.

Antes de que Nell pudiera preguntarle nada más, Reed abrió la puerta.

—No confíe en los cinco nombres que le dé la policía.

—¿Por qué?

—Porque hay uno que no está en esa lista.

Salió a la calle y desapareció bajo la lluvia.

Nell permaneció junto a la puerta, mirando el lugar por donde se había marchado.

Aquella advertencia podía ser una amenaza, una manipulación o simplemente la confesión de un hombre que sabía más de lo que quería contar.

Lo único que tenía claro era que cada persona con la que hablaba parecía añadir una pieza nueva al mismo rompecabezas y, al mismo tiempo, quitarle otra.

Cerró la puerta con llave y regresó al mostrador.

No había pasado ni un minuto cuando escuchó el teléfono.

Era Bennett.

—¿Ha hablado con Samuel Reed?

Nell se quedó inmóvil.

—Sí.

—¿Cuándo?

—Hace unos minutos.

—¿Qué quería?

Nell dudó.

—Hablar conmigo.

—¿Sobre qué?

—Sobre Harcourt.

—¿Le dijo algo relevante?

Nell recordó sus últimas palabras.

—Dijo que conoce el pasado de Harcourt.

Al otro lado de la línea se produjo un breve silencio.

—¿Le habló de 1996?

Nell sintió un escalofrío.

—No directamente.

—¿Qué significa «no directamente»?

—Dijo que todo el mundo tiene miedo de que lo que ocurrió entonces vuelva a ocurrir ahora.

Bennett no respondió.

—Inspector.

—Sí.

—¿Qué ocurrió en 1996?

—No lo sé todavía.

Nell sonrió con incredulidad.

—Usted también.

—¿Qué quiere decir?

—Que todos saben algo y nadie quiere contármelo.

—Quizá sea porque todavía no sabemos qué es importante y qué no.

—¿Y usted cree que Reed es importante?

—Creo que todos los que están relacionados con Harcourt son importantes.

Bennett hizo una pausa.

—¿Ha vuelto a encontrar algo?

Nell miró hacia la escalera. Pensó en el calendario. Pensó en el recibo. Y decidió no mencionarlos.

—No.

—Está bien.

—Inspector.

—¿Sí?

—¿Usted conocía a mi tía?

La respuesta tardó demasiado.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

—Desde hace muchos años.

—¿Y nunca me lo dijo?

—No pensé que fuera relevante.

—Ahora sí lo es.

Bennett suspiró.

—Su tía era una mujer reservada.

—Eso ya me lo han dicho.

—Y sabía cosas que no siempre compartía.

—¿Sobre Harcourt?

—Sobre muchas personas.

—¿Incluido usted?

Bennett guardó silencio.

Después dijo:

—No hable con nadie más esta noche.

—Eso empieza a ser difícil.

—Hablo en serio.

La llamada terminó poco después.

Nell dejó el teléfono sobre el mostrador y permaneció inmóvil.

Había algo en la conversación que no encajaba.

Bennett había reaccionado de una manera extraña cuando Reed mencionó el pasado.

No parecía sorprendido por la existencia de un secreto, sino preocupado porque Nell hubiera empezado a acercarse a él.

Aquello significaba que la policía sabía más de lo que estaba diciendo. La pregunta era por qué.

Poco después de las ocho, Nell decidió cerrar definitivamente la librería.

Apagó las luces de las estanterías una a una y comprobó las puertas.

Cuando llegó a la ventana trasera, descubrió que el pestillo no estaba completamente cerrado.

Se quedó mirándolo. Recordaba haberlo comprobado aquella mañana.

Estaba segura de que lo había cerrado. La sensación de frío que recorrió su espalda no fue consecuencia de la corriente de aire.

Cerró el pestillo y subió al apartamento. Durante casi una hora no ocurrió nada. Después escuchó un ruido. Procedía de abajo. Nell se quedó sentada en la cama. El ruido volvió a producirse. Era un golpe suave, seguido de un crujido. Alguien estaba en la librería.

Nell bajó lentamente las escaleras. No encendió la luz.

Cuando llegó al último peldaño pudo distinguir una silueta junto al mostrador.

Era una figura alta, vestida con un abrigo oscuro.

La persona estaba buscando algo. Abrió un cajón, después otro, y finalmente se inclinó sobre el lugar donde Nell guardaba los documentos.

Ella retrocedió. El suelo crujió. La figura se volvió.

Durante un instante ambos se miraron. Nell no pudo distinguir el rostro, pero sí vio que llevaba guantes.

La persona salió corriendo hacia la puerta trasera.

Nell reaccionó por instinto y corrió detrás de ella.

Atravesó el almacén, abrió la puerta y salió al callejón.

La lluvia había vuelto a empezar y el suelo estaba resbaladizo.

La silueta desapareció al doblar la esquina.

Nell llegó hasta allí, pero no vio a nadie.

Solo escuchó pasos alejándose y, unos segundos después, el sonido de un automóvil arrancando.

Regresó a la librería temblando. La puerta trasera estaba abierta.

Y sobre el mostrador había algo que antes no estaba allí.

Un sobre blanco. Nell lo tomó con cuidado.

No tenía nombre ni dirección. Dentro había una sola hoja.

La abrió. Era una fotocopia de una fotografía antigua.

Nell reconoció inmediatamente a su tía. A su lado estaba Edward Harcourt.

Y junto a ellos aparecían cuatro personas más.

Samuel Reed. Robert Henshaw. Daniel Mercer.

Y una mujer que Nell no conocía. En el reverso de la fotografía había una fecha.

21 de noviembre de 1996. Debajo, alguien había escrito una frase.

Nell la leyó dos veces antes de comprender su significado.

Cinco personas estuvieron allí. Una de ellas mintió.